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viernes, 31 de marzo de 2006

Prision condicional para Otegi

Ha pasado más de una semana desde que ETA anunció su alto el fuego, y la mayoría de la sociedad española se ha ido posicionando, lenta pero inexorablemente, a favor de la aceptación de esa “santa palabra” de los terroristas. Claro que, en este caso, la aceptación del regalo envenenado que los radicales abertxales nos ofrendan conlleva, asímismo, la claudicación ante las turbias exigencias que o se han presentado veladamente o se irán presentando durante los meses venideros. Es tiempo de diálogo y de acercamiento de posturas (no tengo claro que el acercamiento de presos sea una prioridad), y, ahora que el PP (o al menos Mariano Rajoy) ha accedido a cambiar la crispación por buena voluntad, sería muy triste que el clima tan propicio se adulterara a causa del empecinamiento, la intransigencia o la cerrazón de miras.

Independientemente del color (político) con el que se mire, el hecho de que los terroristas se comprometan a no asesinar, a no chantajear y a no propiciar actos vandálicos es una buena señal. Una señal de un cambio de escenario que no se ha producido en años o en décadas. ¿Era oportuno, pues, arriesgar este proceso de paz llevando tajantemente y hasta las últimas consecuencias la orden de encarcelamiento que pesaba contra el líder de Batasuna, Arnaldo Otegi? O, dicho de otra manera, ¿sería igual el actual panorama de Inglaterra si se hubiese encarcelado a Gerry Adams una vez el IRA anunció que entregaba las armas? ¿Hubiera sido lógico enchironar a los dirigentes de los países que se rindieron durante la Conferencia de Yalta que puso fin a la Segunda Guerra Mundial?

Sé que no todas las preguntas que acabo de plantear se ajustan exactamente al caso presente, y ninguna tienen una respuesta fácil, y tampoco lo era adoptar en este caso la postura más correcta. Obviamente, Otegi ha infringido la Ley y ha alentado a otros a que hagan lo mismo, pero yo hubiera visto muy arriesgado para el proceso de paz el hecho de elegir este preciso y precioso momento para descargar todo el peso de la Justicia sobre el más reconocido y cualificado dirigente del aparato político de ETA. Y matizo mis propias palabras, para tranquilidad de vuestras conciencias: creo que, precisamente ahora, hubiera sido contraproducente mandar a la trena, bajo férrea prisión incondicional, a Arnaldo Otegi. No digo que se le absuelva, que se le condone la pena ni mucho menos que se le ponga una medalla o se le erija un monumento. Sólo digo que existen suficientes mecanismos como para que salde su deuda con la sociedad de otra manera o al menos en otro momento. Pensadlo bien: no se trata de un oscuro pistolero de ETA, ni de un anónimo militante de su filial política, sino de la persona que puede ser clave a la hora de encarrilar cualesquiera negociaciones haya que desarrollar. Por todo ello y sin que sirva de precedente, estoy más o menos de acuerdo con la medida adoptada por el juez Grande Marlaska. Otegi ya ha pasado un par de noches entre rejas, y no saldrá, bajo libertad condicional, hasta que satisfaga la fianza que se le ha impuesto. No existen soluciones salomónicas en estos casos, pero no creo que el modo en que el juez ha obrado haya sido el peor de entre todos los posibles… siempre y cuando se deje abierta la puerta de la cárcel por la que saldrá Otegi para cuando, una vez encarriladas irreversiblemente las negociaciones, el batasuno vuelva a ella para seguir purgando sus delitos.