martes, 28 de abril de 2020

Custer en Little Big Horn


Muchas veces, una muerte heroica o simplemente impactante convierte a una persona en objeto de culto y materia prima para las leyendas…

Cuando George Armstrong Custer (1839-1876) perdió la vida al frente de su mítico Séptimo de Caballería, ya era poco menos que una leyenda para sus compatriotas, o al menos era un personaje muy popular que se había labrado una reputación durante la cruenta Guerra de Secesión que asoló Norteamérica durante cuatro larguísimos años.

Nacido en Ohio en Diciembre de 1839, Custer provenía de una familia humilde y, no sin mucho esfuerzo, logró ingresar en la prestigiosa Academia militar de West Point.  No obstante, su periplo por aquel centro se caracterizó por su indisciplina, marrullería y arrogancia, a pesar de las cuales se graduó en 1861 con el rango de General (eso sí, en el último lugar de su promoción).  Tenía apenas 22 años.

Con el estallido de la citada Guerra de Secesión, Custer, con el rango efectivo de segundo teniente, militó en el ejército de la Unión (es decir, el bando nordista), siendo no pocas las ocasiones en las que su carácter indomable le llevó a acometer todo tipo de acciones temerarias (tanto para sí mismo como los hombres a su cargo) que, sin embargo, permitieron la consecución de importantes victorias en batallas como la de Bull Run, además de participar activamente en otras como las de Gettysburg, Culpeper, Washita o Appomattox.

Al concluir la contienda y, tras una fulgurante sucesión de ascensos y condecoraciones, Custer ya era general de brigada pero estaba inseguro sobre el rumbo que otorgar a su vida.  Con 27 años de edad, era todo un veterano y dudaba entre dedicarse a la minería, al floreciente negocio ferroviario o, tal vez, iniciar una carrera política.  Un año antes se había casado con Elizabeth “Libbie” Bacon, y la respetabilidad y prestigio de su suegro (juez de profesión) le propiciaron no pocos apoyos en las más altas esferas que incluso (según algunas fuentes) le hicieron soñar con una posible candidatura a la Casa Blanca.

En aquellos tiempos ya pacíficos, se volvió a la vieja idea de expandir las fronteras norteamericanas de norte a sur y de este a oeste, para lo que se contaba con el ferrocarril como el principal nexo de unión.  Sin embargo, en el trayecto de muchas de las vías férreas a construir se hallaban los territorios en los que se había ido confinando a los indios, los que fuesen pobladores originales de aquella tierra.  La mayoría de los pieles rojas se habían acabado por conformar con malvivir en pequeñas reservas, pero algunos otros se negaban a aceptar las migajas que les ofrecían los sibilinos hombres blancos.  A partir de 1866, el general Philip Sheridan fue nombrado “pacificador” de la zona, esto es, encargado de aplastar cualquier sublevación india que impidiera la programada expansión.  Sheridan no tardó en recurrir a su viejo amigo Custer (con quien había luchado durante la Guerra), otorgándole el mando del recién creado Séptimo de Caballería de Michigan.  Durante diez años, Sheridan y Custer fueron los responsables de la aniquilación de miles de indios americanos en decenas de escaramuzas a cada cual más cruel y devastadora.

En enero de 1876 expiraba el ultimátum que el Gobierno presidido por Ulysses S. Grant había dado a los indios para que se recluyeran definitivamente en las reservas, pero la enésima negativa de éstos hizo que el general Sheridan enviara contra ellos un destacamento de castigo comandado por el general George Crook.  Las inclemencias meteorológicas (el invierno se hallaba en su mayor crudeza) y la agresividad del líder sioux Tasunka Witko, más conocido como Caballo Loco, obligaron a Crook a retroceder sin haber podido cumplir su misión.

Decidido a imponer la “paz” a toda costa, en mayo de aquel mismo año el incansable Sheridan orquestó la que debía ser la maniobra definitiva contra los pieles rojas, ya sin ningún tipo de contemplaciones ni miramientos.  Un total de tres mil hombres se dirigirían al valle de Yellowstone, lugar donde se congregaban las fuerzas de Caballo Loco, divididos en tres columnas aparentemente imbatibles.  La primera columna la dirigía el citado general Crook, la segunda el coronel John Gibbon y la tercera, la más numerosa, estaba a cargo del general Alfred Terry e incluía al afamado Séptimo de Caballería liderado, como no podía ser de otra manera, por el general Custer.

Lo que Custer y sus superiores ignoraban era que el contingente reunido por Caballo Loco era en realidad mucho más numeroso de lo que sus informadores les habían alertado, ya que aglutinaba a siete tribus (sioux, cheyennes, pies negros, hunkpapas, sans arc, mini conju y brule) y, según algunas fuentes, constaba de hasta nueve mil efectivos.  Por otra parte, la motivación de los pieles rojas era más honesta (la salvaguarda de su patrimonio territorial primigenio), su temperamento más primitivo y, por lo tanto, salvaje, e incluso su armamento (lanzas, flechas, cuchillos y tomahawks pero también rifles de repetición del tipo Winchester 44), más adecuado para el combate cuerpo a cuerpo y para los espacios abiertos donde mejor se desenvolvían.

Durante los primeros compases, el ejército diseñado por Sheridan desarrolló la campaña más o menos satisfactoriamente según lo previsto.  Desde el sur, la columna dirigida por el general Crook ascendió cruzando la Ruta Bozeman;  desde el oeste, la columna del coronel Gibbon avanzó siguiendo el curso del río Yellowstone;  y desde el este, la columna del general Terry se movió bordeando el río pero en sentido inverso a la anterior, con Custer al frente de los doce pelotones de los que constaba el Séptimo de Michigan.  A mediados de junio, las columnas de Gibbon y Terry se encontraron en la confluencia de los ríos Yellowstone y Rosebud, y se decidió un nuevo plan de ataque para pasar a la siguiente fase de la contienda:  Custer y su Séptimo de Caballería, el cuerpo más veloz del Ejército estadounidense, se lanzaría contra los indios seguido a distancia por las secciones de infantería de Terry y Gibbon, con el objetivo de forzar a los salvajes a retroceder hasta donde ya les aguardaba la columna de Crook.  Para asegurar la victoria, Custer contaría con el refuerzo de cuatro pelotones del Segundo de Caballería así como el apoyo de dos ametralladoras Gatling, si bien “Cabellos Largos” (apodo por el que Custer era conocido entre los pieles rojas) declinó ambos ofrecimientos, alegando que no necesitaba más hombres y que las ametralladoras ralentizarían su avance;  en realidad, lo que nuestro hombre pretendía era llevarse él solo todo el mérito de la carga, algo sumamente coherente con su personalidad.

El domingo 25 de Junio de 1876, las huestes de Caballo Loco estaban sobradamente preparadas para hacer frente a cualquier embestida del Hombre Blanco.  Otros importantes jefes tribales como Toro Sentado (ya anciano pero padre espiritual de todos ellos), Gall, Hump, Dos Lunas, Rey Cuervo, Pluma Roja o Halcón Pequeño se habían sumado al cónclave y, sin que el resto del “todopoderoso” ejército lo supiera, se habían enfrentado con éxito a la columna de Crook, obligando a ésta a retroceder.  Custer, por tanto, se hallaría solo y sin apoyo.  Hacia las tres de la tarde, ignorante de que le aguardaban entre dos mil y cuatro mil guerreros ansiosos de arrancarle su rubia cabellera, Custer comete un último y dramático error, al dividir en cuatro las doce compañías de que constaba el Séptimo.  Primero, lanza al mayor Marcus Reno al mando de tres pelotones por el sur;  a continuación, hace que el capitán Frederick Benteen, con otras tres compañías, ataque por el lado norte;  mantiene una compañía custodiando los suministros, con el capitán Thomas McDougall al frente;  y él mismo, dirigiendo las cinco compañías restantes, se reserva para la embestida gloriosa, calculando que, para entonces, el enemigo ya estará diezmado y debilitado.  El resultado fue muy otro:  el ataque de Reno es un fracaso sin paliativos, con decenas de soldados abatidos casi sin darse cuenta y el propio mayor, cubierto de sangre y vísceras de su lugarteniente, vociferando órdenes contradictorias (“¡Monten!”, “¡Desmonten!”, “¡Vuelvan a montar!”) y, finalmente, gritando despavorido:  “¡Quien quiera vivir, que me siga!”, dando lugar a una retirada desordenada y muy poco honrosa;  Benteen, quien no encuentra a los indios donde se suponía que deberían estar, acaba uniéndose a Reno en su alocada desbandada, ignorantes ambos del paradero del general.

Custer, que contaba con numerosos informes (todos erróneos) de sus exploradores nativos, despliega su ofensiva por el sur (pretendiendo apoyar al mayor Reno), pero, al intentar vadear el cauce del río Little Big Horn, se da cuenta de que las dimensiones del asentamiento de los indios triplican sus peores previsiones y se ha metido, literalmente, en la boca del lobo.  A la desesperada, trata de refugiarse en las colinas circundantes (conocidas como Black Hills), donde Caballo Loco y sus más fieros guerreros les acorralan sin compasión ni piedad.  Según la leyenda popular, Custer fue el último en morir, pero muchos historiadores sostienen que en realidad fue de los primeros, herido en el pecho y, a decir de algunos, también en la sien (¿tiro de gracia infligido por sí mismo?), y que fue la carencia de liderazgo de su ayudante el capitán Myles Keogh (a quien se atribuye la utilización de la melodía tradicional irlandesa “Garryowen” como himno del Séptimo de Caballería) lo que precipitó la completa debacle de la tropa.  Absolutamente todos los soldados que acompañaban a Custer perecieron, y sólo hubo un único sobreviviente:  el caballo del capitán Keogh, llamado proféticamente “Comanche”.

La batalla de Little Big Horn (también conocida como “Custer’s Last Stand” o “La última defensa de Custer”) fue al ejército norteamericano lo que Waterloo había sido para el francés, con la particularidad de que el pequeño gabacho conservó la vida y el engreído yanqui alcanzó la inmortalidad de inmediato.  Lo cierto es que la imagen de Custer, con su característica cazadora de flecos y su cabellera ondeando al viento, rodeado, junto a unos pocos casacas azules, por centenares de indios sedientos de sangre, se halla profundamente incrustada en la cultura popular, algo a lo que ha contribuido poderosamente el Séptimo Arte.  Desde la maravillosa (aunque poco rigurosa históricamente) “Murieron con las botas puestas” (Raoul Walsh, 1941), con un apuesto y encantador Errol Flynn mitificando al héroe, hasta la teleserie “Esta es nuestra tierra” (1991) con Gary Cole incorporando al general, hemos regresado a Little Big Horn en muy diversas ocasiones, siendo las más recordadas “Tonka” (Lewis R. Foster, 1958), sobre el caballo que sobrevivió a la batalla y con Britt Lomond haciendo de Custer;  La última aventura del general Custer” (Robert Siodmak, 1967), protagonizada por Robert Shaw, y la excelente “Pequeño gran hombre” (Arthur Penn, 1970) donde Richard Mulligan se convertía en Custer.  Toda una constelación de películas para recordar por siempre a un personaje de lo más polémico, heroico, perverso o demente dependiendo de quién y desde qué punto de vista relate su historia.

lunes, 20 de abril de 2020

Crónicas confinadas (Parte II)


Soy un poco hipocondríaco.  O un mucho.  Con el paso del tiempo, he descubierto que tengo la capacidad de replicar en mi organismo los síntomas de las enfermedades que han padecido o padecen otras personas.  De hecho, muchas veces no sé si me duele algo o si, simplemente, me imagino ese dolor, y a fe mía que la sensación es absolutamente real.  En tiempos del COVID-19, disponer de una imaginación tan calenturienta (nunca mejor dicho) es doblemente pernicioso, porque, a poco que te esfuerces un poco, de tanto leer y oir sobre el coronavirus, sientes cómo una oleada de calor te abrasa las sienes, cómo una tos seca pugna por ser expulsada de tu pecho y cómo el aire comienza a faltar en tus pulmones.  En cualquier caso, durante las primeras semanas de confinamiento la posibilidad de hacerte un test era más bien nula, máxime cuando, que uno supiera, no se había mantenido contacto con ningún positivo, así que el remedio infalible era ocupar los pensamientos en alguna dirección lo bastante absorbente, lo cual se antojaba el antídoto infalible.  Durante la semana laboral, eso era medianamente fácil por las mañanas, pero las tardes se antojaban interminables.  Entre hobby y hobby, lees whatsapps inquietantes o recibes titulares de noticias desalentadoras, y, casi todos los días, la llegada de la noche equivale a un descanso que, si tarda en llegar, tienes prescrito por el médico el apoyo de un somnífero cuyo uso continuado es preferible al insomnio recalcitrante.

A pesar de que todo empezó siendo un chiste sobre chinos (aquella desafortunada Intervención de Los Morancos en “El Hormiguero”), España ha acabado siendo el país más devastado por el maldito bicho, tanto que nuestras cifras de contagios y decesos parecen simplemente apocalípticas.  Dicen que una tragedia de esta magnitud, y el miedo a que este coronavirus sólo sea el primero de otros muchos que vendrán, forzará un cambio en nuestras costumbres, un gran cambio que vendrá acompañado de un creciente distanciamiento social y una desconfianza interpersonal terriblemente difícil de superar.  Leo a personas que aprecio y escucho inocentes mensajes televisivos que pretenden ser motivadores, y no puedo evitar sonreir compasivamente cuando dicen aquello de que “Dentro de poco podremos volver a abrazarnos y besarnos”.  Pero, insensatos, ¿a quién estaríais dispuestos a abrazar, si no lleva guantes y una pantalla de protección facial o, como mínimo, una mascarilla?  ¿A quién besaríais, aun siendo un familiar allegado o un amigo íntimo, sin saber a ciencia cierta que no es un contagiado asintomático?  Como dije antes, sólo la realización de los tests masivos o el hallazgo de una vacuna (y esto, por desgracia, aún es un sueño lejano) contribuiría a despejar nuestras incertidumbres, pero, por el momento, el confinamiento o la distancia entre personas son las armas más poderosas que tenemos.

(CONTINUARÁ…)

viernes, 17 de abril de 2020

Crónicas confinadas (Parte I)

El día 14 de marzo, sábado, amaneció soleado.  El avance de aquella terrible enfermedad que había empezado en China, el coronavirus COVID-19, centraba ya todas las conversaciones, aunque hasta aquel momento el devenir de la vida era absolutamente normal.  El fin de semana anterior, yo había ido al cine con mi hijo, mientras en casi todas las ciudades se permitían alegremente manifestaciones, congresos de partidos políticos y peligrosas aglomeraciones de centenares o miles de personas.

Apenas nos dábamos cuenta de que, quizás, aquel sábado catorce iba a ser el último día “normal” de nuestras vidas.

Durante aquella jornada, entró en vigor el Estado de Alarma decretado (tal vez demasiado tarde) por el Presidente del Gobierno, y ni siquiera mis amigos más “audaces” se atrevieron a desobedecerlo.  Para mi, lo que apenas unos días antes era un motivo de alegría (acababa de comprar un piso, después de tantísimos años viviendo de alquiler), ahora se convertía en un problema de complicadísima resolución.  Las pequeñas reformas que había que hacer en la vivienda nueva quedaban paralizadas, y la mudanza en sí, de repente parecía una utopía.  Si tan sólo hubiera tenido una semana más, sólo una semana, el traslado hubiera sido un hecho, pero, en las actuales circunstancias, me iba a tocar pagar el alquiler por un lado y la hipoteca por otro, además de todos los gastos de ambas casas.

El lunes siguiente, 16 de marzo, tuve que ir al trabajo, muy nervioso por si la policía me paraba exigiendo justificación del motivo de mi salida.  Al llegar a la oficina, mi empresa nos comunicó que todos los que pudiéramos deberíamos realizar teletrabajo desde nuestras casas, por lo que desmonté todos los equipos informáticos que manejaba (la torre, la pantalla, el teclado, el ratón, el cable de conexión a la red) y aquella misma jornada la terminé currando en lo que hasta hacía tres días había sido el dormitorio de mis hijos, una de las dos únicas habitaciones que habíamos podido trasladar al nuevo hogar.

Los primeros días de confinamiento no fueron buenos.  La semana anterior al estallido de la crisis, había empezado un tratamiento con antidepresivos para paliar la reiteración de varios ataques de ansiedad que me dejaron muy, muy tocado.  Lo que me faltaba era estar ahora atrapado en mitad de una horrenda película de ciencia ficción cuyo final no parecía para nada feliz.  Me despertaba, ponía la Cadena SER mientras me duchaba, escuchaba de nuevo la Cadena SER mientras teletrabajaba, y, al acabar la jornada laboral, veía el telediario de Antena 3 mientras comía.  Como consecuencia, las tardes las tenía que pasar acostado, traumatizado, deprimido, intentando dormir o simplemente no estar despierto.  Al tercer día, tomé una drástica decisión:  se acabaron las noticias, los boletines informativos y los telediarios.  Se acabaron las ruedas de prensa de Fernando Simón y los videos de Spiriman y todos esos médicos que pretendían alertarnos de las verdaderas dimensiones de una catástrofe que no podíamos ni imaginar.

La ignorancia premeditada y el auto aislamiento des-informativo no tardaron en surtir efecto.  Todavía durante las primeras semanas tuve que tener cerca la caja de Orfidal, pero el mero hecho de no oir hablar solamente de coronavirus, de recordar que existían otras cosas y no todas eran malas, hizo que las ganas de vivir y los deseos de ocupar el tiempo libre en las aficiones que el miedo había tenido secuestradas, volvieran a dar un mínimo sentido a nuestra obligatoria tarea de existir.

(CONTINUARÁ...)

jueves, 16 de abril de 2020

Píldoras de Cine: ABRIL DE 2020 (y II)


Se hacen interminables estas largas tardes de confinamiento, que muchos de mis amigos aprovechan para ponerse al día en lo que a series se refiere (algún día hablaremos acerca de esta creciente moda de consumir, unas detrás de otras, series y series en inacabable sucesión, cada una de ellas con un montón de adictivos capítulos).  Pero como yo, salvo un par de contadísimas excepciones, no tengo ese peculiar gen seriéfilo, lo que hago es recuperar nuevas o viejas películas que todavía no había tenido ocasión de degustar.  De esta recién adquirida costumbre es de donde estoy sacando las últimas entregas de nuestras incomparables ¡¡PÍLDORAS DE CINE!!.


HOGAR
Javier Muñoz (Javier Gutiérrez) es un creativo publicitario en paro que, incapaz de mantener su status de vida, se ve obligado a dejar su lujoso apartamento para mudarse con su familia a un pequeño piso en el centro de Barcelona.  Sin embargo, cuando descubre que todavía conserva una llave de su antigua vivienda, comienza un peligroso juego de acercamiento a sus actuales ocupantes…  Los directores de “Hogar”, los hermanos Alex y David Pastor, se labraron un nombre como cortometrajistas hasta que lograron dar el salto al largo con “Infectados”, a la que seguiría “Los últimos días”.  Para este su tercer proyecto, han logrado reunir a dos de los actores más solicitados del panorama nacional, el citado Javier Gutiérrez y Mario Casas.  Casas continúa evolucionando en la buena dirección, aceptando papeles más complejos y esforzándose en vocalizar mejor (su gran asignatura pendiente), mientras que Gutiérrez…  Gutiérrez está en un momento dulcísimo, posiblemente el mejor de su carrera, capaz de conferir mil y un matices a un rol que pasa de víctima a villano, para quedar reducido nuevamente a víctima y de nuevo transformarse en villano, y así sucesivamente, en una composición que debería llevarle a las puertas del Goya.  Todo un recital el del intérprete asturiano.  Tiene el argumento de “Hogar” algunas similitudes con el de la galardonada “Parásitos”, y tengo que admitir que, siendo las dos muy buenas películas pero jugando en contra de la coreana su alucinante palmarés que, personalmente, me resulta un poco excesivo, si tengo que elegir, elijo sin dudar el producto patrio.  ¡Viva “Hogar”!
Calificación:  8,5 (sobre 10)

HISTORIA DE UN MATRIMONIO
Como no había visto ninguna película anterior del neoyorkino Noah Baumbach, ni siquiera su título más conocido “Frances Ha” (2013), ha sido “Historia de un matrimonio” mi primer acercamiento a su obra.  Con guión del propio realizador, la película cuenta la ruptura del matrimonio formado por Nicole (Scarlett Johansson) y Charlie Barber (Adam Driver), actriz y director teatral respectivamente, y lo hace de una manera tan natural y al mismo tiempo tan dolorosa que destila autenticidad y sinceridad por los cuatro costados.  Las interpretaciones de Johansson y Driver son extraordinarias (para mi, la de ella un poco más que la de él) y los diálogos (esto es algo en lo que siempre me fijo muy especialmente) fluyen con crudeza y naturalidad.  Eso sí, hay tres o cuatro secuencias perfectamente localizables que se alargan y se alargan y se alargan sin ninguna necesidad, razón por la cual se puede afirmar sin temor a equivocarse que el film, muy estimable, saldría ganando al ser desposeído de treinta minutitos de lastre.  No quiero dejar de destacar el cinéfilo regalo de ver entre el plantel de secundarios a gente tan importante como Laura Dern, Ray Liotta, Alan Alda, Julie Hagerty o Wallace Shawn.  Un verdadero regalazo.
Calificación: 8 (sobre 10)

martes, 14 de abril de 2020

Píldoras de Cine: ABRIL DE 2020


Mi madre, que fue quien me inculcó desde la cuna esta pasión inquebrantable por el Séptimo Arte, en sus últimos años decía: “Mi cine es la tele”.  Con esas palabras lo que pretendía explicarme era que montarse en un coche para meterse en una sala oscura ya no le apetecía, siendo más fácil y reconfortante la opción de ver películas en el televisor.  Yo todavía estoy en la fase en la que pienso que no hay nada comparable con la pantalla grande, pero en estas últimas semanas ver cine en la TV es lo único que nos es posible a toda la población española, de modo que, con sabor a encierro, estas son nuestras (esta vez televisivas) ¡¡PÍLDORAS DE CINE!!.


EL HOYO
En los buenos viejos tiempos, confieso que iba al cine dos y a veces hasta tres días por semana, de modo que eran pocas y raras las películas que, estrenándose comercialmente en mi ciudad de residencia, escapaban de mis voraces fauces.  Sin embargo, me negué a ver “El hoyo”, cuyos trailers me causaron una no muy positiva impresión.  Meses después, los comentarios positivos y recomendaciones de unos amigos cuyo criterio valoro y respeto me decidieron a darle una oportunidad.  El hoyo” describe un futuro distópico en el que, en una infraestructura socavada en un lóbrego agujero, las personas están estratificadas en varios niveles, recibiendo los de abajo las sobras de lo que han despreciado los de arriba.  Parece ser que mis amigos no son los únicos fans de esta película que ha dirigido el bilbaíno Galder Gaztelu-Urrutia, y que, de hecho, ha triunfado tanto en el último festival de Sitges como en los pasados premios Goya, siendo en la actualidad uno de los mayores éxitos de la plataforma Netflix.  En resumen, no es descabellado afirmar que nos hallamos ante una de las películas del momento, uno de esos títulos que han logrado poner de acuerdo a millones de cinéfilos.  Por lo que a mi respecta, quizás lo más fácil sería hacer un comentario rápido (aunque poco sincero) y sumarme a la oleada de elogios y parabienes, con lo que, de seguro, quedaría bien con todo el mundo y, obviamente, no ofendería a nadie.  Sin embargo, ¿realmente de qué me serviría mantener un blog durante tantos años sólo para escribir en él un puñado de mentiras piadosas?  A mi “El hoyo” no me gustó.  No me gustó nada.  Vamos, que posiblemente es de las películas que menos me han gustado en toda mi vida.  En primer lugar, confieso que tuve que preguntar a mis amigos (esos que me la habían recomendado) exactamente qué era lo que habían encontrado en ella que tanto les había complacido;  porque yo, que, siempre, siempre, saco algo bueno de cada película que veo (ya sea el guión, o los diálogos, o las interpretaciones, o la música, o la fotografía, o el diseño de producción, o el sonido, o el montaje…) fui incapaz de disfrutar absolutamente ningún aspecto de este film.  Y, en segundo lugar, no sólo no disfruté sino que su dureza y exabruptos escatológicos me sumieron en un mal cuerpo monumental.  Me alegro tres mil por su infinita y creciente legión de fans, pero yo lo pasé tan mal viendo/sufriendo este alegato futurista protagonizado por los televisivos Iván Massagué (“Gym Tony”), Zorion Eguileor (“Estoy vivo”) y Antonia San Juan (“La que se avecina”), que ni siquiera puedo prometer que, algún día, cuando este confinamiento acabe, me decidiré a darle una segunda oportunidad
Calificación: __ (sobre 10)

COMANCHERÍA
Hacía cuatro años que quería ver esta película de David McKenzie, y, por diferentes razones, no me había sido posible hasta que un maldito virus nos ha confinado en un hogar que a veces se torna una entrañable prisión.  El título original de “Comanchería” es “Hell Or High Water”, lo cual forma parte del nombre de un célebre álbum de Deep Purple, “Come Hell Or High Water” (1994), que a su vez parafraseaba una locución anglosajona que viene a significar algo así como “pase lo que pase”, “cueste lo que cueste” o, mejor aún, “contra viento y marea”.  Estas tres acepciones sirven para definir la determinación de un tipo (Chris Pine) que, junto a su hermano ex-presidiario (Ben Foster) se ha propuesto atracar una serie de bancos hasta conseguir el dinero suficiente para que sus hijos tengan el porvenir asegurado.  Un viejo ranger a punto de jubilarse (Jeff Bridges) será el encargado de intentar detener a los recalcitrantes ladrones, y, para conseguirlo, no cejará en su empeño en ningún momento y bajo ningún concepto (que son, obviamente, otras de las posibles traducciones del título inglés del film).  Esta historia de perseverancia y determinación, más que de policías y ladrones, la ha escrito Taylor Sheridan, guionista de “Sicario” y su secuela, y está ambientada en un lejano oeste norteamericano en el que los indios (los comanches a los que se refiere la traslación española) son poco menos que un recuerdo del pasado, y los hombres blancos ya no montan veloces caballos sino coches de potentes cilindradas.  Pero, indudablemente, “Comanchería” tiene mucho de western, en su fotografía, en su ambientación y en su filosofía, y por su dirección, interpretaciones y guión es, sin duda, uno de los mejores westerns que hemos podido ver en bastantes años.
Calificación: 8,5 (sobre 10)

lunes, 6 de abril de 2020

Aute, queda la música


Confieso que, por desgracia para mi, me enganché un poco tarde a la música de Luis Eduardo Aute.  La primera canción que recuerdo haber canturreado, consciente de que su intérprete era Luis Eduardo, fue “No te desnudes todavía”, del álbum “Alma”, editado en 1980.  Yo tenía 17 años y era la época en la que los cantautores me llenaban y me inspiraban, tanto que, con mi guitarra en ristre, me pasaba horas y horas cantando la música y las letras de Joan Manuel Serrat, Victor Manuel, Bob Dylan, John Denver, Donovan o Paul Simon.  Pero cuando realmente amé con locura a Luis Eduardo Aute fue a partir de la publicación del disco doble “Entre amigos”, de 1983.  Quiso la suerte que Televisión Española emitiese aquel histórico concierto en el que al artista nacido en Manila le acompañaban varios de sus colegas más celebrados (Serrat, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Teddy Bautista), una noche en la que mis padres y yo veíamos la TV sin estar pendientes de la película o serie de turno.  Para sorpresa de mi padre, todas las canciones le resultaban conocidas, porque un joven compañero de trabajo se pasaba el tiempo canturreándolas en la oficina, de modo que aquella vez no tuve problemas en conseguir el dinero para comprar el LP editado por MoviePlay.  Lo que me sucedió a partir de ese momento (y durante los próximos años) apenas podría explicarlo.  Literalmente desgasté los surcos del vinilo de tanto escucharlo, y memoricé todos y cada uno de aquellos maravillosos temas, muchos de los cuales hice casi tan míos como si sus letras hubieran brotado de mi propia mente.  Al alba”, “Pasaba por aquí”, “Flores en el mar”, “Aleluya número 1”, “De paso” o, sobre todo, “Las cuatro y diez” marcaron, literalmente, mi existencia, para suerte o desgracia de quienes me tenían que soportar por aquel entonces.  He citado expresamente “Las cuatro y diez” porque hablaba de cine (la pareja protagonista se conoce en una sala mientras se exhibe “Al este del Edén” con James Dean), porque está narrada con una mezcla devastadora de poesía, lirismo e inocencia, y porque a mi madre (siempre mi madre), como a mi, la emocionaba especialmente.

Entre amigos” batió récords de ventas, y muy pronto llegaría un nuevo álbum con el que Aute volvería a cubrirse de gloria y éxito:  Cuerpo a cuerpo”.  Cuando se publicó (1984), el bueno de Eduardo (así es como le llamaban sus más allegados) ya tenía 40 años y, si hubiera sido un hombre presumido, podría haber alardeado de que, gracias a la enorme repercusión de “Entre amigos”, había abducido a una segunda generación, a aquellos que éramos demasiado jóvenes en el momento en que Massiel y posteriormente Rosa León popularizaron sus composiciones y le “obligaron” a cantar él mismo las piezas que escribía.  En “Cuerpo a cuerpo”, además de la canción que daba título al disco, estaban nada menos que “Una de dos”, “Cine, cine, cine”, “Dos o tres segundos de ternura” y “Sin tu latido”, pero si algo destacaba eran las pinturas del propio artista que ilustraban la carpeta.  Luego vendrían una relativa decepción (“Nudo”, de 1985, en el que, así y todo, aparecía “La belleza”), una indigesta pero bellísima extravagancia pseudoreligiosa (“Templo”, 1987), una nueva obra magna (“Segundos fuera”, 1989) y otro leve pasito atrás (“Ufff!”, 1991).  Durante la gira de presentación de “Ufff!” fue cuando por fin pude asistir a un concierto de Luis Eduardo Aute, que aconteció en el remodelado Teatro Guerra de Lorca, lugar que el cantautor aprovechó para hacer infinidad de chanzas a costa de Juan Guerra, hermanísimo de Alfonso (ex-vicepresidente del gobierno socialista de Felipe González) y entonces muy de moda a raíz del caso de corrupción que protagonizó.   Antes de que su producción decayera y fuese haciéndose más elitista o, tal vez, “impopular”, Aute todavía nos regalaría tres grandes LP’s (bueno, obviamente, para entonces ya todo se editaba en CD y no en vinilo), a saber:  “Slowly” (1992), “Alevosía” (una delicia de 1995) y el doble “Aire/Invisible” (1998) cuya promoción me permitió verle en directo por segunda y última vez.  La desilusión que para mi supuso “Alas y balas” (2003) y la redundante regrabación de sus viejos temas en la trilogía de “Auterretratos” (2003, 2005 y 2009) me fueron apartando progresivamente de su obra y de su vida, una vida que, a causa del infarto y posterior coma que sufrió en 2016, se sumió en la oscuridad hasta que el pasado sábado se ennegreció del todo y para siempre.  Pero yo, que he sido (y soy y seré) tan “autista” (dicho con cariñoso gracejo), no puedo evitar rendir este último homenaje a un artista total que componía, cantaba -qué bonito cantaba-, pintaba e incluso llegó a dirigir varias películas y telefilms. 

"Eduardo” me hizo tener hambre y saciarla, sentir sed para luego calmarla, me ayudó a ser un poco mejor persona justo en la etapa en la que una persona necesita inspiración para mejorar.  Por eso, y porque la belleza que infundió a este mundo gris lo transformó en un lugar un poco menos frío y predecible, prometo que nunca le olvidaré ni renunciaré al privilegiado placer de gozar y aprender de su legado, que será eterno e inmarchitable.