martes, 8 de diciembre de 2020

Mis películas favoritas/ “TIBURÓN”


Los dientes de la mar

 

La inmensa pantalla del cine se tiñe de negro.  Mientras van apareciendo paulatinamente unas letras blancas, suenan unas notas musicales vibrantes y ominosas, una melodía siniestra que poco a poco va in crescendo.  El fondo de un mar profundo se hace visible, y todos intuímos que, de entre esas aguas misteriosas, está a punto de surgir una amenaza que nos va a dejar sin respiración…

 

Amity es una isla situada junto a la costa este de los Estados Unidos, una colonia de veraneo en la que sus comerciantes y hosteleros hacen su agosto (nunca mejor dicho) cuando sus hermosas playas atraen a miles de turistas deseosos de sol, tranquilidad y diversión.  Pero este verano va a ser de todo menos tranquilo y divertido.  Mientras investiga la desaparición de una joven que se bañaba de noche en el mar y algunos de cuyos restos han aparecido diseminados por la orilla, el jefe de policía Martin Brody recibe la fatal noticia de que la muerte se ha debido a un ataque de tiburón.  Brody decide cerrar las playas pero el alcalde, sabedor de lo que ello significaría para el comercio local, le convence de que el forense se ha equivocado y todo se debió a un accidente fortuito provocado por una hélice.  Cuando, días después, un tiburón devora a un niño ante los ojos de los aterrorizados bañistas, un maduro y ambicioso pescador llamado Quint se ofrece para dar caza al escualo a cambio de una recompensa, pero ni siquiera entonces el alcalde permitirá que el jefe de policía tome la decisión correcta.  Sólo cuando la tragedia vuelve a abatirse sobre la isla, el municipio autoriza la contratación de Quint, y éste, el jefe Brody y Hooper, un científico enamorado de los tiburones, se embarcan en pos de la aventura de sus vidas…

 


A mediados de 1973, el escritor y periodista neoyorkino Peter Benchley (1940-2006) entregaba el manuscrito de su primera novela “Jaws” (“Mandíbulas”) en las oficinas de la editorial Doubleday.  Tanto gustó el libro a sus editores que, sin siquiera haber sido publicado, sus derechos fueron adquiridos por los astutos productores de cine Daryl Zanuck y Richard Brown, que acababan de saborear las miles del éxito con “El golpe” (George Roy Hill, 1973).  Zanuck y Brown no dudaron ni un momento de las posibilidades del libro de Benchley, a quien encargaron la redacción de un borrador de guión que posteriormente acabarían puliendo Carl Gottlieb, Howard Sackler e incluso John Milius (estos últimos, no acreditados).  La pretensión de todos era que “Tiburón” se convirtiera en una gran película de aventuras que fuese capaz de dejar en mantillas a la “Moby Dick” de John Huston (1956), todo un clásico de la acción marítima.

 


El primer director en quien se pensó para hacerse cargo del film fue el veterano John Sturges (“Los siete magníficos”, “La gran evasión”), que declinó la oferta en favor de Dick Richards (“Coraje, sudor y pólvora”, 1972), el cual fue despedido porque, según se cuenta, era incapaz de diferenciar un tiburón de una ballena.  Fue entonces cuando un joven de 27 años, Steven Spielberg, se ofreció para sentarse en la silla de director.  Curtido en la televisión (había dirigido varios episodios de series como “Marcus Welby” o “Columbo”, además de un telefilm que en algunos países se estrenó en cines, “El diablo sobre ruedas”), Spielberg acababa de terminar “Loca evasión” (“The Sugarland Express”, 1974) con producción a cargo de los mismísimos Zanuck y Brown, jugando a su favor su ímpetu juvenil y su reputación de filmar rápido y bien y ceñirse al presupuesto (rasgos característicos del trabajo televisivo).  Aunque la idea del estudio (Universal Pictures, que distribuiría internacionalmente la película) era rodar la práctica totalidad de las secuencias acuáticas en un enorme tanque de agua construido en un gigantesco set, Spielberg se empeñó en sacar las cámaras al mar, lo cual iba a acarrear no pocos dolores de cabeza a todos los implicados. El coste de producción previsto era de cuatro millones de dólares y el tiempo de rodaje asignado, no más de cincuenta y cinco días.

 

Una de las primeras decisiones que tomó Spielberg fue la de “pulir” algunas de las subtramas del libro original, especialmente la relación adúltera que mantenían el biólogo Hooper y la esposa del jefe Brody (yo mismo leí la novela tras haber visto la película, y reconozco que aquel adulterio me pareció repugnante), con el fin de que los personajes resultasen más agradables y “queribles” para el espectador.

 


Para protagonizar el film, los primeros actores en quienes se pensó fueron Robert Duvall o Charlton Heston para interpretar a Brody, Jeff Bridges o Jon Voight en el papel de Hooper y Lee Marvin o Sterling Hayden para dar vida a Quint.  Como todos sabemos, ninguno de ellos acabó poniéndose ante la cámara de Spielberg, siendo los elegidos Roy Scheider (visto en “French Connection”, 1971) como el jefe Brody, Richard Dreyfuss (recomendado por George Lucas, que le había dirigido en “American Graffiti”, 1973) como Hooper y Robert Shaw (el villano de la ya citada “El golpe”) como Quint.  Para los papeles secundarios, se contrató a Murray Hamilton para convertirse en el antipático alcalde Larry Vaughn, Lorraine Gary (esposa de uno de los mandamases de Universal, Sidney Sheinberg) para meterse en la piel de la abnegada Ellen Brody, el intérprete isleño Jeffrey Kramer para ser el ayudante Hendricks y la doble y especialista Susan Backlinie, a quien no le importaba realizar el desnudo integral que abriría el film, para personificar a la primera víctima del tiburón asesino.  Por otra parte, los dos guionistas acreditados realizaron pequeños papeles:  Carl Gottlieb como Meadows, el editor del periódico local, y el propio Peter Benchley como presentador de un noticiero televisivo que se retransmite desde las playas de Amity.

 


El grueso del rodaje de “Tiburón” se desarrolló en la isla Martha’s Vineyard, al sur de Cabo Cod, en el estado de Massachusetts.  Para las secuencias marítimas, se empleó un barco pesquero que se convirtió en la Orca, la nave en la que Quint ejerce como despótico comandante.  Y, para interpretar al auténtico protagonista de la ficción, el tiburón blanco de la especie carcharodon carcharias, se construyeron hasta tres modelos mecánicos que fueron bautizados como “Bruce” en honor al “simpático” abogado de Spielberg, Bruce Raimer.  Como ninguno de los engendros robóticos funcionaba todo lo bien que se necesitaba, Spielberg tomó la decisión de utilizarlos lo menos posible y sólo en planos muy concretos, de manera que, haciendo buena la máxima de “la imaginación al poder”, el joven realizador fue capaz de generar aún más miedo al sugerir la presencia aterradora de la bestia (mediante cámara subjetiva o, sobre todo, gracias a la música) sin tener que mostrarla constantemente.

 


Es la música de “Tiburón”, compuesta por el insigne John Williams (nacido en 1932) uno de los aspectos más recordados y fundamentales de la película.  Bajo su aparente simplicidad, su tema principal esconde una inteligencia compositiva superlativa, mediante la repetición de un par de notas oscuras interpretadas por la tuba que pronto son acompañadas por timbales y devienen en un alarido de pánico personificado por unas cuerdas que parecen humanizadas.  Rotundamente magistral, por mucho que sean meridianamente ciertas las (odiosas) comparaciones con alguno de los motivos utilizados por Igor Stravinski en “La consagración de la primavera” (1913).

 


El presupuesto previsto para finalizar “Tiburón” acabó duplicándose, y los días de filmación se triplicaron.  A los problemas ya conocidos de rodar en alta mar y las deficiencias de los escualos animatrónicos se sumaron las habituales peleas entre Richard Dreyfuss y Robert Shaw, motivadas en parte por el alcoholismo de este último, que terminaría falleciendo de un ataque cardíaco en 1978, a los 52 años de edad.  Con todo, una de las mejores escenas del film se le debe casi íntegramente a Shaw:  me estoy refiriendo al célebre momento en el que Quint cuenta su peripecia a bordo del buque USS Indianapolis, el mismo que entregaría la bomba atómica de Hiroshima y que poco después se hundió tras ser torpedeado, quedando la tripulación a merced de los tiburones.  El monólogo fue esbozado por los guionistas “extraoficiales” Sackler y Milius, pero fue el actor quien acabó dándole la forma definitiva.  Otra de las frases más recordadas de la cinta se debe a la improvisación de Roy Scheider, que, cuando su personaje ve por primera vez al enorme tiburón mecánico mientras está vertiendo carnaza al mar, exclamó “You’re gonna need a bigger boat” (“Necesitará un barco más grande”), lo cual en realidad hacía referencia a una reiterada queja del equipo técnico a los “tacaños” productores que no satisfacían sus demandas.

 

El propio Steven Spielberg fue abordado por uno de los ejecutivos de Universal para preguntarle cortésmente si deseaba retirarse del proyecto dignamente, toda vez que la filmación, así como las vicisitudes, no parecían tener fin.  El realizador se negó en redondo a que otro terminara su obra, y aún perseveró más en sus travellings y planos secuencia, así como en su original planteamiento visual:  durante la primera mitad del film, muchos de los encuadres están filmados desde abajo, como si fuesen tomados según la perspectiva del enemigo invisible.

 


Incluso las pesadillas se terminan alguna vez, y el viernes 20 de Junio de 1975, “Tiburón” se estrenaba en los cines norteamericanos, con una cartelería que mantenía la impactante portada del libro (pintada por Roger Kastel, que a su vez adaptaba un boceto previo de Paul Bacon).  She Was The First” (“Ella fue la primera”) era el escueto slogan que hacía referencia a la víctima inicial del depredador marino, cuya muerte a los pocos minutos de proyección conmocionó a las audiencias.  En su primer fin de semana, la película recaudó 7 millones de dólares, y tan sólo necesitó 14 días para recuperar su (elevadísimo) coste de producción.  Su éxito no hacía más que crecer exponencialmente, y durante 2 años fue el film más taquillero de la Historia del cine, sólo superado en 1977 por el fenómeno “La guerra de las galaxias”.  Como no podía ser de otra manera, sus avispados productores pretendieron sacarle todo el partido posible, de manera que en 1978 vio la luz “Tiburón 2”, con casi el mismo equipo técnico y artístico a excepción de Spielberg, que se negó a repetir y fue reemplazado por Jeannot Szwarc.  Tiburón 3-D” (una bobada tridimensional) llegaría en 1983, y la última entrega de la saga oficial, “Tiburón 4: La venganza” echaría el cierre en 1987.

 


Aunque, todavía hoy en día, uno puede sorprenderse leyendo que, para algunos, “Tiburón” es “una mala película porque, en la realidad, los tiburones no devoran personas”, es innegable que nos hallamos no sólo ante una obra cinematográfica de primer nivel, sino ante todo un fenómeno sociológico intergeneracional.  Así lo demuestran escenas memorables como las del primer ataque a la hermosa bañista desprejuiciada;  el segundo ataque en el que el pequeño Alex Kintner es destrozado a bordo de una colchoneta amarilla, con la consiguiente explosión de terror de los bañistas;  la secuencia nocturna de los dos pescadores siendo atacados por un tiburón que no llegamos a ver pero que percibimos como absolutamente real y aterrador; el descenso de Hooper al navío hundido de Ben Gardner, en el que hallará clavado un enorme colmillo que se le caerá de las manos ante un inolvidable sobresalto gore; el tercer ataque precedido por la broma de los dos críos que manipulan una aleta de madera;  la partida de la Orca visualizada por entre unas fauces de tiburón disecadas por Quint;  toda la larguísima persecución marítima, con la maravillosa música de John Williams rubricando el disparo de cada barril de oxígeno;  el ya citado monólogo de Quint recordando la historia del buque Indianapolis;  el ataque del tiburón a la jaula sumergida en la que un ingenuo Hooper creía protegerse de él;  y, cómo no, la sobrecogedora muerte de Quint cayendo irremisiblemente entre las fauces de su peor pesadilla, certifican la absoluta vigencia de un clásico inmortal que supo aunar la aventura, el terror y la crónica social con inusual maestría, impropia en un veinteañero que, pocos años después, ya era conocido como “el Rey Midas de Hollywood”.  ¿Quién, desde que vio por primera vez “Tiburón”, no ha tenido siquiera un poco de miedo al ir a meterse al mar?

 

Luis Campoy

lunes, 16 de noviembre de 2020

Series de Televisión/ "COBRA KAI"



En 1984, el joven Daniel LaRusso (Ralph Macchio) se traslada a vivir junto a su madre a un bloque de apartamentos del barrio de Reseda en Los Angeles (California).  Muy pronto, se enamora de una atractiva compañera de instituto, Ali Mills (Elisabeth Shue), la cual acaba de salir de una tormentosa relación con un chico engreído y pendenciero llamado Johnny Lawrence (William Zabka), quien se niega a consentir que su antigua novia le reemplace por otro.  El comportamiento chulesco y violento de Johnny y sus amigos no consigue desanimar a Daniel, quien, para aprender a defenderse, intenta inscribirse en un dojo de karate denominado Cobra Kai, dirigido por un orgulloso y cruel sensei (instructor), John Kreese (Martin Kove), sólo para descubrir que Johnny y su pandilla son estudiantes aventajados de ese mismo dojo.  Es entonces cuando entra en escena Nariyoshi Miyagi (Noriyuki “Pat” Morita), el conserje del edificio de apartamentos donde vive Daniel, quien, a través de técnicas muy peculiares, consigue iniciar al joven LaRusso en los caminos del karate, adiestrándole en un tiempo récord para que, en el torneo de All Valley, Daniel se proclame campeón a pesar de las malas artes de los alumnos del Cobra Kai.

 

El párrafo anterior, como seguro que habréis reconocido, era un breve resumen de una famosísima y supercomercial película de los años 80, “Karate Kid”, escrita por Robert Mark Kamen, dirigida por John G. Avildsen y musicalizada por Bill Conti, estos dos últimos, realizador y compositor de la celebérrima película de Sylvester Stallone “Rocky”.  No fueron pocos los que, de hecho, vieron en “Karate Kid” una especie de reformulación de “Rocky” dirigida al público juvenil, ya que ambas coincidían en la exaltación del deporte como método de superación personal, además de que, en los dos casos, los protagonistas vivían bonitas historias de amor y se beneficiaban de las enseñanzas de unos tutores tan maduros como carismáticos.  El caso es que “Karate Kid” tuvo dos secuelas más en las que repitió Ralph Macchio, una cuarta entrega en la que el señor Miyagi ahora entrenaba a una karateca femenina e incluso un remake protagonizado por Jackie Chan y Jaden Smith, hijo de Will Smith.

 

En el año 2007, William Zabka apareció en el videoclip de una canción del grupo No More Kings retomando su papel de Johnny Lawrence, y, más adelante, el actor comentaría, medio en broma, medio en serio, que él siempre fue “el auténtico Karate Kid”.  Seis años después, en el episodio número 22 de la octava temporada de la serie “Cómo conocí a vuestra madre”, Ralph Macchio se presentó como invitado sorpresa en la despedida de soltero de Barney Stinson (Neil Patrick Harris), provocando el enfado de Stinson, que sostenía también que Johnny era el elegido para convertirse en Karate Kid y que fueron las “malas artes” de Larusso y Miyagi las que le arrebataron todo lo que le pertenecía, incluyendo tanto el título de campeón de karate como la guapa novia que tenía.  En ese instante, un payaso que formaba parte de la fiesta se quitaba el maquillaje y resultaba ser el mismísimo William Zabka, interpretando nuevamente al inefable Johnny Lawrence.  Tan “entrañable” reencuentro no pasó inadvertido al productor y guionista Jon Hurwitz, un fan más de la saga “Karate Kid” que, durante los cuatro años siguientes, estuvo soñando despierto con la posibilidad de realizar una continuación televisiva de las películas en las que volvieran a participar los recordados protagonistas de las mismas.  Tras considerar la posibilidad de ofrecer la primera temporada de una serie de diez episodios breves (de una media hora de duración) a las principales cadenas norteamericanas, finalmente se decantó por la oferta de la plataforma de videos YouTube, que deseaba dar el salto a un mercado más convencional.  De este modo, el 24 de Abril de 2018 se estrenaba el primer episodio de “Cobra Kai”, oficiando el propio Hurwitz, Josh Heald y Hayden Schlossberg como productores, guionistas y ocasionales directores, y los mismísimos Ralph Macchio y William Zabka como productores ejecutivos junto con Will Smith, cuyo hijo Jaden, como dijimos más arriba, protagonizó el remake de 2010.

 

34 años después de perder el campeonato de karate de All Valley de 1984, Johnny Lawrence, al borde del alcoholismo después de haber fracasado en todas las facetas de su vida, decide volver a poner en marcha el viejo dojo Cobra Kai, en el que seguirá vertiendo algunas de las enseñanzas de su antiguo sensei John Kreese, incluyendo el lema “el enemigo no merece piedad”.  Algunos de los alumnos que se inscriben en el dojo son Miguel Díaz (Xolo Maridueña), Aisha Robinson (Nichole Brown) o Elie Moskowitz (Jacob Bertrand).  En su relación con Miguel, Johnny trata inconscientemente de volcar todo el afecto paterno que su propio hijo Robby Keene (Tanner Buchanan) rechaza, hasta el punto de que el muchacho se niega a utilizar el apellido paterno.  Paralelamente, Daniel LaRusso se ha convertido en un respetado y floreciente empresario del automóvil, dirigiendo su propio concesionario, en el que también trabaja su esposa Amanda (Courtney Henggeler), con la que tiene dos hijos, Samantha (Mary Mouser) y Anthony (Griffin Santopietro).  Cuando Johnny y Daniel se reencuentran accidentalmente, vuelve a surgir entre ellos la rivalidad del pasado, que esta vez afecta también a sus descendientes:  Samantha inicia una relación amorosa con Miguel, sin saber que éste es el pupilo del enemigo de su padre, mientras que Robby le pide a Daniel que le transmita sus conocimientos de karate, omitiendo el pequeño detalle de que es el hijo del mismísimo Johnny Lawrence…

 

Indudablemente, “Cobra Kai” es un regalazo para todos los que llevamos casi cuatro décadas enganchados a “Karate Kid”.  De hecho, a mi me sigue pareciendo poco menos que un milagro la propia existencia de la serie, y que en ella hayan accedido a participar casi todos los actores principales de las viejas películas (con la lógica excepción de Noriyuki “Pat” Morita, fallecido en 2005).  Además, hay que reconocer que el tono (una mezcla bien equilibrada de drama, comedia, romance y deporte) es perfecto para atraer tanto a los espectadores originales de la saga como a las nuevas generaciones que sólo la conocían a través del DVD y la televisión.  Los treinta minutos de duración de cada capítulo se pasan en un suspiro, de modo que siempre te quedas con ganas de más, y el morbo de ver cómo han envejecido los actores que eran jóvenes en los 80 se complementa con el indudable acierto en la elección de sus herederos de la nueva hornada.  Cobra Kai” es una auténtica gozada y lo bueno es que sólo quedan dos meses para volver a gozarla a lo grande, ya que, tras dos temporadas emitiéndose en YouTube, la tercera tanda de episodios se estrena en enero de 2021, nada menos que en Netflix.

martes, 10 de noviembre de 2020

Series de Televisión/ "PATRIA"


 

Cuando se publicó “Patria” (Tusquets Editores, 2016) del escritor donostiarra (residente en Alemania) Fernando Aramburu, todas las críticas que encontré eran favorables, por no decir extraordinariamente positivas.  De su argumento apenas supe que se desarrollaba en el País Vasco durante los “años de plomo”, pero, sin haberlo leído, sí he podido visionar la serie televisiva que lo adapta, de modo que me ceñiré a esta última en mi comentario.


Como quedó dicho al principio, “Patria” transcurre en el País Vasco español, en un pueblo (que bien pudiera ser Hernani), donde el empresario Jesús María “Txato” Lertxundi es extorsionado por la banda terrorista ETA, que le exige el pago forzoso del llamado “impuesto revolucionario”.  Txato empieza pagando, pero finalmente se niega e incluso se plantea trasladar su negocio de transportes a Zaragoza.  El mero hecho de no seguirle la corriente a los terroristas en sus exigencias, convierte a Txato en blanco de los abertzales, y las paredes de su casa y su negocio amanecen cubiertas de pintadas en las que se le llama “Traidor”.  Como consecuencia de ello, la práctica totalidad del pueblo le da la espalda, incluyendo a su mejor amigo Joxian y la mujer de éste, Miren;  todos piensan que alguien que no contribuye a la libertad de Euskal Herria se merece todo lo malo que le pueda pasar.  Una tarde lluviosa, Bittori, la esposa de Txato, escucha tres disparos en la calle, justo cuando su marido se dirigía hacia su coche.  Su esposo yace boca abajo en el suelo, y su sangre, diluída en la lluvia, se extiende por el asfalto…  Décadas después, cuando ETA anuncia el cese de su actividad armada, Bittori, que desde que enviudó se había trasladado a vivir a San Sebastián, decide regresar al pueblo, con al propósito de averiguar quién apretó el gatillo en la muerte de Txato, y obtener del asesino una tardía disculpa.

 

Patria”, la serie, ha sido producida por Alea Media para el gigante HBO, oficiando de showrunner Aitor Gabilondo, artífice de producciones como “El comisario”, “Periodistas”, “El Príncipe”, “Vivir sin permiso”, “La verdad”, “Madres” o “Allí abajo”.  Precisamente fue en esta última serie donde no hace mucho vimos aparecer a las dos grandes protagonistas de “Patria”, Elena Irureta y Ane Gabarain. Irureta, que en “Allí abajo” interpretaba a Rosamari, la madre de Peio (Iker Galartza), da vida en “Patria” a la sufrida Bittori, mientras que Gabarain, que fuese Maritxu, la madre de Iñaki (Jon Apaolaza), incorpora ahora a la “malvada” Miren.  El resto del reparto principal de “Patria” lo integran José Ramón Soroiz como Txato, Iñigo Aranbarri y Susana Abaitua como sus hijos Xabier y Nerea, Mikel Laskurain como Joxian y Jon Olivares, Loreto Mauleón y Eneko Sagardoy como, respectivamente, sus tres hijos Joxe Mari, Arantxa y Gorka.  El guionista principal ha sido el propio Aitor Gabilondo, repartiéndose entre Félix Viscarret y Oscar Pedraza la dirección de los ocho episodios de los que consta la miniserie.

 

Siendo el tema de base ya de por sí complicado (la descripción del llamado “conflicto vasco” de una manera pretendidamente objetiva), la primera polémica que se suscitó en torno a “Patria” estalló cuando HBO decidido difundir un primer cartel promocional en el que, bajo el lema “Todos somos parte de esta historia”, se veían dos imágenes entre las que se pretendía establecer un evidente paralelismo:  por un lado, Bittori llorando desgarrada con su marido asesinado en brazos, y, por otro, Joxe Mari (el hijo terrorista de Miren y Joxian) desnudo y supuestamente torturado en una oscura comisaría.  Hasta el propio autor Fernando Aramburu tuvo que intervenir públicamente para manifestar su desacuerdo con la elección de esas dos fotografías, que, según explicó, no se correspondían con el tono tanto de su novela como de la propia serie.  Para entendernos, un cartel como ese da a entender que vamos a asistir a una especie de guerra en la que, sí, existen dos bandos (los asesinados y los asesinos), pero ambos bandos son tan culpables como víctimas de una realidad dual.  O dicho de otra manera:  si ETA se vio “obligada” a matar a 864 personas fue porque, previamente, el “perverso” Estado español oprimió al pacífico pueblo vasco y sometió a innumerables vejaciones a sus heroicos e inocentes pobladores.

 

Lo cierto es que, lamentablemente, empecé a ver la serie con el poster muy en mente, y ojalá pudiera decir que, una vez finalizados los ocho capítulos, mi impresión preliminar andaba totalmente desencaminada.  O sea, el sentimiento nacionalista de un territorio me parece absolutamente respetable, como prácticamente cualquier filosofía o forma de pensar, pero donde una filosofía gana o pierde su legitimidad es en la manera de llevar a la práctica sus teorías.  Que, durante años, demasiados años, existió una dictadura que pisoteó derechos y libertades aquí y allá y causó el dolor y la frustración de mucha gente, es un hecho tan innegable como reprobable.  Pero que, como respuesta a esa opresión, una parte de la sociedad vasca apoyase, respaldara y vitorease a una banda criminal que asesinó a casi 900 personas entre policías, guardias civiles, militares, políticos, empresarios e inocentes familiares de éstos, no puede dejar de ser sino una vergüenza histórica que no se puede justificar de ninguna manera.  Patria”, en algunos pasajes, intenta parecer “neutral”:  ni los “buenos” (Txato y su familia) son perfectos y angelicales, ni los “malos” (con Joxe Mari obviamente a la cabeza, pero con Miren tanto o más convencida de la justeza de su reivindicación) son demonios que decapitan bebés y ofrecen su sangre a una monstruosa Mari o madre diosa.  En ese pueblo de unos 20.000 habitantes, la inmensa mayoría aceptan como propios los postulados esgrimidos por ETA (España nos oprime, nos roba, nos impide hablar en nuestra lengua nativa, y, por tanto, debemos eliminar a nuestros opresores), y ni siquiera el apocado Joxian se atreve a seguir siendo amigo de Txato, por temor a ser señalado también por sus conciudadanos.  En el primer capítulo, las todavía amigas Miren y Bittori presencian horrorizadas cómo un autobús es incendiado por unos vándalos, pero ¡ay!, la postura de Miren cambia radicalmente cuando ese acto vandálico es reivindicado por ETA y descubre que uno de los vándalos es su propio hijo Joxe Mari;  lo que hubiera podido ser objeto de recriminación o castigo, ahora se torna en motivo de orgullo, porque Joxe Mari se atreve a llevar a la práctica lo que muchos vascos anhelan pero reprimen:  la destrucción del orden (español) establecido.  Los hijos de Txato y Bittori están un poco desdibujados (Xabier sucintamente “enmadrado” y Nerea buscando en el sexo cómo evadirse de su tragedia familiar), pero, por el contrario, los de Miren y Joxian aparecen precisamente caracterizados.  Joxe Mari, violento e impulsivo, se une a ETA para poder dar rienda suelta al odio que lleva dentro;  Gorka, horrorizado ante la violencia ejercida por su hermano y decepcionado por la sumisión de su padre, asume su homosexualidad largamente reprimida y busca cobijo en un hombre más mayor;  y Arantxa, la más honesta de los tres, es castigada primero con un marido “facha” y maltratador y, finalmente, con un ictus que la deja postrada en una silla de ruedas.  La caracterización de algunos personajes “españoles” me parece tan desafortunada como tendenciosa, es decir, para nada neutral.  Los policías que registran la casa de Miren y Joxean se comportan de manera indignante y despreciable;  los  guardias civiles que interceptan el coche en el que Nerea y sus amigas se encaminan al homenaje del etarra fallecido son repugnantes y asquerosos, con abusivo cacheo incluido;  los inspectores que torturan a Joxe Mari no inspiran sino odio y animadversión;  y el marido de Arantxa, Guillermo, segundos después de declararse “español”, abofetea a su esposa de una manera en la que los términos “machista”, “maltratador”, “facha” y “español” van claramente entrelazados.

 

Por lo demás, una vez reiterado mi disgusto y decepción ante esa “equidistancia” que la serie manifiesta aunque sus responsables lo nieguen, reconozco que me ha gustado bastante “Patria”, que, para mi, igual podría llamarse “Matria”, al ser las dos madres enfrentadas las verdaderas y auténticas protagonistas.  En este sentido, tengo que admitir que, si bien Elena Irureta y su Bittori gozan de mi total afecto y apoyo, quien está realmente formidable, espectacular, es Ane Gabarain como Miren, una villana sensiblemente matizada que ejemplifica en una sola persona la compleja ambigüedad moral de toda una sociedad.

lunes, 9 de noviembre de 2020

Píldoras de Cine: NOVIEMBRE DE 2020

Ya estamos en Noviembre y, si ni siquiera el mejor James Bond de la Historia del Cine ha podido sobrevivir a esta era de coronavirus, ya me contaréis qué posibilidades tenemos el resto de mortales…  Con el toque de queda, el confinamiento perimetral y los bares cerrados, el cine es uno de los pocos alicientes que nos quedan y, al menos mientras se pueda, un servidor sigue frecuentando las salas con el fin de ver lo que se exhibe para luego poder expedir la dosis reglamentaria de PÍLDORAS DE CINE?

 


GREENLAND

¿Gerard Butler en una (nueva) peli de catástrofes?  ¿Será tan mala y tan inane como “Geostorm”?  Pues no, esta “Greenland” (si llegan a traducir “Groenlandia”, seguramente habría sido una ruina comercial, debe haber pensado la Distribuidora española) que ha dirigido Ric Roman Waugh depara no pocas gratificantes sorpresas, en forma de guión bastante bien escrito, con personajes “reales” y situaciones en las que el espectador lo pasa casi tan mal como sus protagonistas.  A Butler le acompañan Morena (“Deadpool”) Baccarin y un recuperado Scott Glenn, y debo admitir que hacía tiempo que no disfrutaba tanto pasándolo tan mal.

Calificación: 7,5 (sobre 10)

 


EMMA

24 años después de la celebrada versión con Gwyneth Paltrow, llega a los cines (al menos a los que están abiertos) una nueva adaptación de la deliciosa novela de Jane Austen.  La historia de la joven Emma Woodhouse es básicamente la misma de siempre, sólo que ahora se acentúa un poco el elemento feminista (el signo de los tiempos).  La imparable Anya Taylor-Joy ostenta el papel protagónico en una producción británica en la que brillan (como suele ser habitual) todos los aspectos estéticos:  fotografía, diseño de producción, vestuario y música alcanzan todos ellos cotas elevadísimas de calidad, y el film, en conjunto, me parece una auténtica exquisitez, una pequeña maravilla francamente recomendable.

Calificación: 8,5 (sobre 10)

 





NO MATARÁS

El joven realizador catalán (38 años) David Victori escribe su particular carta de amor al Cine (al menos, al cine de Martin Scorsese) con “No matarás”, en la que a un sufrido Mario Casas le pasan tal cantidad de cosas (malas) que deja en mantillas al pobre Griffin Dunne de “¡Jo, qué noche!”.  Victori no sólo recupera el tono pesadillesco de aquel film de 1985 (cuando parece que el protagonista ha salido de un lío, se mete en otro mayor, y así hasta el ultimísimo instante), sino que también hace gala de un apabullante despliegue de travellings.  Como el film tiene pocos momentos de quietud y su personaje es eminentemente físico, Casas apenas tiene que sacar a pasear su característica mala dicción, por lo que puede afirmarse que cuaja un buen trabajo interpretativo.   Atención a la joven (y muy peligrosa) Milena Smit, excepcional en su rol de mujer fatal.

Calificación:  7,5 (sobre 10)

 


PINOCHO

Prueba del paso inevitable del tiempo, es que, en apenas 18 años, el inefable Roberto Benigni (“La vida es bella”) ha pasado de ser Pinocho en la versión de 2002 a convertirse en su “padre”, el carpintero Gepetto, en esta nueva adaptación que ha dirigido Matteo Garrone.  Alejándose del largometraje animado de Disney, Garrone echa mano de los elementos más oscuros del cuento original de Carlo Collodi, acentuando la maldad y crueldad de los personajes negativos y visualizando secuencias verdaderamente terroríficas.  Quizás es por ésto por lo que, en una adaptación con una brillante puesta en escena, el espectador más sensible se sentirá precipitado a un abismo de sufrimiento que le impedirá disfrutar lo que hasta ahora habíamos considerado un simple cuento infantil.

Calificación: 7 (sobre 10)

sábado, 24 de octubre de 2020

Mi tercer libro: "CINCO LATIDOS"


Dos años después de que “Sangre”, mi primera novela, viese la luz en 2018, y un año más tarde de que “El Butanero siempre llama dos veces” se hiciera realidad como texto en 2019, mi tercer libro, “Cinco latidos”, acaba de publicarse.

 

Cinco latidos” (Editorial Círculo Rojo, 2020) es el fruto de una venganza;  o, diciéndolo más suavemente, es mi revancha por las veces en que, aún joven e ilusionado, presenté alguno de estos relatos a diversos concursos literarios, los cuales obviamente no pude conquistar.  Con todo, me siento orgulloso de todos y cada uno de ellos, tanto que, en este momento de mi vida, he creído oportuno que se merecen el derecho a ver la luz, la luz con la que sólo un padre sabe iluminar el camino de sus retoños…

 

LA PRIMERA VÍCTIMA” nació a principios de 1979, en aquellos años en los que más me fascinaban la literatura y el cine de ciencia-ficción.  Leído hoy en día, puede parecer un poco ingenuo o inocente, pero me encanta la pureza de su narración, que prometo que he respetado casi al cien por cien.  Más elaborada fue la génesis de AQUEL PARQUE”, que, al igual que mis dos primeros libros publicados, procede de un guión para un cortometraje, uno que nunca se llegó a rodar, pero que también intentó ser una obra de teatro que dejé a medias en algún momento de finales del siglo pasado. DE CARTÓN PIEDRA”, aunque  no lo parezca, no es sólo un (visible) homenaje a mi Alicante natal y sus maravillosas Hogueras de San Juan o a la canción homónima de Joan Manuel Serrat, sino también una humilde carta de amor a Tiempo de silencio” del malogrado Luis Martín Santos, una obra y un autor que se merecían un destino mejor que el de ser odiados por la inmensa mayoría de los alumnos de COU. “MALA MUJER, cuyos protagonistas son dos toreros sevillanos, sólo puede ser mirada como un retrato “camp” de una realidad trasnochada o idealizada, que sería incluso impensable para más de un lector de nuestros días.  Finalmente, “TODO SOBRE ANGELA” ha permanecido casi diez años inconclusa, con un principio pero sin un final, esperando pacientemente para hallar el desenlace que necesitaba.

En todos estos cinco relatos, que hoy sabemos que transcurren en el mismo universo que “Sangre” y El Butanero siempre llama dos veces”, el único nexo en común podría ser la inquietud, el desasosiego o la incertidumbre presentes en sus tramas, sensaciones perfectamente compatibles con la desorientación en la que últimamente deambulamos, por lo que os invito a zambulliros en esta lectura que sólo pretende convenceros de que, después de todo, no estamos tan mal si las cosas aún pueden empeorar hasta los niveles descritos en estas páginas.

lunes, 5 de octubre de 2020

Los libros de mi infancia/ "LOS TRES INVESTIGADORES"

 


Cuando un niño, como yo, es hijo único y nace y crece en los años sesenta del siglo pasado, existen sobradas ocasiones de que, por muchos amigos que tenga, refugie sus soledades en la lectura, ese universo en el que a veces se adquieren amistades extraordinarias que duran para toda la vida.  Me temo que, a los ojos de un adolescente de los años 20 del siglo XXI, actualmente puede parecer poco habitual pasarse horas y horas leyendo y releyendo libros y tebeos (así es como se llamaban los “comics” de ahora), pero os aseguro que gran parte de mi niñez (y juventud) se desarrolló surcando las maravillosas páginas de los libros que me regalaban, me prestaban o yo mismo alquilaba en la biblioteca o el bibliobús.

Con el fin de ayudar a los más jóvenes a adentrarse en la literatura, por aquel entonces proliferaron diversas colecciones de libros en las que los protagonistas eran niños o muchachos que vivían asombrosas aventuras llenas de emociones.  Mis amigos estaban enganchados a las series escritas por Enid Blyton (“Los Cinco”, “Los Siete Secretos”…), pero yo prefería a “Los Hollister” de Jerry West y, sobre todo, a “Los Tres Investigadores”.

 


Los Tres Investigadores” fue una longeva colección de libros de misterio destinada al público juvenil, cuyo creador fue el escritor y guionista norteamericano (aunque nacido en Filipinas) Robert Arthur Jr. (1909-1969).  Arthur, que se había rebelado contra la recomendación paterna de desarrollar una carrera militar, cursó estudios de literatura inglesa y trabajó como profesor universitario, periodista y editor, hasta que en 1942 se dedicó a escribir guiones para programas de radio y, posteriormente, de televisión.  Conocida su inclinación hacia el misterio y el suspense, comenzó a colaborar con el famosísimo director de cine Alfred Hitchcock (1899-1980) en algunos episodios de la serie televisiva que éste auspiciaba, “Alfred Hitchcock presenta”, colaboración que fue muy fructífera ya que a partir de entonces ambos compartieron varios proyectos literarios (Arthur escribía o recopilaba diversos relatos, y “Hitch” aportaba su popularidad y prestigio para darlos a conocer).  De esta manera y, pretendiendo interesar a los lectores más jóvenes de cada casa, Robert Arthur crea a “Los Tres Investigadores” en 1964, de nuevo balo el auspicio del realizador de “Psicosis”, de modo que la colección inicialmente se titularía “Alfred Hitchcock y Los Tres Investigadores”.


Misterio en el Castillo del Terror” (“The Secret Of Terror Castle”, 1964) es el primer libro de la serie, y sentaría las bases de todo lo que vendría después.  Jupiter Jones, Pete Crenshaw y Bob Andrews son tres adolescentes que viven en una localidad ficticia de California, Rocky Beach, situada no muy lejos del núcleo urbano de Hollywood.  Cuando se inician sus aventuras, no se especifica la edad de los muchachos, pero se deduce que están entre los 13 y los 15 años, ya que Pete participa en competiciones deportivas cuya edad mínima son los 13 y ninguno de ellos posée carnet de conducir, que por aquel entonces se otorgaba a los 16.  Jupiter (quien en ocasiones es llamado simplemente “Jupe”) es huérfano y vive con sus tíos, Titus y Mathilda Jones.  Cuando era niño, Jupiter era la estrella de un programa de televisión infantil titulado “Bebé Gordito” (“Baby Fatso” en inglés), y esa fama aún le sigue precediendo, pues su físico continúa siendo recio y casi obeso.  Quizás debido a su aspecto poco agraciado, resulta sorprendente su petulante forma de hablar, que es la punta del iceberg de un intelecto superior marcado por la cultura y la facilidad para realizar complejas deducciones.  Si Jupiter es el “Primer Investigador” y además el líder incuestionable, Pete ostenta el rango de “Segundo Investigador”;  para compensar las “deficiencias” de su amigo, Pete es atlético y fuerte y le encanta la acción, y su padre trabaja como técnico de efectos especiales en la industria cinematográfica, algo normal al vivir tan cerca de Hollywood.  Bob es, obviamente, el “Tercer Investigador”, y aunque físicamente es más menudo y frágil que sus compañeros, ha “mamado” la escritura desde pequeño (su padre es periodista) y su trabajo ocasional en la biblioteca le ha hecho adquirir una mecánica de conducta ideal para erigirse en “secretario” y archivero del trío.  Los Tres Investigadores se constituyen como asociación cuando Jupiter decide que no es suficiente con costearse sus aficiones detectivescas a base de trabajar a tiempo parcial en la inmensa chatarrería de sus tíos, el “Patio Salvaje” (“Salvage Yard”) y hace imprimir unas tarjetas de visita en las que él, Pete y Bob se identifican como detectives juveniles capaces de resolver misterios bajo el lema “Investigamos todo” y utilizando como logotipo tres signos de interrogación (“???”).  Gracias a su participación en un concurso radiofónico, Jupiter obtiene como premio el uso y disfrute de un espectacular Rolls Royce dorado, conducido por un chófer de ascendencia británica llamado Worthington.  A bordo del lujoso coche, los tres muchachos acuden a las oficinas en Hollywood del archiconocido “mago del suspense”, Alfred Hitchcock, quien está buscando una casa encantada que sirva como escenario para el rodaje de una próxima película.  Hitchcock y Jupiter llegan a un acuerdo muy interesante:  si los chavales son capaces de localizar para él una mansión que cumpla los requisitos deseados, el realizador se compromete a dar a conocer al mundo a Los Tres Investigadores.

 


El mundo de “Los Tres Investigadores” está perfectamente construído en torno a las colinas de Hollywood y las soleadas playas situadas entre Malibu y Marina Del Rey.  Como es lógico, dado que Robert Arthur era un experimentado guionista de televisión y conocía perfectamente el mundo del espectáculo, la mayor parte de las historias que él concibió tenían como telón de fondo la industria del entretenimiento y sus pintorescos integrantes, desde estrellas de cine mudo venidas a menos hasta desquiciados especialistas en efectos visuales.  Pero Los Tres Investigadores no tienen su sede en una lujosa oficina de Hollywood Boulevard, sino en un viejo remolque situado en el Patio Salvaje de los Jones, oculto por toneladas de chatarra hábilmente dispuestas para que nadie repare en que sirven de tapadera para un cuartel general (“Puesto de mando”, lo llaman ellos) en el que cuentan con la tecnología puntera de la época (no olvidemos que estamos en 1964):  teléfono, máquina de escribir e incluso un laboratorio para revelar fotografías.  Los dos ayudantes bávaros del tío Titus, Hans y Konrad, también correrán no pocas aventuras en compañía de los intrépidos muchachos, quienes se enfrentan frecuentemente a dos enemigos recurrentes:  Skinny Norris, un chaval un poco mayor, celoso de Jupiter y que sí posée permiso de conducir, y, sobre todo, el carismático Victor Huganay, un refinado ladrón francés especializado en la consecución de valiosas obras de arte.

 

La prematura muerte de Robert Arthur en 1969 no hizo desistir a la editorial Random House de la publicación de más historias de Los tres Investigadores.  A Arthur le sustituyeron, entre otros, Dennys Lynds (bajo el seudónimo de William Arden), Kin Platt (alias Nick West), Marcus Beresford (conocido como Marc Brandel) y Mary Virginia Carey, de manera que la primera saga de libros constó de 43 volúmenes, a los que siguieron cuatro números especiales (“Los Tres Investigadores necesitan tu ayuda”) que dieron paso a una segunda etapa en la que colaboraron algunos de los escritores originales.  A partir de 1993, los derechos de publicación los adquirió la editorial alemana Kosmos, la cual lanzó al mercado más de cien nuevos relatos firmados por Andre Minninger, Ben Nevis o Astrid Vollenbruch, que, adaptados al castellano por la colombiana Panamericana Editorial, pasaron a convertirse en “Los Tres Detectives”.


 

En el año 2007, cuando ya los libros se publicaban en Alemania, se produjo la primera adaptación al cine de los personajes, ”Los tres Investigadores y el Secreto de la Isla del Esqueleto”, dirigida por un tal Florian Baxmeyer y protagonizada por tres jóvenes actores norteamericanos, Chancellor Miller (Jupiter Jones), Nick Price (Pete Crenshaw) y Cameron Monaghan (Bob Andrews).  A pesar de que los resultados artísticos y, sobre todo económicos, fueron más bien decepcionantes, en 2010 se estrenó una continuación, ”Los tres Investigadores y el Secreto del Castillo del Terror”, con el mismo equipo técnico y artístico y que fue tan mal recibida que dio al traste con la incipiente saga.

 

Cuando Alfred Hitchcock murió en 1980, sus herederos no quisieron renovar el contrato que tenían con Random House, de modo que, a partir del libro número 31 de la serie, quien introduciría las aventuras de Los Tres Investigadores ya no sería “Hitch”, sino un tal Hector Sebastian, un antiguo detective metido a escritor de novelas de misterio que sería quien, de ahí en adelante, ejercería de mentor de Jupiter, Pete y Bob.

 




Publicados en España por Editorial Molino (la misma que, por ejemplo, editaba también los relatos de Agatha Christie) los libros de “Los Tres Investigadores” lucían llamativas portadas pintadas por Angel Badía Camps, que sustituyeron a las originales de la edición americana, obra de Ed Vebell, mientras que las ilustraciones interiores de Harry Kane fueron “adaptadas” por Ramón Escolano.  El caso es que, si bien es innegable que las traducciones de M.L. (María Luisa) Pol de Ramírez se han quedado un poco desfasadas (esas exclamaciones del tipo “¡cáscaras!” o “¡cacahuetes!” te sacan un poco de la trama), el tono y la ambientación de las historias resulta tan “camp” como entrañable, y la ambientación cinematográfica reviste a los misterios a resolver de una atmósfera impresionantemente adictiva.  Leí y releí la mayoría de los libros de “Los Tres Investigadores” tantas veces que me sabía de memoria diálogos y párrafos enteros, pero, junto con la intriga de cada uno de aquellos relatos, lo que mejor recuerdo es el inmenso valor que se otorgaba a la amistad, al uso altruista de la inteligencia en beneficio del Bien y a la reivindicación de la adolescencia como esa mágica etapa de la vida en la que el misterio y la fantasía todavía estaban al alcance de nuestra mano.


Luis Campoy

martes, 29 de septiembre de 2020

Cine actualidad/ “EL DIABLO A TODAS HORAS”


En lo más profundo del Sur Profundo

 

A menos que le corriera el whisky por las venas, Willard acudía al claro todas las mañanas y todos los anocheceres para hablar con Dios.  Arvin no sabía qué era peor, si la bebida o el rezo.  Por lo que él recordaba, su padre peleaba con el diablo a todas horas”.

 

Este párrafo de la novela “El diablo a todas horas”, escrita por el escritor estadounidense Donald Ray Pollock, resume brevemente el espíritu tanto del libro como de la película de Netflix que lo adapta:  en ocasiones, los hombres que mejor han sido educados para llevar el bien dentro de sí, son quienes más dolorosamente sucumben al poder del mal que teóricamente deberían haber aprendido a combatir.

 

Al finalizar la II Guerra Mundial, Willard Russell regresa a su pequeño pueblo de Ohio dispuesto a formar una familia, pero los traumas que vivió en la contienda no sólo le afectarán a él sino también a su hijo, Arvin, que contemplará angustiado cómo en su trayectoria vital se irán repitiendo los mismos parámetros que condicionaron la trágica existencia de su padre…

 

Tras los logros cualitativos obtenidos con “Roma” o “El irlandés”, Netflix vuelve a tener entre manos una película que puede contar con los mimbres necesarios para cosechar un buen montón de premios cinematográficos, si es que los puristas consideran “cinematográfica” a una producción que, salvo excepciones, no va a verse en salas de cine.  El caso es que, desde que se publicó el libro de Pollock en 2011, no le faltaron “novias” con pretensiones de llevarlo al altar (la pantalla), siendo Netflix la compañía que más firmemente pujó por hacerse con los derechos pertinentes.  Al frente del proyecto se situó Antonio Campos, neoyorquino de orígenes brasileños, en calidad de director y co-guionista junto a su hermano Paulo, oficiando el actor Jake Gyllenhaal como uno de sus productores.

 

Lo primero que llama la atención (y mucho) de “El diablo a todas horas” es su reparto, simplemente alucinante para quienes seguimos de cerca el cine de fantasía y superhéroes.  El protagonista es ni más ni menos que Tom Holland, el último Spiderman de Marvel, aquí en un registro totalmente diferente al que nos tiene acostumbrados, y quienes le acompañan son Robert Pattinson (el vampiro de la saga “Crepúsculo” y próximo Batman de DC), Bill Skarsgard (el payaso de “It”), Jason Clarke (John Connor en “Terminator: Génesis”);  Sebastian Stan (el Soldado de Invierno también de Marvel);  Harry Melling (el primo Dudley de “Harry Potter”) y Mia Wasikowska (la “Alicia en el País de las Maravillas” de Tim Burton).  Es decir, una constelación de estrellas de películas “ligeras” necesitadas y agradecidas de la oportunidad de mostrar su talento dramático en un film de estas características, oportunidad que aprovechan todos y cada uno de ellos con una pasión y un acierto tan encomiables como asombrosos.

 

Decir que lo mejor de “El diablo a todas horas” es su reparto, es una gran obviedad, pero, también, una pequeña injusticia.  La película traslada satisfactoriamente el tono opresivo, enfermizo y cruel del libro (tan satisfactoriamente, que el narrador del film es el propio novelista Donald Ray Pollock, en un rarísimo caso de respaldo total a una adaptación), logrando que algunos momentos sean tan duros o tan desasosegantes que hay quien no ha dudado en calificarla como “película de terror”.  La ambientación, diseño de producción, fotografía y montaje me parecen extraordinarios, y la dirección de actores es una de las mejores que he visto en mucho tiempo.  Para mí, sin lugar a dudas, “El diablo a todas horas”, más que una gran o estupenda película, es lo que se dice un PELICULÓN.

 

Luis Campoy

 

Lo mejor:  Los actores, en especial, Robert Pattinson y, sobre todo, Jason Clarke (siento debilidad por este actor que espero que algún día reciba el reconocimiento que merece);  los diálogos, la ambientación, la fotografía…

Lo peor:  por mucho que el autor avale a ultranza la adaptación, pienso que le hubieran venido bien algunos minutos adicionales para desarrollar más algunos personajes

El cruce:  La noche del cazador” +“Muerte entre las flores” + “El fotógrafo del pánico

Calificación:  9 (sobre 10)

martes, 15 de septiembre de 2020

Píldoras de Cine: SEPTIEMBRE DE 2020

Los bichos del cine son terroríficos, asquerosos y letales, pero la mayoría de las veces suelen ser eliminados por el aguerrido héroe de turno.  Por el contrario, los bichos del mundo real, aunque son igualmente repugnantes, son más difíciles de destruir.  Y si no, que nos lo digan a todos los terrícolas que, de algún modo u otro, nos hemos visto afectados por el malhadado Covid-19, sin que todavía haya dado señales de vida el superhéroe que lo neutralice.  Mientras llega ese momento, ¿por qué no mitigar nuestra desolación con la lectura de unas alentadoras PÍLDORAS DE CINE?

 

 


ANTEBELLUM

Como soy un maldito fanático del Séptimo Arte, la verdad es que suelo saberlo todo de las nueva películas que me consta que van a estrenarse en salas de cine:  conozco sus argumentos, sus equipos artísticos y técnicos y me sé de memoria sus trailers promocionales.  Sin embargo, de “Antebellum”, excepcionalmente, sólo sabía que la vendían como “la nueva película de los productores de ‘Déjame salir’ y ‘Nosotros’”.  Pues bien, nunca me he alegrado tanto de llegar “virgen” al cine.  Porque “Antebellum” no es una sino dos películas, en las que nada es lo que parece y donde el espectador sufre un terrible shock que el exceso de información puede anular.  Por eso os recomiendo, fervientemente, que hagáis como yo y os arméis de ignorancia, pues sólo así os golpeará, tan contundentemente como debe, la sorpresa que han urdido los directores Gerard Bush y Christopher Renz y que tiene en Janelle Monae (“Moonlight”, “Figuras ocultas”) a su motor y sorprendente protagonista.  Y aquí pongo el punto y final a esta píldora, antes de que se me escape algún spoiler involuntario que pueda chafaros la degustación de un film que a mí me impactó muchísimo.

Calificación:  8 (sobre 10)

 


UN AMIGO EXTRAORDINARIO

Los primeros minutos de “Un amigo extraordinario” me cortaron la respiración.  La interpretación de Tom Hanks, representando algo así como la bondad, la decencia y la sensibilidad en estado puro, es tan convincente que sientes realmente que estás contemplando a una persona, como el título indica, extraordinaria.  Sin embargo, el film que ha dirigido Marielle Heller no es exactamente un biopic del presentador televisivo Fred Rogers (1928-2003), sino que sólo lo tiene como lujoso personaje secundario.  El protagonista es Lloyd Vogel (Matthew Rhys), un periodista al que su jefa le encarga la tarea de entrevistar al famoso Mr. Rogers de la tele, un hombre especializado en programas infantiles que durante décadas se había esforzado por entretener e incluso educar a los niños estadounidenses de varias generaciones.  El problema de “Un amigo extraordinario” es precisamente Hanks, o, mejor dicho, el tremendo vacío que deja Hanks cuando no aparece en pantalla, vacío que la más bien insulsa trama de Vogel y su familia nunca logra llenar.  Es lo que suele pasar cuando tienes en el reparto a uno de los mejores actores del mundo pero la mayor parte del partido lo dejas en el banquillo y le otorgas el protagonismo a unos intérpretes que están a años luz de la estrella.

Calificación: 7 (sobre 10)

 


LOS NUEVOS MUTANTES

En su indisimulado intento de acaparar la mayor parte del mercado audiovisual, Disney adquirió el año pasado a su “rival” Twentieth Century Fox, la cual ostentaba los derechos cinematográficos de parte de los personajes de Marvel, que también pertenece a la compañía del ratón Mickey.  Al ser absorbida por Disney, Fox tenía a medias un montón de proyectos que de repente se quedaron en el aire, conocido como es el enfoque más infantil y políticamente correcto que Disney suele otorgar a sus producciones.  Uno de esos proyectos “malditos” era “Los nuevos mutantes”, la cual ha sufrido un sinfín de cambios, aplazamientos, cortes y remontajes que hacían peligrar su misma exhibición.  Por suerte, la película que ha dirigido, no sin esfuerzo, Josh Boone (“Bajo la misma estrella”) ha podido llegar a ser una realidad, y además puede decirse que ha obtenido un éxito inesperado.  La historia iniciática que narra la formación de un grupo de mutantes independiente de los X-Men nos presenta a personajes tan carismáticos como Magik, Loba Venenosa, Espejismo, Bola de Cañón y Mancha Solar, cuya primera aventura está narrada en tono poco menos que terrorífico, con buenos y logrados sustos que son muy de agradecer.  En el reparto, los aciertos de contar con Anya Taylor-Joy (“La bruja”), Maisie Williams (“Juego de Tronos”) y Charlie Heaton (“Stranger Things”) no consiguen paliar del todo la mala elección de la anodina Blu Hunt para dar vida a la supuesta protagonista, enseguida eclipsada por el resto de sus compañeros.

Calificación: 7,5 (sobre 10)

jueves, 3 de septiembre de 2020

Series de televisión: "HANNIBAL" (2013-2015)


Año 1991.  Una película de bajo presupuesto, cuyo argumento recuperaba algunos personajes de una celebrada novela de Thomas Harris, “El dragón rojo” (1981), llega a los cines con la vitola de favorita a los próximos Oscar.  Los augurios no andan desencaminados y, la noche del 30 de Marzo de 1992, “El silencio de los corderos” se alza con los 4 premios principales (Mejor Película, Director, Actriz y Actor), además del correspondiente a Mejor Guión Adaptado.  A partir de ese mismo instante, el personaje del doctor Hannibal “El Caníbal” Lecter (que encarnó de forma memorable el actor galés Anthony Hopkins) se convierte no sólo en uno de los villanos mejor valorados de todos los tiempos, sino en todo un icono metacultural de los años subsiguientes, dando lugar a toda una saga en la que Hopkins volvió a dar vida a Lecter dos veces más:  en “Hannibal” (2001) y en “El dragón rojo” (2002).


La fascinación hacia un personaje “bombón” como Hannibal Lecter, que es capaz de degustar con igual satisfacción una obra de arte florentina, una sinfonía de Bach o un hígado humano viviseccionado y cocinado por él mismo, se mantuvo inalterable durante muchos años, hasta que, en 2013, una serie televisiva de 13 capítulos basada en los libros de Thomas Harris se estrenaba en la cadena NBC, con un considerable éxito de crítica y público.  





El dato más relevante de “Hannibal”, la serie, es que pudo contar con los derechos televisivos de los libros de Harris y las películas basadas en ellos…  con la excepción, precisamente, de “El silencio de los corderos”.  Por ello, el personaje fundamental de Clarice Starling, la aspirante a agente del FBI, que tan maravillosamente compuso Jodie Foster en el cine, desaparece de la ficción catódica y gran parte de sus rasgos psicológicos y su trascendencia dramática pasan a formar parte de la personalidad del teórico protagonista de la producción:  el agente  Will Graham.








 


Will Graham (interpretado en “Hannibal” por Hugh Dancy) había sido policía en Nueva York hasta que fue reclutado por el FBI, donde ejerce como profesor en su academia de ingreso sita en Baltimore.  La mayor cualidad de Graham es la capacidad de empatizar o ponerse en el lugar de sanguinarios asesinos en serie, lo cual hace que el agente especial Jack Crawford (Laurence Fishburne), jefe de la Unidad de Ciencias del Comportamiento, recurra a él para dar caza a un psicópata al que se conoce como “El Alcaudón de Minesotta”.  Graham, reticente al principio, comienza a investigar los métodos del Alcaudón, pero su ejercicio de empatía le resulta tan doloroso que recurre a la psicóloga Alana Bloom (Caroline Dhavernas), también adscrita a la unidad de Crawford, quien le pone en contacto con quien fuera su profesor y mentor en sus tiempos de universidad:  el eminente psiquiatra doctor Hannibal Lecter (Mads Mikkelsen).  Hannibal, que enseguida descubre las debilidades mentales de Will, cada vez más trastornado por su facilidad para pensar como un criminal, acepta ser una especie de “asesor” de éste, con la intención real de utilizarle como inocente marioneta para “tapar” la ejecución de sus propios crímenes, ya que Lecter, en sus ratos libres, es un homicida sin escrúpulos que además goza ¡comiéndose a sus víctimas!


 Este sería, a grandes rasgos, el resumen del primer episodio de la serie “Hannibal”, titulado “Aperitif” y emitido por la NBC el jueves 4 de Abril de 2013.  Seguramente los aficionados a series policíacas como “Mentes criminales” o “The Closer” quedaron sorprendidos con las libertades que se tomaba “Hannibal” a la hora de mostrar explícitamente violencia y atrocidades, pero también contaba con unos diálogos asombrosamente inteligentes y unas interpretaciones inusuales por su profundidad y brillantez.  Si puede decirse que Hugh Dancy está estupendo como un torturado y a veces desvalido Will Graham, ante Mads Mikkelsen simplemente hay que quitarse el sombrero por su creación de un personaje repleto de matices y que, a pesar de ser notoria su perversidad, cautiva por su elegancia, su exquisitez y sobre todo su diabólica inteligencia.  En los doce episodios restantes de la primera temporada, vemos cómo Hannibal es capaz de manipular, de una u otra manera, a todos y cada uno de los personajes que se relacionan con él, asesinando sin pudor a quien le place y luego sirviendo sus órganos, sabrosamente cocinados, en las fastuosas cenas que brinda a Will, Crawford y la Dra. Bloom.  Al final de esa primera temporada, un desquiciado Will Graham acaba deduciendo que el criminal que aterroriza a varios Estados, el Destripador de Chesapeake, no es otro que el mismísimo Hannibal Lecter, pero cuando, comprendiendo que de nada serviría tratar de detener por las buenas al doctor, intenta expeditivamente acabar con su vida, es disparado por Jack Crawford, convencido por las evidencias diseminadas por Lecter de que en realidad es Will el asesino que están buscando.

 


La segunda temporada de “Hannibal” (estrenada por la NBC el 28 de Febrero de 2014) se permite no pocas alusiones a “El silencio de los corderos” (recordemos que Bryan Fuller no tenía los derechos para poder adaptarla legítimamente), pero subvertiendo radicalmente los términos que creíamos conocer.  Ahora es Will Graham quien está ingresado en el Hospital Psiquiátrico de Baltimore, dirigido por el repulsivo doctor Frederick Chilton (Raul Esparza), mientras que el FBI (con Jack Crawford a la cabeza) y los medios de comunicación identifican a Will con el destripador de Chesapeake.  El propio Hannibal Lecter no sólo visita a Graham en el psiquiátrico, sino que ahora es él quien asesora al FBI para investigar unos crímenes que él mismo ha cometido o instigado.  Desde su celda, Will trata de convencer a sus antiguos compañeros de que Lecter es no sólo un embaucador sino un peligro en toda regla, y la agente Beverly Katz (Hettiene Park) paga muy cara la osadía de entrometerse en la mansión de Hannibal para buscar pruebas contra él.  Paralelamente, se celebra un mediático juicio contra Graham en el que éste es finalmente declarado inocente, pero, cuando queda en libertad, Will descubre que Alana, de quien creía estar enamorado, ha iniciado una elación romántica con Lecter.  A pesar de todo, ni siquiera un ser superior como Hannibal puede borrar absolutamente todas las huellas que ha ido dejando en sus macabros crímenes, y el final de la temporada es tan excelso como bestial:  Graham, Crawford y Alana heridos de gravedad cuando pretendían arrestarle, Abigail Hobbs (la hija del Alcaudón de Minesotta de la temporada anterior) asesinada a manos de Hannibal, y éste, triunfante, huído a Europa en compañía de su terapeuta, la doctora Bedelia Du Maurier (Gillian Anderson).

 


A pesar de que ya en la segunda temporada se había manifestado un ligero descenso en el nivel de calidad de la serie e incluso en la respuesta popular hacia la misma, el principal factótum y showrunner Bryan Fuller logró convencer a la NBC para la realización de la tercera (y, hasta el momento, última) temporada, que debutó el 4 de Junio de 2015.  En esta ocasión, Fuller y sus guionistas se lanzan como lobos hambrientos en pos de todo el material “lecteriano” que, a excepción de “El silencio…”, aún podía adaptarse.  De este modo, los primeros episodios de la temporada se centran básicamente en la novela y película tituladas simplemente “Hannibal” (el film lo dirigió Ridley Scott), con algunos toques del último y más flojo largometraje de la saga, “Hannibal: El origen del mal”, mientras que los restantes seis capítulos narran “El dragón rojo”, que, como dijimos al principio, en realidad fue el primer relato cronológicamente publicado.  Mientras Will, Jack y Alana se recuperan de sus heridas, Hannibal y Bedelia se instalan en Florencia, donde Lecter se hace pasar por un tal Doctor Fell y comienza a hacer de las suyas.  Los primeros asesinatos que reproducen el modus operandi de Hannibal conducen a Will en su busca hasta Italia, y Jack Crawford no se queda atrás.  Desde Estados Unidos, el millonario tullido Mason Verger (Michael Pitt en la Temporada 2/Joe Anderson en la 3), que se arrancó la piel de la cara influenciado por Hannibal, ha puesto precio a la cabeza de éste, y el policía florentino Rinaldo Pazzi (Fortunato Cerlino) pretende cobrar la recompensa, pero es descubierto (y castigado) por Lecter.  Finalmente, Hannibal y Will son capturados por los sicarios de Verger, y trasladados a Norteamérica;  cuando van a ser pasto de los cerdos rabiosos de Verger, Alana (la cual ha descubierto su vena lésbica en brazos de la hermana de Mason) logra liberar a Hannibal, quien da buena cuenta de los matarifes y acaba entregándose voluntariamente a la policía, cansado de seguir huyendo de quien es su amigo, su enemigo, su némesis y su razón de existir:  Will Graham.  Pasan tres años y Will se ha casado con una mujer separada, madre de un hijo, y Lecter, desde el psiquiátrico, finge querer ayudar e Graham en la captura de un nuevo asesino en serie apodado “El Dragón Rojo” (Richard Armitage).  En realidad, lo que hace Hannibal es proporcionarle al Dragón la dirección de Will para que éste mate a su familia, cosa que de milagro no sucede, y Will y Jack piensan utilizar la misma estratagema para atraer al asesino:  con ayuda de la periodista sensacionalista Freddy Lounds (Lara Jean Chorostecki) y del inefable Doctor Chilton, convierten a Hannibal en cebo, provocando un desenlace truculento en el que Hannibal y Will, Will y Hannibal, luchan codo con codo contra un terrible enemigo común, emprendiendo acto seguido un viaje sin retorno hacia lo que puede ser un desenlace definitivo…

 


Si la primera temporada de “Hannibal” sorprendía por el modo en el que, utilizando personajes y situaciones conocidas, se daba lugar a un extraordinario thriller plagado de momentos que bordeaban (o sobrepasaban) lo terrorífico, y la segunda invertía los parámetros habituales del género (el “bueno” encerrado mientras que el “malo” campa libre a sus anchas), la tercera destacaba por ser una especie de refrito de las dos anteriores, un “más de lo mismo” en el que los elementos estéticos adquirían un protagonismo desmesurado.  Si hasta este momento eran precisamente el tono, el look y el estilo lo que habían caracterizado el serial, “Hannibal 3” sufre una sobredosis de estilismo (especialmente en los primeros capítulos) que ralentiza el ritmo y dificulta el progreso de la trama.  Lo bueno (o no, según se mire) es que, en los encuentros que mantiene Will con la doctora Du Maurier, por fin se patentiza lo que hasta ahora podían ser sólo elucubraciones de la mente enfermiza de algún espectador:  entre Will Graham y Hannibal Lecter se ha ido forjando una relación inclasificable que oscila entre el afecto, el desprecio, el odio y, tal vez…  el amor.  En los episodios finales es cuando más se pone de manifiesto lo arriesgado que puede ser profundizar tanto en la psique humana:  a fuerza de pretender manipular al cordero desvalido, el lobo es capaz de llegar a sentir, más allá de la excitación de la caza, un hedonista afán de protección, que , una vez modelada la presa a imagen y semejanza del cazador, acaba por convertirse en un reflejo tan fiel de sí mismo que, por pura lógica narcisista, desata irresistible la pasión, tanto más en un antagonista capaz de empatizar tanto con el monstruo al que persigue, que al final termina transformándose en el propio monstruo.

 


El último episodio de “Hannibal”, el 39 (decimotercero de la tercera temporada), se estrenó el 29 de Agosto de 2015, pero, durante estos cinco años, no ha dejado de especularse con la posibilidad de que creador y protagonistas puedan volver a reunirse para una cuarta temporada, que, esta vez sí, podría abordar los sucesos de “El silencio de los corderos”, una vez solventados los impedimentos legales que lo bloqueaban.  Tal vez, en cualquiera de las nuevas televisiones de reciente implantación (Netflix, HBO, Amazon Prime…), podamos volver a disfrutar una serie tan, tan sabrosa que podría equipararse a la degustación de un hígado acompañado de habas y un buen Chianti…