lunes, 5 de octubre de 2020

Los libros de mi infancia/ "LOS TRES INVESTIGADORES"

 


Cuando un niño, como yo, es hijo único y nace y crece en los años sesenta del siglo pasado, existen sobradas ocasiones de que, por muchos amigos que tenga, refugie sus soledades en la lectura, ese universo en el que a veces se adquieren amistades extraordinarias que duran para toda la vida.  Me temo que, a los ojos de un adolescente de los años 20 del siglo XXI, actualmente puede parecer poco habitual pasarse horas y horas leyendo y releyendo libros y tebeos (así es como se llamaban los “comics” de ahora), pero os aseguro que gran parte de mi niñez (y juventud) se desarrolló surcando las maravillosas páginas de los libros que me regalaban, me prestaban o yo mismo alquilaba en la biblioteca o el bibliobús.

Con el fin de ayudar a los más jóvenes a adentrarse en la literatura, por aquel entonces proliferaron diversas colecciones de libros en las que los protagonistas eran niños o muchachos que vivían asombrosas aventuras llenas de emociones.  Mis amigos estaban enganchados a las series escritas por Enid Blyton (“Los Cinco”, “Los Siete Secretos”…), pero yo prefería a “Los Hollister” de Jerry West y, sobre todo, a “Los Tres Investigadores”.

 


Los Tres Investigadores” fue una longeva colección de libros de misterio destinada al público juvenil, cuyo creador fue el escritor y guionista norteamericano (aunque nacido en Filipinas) Robert Arthur Jr. (1909-1969).  Arthur, que se había rebelado contra la recomendación paterna de desarrollar una carrera militar, cursó estudios de literatura inglesa y trabajó como profesor universitario, periodista y editor, hasta que en 1942 se dedicó a escribir guiones para programas de radio y, posteriormente, de televisión.  Conocida su inclinación hacia el misterio y el suspense, comenzó a colaborar con el famosísimo director de cine Alfred Hitchcock (1899-1980) en algunos episodios de la serie televisiva que éste auspiciaba, “Alfred Hitchcock presenta”, colaboración que fue muy fructífera ya que a partir de entonces ambos compartieron varios proyectos literarios (Arthur escribía o recopilaba diversos relatos, y “Hitch” aportaba su popularidad y prestigio para darlos a conocer).  De esta manera y, pretendiendo interesar a los lectores más jóvenes de cada casa, Robert Arthur crea a “Los Tres Investigadores” en 1964, de nuevo balo el auspicio del realizador de “Psicosis”, de modo que la colección inicialmente se titularía “Alfred Hitchcock y Los Tres Investigadores”.


Misterio en el Castillo del Terror” (“The Secret Of Terror Castle”, 1964) es el primer libro de la serie, y sentaría las bases de todo lo que vendría después.  Jupiter Jones, Pete Crenshaw y Bob Andrews son tres adolescentes que viven en una localidad ficticia de California, Rocky Beach, situada no muy lejos del núcleo urbano de Hollywood.  Cuando se inician sus aventuras, no se especifica la edad de los muchachos, pero se deduce que están entre los 13 y los 15 años, ya que Pete participa en competiciones deportivas cuya edad mínima son los 13 y ninguno de ellos posée carnet de conducir, que por aquel entonces se otorgaba a los 16.  Jupiter (quien en ocasiones es llamado simplemente “Jupe”) es huérfano y vive con sus tíos, Titus y Mathilda Jones.  Cuando era niño, Jupiter era la estrella de un programa de televisión infantil titulado “Bebé Gordito” (“Baby Fatso” en inglés), y esa fama aún le sigue precediendo, pues su físico continúa siendo recio y casi obeso.  Quizás debido a su aspecto poco agraciado, resulta sorprendente su petulante forma de hablar, que es la punta del iceberg de un intelecto superior marcado por la cultura y la facilidad para realizar complejas deducciones.  Si Jupiter es el “Primer Investigador” y además el líder incuestionable, Pete ostenta el rango de “Segundo Investigador”;  para compensar las “deficiencias” de su amigo, Pete es atlético y fuerte y le encanta la acción, y su padre trabaja como técnico de efectos especiales en la industria cinematográfica, algo normal al vivir tan cerca de Hollywood.  Bob es, obviamente, el “Tercer Investigador”, y aunque físicamente es más menudo y frágil que sus compañeros, ha “mamado” la escritura desde pequeño (su padre es periodista) y su trabajo ocasional en la biblioteca le ha hecho adquirir una mecánica de conducta ideal para erigirse en “secretario” y archivero del trío.  Los Tres Investigadores se constituyen como asociación cuando Jupiter decide que no es suficiente con costearse sus aficiones detectivescas a base de trabajar a tiempo parcial en la inmensa chatarrería de sus tíos, el “Patio Salvaje” (“Salvage Yard”) y hace imprimir unas tarjetas de visita en las que él, Pete y Bob se identifican como detectives juveniles capaces de resolver misterios bajo el lema “Investigamos todo” y utilizando como logotipo tres signos de interrogación (“???”).  Gracias a su participación en un concurso radiofónico, Jupiter obtiene como premio el uso y disfrute de un espectacular Rolls Royce dorado, conducido por un chófer de ascendencia británica llamado Worthington.  A bordo del lujoso coche, los tres muchachos acuden a las oficinas en Hollywood del archiconocido “mago del suspense”, Alfred Hitchcock, quien está buscando una casa encantada que sirva como escenario para el rodaje de una próxima película.  Hitchcock y Jupiter llegan a un acuerdo muy interesante:  si los chavales son capaces de localizar para él una mansión que cumpla los requisitos deseados, el realizador se compromete a dar a conocer al mundo a Los Tres Investigadores.

 


El mundo de “Los Tres Investigadores” está perfectamente construído en torno a las colinas de Hollywood y las soleadas playas situadas entre Malibu y Marina Del Rey.  Como es lógico, dado que Robert Arthur era un experimentado guionista de televisión y conocía perfectamente el mundo del espectáculo, la mayor parte de las historias que él concibió tenían como telón de fondo la industria del entretenimiento y sus pintorescos integrantes, desde estrellas de cine mudo venidas a menos hasta desquiciados especialistas en efectos visuales.  Pero Los Tres Investigadores no tienen su sede en una lujosa oficina de Hollywood Boulevard, sino en un viejo remolque situado en el Patio Salvaje de los Jones, oculto por toneladas de chatarra hábilmente dispuestas para que nadie repare en que sirven de tapadera para un cuartel general (“Puesto de mando”, lo llaman ellos) en el que cuentan con la tecnología puntera de la época (no olvidemos que estamos en 1964):  teléfono, máquina de escribir e incluso un laboratorio para revelar fotografías.  Los dos ayudantes bávaros del tío Titus, Hans y Konrad, también correrán no pocas aventuras en compañía de los intrépidos muchachos, quienes se enfrentan frecuentemente a dos enemigos recurrentes:  Skinny Norris, un chaval un poco mayor, celoso de Jupiter y que sí posée permiso de conducir, y, sobre todo, el carismático Victor Huganay, un refinado ladrón francés especializado en la consecución de valiosas obras de arte.

 

La prematura muerte de Robert Arthur en 1969 no hizo desistir a la editorial Random House de la publicación de más historias de Los tres Investigadores.  A Arthur le sustituyeron, entre otros, Dennys Lynds (bajo el seudónimo de William Arden), Kin Platt (alias Nick West), Marcus Beresford (conocido como Marc Brandel) y Mary Virginia Carey, de manera que la primera saga de libros constó de 43 volúmenes, a los que siguieron cuatro números especiales (“Los Tres Investigadores necesitan tu ayuda”) que dieron paso a una segunda etapa en la que colaboraron algunos de los escritores originales.  A partir de 1993, los derechos de publicación los adquirió la editorial alemana Kosmos, la cual lanzó al mercado más de cien nuevos relatos firmados por Andre Minninger, Ben Nevis o Astrid Vollenbruch, que, adaptados al castellano por la colombiana Panamericana Editorial, pasaron a convertirse en “Los Tres Detectives”.


 

En el año 2007, cuando ya los libros se publicaban en Alemania, se produjo la primera adaptación al cine de los personajes, ”Los tres Investigadores y el Secreto de la Isla del Esqueleto”, dirigida por un tal Florian Baxmeyer y protagonizada por tres jóvenes actores norteamericanos, Chancellor Miller (Jupiter Jones), Nick Price (Pete Crenshaw) y Cameron Monaghan (Bob Andrews).  A pesar de que los resultados artísticos y, sobre todo económicos, fueron más bien decepcionantes, en 2010 se estrenó una continuación, ”Los tres Investigadores y el Secreto del Castillo del Terror”, con el mismo equipo técnico y artístico y que fue tan mal recibida que dio al traste con la incipiente saga.

 

Cuando Alfred Hitchcock murió en 1980, sus herederos no quisieron renovar el contrato que tenían con Random House, de modo que, a partir del libro número 31 de la serie, quien introduciría las aventuras de Los Tres Investigadores ya no sería “Hitch”, sino un tal Hector Sebastian, un antiguo detective metido a escritor de novelas de misterio que sería quien, de ahí en adelante, ejercería de mentor de Jupiter, Pete y Bob.

 




Publicados en España por Editorial Molino (la misma que, por ejemplo, editaba también los relatos de Agatha Christie) los libros de “Los Tres Investigadores” lucían llamativas portadas pintadas por Angel Badía Camps, que sustituyeron a las originales de la edición americana, obra de Ed Vebell, mientras que las ilustraciones interiores de Harry Kane fueron “adaptadas” por Ramón Escolano.  El caso es que, si bien es innegable que las traducciones de M.L. (María Luisa) Pol de Ramírez se han quedado un poco desfasadas (esas exclamaciones del tipo “¡cáscaras!” o “¡cacahuetes!” te sacan un poco de la trama), el tono y la ambientación de las historias resulta tan “camp” como entrañable, y la ambientación cinematográfica reviste a los misterios a resolver de una atmósfera impresionantemente adictiva.  Leí y releí la mayoría de los libros de “Los Tres Investigadores” tantas veces que me sabía de memoria diálogos y párrafos enteros, pero, junto con la intriga de cada uno de aquellos relatos, lo que mejor recuerdo es el inmenso valor que se otorgaba a la amistad, al uso altruista de la inteligencia en beneficio del Bien y a la reivindicación de la adolescencia como esa mágica etapa de la vida en la que el misterio y la fantasía todavía estaban al alcance de nuestra mano.


Luis Campoy

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