viernes, 8 de mayo de 2020

Crónicas confinadas (Parte III)


Una de las cosas que más me desesperan de esta crisis del coronavirus en la que, por estar confinados en nuestras casas, parece que todos tenemos más necesidad de hablar y más cosas que decir, es la mentalidad cuadriculada de la gente.

Los (y las) que son de izquierdas hablan mal de los que son de derechas, los que son de derechas critican a los (y las) de izquierdas;  incluso los medios de comunicación de una u otra tendencia dejan de lado la imparcialidad y la objetividad que se les presupone, para interpretar las noticias a su conveniencia.  Lo que no comprendo es que la mayoría de las personas tengan conceptos tan esquemáticos de la realidad que les rodea.  ¿De verdad los que tanto critican al Gobierno piensan que Sánchez, Iglesias y compañía lo hacen todo, todo, todo, pero todo mal?  Y en el lado opuesto, los (y las) que apoyan ciegamente la gestión del Ejecutivo, ¿realmente creen que la oposición es una especie de bestia inmunda incapaz de hacer nada, nada, nada, pero nada bien, ni la más mínima cosa?

Si no somos capaces de bajar de nuestra torre de egocentrismo y pararnos a meditar sobre lo que dicen los demás, si no aprendemos a respetar en nuestros semejantes incluso aquello que no nos gusta, creo que seremos dignos merecedores de esa extinción a la que algunos científicos piensan que estamos abocados.

martes, 28 de abril de 2020

Custer en Little Big Horn


Muchas veces, una muerte heroica o simplemente impactante convierte a una persona en objeto de culto y materia prima para las leyendas…

Cuando George Armstrong Custer (1839-1876) perdió la vida al frente de su mítico Séptimo de Caballería, ya era poco menos que una leyenda para sus compatriotas, o al menos era un personaje muy popular que se había labrado una reputación durante la cruenta Guerra de Secesión que asoló Norteamérica durante cuatro larguísimos años.

Nacido en Ohio en Diciembre de 1839, Custer provenía de una familia humilde y, no sin mucho esfuerzo, logró ingresar en la prestigiosa Academia militar de West Point.  No obstante, su periplo por aquel centro se caracterizó por su indisciplina, marrullería y arrogancia, a pesar de las cuales se graduó en 1861 con el rango de General (eso sí, en el último lugar de su promoción).  Tenía apenas 22 años.

Con el estallido de la citada Guerra de Secesión, Custer, con el rango efectivo de segundo teniente, militó en el ejército de la Unión (es decir, el bando nordista), siendo no pocas las ocasiones en las que su carácter indomable le llevó a acometer todo tipo de acciones temerarias (tanto para sí mismo como los hombres a su cargo) que, sin embargo, permitieron la consecución de importantes victorias en batallas como la de Bull Run, además de participar activamente en otras como las de Gettysburg, Culpeper, Washita o Appomattox.

Al concluir la contienda y, tras una fulgurante sucesión de ascensos y condecoraciones, Custer ya era general de brigada pero estaba inseguro sobre el rumbo que otorgar a su vida.  Con 27 años de edad, era todo un veterano y dudaba entre dedicarse a la minería, al floreciente negocio ferroviario o, tal vez, iniciar una carrera política.  Un año antes se había casado con Elizabeth “Libbie” Bacon, y la respetabilidad y prestigio de su suegro (juez de profesión) le propiciaron no pocos apoyos en las más altas esferas que incluso (según algunas fuentes) le hicieron soñar con una posible candidatura a la Casa Blanca.

En aquellos tiempos ya pacíficos, se volvió a la vieja idea de expandir las fronteras norteamericanas de norte a sur y de este a oeste, para lo que se contaba con el ferrocarril como el principal nexo de unión.  Sin embargo, en el trayecto de muchas de las vías férreas a construir se hallaban los territorios en los que se había ido confinando a los indios, los que fuesen pobladores originales de aquella tierra.  La mayoría de los pieles rojas se habían acabado por conformar con malvivir en pequeñas reservas, pero algunos otros se negaban a aceptar las migajas que les ofrecían los sibilinos hombres blancos.  A partir de 1866, el general Philip Sheridan fue nombrado “pacificador” de la zona, esto es, encargado de aplastar cualquier sublevación india que impidiera la programada expansión.  Sheridan no tardó en recurrir a su viejo amigo Custer (con quien había luchado durante la Guerra), otorgándole el mando del recién creado Séptimo de Caballería de Michigan.  Durante diez años, Sheridan y Custer fueron los responsables de la aniquilación de miles de indios americanos en decenas de escaramuzas a cada cual más cruel y devastadora.

En enero de 1876 expiraba el ultimátum que el Gobierno presidido por Ulysses S. Grant había dado a los indios para que se recluyeran definitivamente en las reservas, pero la enésima negativa de éstos hizo que el general Sheridan enviara contra ellos un destacamento de castigo comandado por el general George Crook.  Las inclemencias meteorológicas (el invierno se hallaba en su mayor crudeza) y la agresividad del líder sioux Tasunka Witko, más conocido como Caballo Loco, obligaron a Crook a retroceder sin haber podido cumplir su misión.

Decidido a imponer la “paz” a toda costa, en mayo de aquel mismo año el incansable Sheridan orquestó la que debía ser la maniobra definitiva contra los pieles rojas, ya sin ningún tipo de contemplaciones ni miramientos.  Un total de tres mil hombres se dirigirían al valle de Yellowstone, lugar donde se congregaban las fuerzas de Caballo Loco, divididos en tres columnas aparentemente imbatibles.  La primera columna la dirigía el citado general Crook, la segunda el coronel John Gibbon y la tercera, la más numerosa, estaba a cargo del general Alfred Terry e incluía al afamado Séptimo de Caballería liderado, como no podía ser de otra manera, por el general Custer.

Lo que Custer y sus superiores ignoraban era que el contingente reunido por Caballo Loco era en realidad mucho más numeroso de lo que sus informadores les habían alertado, ya que aglutinaba a siete tribus (sioux, cheyennes, pies negros, hunkpapas, sans arc, mini conju y brule) y, según algunas fuentes, constaba de hasta nueve mil efectivos.  Por otra parte, la motivación de los pieles rojas era más honesta (la salvaguarda de su patrimonio territorial primigenio), su temperamento más primitivo y, por lo tanto, salvaje, e incluso su armamento (lanzas, flechas, cuchillos y tomahawks pero también rifles de repetición del tipo Winchester 44), más adecuado para el combate cuerpo a cuerpo y para los espacios abiertos donde mejor se desenvolvían.

Durante los primeros compases, el ejército diseñado por Sheridan desarrolló la campaña más o menos satisfactoriamente según lo previsto.  Desde el sur, la columna dirigida por el general Crook ascendió cruzando la Ruta Bozeman;  desde el oeste, la columna del coronel Gibbon avanzó siguiendo el curso del río Yellowstone;  y desde el este, la columna del general Terry se movió bordeando el río pero en sentido inverso a la anterior, con Custer al frente de los doce pelotones de los que constaba el Séptimo de Michigan.  A mediados de junio, las columnas de Gibbon y Terry se encontraron en la confluencia de los ríos Yellowstone y Rosebud, y se decidió un nuevo plan de ataque para pasar a la siguiente fase de la contienda:  Custer y su Séptimo de Caballería, el cuerpo más veloz del Ejército estadounidense, se lanzaría contra los indios seguido a distancia por las secciones de infantería de Terry y Gibbon, con el objetivo de forzar a los salvajes a retroceder hasta donde ya les aguardaba la columna de Crook.  Para asegurar la victoria, Custer contaría con el refuerzo de cuatro pelotones del Segundo de Caballería así como el apoyo de dos ametralladoras Gatling, si bien “Cabellos Largos” (apodo por el que Custer era conocido entre los pieles rojas) declinó ambos ofrecimientos, alegando que no necesitaba más hombres y que las ametralladoras ralentizarían su avance;  en realidad, lo que nuestro hombre pretendía era llevarse él solo todo el mérito de la carga, algo sumamente coherente con su personalidad.

El domingo 25 de Junio de 1876, las huestes de Caballo Loco estaban sobradamente preparadas para hacer frente a cualquier embestida del Hombre Blanco.  Otros importantes jefes tribales como Toro Sentado (ya anciano pero padre espiritual de todos ellos), Gall, Hump, Dos Lunas, Rey Cuervo, Pluma Roja o Halcón Pequeño se habían sumado al cónclave y, sin que el resto del “todopoderoso” ejército lo supiera, se habían enfrentado con éxito a la columna de Crook, obligando a ésta a retroceder.  Custer, por tanto, se hallaría solo y sin apoyo.  Hacia las tres de la tarde, ignorante de que le aguardaban entre dos mil y cuatro mil guerreros ansiosos de arrancarle su rubia cabellera, Custer comete un último y dramático error, al dividir en cuatro las doce compañías de que constaba el Séptimo.  Primero, lanza al mayor Marcus Reno al mando de tres pelotones por el sur;  a continuación, hace que el capitán Frederick Benteen, con otras tres compañías, ataque por el lado norte;  mantiene una compañía custodiando los suministros, con el capitán Thomas McDougall al frente;  y él mismo, dirigiendo las cinco compañías restantes, se reserva para la embestida gloriosa, calculando que, para entonces, el enemigo ya estará diezmado y debilitado.  El resultado fue muy otro:  el ataque de Reno es un fracaso sin paliativos, con decenas de soldados abatidos casi sin darse cuenta y el propio mayor, cubierto de sangre y vísceras de su lugarteniente, vociferando órdenes contradictorias (“¡Monten!”, “¡Desmonten!”, “¡Vuelvan a montar!”) y, finalmente, gritando despavorido:  “¡Quien quiera vivir, que me siga!”, dando lugar a una retirada desordenada y muy poco honrosa;  Benteen, quien no encuentra a los indios donde se suponía que deberían estar, acaba uniéndose a Reno en su alocada desbandada, ignorantes ambos del paradero del general.

Custer, que contaba con numerosos informes (todos erróneos) de sus exploradores nativos, despliega su ofensiva por el sur (pretendiendo apoyar al mayor Reno), pero, al intentar vadear el cauce del río Little Big Horn, se da cuenta de que las dimensiones del asentamiento de los indios triplican sus peores previsiones y se ha metido, literalmente, en la boca del lobo.  A la desesperada, trata de refugiarse en las colinas circundantes (conocidas como Black Hills), donde Caballo Loco y sus más fieros guerreros les acorralan sin compasión ni piedad.  Según la leyenda popular, Custer fue el último en morir, pero muchos historiadores sostienen que en realidad fue de los primeros, herido en el pecho y, a decir de algunos, también en la sien (¿tiro de gracia infligido por sí mismo?), y que fue la carencia de liderazgo de su ayudante el capitán Myles Keogh (a quien se atribuye la utilización de la melodía tradicional irlandesa “Garryowen” como himno del Séptimo de Caballería) lo que precipitó la completa debacle de la tropa.  Absolutamente todos los soldados que acompañaban a Custer perecieron, y sólo hubo un único sobreviviente:  el caballo del capitán Keogh, llamado proféticamente “Comanche”.

La batalla de Little Big Horn (también conocida como “Custer’s Last Stand” o “La última defensa de Custer”) fue al ejército norteamericano lo que Waterloo había sido para el francés, con la particularidad de que el pequeño gabacho conservó la vida y el engreído yanqui alcanzó la inmortalidad de inmediato.  Lo cierto es que la imagen de Custer, con su característica cazadora de flecos y su cabellera ondeando al viento, rodeado, junto a unos pocos casacas azules, por centenares de indios sedientos de sangre, se halla profundamente incrustada en la cultura popular, algo a lo que ha contribuido poderosamente el Séptimo Arte.  Desde la maravillosa (aunque poco rigurosa históricamente) “Murieron con las botas puestas” (Raoul Walsh, 1941), con un apuesto y encantador Errol Flynn mitificando al héroe, hasta la teleserie “Esta es nuestra tierra” (1991) con Gary Cole incorporando al general, hemos regresado a Little Big Horn en muy diversas ocasiones, siendo las más recordadas “Tonka” (Lewis R. Foster, 1958), sobre el caballo que sobrevivió a la batalla y con Britt Lomond haciendo de Custer;  La última aventura del general Custer” (Robert Siodmak, 1967), protagonizada por Robert Shaw, y la excelente “Pequeño gran hombre” (Arthur Penn, 1970) donde Richard Mulligan se convertía en Custer.  Toda una constelación de películas para recordar por siempre a un personaje de lo más polémico, heroico, perverso o demente dependiendo de quién y desde qué punto de vista relate su historia.

lunes, 20 de abril de 2020

Crónicas confinadas (Parte II)


Soy un poco hipocondríaco.  O un mucho.  Con el paso del tiempo, he descubierto que tengo la capacidad de replicar en mi organismo los síntomas de las enfermedades que han padecido o padecen otras personas.  De hecho, muchas veces no sé si me duele algo o si, simplemente, me imagino ese dolor, y a fe mía que la sensación es absolutamente real.  En tiempos del COVID-19, disponer de una imaginación tan calenturienta (nunca mejor dicho) es doblemente pernicioso, porque, a poco que te esfuerces un poco, de tanto leer y oir sobre el coronavirus, sientes cómo una oleada de calor te abrasa las sienes, cómo una tos seca pugna por ser expulsada de tu pecho y cómo el aire comienza a faltar en tus pulmones.  En cualquier caso, durante las primeras semanas de confinamiento la posibilidad de hacerte un test era más bien nula, máxime cuando, que uno supiera, no se había mantenido contacto con ningún positivo, así que el remedio infalible era ocupar los pensamientos en alguna dirección lo bastante absorbente, lo cual se antojaba el antídoto infalible.  Durante la semana laboral, eso era medianamente fácil por las mañanas, pero las tardes se antojaban interminables.  Entre hobby y hobby, lees whatsapps inquietantes o recibes titulares de noticias desalentadoras, y, casi todos los días, la llegada de la noche equivale a un descanso que, si tarda en llegar, tienes prescrito por el médico el apoyo de un somnífero cuyo uso continuado es preferible al insomnio recalcitrante.

A pesar de que todo empezó siendo un chiste sobre chinos (aquella desafortunada Intervención de Los Morancos en “El Hormiguero”), España ha acabado siendo el país más devastado por el maldito bicho, tanto que nuestras cifras de contagios y decesos parecen simplemente apocalípticas.  Dicen que una tragedia de esta magnitud, y el miedo a que este coronavirus sólo sea el primero de otros muchos que vendrán, forzará un cambio en nuestras costumbres, un gran cambio que vendrá acompañado de un creciente distanciamiento social y una desconfianza interpersonal terriblemente difícil de superar.  Leo a personas que aprecio y escucho inocentes mensajes televisivos que pretenden ser motivadores, y no puedo evitar sonreir compasivamente cuando dicen aquello de que “Dentro de poco podremos volver a abrazarnos y besarnos”.  Pero, insensatos, ¿a quién estaríais dispuestos a abrazar, si no lleva guantes y una pantalla de protección facial o, como mínimo, una mascarilla?  ¿A quién besaríais, aun siendo un familiar allegado o un amigo íntimo, sin saber a ciencia cierta que no es un contagiado asintomático?  Como dije antes, sólo la realización de los tests masivos o el hallazgo de una vacuna (y esto, por desgracia, aún es un sueño lejano) contribuiría a despejar nuestras incertidumbres, pero, por el momento, el confinamiento o la distancia entre personas son las armas más poderosas que tenemos.

(CONTINUARÁ…)

viernes, 17 de abril de 2020

Crónicas confinadas (Parte I)

El día 14 de marzo, sábado, amaneció soleado.  El avance de aquella terrible enfermedad que había empezado en China, el coronavirus COVID-19, centraba ya todas las conversaciones, aunque hasta aquel momento el devenir de la vida era absolutamente normal.  El fin de semana anterior, yo había ido al cine con mi hijo, mientras en casi todas las ciudades se permitían alegremente manifestaciones, congresos de partidos políticos y peligrosas aglomeraciones de centenares o miles de personas.

Apenas nos dábamos cuenta de que, quizás, aquel sábado catorce iba a ser el último día “normal” de nuestras vidas.

Durante aquella jornada, entró en vigor el Estado de Alarma decretado (tal vez demasiado tarde) por el Presidente del Gobierno, y ni siquiera mis amigos más “audaces” se atrevieron a desobedecerlo.  Para mi, lo que apenas unos días antes era un motivo de alegría (acababa de comprar un piso, después de tantísimos años viviendo de alquiler), ahora se convertía en un problema de complicadísima resolución.  Las pequeñas reformas que había que hacer en la vivienda nueva quedaban paralizadas, y la mudanza en sí, de repente parecía una utopía.  Si tan sólo hubiera tenido una semana más, sólo una semana, el traslado hubiera sido un hecho, pero, en las actuales circunstancias, me iba a tocar pagar el alquiler por un lado y la hipoteca por otro, además de todos los gastos de ambas casas.

El lunes siguiente, 16 de marzo, tuve que ir al trabajo, muy nervioso por si la policía me paraba exigiendo justificación del motivo de mi salida.  Al llegar a la oficina, mi empresa nos comunicó que todos los que pudiéramos deberíamos realizar teletrabajo desde nuestras casas, por lo que desmonté todos los equipos informáticos que manejaba (la torre, la pantalla, el teclado, el ratón, el cable de conexión a la red) y aquella misma jornada la terminé currando en lo que hasta hacía tres días había sido el dormitorio de mis hijos, una de las dos únicas habitaciones que habíamos podido trasladar al nuevo hogar.

Los primeros días de confinamiento no fueron buenos.  La semana anterior al estallido de la crisis, había empezado un tratamiento con antidepresivos para paliar la reiteración de varios ataques de ansiedad que me dejaron muy, muy tocado.  Lo que me faltaba era estar ahora atrapado en mitad de una horrenda película de ciencia ficción cuyo final no parecía para nada feliz.  Me despertaba, ponía la Cadena SER mientras me duchaba, escuchaba de nuevo la Cadena SER mientras teletrabajaba, y, al acabar la jornada laboral, veía el telediario de Antena 3 mientras comía.  Como consecuencia, las tardes las tenía que pasar acostado, traumatizado, deprimido, intentando dormir o simplemente no estar despierto.  Al tercer día, tomé una drástica decisión:  se acabaron las noticias, los boletines informativos y los telediarios.  Se acabaron las ruedas de prensa de Fernando Simón y los videos de Spiriman y todos esos médicos que pretendían alertarnos de las verdaderas dimensiones de una catástrofe que no podíamos ni imaginar.

La ignorancia premeditada y el auto aislamiento des-informativo no tardaron en surtir efecto.  Todavía durante las primeras semanas tuve que tener cerca la caja de Orfidal, pero el mero hecho de no oir hablar solamente de coronavirus, de recordar que existían otras cosas y no todas eran malas, hizo que las ganas de vivir y los deseos de ocupar el tiempo libre en las aficiones que el miedo había tenido secuestradas, volvieran a dar un mínimo sentido a nuestra obligatoria tarea de existir.

(CONTINUARÁ...)

jueves, 16 de abril de 2020

Píldoras de Cine: ABRIL DE 2020 (y II)


Se hacen interminables estas largas tardes de confinamiento, que muchos de mis amigos aprovechan para ponerse al día en lo que a series se refiere (algún día hablaremos acerca de esta creciente moda de consumir, unas detrás de otras, series y series en inacabable sucesión, cada una de ellas con un montón de adictivos capítulos).  Pero como yo, salvo un par de contadísimas excepciones, no tengo ese peculiar gen seriéfilo, lo que hago es recuperar nuevas o viejas películas que todavía no había tenido ocasión de degustar.  De esta recién adquirida costumbre es de donde estoy sacando las últimas entregas de nuestras incomparables ¡¡PÍLDORAS DE CINE!!.


HOGAR
Javier Muñoz (Javier Gutiérrez) es un creativo publicitario en paro que, incapaz de mantener su status de vida, se ve obligado a dejar su lujoso apartamento para mudarse con su familia a un pequeño piso en el centro de Barcelona.  Sin embargo, cuando descubre que todavía conserva una llave de su antigua vivienda, comienza un peligroso juego de acercamiento a sus actuales ocupantes…  Los directores de “Hogar”, los hermanos Alex y David Pastor, se labraron un nombre como cortometrajistas hasta que lograron dar el salto al largo con “Infectados”, a la que seguiría “Los últimos días”.  Para este su tercer proyecto, han logrado reunir a dos de los actores más solicitados del panorama nacional, el citado Javier Gutiérrez y Mario Casas.  Casas continúa evolucionando en la buena dirección, aceptando papeles más complejos y esforzándose en vocalizar mejor (su gran asignatura pendiente), mientras que Gutiérrez…  Gutiérrez está en un momento dulcísimo, posiblemente el mejor de su carrera, capaz de conferir mil y un matices a un rol que pasa de víctima a villano, para quedar reducido nuevamente a víctima y de nuevo transformarse en villano, y así sucesivamente, en una composición que debería llevarle a las puertas del Goya.  Todo un recital el del intérprete asturiano.  Tiene el argumento de “Hogar” algunas similitudes con el de la galardonada “Parásitos”, y tengo que admitir que, siendo las dos muy buenas películas pero jugando en contra de la coreana su alucinante palmarés que, personalmente, me resulta un poco excesivo, si tengo que elegir, elijo sin dudar el producto patrio.  ¡Viva “Hogar”!
Calificación:  8,5 (sobre 10)

HISTORIA DE UN MATRIMONIO
Como no había visto ninguna película anterior del neoyorkino Noah Baumbach, ni siquiera su título más conocido “Frances Ha” (2013), ha sido “Historia de un matrimonio” mi primer acercamiento a su obra.  Con guión del propio realizador, la película cuenta la ruptura del matrimonio formado por Nicole (Scarlett Johansson) y Charlie Barber (Adam Driver), actriz y director teatral respectivamente, y lo hace de una manera tan natural y al mismo tiempo tan dolorosa que destila autenticidad y sinceridad por los cuatro costados.  Las interpretaciones de Johansson y Driver son extraordinarias (para mi, la de ella un poco más que la de él) y los diálogos (esto es algo en lo que siempre me fijo muy especialmente) fluyen con crudeza y naturalidad.  Eso sí, hay tres o cuatro secuencias perfectamente localizables que se alargan y se alargan y se alargan sin ninguna necesidad, razón por la cual se puede afirmar sin temor a equivocarse que el film, muy estimable, saldría ganando al ser desposeído de treinta minutitos de lastre.  No quiero dejar de destacar el cinéfilo regalo de ver entre el plantel de secundarios a gente tan importante como Laura Dern, Ray Liotta, Alan Alda, Julie Hagerty o Wallace Shawn.  Un verdadero regalazo.
Calificación: 8 (sobre 10)

martes, 14 de abril de 2020

Píldoras de Cine: ABRIL DE 2020


Mi madre, que fue quien me inculcó desde la cuna esta pasión inquebrantable por el Séptimo Arte, en sus últimos años decía: “Mi cine es la tele”.  Con esas palabras lo que pretendía explicarme era que montarse en un coche para meterse en una sala oscura ya no le apetecía, siendo más fácil y reconfortante la opción de ver películas en el televisor.  Yo todavía estoy en la fase en la que pienso que no hay nada comparable con la pantalla grande, pero en estas últimas semanas ver cine en la TV es lo único que nos es posible a toda la población española, de modo que, con sabor a encierro, estas son nuestras (esta vez televisivas) ¡¡PÍLDORAS DE CINE!!.


EL HOYO
En los buenos viejos tiempos, confieso que iba al cine dos y a veces hasta tres días por semana, de modo que eran pocas y raras las películas que, estrenándose comercialmente en mi ciudad de residencia, escapaban de mis voraces fauces.  Sin embargo, me negué a ver “El hoyo”, cuyos trailers me causaron una no muy positiva impresión.  Meses después, los comentarios positivos y recomendaciones de unos amigos cuyo criterio valoro y respeto me decidieron a darle una oportunidad.  El hoyo” describe un futuro distópico en el que, en una infraestructura socavada en un lóbrego agujero, las personas están estratificadas en varios niveles, recibiendo los de abajo las sobras de lo que han despreciado los de arriba.  Parece ser que mis amigos no son los únicos fans de esta película que ha dirigido el bilbaíno Galder Gaztelu-Urrutia, y que, de hecho, ha triunfado tanto en el último festival de Sitges como en los pasados premios Goya, siendo en la actualidad uno de los mayores éxitos de la plataforma Netflix.  En resumen, no es descabellado afirmar que nos hallamos ante una de las películas del momento, uno de esos títulos que han logrado poner de acuerdo a millones de cinéfilos.  Por lo que a mi respecta, quizás lo más fácil sería hacer un comentario rápido (aunque poco sincero) y sumarme a la oleada de elogios y parabienes, con lo que, de seguro, quedaría bien con todo el mundo y, obviamente, no ofendería a nadie.  Sin embargo, ¿realmente de qué me serviría mantener un blog durante tantos años sólo para escribir en él un puñado de mentiras piadosas?  A mi “El hoyo” no me gustó.  No me gustó nada.  Vamos, que posiblemente es de las películas que menos me han gustado en toda mi vida.  En primer lugar, confieso que tuve que preguntar a mis amigos (esos que me la habían recomendado) exactamente qué era lo que habían encontrado en ella que tanto les había complacido;  porque yo, que, siempre, siempre, saco algo bueno de cada película que veo (ya sea el guión, o los diálogos, o las interpretaciones, o la música, o la fotografía, o el diseño de producción, o el sonido, o el montaje…) fui incapaz de disfrutar absolutamente ningún aspecto de este film.  Y, en segundo lugar, no sólo no disfruté sino que su dureza y exabruptos escatológicos me sumieron en un mal cuerpo monumental.  Me alegro tres mil por su infinita y creciente legión de fans, pero yo lo pasé tan mal viendo/sufriendo este alegato futurista protagonizado por los televisivos Iván Massagué (“Gym Tony”), Zorion Eguileor (“Estoy vivo”) y Antonia San Juan (“La que se avecina”), que ni siquiera puedo prometer que, algún día, cuando este confinamiento acabe, me decidiré a darle una segunda oportunidad
Calificación: __ (sobre 10)

COMANCHERÍA
Hacía cuatro años que quería ver esta película de David McKenzie, y, por diferentes razones, no me había sido posible hasta que un maldito virus nos ha confinado en un hogar que a veces se torna una entrañable prisión.  El título original de “Comanchería” es “Hell Or High Water”, lo cual forma parte del nombre de un célebre álbum de Deep Purple, “Come Hell Or High Water” (1994), que a su vez parafraseaba una locución anglosajona que viene a significar algo así como “pase lo que pase”, “cueste lo que cueste” o, mejor aún, “contra viento y marea”.  Estas tres acepciones sirven para definir la determinación de un tipo (Chris Pine) que, junto a su hermano ex-presidiario (Ben Foster) se ha propuesto atracar una serie de bancos hasta conseguir el dinero suficiente para que sus hijos tengan el porvenir asegurado.  Un viejo ranger a punto de jubilarse (Jeff Bridges) será el encargado de intentar detener a los recalcitrantes ladrones, y, para conseguirlo, no cejará en su empeño en ningún momento y bajo ningún concepto (que son, obviamente, otras de las posibles traducciones del título inglés del film).  Esta historia de perseverancia y determinación, más que de policías y ladrones, la ha escrito Taylor Sheridan, guionista de “Sicario” y su secuela, y está ambientada en un lejano oeste norteamericano en el que los indios (los comanches a los que se refiere la traslación española) son poco menos que un recuerdo del pasado, y los hombres blancos ya no montan veloces caballos sino coches de potentes cilindradas.  Pero, indudablemente, “Comanchería” tiene mucho de western, en su fotografía, en su ambientación y en su filosofía, y por su dirección, interpretaciones y guión es, sin duda, uno de los mejores westerns que hemos podido ver en bastantes años.
Calificación: 8,5 (sobre 10)

lunes, 6 de abril de 2020

Aute, queda la música


Confieso que, por desgracia para mi, me enganché un poco tarde a la música de Luis Eduardo Aute.  La primera canción que recuerdo haber canturreado, consciente de que su intérprete era Luis Eduardo, fue “No te desnudes todavía”, del álbum “Alma”, editado en 1980.  Yo tenía 17 años y era la época en la que los cantautores me llenaban y me inspiraban, tanto que, con mi guitarra en ristre, me pasaba horas y horas cantando la música y las letras de Joan Manuel Serrat, Victor Manuel, Bob Dylan, John Denver, Donovan o Paul Simon.  Pero cuando realmente amé con locura a Luis Eduardo Aute fue a partir de la publicación del disco doble “Entre amigos”, de 1983.  Quiso la suerte que Televisión Española emitiese aquel histórico concierto en el que al artista nacido en Manila le acompañaban varios de sus colegas más celebrados (Serrat, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Teddy Bautista), una noche en la que mis padres y yo veíamos la TV sin estar pendientes de la película o serie de turno.  Para sorpresa de mi padre, todas las canciones le resultaban conocidas, porque un joven compañero de trabajo se pasaba el tiempo canturreándolas en la oficina, de modo que aquella vez no tuve problemas en conseguir el dinero para comprar el LP editado por MoviePlay.  Lo que me sucedió a partir de ese momento (y durante los próximos años) apenas podría explicarlo.  Literalmente desgasté los surcos del vinilo de tanto escucharlo, y memoricé todos y cada uno de aquellos maravillosos temas, muchos de los cuales hice casi tan míos como si sus letras hubieran brotado de mi propia mente.  Al alba”, “Pasaba por aquí”, “Flores en el mar”, “Aleluya número 1”, “De paso” o, sobre todo, “Las cuatro y diez” marcaron, literalmente, mi existencia, para suerte o desgracia de quienes me tenían que soportar por aquel entonces.  He citado expresamente “Las cuatro y diez” porque hablaba de cine (la pareja protagonista se conoce en una sala mientras se exhibe “Al este del Edén” con James Dean), porque está narrada con una mezcla devastadora de poesía, lirismo e inocencia, y porque a mi madre (siempre mi madre), como a mi, la emocionaba especialmente.

Entre amigos” batió récords de ventas, y muy pronto llegaría un nuevo álbum con el que Aute volvería a cubrirse de gloria y éxito:  Cuerpo a cuerpo”.  Cuando se publicó (1984), el bueno de Eduardo (así es como le llamaban sus más allegados) ya tenía 40 años y, si hubiera sido un hombre presumido, podría haber alardeado de que, gracias a la enorme repercusión de “Entre amigos”, había abducido a una segunda generación, a aquellos que éramos demasiado jóvenes en el momento en que Massiel y posteriormente Rosa León popularizaron sus composiciones y le “obligaron” a cantar él mismo las piezas que escribía.  En “Cuerpo a cuerpo”, además de la canción que daba título al disco, estaban nada menos que “Una de dos”, “Cine, cine, cine”, “Dos o tres segundos de ternura” y “Sin tu latido”, pero si algo destacaba eran las pinturas del propio artista que ilustraban la carpeta.  Luego vendrían una relativa decepción (“Nudo”, de 1985, en el que, así y todo, aparecía “La belleza”), una indigesta pero bellísima extravagancia pseudoreligiosa (“Templo”, 1987), una nueva obra magna (“Segundos fuera”, 1989) y otro leve pasito atrás (“Ufff!”, 1991).  Durante la gira de presentación de “Ufff!” fue cuando por fin pude asistir a un concierto de Luis Eduardo Aute, que aconteció en el remodelado Teatro Guerra de Lorca, lugar que el cantautor aprovechó para hacer infinidad de chanzas a costa de Juan Guerra, hermanísimo de Alfonso (ex-vicepresidente del gobierno socialista de Felipe González) y entonces muy de moda a raíz del caso de corrupción que protagonizó.   Antes de que su producción decayera y fuese haciéndose más elitista o, tal vez, “impopular”, Aute todavía nos regalaría tres grandes LP’s (bueno, obviamente, para entonces ya todo se editaba en CD y no en vinilo), a saber:  “Slowly” (1992), “Alevosía” (una delicia de 1995) y el doble “Aire/Invisible” (1998) cuya promoción me permitió verle en directo por segunda y última vez.  La desilusión que para mi supuso “Alas y balas” (2003) y la redundante regrabación de sus viejos temas en la trilogía de “Auterretratos” (2003, 2005 y 2009) me fueron apartando progresivamente de su obra y de su vida, una vida que, a causa del infarto y posterior coma que sufrió en 2016, se sumió en la oscuridad hasta que el pasado sábado se ennegreció del todo y para siempre.  Pero yo, que he sido (y soy y seré) tan “autista” (dicho con cariñoso gracejo), no puedo evitar rendir este último homenaje a un artista total que componía, cantaba -qué bonito cantaba-, pintaba e incluso llegó a dirigir varias películas y telefilms. 

"Eduardo” me hizo tener hambre y saciarla, sentir sed para luego calmarla, me ayudó a ser un poco mejor persona justo en la etapa en la que una persona necesita inspiración para mejorar.  Por eso, y porque la belleza que infundió a este mundo gris lo transformó en un lugar un poco menos frío y predecible, prometo que nunca le olvidaré ni renunciaré al privilegiado placer de gozar y aprender de su legado, que será eterno e inmarchitable.


sábado, 28 de marzo de 2020

Mis películas favoritas/ “EL RESPLANDOR”


(Alerta de spoilers:  este artículo es un análisis en profundidad de una película estrenada hace cuarenta años, por lo que os advierto de que me tomo la licencia de destripar todo lo que sucede en ella.  ¡Estáis avisados los que decidáis seguir leyendo!)

La ola de terror que barrió América está aquí”.  Este era el slogan que campeaba en el cartel que presidía la fachada del cine Ideal de Alicante aquella tarde en la que me adentré en un territorio inexplorado que me acabaría fascinando.  Sin duda eran otros tiempos, unos tiempos tan remotos que uno podía elegir el momento en que entraba a ver una película en el cine, sabedor de que, por tratarse de una sesión continua, en el siguiente pase podría ver la parte que se había perdido (como si quería verla entera, o incluso quedarse a todos los pases restantes).  En mi caso, iba acompañado de unos amigos que se habían demorado tanto que, cuando por fin pudimos acceder a la sala, lo hicimos justamente en la famosa escena en la que un libidinoso Jack Nicholson se introducía en la misteriosa habitación 237 para descubrir a cierta ocupante de una bañera cuya piel en realidad estaba bastante menos tersa de lo que en principio parecía…

El origen de todo fue un libro, “The Shining”, publicado por Stephen King (escritor norteamericano catapultado a la fama por el éxito de la adaptación cinematográfica de su primera novela “Carrie”, que acababa de realizar Brian De Palma) en 1977, y que en la primera edición española se tituló “Insólito esplendor”.  Los protagonistas eran los tres miembros de una familia (padre, madre e hijo) que se veían obligados a pasar un larguísimo invierno en un solitario hotel de montaña cercado por la nieve.  El progenitor, Jack Torrance, era un escritor frustrado que ejercía como profesor de literatura y trataba de superar su adicción al alcohol, la cual en el pasado le había hecho comportarse de un modo enajenado e incluso violento.  Su mujer, Wendy, le amaba y le temía a partes iguales, y el hijo de ambos, Danny, poseía unos extraños poderes psíquicos que le permitían ver hechos o personas del pasado o incluso del futuro.  Contratado Jack como vigilante invernal del majestuoso Hotel Overlook, la pretensión de éste era invertir las larguísimas horas de tedio en la elaboración de un libro que le redimiría como novelista, pero algo en el opresivo clima que se respiraba en el vasto establecimiento iría trastornándole lenta pero irreversiblemente…

Cuando comenzó la preproducción de “El resplandor”, el ya mítico director Stanley Kubrick frisaba los cincuenta años.  Kubrick, que se había dado a conocer en 1955 con “El beso del asesino”, apenas había filmado diez películas en tres décadas de carrera, pero su fama de perfeccionista, obsesivo e irascible galopaba a la par de su incuestionable talento.  Dicen las crónicas que aceptó hacerse cargo de “El resplandor” debido a la frustración que experimentó cuando su anterior película, “Barry Lyndon”, resultó un sonoro fracaso económico, mientras que “El exorcista”, que le ofrecieron dirigir y él rechazó, se convertía en un enorme éxito.  Convencido de que el terror era el género de moda, Kubrick y su co-guionista Diane Johnson abordaron el libro de King pensando que contenía una buena historia pero que, como “no se trataba en absoluto de una gran novela”, tenían muchas posibilidades de mejorarlo en su traslación a la gran pantalla.  A partir de ese momento, fueron muchas las decisiones creativas que se tomaron y que, transcurrido el tiempo, provocarían el rechazo frontal del novelista hacia la película nacida de su obra.

Para empezar, a Stephen King no le gustó nada la elección de Jack Nicholson para encarnar al protagonista, ya que, si uno lee el libro, puede ir constatando que el enloquecimiento de Jack Torrance es lento, gradual y progresivo, mientras que, cuando ves la película, nada más ver la sonrisa desquiciada de Nicholson te das perfecta cuenta de lo que va a suceder.  Tampoco fue del agrado de King la contratación de Shelley Duvall para dar vida a Wendy, pues se le presuponía (como así fue) una actuación mucho más sumisa y apocada de lo que era su alter ego literario.  Y, en fin, multitud de detalles y licencias creativas (simplificación de la historia, supresión del evidente componente autobiográfico, personajes adulterados, el final totalmente infiel al original…) que disgustaron tanto al escritor como a la legión de admiradores con la que ya contaba la novela cuando el film se estrenó en 1980.

Durante los 40 años transcurridos desde aquella tarde en que la ví por primera vez, he disfrutado “El resplandor” decenas de veces.  De hecho, reconozco que es una de mis películas favoritas, de las que suelo revisar anualmente.  Y tengo muy claro que son varias las maneras de abordarla:  como una mera película de terror, como una más o menos satisfactoria adaptación literaria, como un objeto de culto metalingüístico capaz de suscitar todo tipo de interpretaciones, o simplemente como una magistral obra cinematográfica.  Como creo que es evidente que no es una película de miedo cualquiera, y es por todos conocido (como ya hemos reseñado aquí) que el mismísimo novelista la detesta, y como ya existe un interesante documental (“Habitación 237”, del que hablaremos al final de este artículo) en el que se enumeran todas las teorías que se han ido esbozando al respecto, voy a centrar mi humilde análisis en la faceta artística, técnica y estética de la película.

Ya desde la primera secuencia, “El resplandor” te atrapa en la belleza de sus tomas aéreas realizadas desde un helicóptero, y al mismo tiempo te llena de inquietud gracias a la música electrónica de Wendy Carlos y Rachel Elkind, que adaptan el “Dies Irae” de la “Sinfonía Fantástica” de Héctor Berlioz.  La llegada de Jack Torrance (Nicholson) al Overlook pasa de la desasosegante solemnidad a una engañosa coloquialidad durante la entrevista que Jack mantiene con el director del hotel, Stuart Ullman (Barry Nelson), que por cierto constituye una lección de iluminación merced al tratamiento de la luz que se filtra a través del enorme ventanal del despacho.  

Es entonces cuando Ullman destapa la caja de los truenos al referirle a Jack la historia de Delbert Grady, el antiguo vigilante que se volvió loco por la claustrofobia y asesinó a su esposa e hijas con un hacha.  A continuación, Kubrick nos lleva a la casa en la que Wendy (Shelley Duvall) y su hijo Danny (Danny Lloyd) aguardan la llamada de Jack para comunicarles que ha obtenido el puesto de trabajo al que aspiraba;  en ese momento (en realidad, en todos los momentos, a poco que uno se fije) se aprecia el exquisito mimo que se depara al color de cada elemento decorativo y de cada prenda de vestir.  


El siguiente viaje al Overlook lo realiza la familia Torrance al completo, y culmina cuando el pequeño Danny (del que sabemos que se comunica con un “amigo imaginario” al que llama “Tony”, el cual no deja de proporcionarle mensajes de advertencia y alarma) conoce a Dick Hallorann (Scatman Crothers), el cocinero negro del hotel que es capaz de comunicarse telepáticamente con él gracias a que ambos comparten el mismo don, al que la abuela de Hallorann, también poseedora de tal poder, llamada “el resplandor”.

Comienza el largo período de aislamiento de los Torrance y enseguida comprobamos que, mientras el teórico “vigilante” (Jack) se dedica todo el tiempo a escribir, tiene que ser Wendy quien se ocupe del mantenimiento de la instalación;  de hecho, cuando la mujer acude a preguntarle cómo se siente, Torrance demuestra que algo está empezando a pasarle, tratándola de manera desagradable y cruel.  Mientras tanto, el pequeño Danny campa a sus anchas a bordo de su triciclo, y Kubrick aprovecha sus paseos por el hotel para crear no sólo un decorado que parece gozar de vida propia (el agobiante empapelado de las paredes o esa icónica alfombra de hexágonos tan característica) sino, sobre todo, unos magistrales movimientos de cámara, rodados con un sistema de estabilización llamado “steadicam”, que se hizo inmensamente famoso desde entonces en todos los circuitos cinéfilos;  es inolvidable el efecto de sonido que se genera cuando el triciclo surca la moqueta (silenciosa), a continuación recorre unos metros impactando ruidosamente sobre el suelo de madera, para de nuevo enmudecerse al atravesar otro tramo enmoquetado.  ¡Sublime!  

Estos paseos de Danny (retratados con un virtuosismo sin precedentes por el director de fotografía John Alcott) le obligarán a enfrentarse con unos de esos fantasmas que Hallorann le advirtió que acabaría viendo en el Overlook:  las gemelas del vestido azul a las que Grady matara a hachazos años atrás.  Asímismo, y a pesar de las advertencias del cocinero, Danny acabará cediendo a la tentación de entrar en la habitación prohibida:  la 237.  

Cuando el niño regresa junto a sus padres, está traumatizado y presenta unas marcas de estrangulamiento en el cuello.  Jack se ve obligado a inspeccionar la habitación, pero lo que en ella encuentra, en principio no le aterra sino que le excita.  En el marco de un cuarto de baño decorado en impactantes tonos verdes (verdes como la lujuria y el pecado), una mujer desnuda sale cual húmeda venus de la bañera, y abraza a un Torrance incapaz de resistirse a la tentación, o tal vez deseando sucumbir a ella.  Lógicamente, el encuentro no termina de una manera convencional (después de todo, estamos en una película de terror) y el pobre Jack, que llevaba años tratando de desengancharse de la bebida, termina por visitar el bar del sofisticado Salón Colorado, donde entablará conversación con Lloyd (Joe Turkel), un fantasmagórico barman que le revela que la dirección del establecimiento le invitará a cuantas copas sean menester.  La intranquilidad de Wendy y Danny va en aumento, y el niño, a pesar de la distancia, consigue, utilizando “el resplandor”, mandar un desesperado mensaje telepático de socorro a Hallorann, que se promete a sí mismo no desasistir a la familia en peligro.

Durante una fiesta en el Salón Colorado a la que sólo Jack parece estar invitado, pero a la que asisten cientos de personas (¿reales? ¿imaginadas?), Torrance conoce por fin a su antecesor Delbert Grady (Philip Stone), quien le lleva al cuarto de baño de paredes rojas (rojas como la sangre) para advertirle de que su hijo, que es muy inteligente, está tratando de que un elemento extraño (“un negro”) se infiltre en una situación que ya debería tener controlada, instando a Jack a que haga algo drástico para reconducirla, ya que él (Jack), al fin y al cabo, “siempre ha sido el vigilante del hotel”.  

Mientras ésto sucede, Wendy va a buscar a Jack al lugar donde lleva semanas encerrado, escribiendo sin parar, y descubre que la “novela” que su marido ha estado redactando consta de una única frase (“All work and no play makes Jack a dull boy”;  literalmente, “Tanto trabajo y nada de diversión hacen de Jack un chico aburrido”, pero que en España se tradujo como “No por mucho madrugar amanece más temprano”), repetida miles y miles de veces en cientos y cientos de hojas, con las líneas dispuestas en bloques de combinaciones infinitas (cuenta la leyenda que fue el propio Stanley Kubrick quien mecanografió todos esos papeles).  Cuando Jack la sorprende fisgoneando en su “obra magna” y la acorrala mientras sube la escalera acosándola e insultándola, es cuando más chirría el denostadísimo doblaje que tantos chascarrillos generó en su momento.  Supervisado de cerca por el propio Kubrick, la traducción de los diálogos fue realizada por el insigne Vicente Molina Foix, con nada menos que Carlos Saura dirigiendo a los actores Joaquín Hinojosa (Jack) y Verónica Forqué (Wendy), inmortales para siempre en el circo de los horrores del que puede que sea el peor doblaje de la Historia.  El caso es que Wendy se defiende del acoso de su marido golpeándole en la cabeza con un bate de béisbol, para a continuación encerrarle en la gigantesca despensa del hotel.

Durante todo este tiempo, Kubrick nos ha ido sumiendo en una tensión que va en aumento sin parar, utilizando el sonido y sobre todo la música, una música que decidió que no fuese original sino reciclada en base a composiciones previas de Gyorgy Ligeti, Béla Bartok y, especialmente, Krzysztof Penderecki, cuya “Utrenja” suena en varios aterradores momentos, como cuando Danny, en estado de trance, escribe con pintalabios en la puerta del dormitorio una palabra que no dejaba de mascullar, “Redrum”, y que Wendy visualiza al revés en el espejo:  Murder” (en español, “Asesinato”, pero que el subtítulo traduce como “Homicidio”).

El encierro de Jack en la despensa finaliza cuando algo o alguien (¿tal vez Grady?) le libera, proporcionándole un hacha con la que primero hará añicos la puerta del cuarto de baño (la memorable estampa que apareció en los carteles del film) donde se esconden de él Wendy y Danny y, posteriormente, atacará al pobre Hallorann, que había abandonado su paradisíaco y cálido refugio para acudir en ayuda del niño “resplandeciente”. 



La acción se bifurca de aquí hasta el final en dos frentes:  Wendy recorriendo sola el hotel y enfrentándose por fin a diversos fantasmas a los que, ahora sí, es capaz de ver (incluyendo el famosísimo río de sangre que parece fluir desde dentro del ascensor y que constituyó un momento tan traumático de rodar que el propio Kubrick decidió ausentarse del set mientras se filmaba) y Danny huyendo de su padre, al que conduce al laberinto exterior cubierto de nieve en el que, retrocediendo constantemente sobre sus pasos, logra atrapar en una trampa blanca y helada.  


Precisamente es retrocediendo sobe los pasos del tiempo cómo el espectador puede acceder por última vez al interior del Overlook, para descubrir una foto en la que, rodeado de gente sonriente, aparece el mismísimo Jack Torrance, retratado durante el baile del Cuatro de Julio…  del año 1921.  ¿Querrá ésto decir que era cierta la aseveración de Grady en el sentido de que, en realidad, Jack SIEMPRE había sido el vigilante del hotel…?  Naturalmente, todas las suposiciones están abiertas y nunca se cerrarán.

El rodaje de “El resplandor” no fue para nada fácil.  Ya el mismo hecho de filmar una película de casi dos horas y media (146 minutos en la primera exhibición americana, reducidos a 114 para las versiones internacionales, incluyendo la española) casi íntegramente en decorados (se utilizaron los hoteles reales Timberline Lodge de Oregón para las tomas exteriores y, especialmente, el Hotel Stanley de Colorado como inspiración para los interiores) resultaba tan problemático como claustrofóbico.  Stanley Kubrick, como dijimos al principio, acarreaba una merecida fama de director exigente y obsesivo, y todo, absolutamente todo, tenía que salir siempre como él quería.  El encuadre, la duración de los planos y la iluminación no podían ser diferentes de lo que él había imaginado en su cabeza, lo cual exigía al equipo una implicación extraordinaria al existir muchas secuencias rodadas mediante larguísimos travellings filmados gracias a la famosa steadicam que hemos comentado anteriormente.



En cuanto a los actores, ni siquiera el niño Danny Lloyd (siete años cuando se rodó la película, aunque su personaje debía aparentar cinco) se libró de la presión que sobre todos ejercía Kubrick, y eso que, aunque el realizador se había comprometido a que el pequeño no supiese que estaba participando en una película de terror (a él le decía que era un drama familiar), en algunos momentos no dudó en obligarle a repetir una toma hasta cuarenta veces.  Lo de la repetición exhaustiva de tomas fue asimismo una tortura para los dos protagonistas adultos:  a Jack Nicholson le instó a repetir una escena casi cien veces (la de la destrucción de la puerta a hachazos, ya que el actor había sido bombero en su juventud y manejaba el hacha con demasiada facilidad), y con Shelley Duvall se excedió tanto que la pobre actriz tuvo que recluirse durante una semanas en un sanatorio psiquiátrico tras concluir el rodaje.


Existen directores que presionan mucho a sus intérpretes para obtener de ellos una respuesta emocional “auténtica” (son famosos los casos de Alfred Hitchcock o nuestro Pedro Almodóvar), pero lo que hizo Kubrick con Duvall ha pasado literalmente a los anales de la historia:  127 veces la hizo repetir la secuencia en la que sube la escalera de espaldas con el bate en ristre para defenderse de su marido, mientras en todo momento el director la gritaba e insultaba para que su actuación fuese terroríficamente real.  Un verdadero infierno de rodaje para que el espectador más afortunado pueda disfrutar de un paraíso cinematográfico.

Como dije anteriormente, el documental “Habitación 237” (dirigido por Rodney Ascher) expone una serie de teorías sobre el significado “oculto” de “El resplandor”.  Las más rocambolescas son:  la primera, que Kubrick está revelando al mundo que él, como correspondencia a la NASA por la ayuda que le prestaron para la filmación de “2001, odisea del espacio”, fue quien filmó en un estudio las imágenes (falsas) de la llegada del Hombre a la Luna (las “pruebas” serían el jersey del Apolo XI que luce el niño Danny Lloyd en una escena, los llamativos hexágonos de la alfombra que reproducen la forma de la plataforma de lanzamiento del cohete, o que el director cambió el número de la habitación maldita (en el libro es la 217 pero en la película pasa a ser la 237) porque la Luna se halla a 237.000 millas de distancia de la Tierra.  La segunda teoría habla de que la película es una denuncia encubierta del Holocausto, y la prueba es la aparición en varios momentos del número 42 (en otra camiseta que luce Danny, en la matrícula del coche que conduce Hallorann o en la película que están viendo madre e hijo en la TV:  Verano del 42” de Robert Mulligan…  Incluso, si multiplicas los tres dígitos de la habitación 237, el resultado es… 42), y es que los nazis iniciaron la llamada “Solución Final” precisamente en el año 1942.  La tercera elucubración afirma que el film está condenando el exterminio del pueblo indígena norteamericano, basándose en que, según explica al principio el director Ullman a Jack, el hotel se edificó sobre un cementerio indio;  posteriormente, en la despensa pueden verse, perfectamente dispuestas, varias latas de levadura Calumet (el “calumet” era la pipa de la paz que solían fumar los pieles rojas);  y, en sus ratos de ocio, el nervioso Torrance se relaja lanzando una pelota de tenis contra una pared en la que hay colgado lo que parece ser un tapete indio.

Sea como fuere, y sin entrar en obsesiones tal vez sin fundamento, para mi “El resplandor” (tanto más cuanto más la veo) es, sencillamente, una de las manifestaciones cinematográficas más totales y perfectas que se me ocurren, donde prácticamente todas las disciplinas que componen el Séptimo Arte (dirección, fotografía, interpretación, utilización de la música, sonido, decoración y montaje) confluyen de manera hermosa e hipnótica, logrando que, como le sucede a Jack Torrance al final de la película, llegue a sentirme atrapado y sin posibilidad de escapar de la magia infinita del Hotel Overlook.

Luis Campoy

miércoles, 18 de marzo de 2020

Píldoras de Cine: MARZO DE 2020

Estoy confinado en casa, como todos o casi todos vosotros, y hasta el día de hoy he estado sumido en una honda melancolía, una triste depresión que me impedía desarrollar afición o entretenimiento alguno.  Sin embargo, hoy, no sé por qué, después de terminar de (tele)trabajar, me he propuesto intentar retomar algún rasgo de normalidad, y, como ya no se puede ir al cine, he querido recordar algunas de las últimas películas que pude presenciar en una sala, el auténtico teatro de los sueños.  Llegan, de nuevo, nuestras añoradas y esperanzadoras ¡PILDORAS DE CINE!


EL HOMBRE INVISIBLE
Universal Pictures, que en los años 30 del siglo pasado se hizo famosa por posibilitar el salto al cine de los personajes más populares de la literatura de terror, intentó recientemente crear su propia franquicia con versiones renovadas de “Dracula” (protagonizada por Luke Evans) y “La Momia” (con Tom Cruise en el papel de héroe), como pilares de lo que iba a pretender denominarse “Dark Universe”.  Como todos sabéis, el experimento fue un absoluto fracaso y parecía que todo iba a caer en el olvido hasta que Blumhouse Productions, la productora más exitosa dentro del género terrorífico en la actualidad, adquirió a Universal los derechos de una de sus ficciones más emblemáticas:  el Hombre Invisible.  Creado por el gran H.G. Wells en 1897, la historia narraba las vicisitudes de Griffin, un inventor que hallaba la fórmula de la invisibilidad pero ello acababa por trastornar su mente y le convertía en un villano sin escrúpulos.  En la película de Blumhouse (que ha dirigido Leigh Whannell, guionista de “Saw” e “Insidious”), el protagonismo recae no en el tipo invisible en cuestión (un científico maltratador que atiende al nombre de Adrian… Griffin) sino en la ex-pareja de éste, Cecilia, convencida de que el suicidio de su antiguo amante es un bulo que oculta la transformación de aquél en un ser invisible que la acosa por doquier.  Evidentememte, la entregada interpretación de Elisabeth Moss ("El cuento de la criada") es lo mejor de la función, pero la película no resultaría igual de atractiva sin la vigorosa dirección de Whannell y, sobre todo, sin su magnífico sonido engrandecido por la sala Atmos en la que pude disfrutarla.  Una correcta y lograda aportación al fantástico que se hace amena e interesante y cuenta con unos efectos especiales bastante logrados.
Calificación: 7,5 (sobre 10)

THE GENTLEMEN: Los Señores de la Mafia
La carrera de Guy Ritchie (británico de 51 años) ha pasado por diversas fases desde que despuntó a mediados de los años 90.  Su matrimonio con la cantante Madonna le sentó muy mal a todos los niveles, y desde entonces ha dado no pocos tumbos y vaivenes.  Cuando parecía que había tocado fondo con fracasos como “Rey Arturo” y productos impersonales como “Aladdin”, Ritchie se descuelga con un título que nos retrotrae a lo mejor de sus inicios: “The Gentlemen (Los Señores de la Mafia”).  De nuevo los protagonistas son mafiosos, ladrones y delincuentes tan violentos como glamourosos, y de nuevo un gran reparto internacional se ha puesto a sus pies.  En esta oportunidad, Matthew McConaughey, Charlie Hunnam y Michelle Dockery encabezan un listado en el que, sin embargo, la mayor brillantez la ostentan los roles secundarios desempeñados por Colin Farrell y, sobre todo, un maravilloso Hugh Grant.  Con una ingeniosa estructura narrativa y un humor negro muy saludable, me contragulo de poder afirmar que, con “The Gentlemen”, Ritchie ha conseguido volver a los buenos viejos tiempos de “Lock & Stock” y “Snatch”, y eso, dado el talento de este director para este tipo de cine, es una buenísima noticia.
Calificación: 8 (sobre 10)