Yo soy aquel
Ayer, y gracias a mi querido Cine
Club Paradiso, tuve la ocasión de ver la película “Una quinta portuguesa” en pantalla grande (grande, pero baja… o tal
vez todos los espectadores, apoltronados en el patio de butacas ante mi, tenían
auténticos cabezones que impedían contemplar adecuadamente los viñedos, y mucho
menos leer los subtítulos).
“Una quinta portuguesa” es la segunda película como realizadora de
la valenciana Avelina Prat (54 años),
arquitecta que, ya asentada en la industria cinematográfica, había trabajado
como supervisora de guiones. Se trata de
un drama íntimo acerca un hombre que, roto por dentro, decide dejar de ser él
mismo. No busca venganza, ni dinero, ni
aventura: busca silencio. Busca
descanso. Busca, en el fondo, una vida
que duela menos que la suya. Fernando (Manolo Solo) es un apacible profesor de
Geografía, al que un buen día, sin comerlo ni beberlo, abandona su mujer, una
ciudadana serbia que, sin previo aviso, regresa a su país natal. Fernando se siente no solamente solo y
abandonado, sino desmotivado, sin rumbo, sin horizonte, hasta que un día en un
bar conoce a un hombre, Manuel, que le cuenta que va a empezar a trabajar como
jardinero en una idílica quinta portuguesa.
Cuando su interlocutor muere repentinamente a causa de un fallo
cardíaco, Fernando decide permutar su vida con la suya, abrazar su identidad y
asumir su futuro. Fernando se convierte
en Manuel y, pocos días después, comienza una vida nueva bajo el sol luso, que
dependerá, eso sí, de que su nueva jefa Amalia (Maria de Medeiros) siga siendo tan ilusa como al principio parece…
El tema de la suplantación como
reinicio vital conecta, inevitablemente, “Una
quinta portuguesa” con otras obras precedentes. Claro que, por ejemplo, en “El talento de Mr. Ripley”, la identidad
ajena es un objeto de deseo, una puerta a un mundo más brillante, mientras que aquí,
en cambio, la suplantación nace del dolor, de la pérdida: Fernando no aspira a
una vida mejor, sino a una vida nueva, diferente, soportable. Y, en un registro completamente distinto, hasta
podríamos compararla con la mítica “La
vida de Brian”, si bien salvando muchas distancias: mientras que Brian
Cohen es confundido con alguien que no es, aquí es Fernando quien decide
confundirse a sí mismo. Eso sí, en ambos
casos, la identidad se convierte en un malentendido que crece y crece hasta
volverse difícilmente sostenible.
Pero tranquilos, que nuestra
película no se construye como un thriller
de impostores, sino como un retrato del duelo. Fernando/Manuel, en realidad, no quiere
engañar a nadie: quiere renacer. Quiere vivir una vida nueva que en nada le
recuerde a la suya. Y la quinta
portuguesa —con sus viñedos, su luz suave y su ritmo pausado— se convierte en
un refugio donde la mentira parece, por un tiempo, irresistible.
La dirección de Avelina Prat
apuesta por la contención. No juzga a su
protagonista, no dramatiza en exceso, no subraya. Observa. Deja que los silencios hablen, que los gestos
mínimos revelen lo que las palabras no pueden. Las relaciones entre “Manuel” y Amelia, y, más
adelante, entre “Manuel” y “Milena 2” se construyen desde esa misma delicadeza:
son personas heridas que se reconocen sin necesidad de explicarse demasiado
(otra cosa es que, para entrar de lleno en la trama y disfrutarla como se
merece, haya que hacer algún equilibrio con la suspensión de la incredulidad). La fotografía (de Santiago Racaj) es otro de los grandes atractivos de la película. El campo portugués aparece como un espacio de
calma, de tiempo lento, de posibilidad de recomenzar. El contraste con el urbanismo español, más
áspero, más ruidoso, más acelerado, es evidente. No creo que se trate tampoco de idealizar
Portugal, sino de mostrar cómo el paisaje puede convertirse en un espejo
emocional: Fernando necesita un lugar donde el mundo no le grite, y la quinta
se lo ofrece… aunque sea bajo una existencia que no es la suya.
“Una quinta portuguesa” responde, de alguna manera, a aquella frase
promocional con que los técnicos de la futurista agencia turística Memory Call lograban engatusar a Arnold
Schwarzenegger en “Desafío total”, ya
que lo que aquí hace Fernando es lo mismo que allá hiciera Doug Quaid: tomarse
unas vacaciones de sí mismo. Y, al igual
que sucediera en la cinta dirigida por Paul Verhoeven, lo que tenemos que tener
muy claro es que, al final, el pasado, la verdad y la memoria… siempre vuelven.
Luis Campoy

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