Noticias y política/ PREOCUPACIÓN, INDIGNACIÓN


Me cuenta un buen amigo que se siente “preocupado e indignado con el mundo y nuestra especie”.  Cuando indago más directamente sobre cuáles son los motivos específicos de su (lógica) preocupación, sale a relucir el tema del reciente ataque de Israel y Estados Unidos a Irán

 

Para una persona normal y corriente, un ciudadano de a pie que vive en España, los conflictos internacionales suelen sentirse como algo remoto, casi ajeno.  Sin embargo, en estos últimos tiempos, cuando Estados Unidos lanza un ataque contra Irán bajo la imperialista presidencia de Donald Trump, esa distancia se acorta de golpe.  De pronto, las noticias dejan de ser un ruido de fondo y se convierten en una inquietud real.  Nos hacemos preguntas del tipo: ¿qué significa ésto para Europa?  ¿Y para España en particular?  ¿En qué afectará a la ya frágil estabilidad global?  Y, lo que debería ser lo más importante, ¿cómo beneficiará (o no) a la gente que vive allí?  Aunque la pregunta base, la que en el fondo se formula mi amigo, es ¿qué puede hacer un ciudadano normal ante decisiones que se toman a miles de kilómetros…?

 

La preocupación nace de varios frentes.  Por un lado, España forma parte de la OTAN y de la Unión Europea, lo que implica que cualquier escalada militar en Oriente Medio puede tener repercusiones directas en nuestra seguridad y también en nuestra economía.  Por otro, el precio del petróleo, la volatilidad de los mercados y la posibilidad de que un conflicto regional se descontrole afectan a la vida cotidiana más de lo que parece.  Y, en un plano más humano, está la empatía hacia la población iraní, atrapada entre un régimen autoritario y las decisiones militares de potencias extranjeras.

 

Gestionar esa preocupación no es sencillo, pero sí, tal vez, posible.  Se me ocurren algunas ideas, que nadie me ha solicitado pero que yo os brindo porque sí.  En primer lugar, creo que lo mejor es tratar de informarse con calma, contrastar fuentes y evitar la sobreexposición a titulares alarmistas; con todo ello, estaríamos ayudando a transformar el miedo difuso en comprensión.  Hablar del tema con otras personas, buscar análisis de expertos y recordar que, al menos de momento, España no está en guerra, también contribuye a rebajar la ansiedad.  La clave no es ignorar lo que ocurre, sino evitar que la incertidumbre domine nuestra vida diaria.

 

El debate sobre si es correcto que Estados Unidos intervenga militarmente en Irán está lleno de matices.  Quienes apoyan la intervención suelen argumentar que el régimen iraní es represivo, que su programa nuclear es una amenaza y que la inacción solo fortalecería a los ayatolás.  Quienes la rechazan sostienen que las intervenciones militares rara vez traen estabilidad, que la población civil es la principal víctima, que la región ya ha sufrido demasiadas guerras y, sobre todo, que lo que mueve a Trump no es su preocupación por la justicia, la libertad y la democracia, sino las codicia, la ambición y el petróleo.  Ambas posturas existen y ambas tienen argumentos que merecen ser escuchados.

 

Surge entonces otra pregunta: ¿deberíamos dejar que el horrible régimen iraní, que todos deploran, caiga solo y por sí mismo, aunque eso implique esperar décadas?  Algunos defienden que los cambios duraderos deben nacer desde dentro, sin imposiciones externas.  Otros creen que esa espera condena a generaciones enteras a vivir sin libertades.  ¿Cuánto tiempo es aceptable esperar?  ¿Quién decide si una intervención está justificada?  ¿Qué pasa con quienes sufren hoy?  No hay respuestas sencillas, y precisamente por eso este debate es tan incómodo como necesario.

 

En España, además, la discusión se mezcla con otra cuestión: el presidente Pedro Sánchez se ufana proclamando su pacifismo al enarbolar de nuevo el ya clásico “No a la guerra” pero simultáneamente, no se cuestiona nuestra pertenencia a la OTAN.  Hay quienes ven coherente esa postura, es decir, defender soluciones exclusivamente diplomáticas mientras se participa en una alianza militar, apelando a que, en el fondo, la seguridad colectiva y la diplomacia no son incompatibles.  Otros consideran contradictorio aferrarse a la Alianza Atlántica pero negarse a cumplir con los compromisos de gasto militar acordados con los aliados, como si nosotros fuésemos más chulos que los demás.  Y también están quienes opinan que, si se quiere ser realmente pacifista, lo coherente sería abandonar la OTAN y adoptar una neutralidad plena.  Este debate no es nuevo y probablemente seguirá acompañándonos durante años.

 

Ante todo ésto, un españolito anónimo puede sentir que no tiene capacidad de influir en nada.  Pero sí existen formas de participar: votar teniendo en cuenta la política exterior de cada partido; apoyar a ONG’s y asociaciones humanitarias que trabajan con refugiados y población civil; promover conversaciones informadas en lugar de polarizadas; defender la importancia de la diplomacia incluso cuando parece insuficiente; etc., etc. etc…

 

Si aprendemos a considerar que el MUNDO es un concepto prácticamente inabarcable para un individuo diminuto como somos cada uno de nosotros, pero, sin embargo, el mundo (con minúsculas), el entorno en el que vivimos nuestro día a día, se reduce a las personas concretas que nos rodean, tal vez nos sea más fácil encontrar un espacio de acción, por pequeñito que sea.

 

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