jueves, 11 de junio de 2020

Lo que la estupidez nos legó


El canal de televisión HBO (o, como dicen algunos entendidos, “eichbiou”) tomó el otro día la decisión de retirar de su programación “Lo que el viento se llevó”, coincidiendo con el movimiento de protesta que ha surgido a nivel mundial como condena del asesinato racista del norteamericano George Floyd.

Lo que el viento se llevó”, como casi cualquier amante del Séptimo Arte conoce, surgió como película en 1939, adaptando a la gran pantalla la novela superventas de Margaret Mitchell, publicada en 1936.  La historia que tanto el libro como el film narraban tenía como telón de fondo la Guerra de Secesión norteamericana, y se centraba en el personaje de Scarlett O’Hara, hija de una familia del viejo Sur estadounidense, donde la esclavitud todavía se consideraba como algo normal y cotidiano (de hecho, una de las razones de aquella contienda fratricida fue precisamente la abolición del esclavismo).  Lo que el viento se llevó” fue durante décadas la película más taquillera de todos los tiempos (muy posiblemente, aún lo seguiría siendo hoy, si contabilizamos sólo su recaudación en salas, aplicándole la inflación actualizada), y todos los basamentos cinematográficos que la sustentaron (producción, dirección, fotografía, diseño de producción, vestuario, banda sonora, diálogos, montaje e interpretación) eran (y siguen siendo) de primerísimo nivel.  Vivien Leigh, Clark Gable, Leslie Howard, Olivia de Havilland, Thomas Mitchell y Hattie McDaniel (esta última, actriz y cantante negra nacida en Kansas, se convirtió en la primera intérprete afroamericana en obtener un Oscar) nos brindaron unas actuaciones extraordinarias y se convirtieron en verdaderos iconos del celuloide.

Ahora, 81 años después del estreno de tan maravillosa obra de arte, resulta que alguien opina que su temática y su tono son “ofensivos” porque consiente, tolera, justifica o incluso idealiza el racismo.  Si ese “alguien” cogiese su (muy respetable) opinión y se la metiese en su (también respetable) trasero, no pasaría nada, ya que uno de los postulados de la actual democracia consiste en que todos tenemos derecho a tener nuestro propio punto de vista.  Pero claro, resulta que esos que critican el racismo (algo con lo que todos estamos en desacuerdo y condenamos sin paliativos) pretenden imponer su criterio al criterio de los demás, por lo que, si a ellos una película les ofende, la plataforma que la tiene en catálogo debe esconderla para que nadie pueda verla y, tal vez sentirse ofendido también.  O sea, si algo no me gusta, no es suficiente con cambiar de canal o apagar la televisión…  lo que tengo que conseguir es que todo el mundo acate mi forma de pensar y comulgue con mis planteamientos.  Ni que decir tiene que lo que hizo HBO con “Lo que el viento se llevó” me parece absolutamente vergonzoso, cobarde y repugnante, y la medida que ha adoptado a raíz del aluvión de críticas recibidas (volver a emitir la película, pero advirtiendo previamente de que se trata de un film realizado muchos años atrás, cuando las cosas se veían de otra manera) se me antoja una solución ridícula, irrisoria e inmadura.

Lo que me parece curioso es que, precisamente este año, “Jo Jo Rabbit”, un film que, adoptando el punto de vista de un niño, parece demasiado “blando” con el nazismo, haya llegado hasta el final de la carrera por el Oscar.  Por la misma razón, un film en el que los nazis no parecen lo bastante malos, no debería haber llegado a proyectarse jamás, ¿no?  Y ya que estamos con el nazismo, ¿por qué no quemar públicamente todas las películas de Leni Riefensthal, directora afín a la ideología hitleriana?  ¿Por qué no hacemos una redada y ajusticiamos a todos los que hayan leído el “Mein Kampf”, escrito por el mismísimo Hitler?  Y oye, ¿por qué no destruímos todas las películas producidas por Harvey Weinstein, que al fin y al cabo es un violador hijo de puta?  ¿Por qué no borramos de cada fotograma de sus films a Kevin Spacey, acusado de abuso sexual?  ¿Por qué no realizamos un borrado de memoria a todos los que se hayan reído (y llorado) con cualquier película de Woody Allen, acusado también de abusos por su hijastra?  ¿Por qué no les damos garrote a los que tengan en su poder algún disco de Michael Jackson o Plácido Domingo?

El miedo, el odio y la intolerancia (casi se me olvidaba la mención al genial David Wark Griffith, que como persona podía ser un cabronazo racista, pero como cineasta nos legó dos monumentos como “El nacimiento de una nación” y, sí, “Intolerancia”) están por desgracia muy a flor de piel, y son igualmente condenables cuando se utilizan como arma arrojadiza contra la injusticia que pretenden combatir.  Pero son los tiempos del “efecto mariposa” mediático:  un policía mata a un ciudadano en Estados Unidos, y miles de personas se echan a la calle en todo el mundo;  una persona opina que una de las mejores y más hermosas películas de la Historia está narrada desde una perspectiva contraria a la tónica imperante en este puñetero año 2020, y una cadena de televisión la esconde para que no sea vista.  Pues eso.  Intolerancia.  Y que vivan la libertad y la democracia.