lunes, 18 de septiembre de 2017

Cine actualidad/ “DETROIT”

El sitio de Algiers

A menudo suelo tratar de explicar la sutil diferencia entre admirar y amar, que en el mundo del cine se traduciría en las actitudes diferenciadas que suelen desarrollar los críticos y los espectadores.  Los primeros tienen como misión analizar y ensalzar las virtudes objetivamente, mientras que los segundos simplemente tienen que tener claro si algo les gusta o no.  La tarea se torna un poco más ardua cuando se ejerce simultáneamente de analista y de público, aunque con el paso del tiempo (y el visionado de miles de películas), uno empieza a saber valorar los aspectos positivos de cualquier film, incluso si esté le ha disgustado subjetivamente.  Viene todo esto a cuento de las últimas películas de la directora Kathryn Bigelow (nacida en 1951 y ex-mujer de James Cameron), que, a pesar de haber sido recibidas entusiásticamente por la crítica, en lo personal no me complacieron en nada o casi nada.  Sin ir más lejos, la laureada y aplaudida “En tierra hostil” se me atragantó de principio a fin y me lo hizo pasar tan “bien” como si hubiera tenido que deslizarme por una montaña rusa interminable, por mucho que admirase su categoría cinematográfica y la avalasen todos los Oscars, Globos de Oro y BAFTAs que se llevó.  Ayer, viendo “Detroit”, la nueva propuesta de la Bigelow, durante un buen rato estuve convencido de que me iba a pasar lo mismo….   aunque, por fortuna, al cabo de un rato comprendí que no iba a ser así.

En el verano de 1967, la ciudad norteamericana de Detroit se vio colapsada por una oleada de disturbios raciales que pusieron a la indignada población negra en el punto de mira de las fuerzas de seguridad.   En la noche del 25 al 26 de julio, el disparo de una pistola de fogueo desde una habitación del motel Algiers atrajo instantáneamente a la policía, el ejército y la guardia nacional, quienes acordonaron el recinto y se dispusieron a identificar y detener al autor de la detonación.  En el interior del hotel apenas había siete hombres de color y dos chicas blancas, pero sólo seis de esas nueve personas saldrían con vida.  Los policías de Detroit ejercieron toda la violencia física y psicológica imaginable, y sometieron a los presentes a un interrogatorio brutal e interminable en el que los abusos y vejaciones alcanzaron cotas imposibles de prever…

Yo dividiría “Detroit” en cuatro partes perfectamente diferenciadas:  la (larguísima) introducción, en la que se establece el contexto histórico social y son presentados los personajes principales;  el (excelente) episodio del motel Algiers;  el (previsible) juicio que tuvo lugar tiempo después;  y el (innecesario) epílogo que nos narra lo que les sucedió a los supervivientes tras el simulacro de sumario que a nadie satisfizo.  Los primeros 30 o 35 minutos nos trasladan convincentemente a unos virulentos años sesenta en los que Martin Luther King todavía no había sido asesinado, pero el tono documentalista y la algo embarullada presentación de personajes me hicieron temer lo peor.  Mas lo que acontece en el seno del citado hotel es simplemente sensacional, un prodigio de narración que adquiere un tono pesadillesco a lo “Funny Games” pero que se beneficia del hecho de que el espectador es consciente de que lo que está presenciando aconteció en realidad.  Sin embargo, y cuando el espectador, asqueado e indignado por tanto abuso y tanta injustica, cree ingenuamente que el poder judicial oficiará de ángel vengador, se da con un doloroso canto en los dientes:  los odiosos policías resultaron felizmente absueltos, y las vidas de las víctimas quedaron indeleblemente marcadas por un suceso que, desgraciadamente, se ha venido repitiendo una y otra vez.

Sin duda nos hallamos en un momento histórico en el que los sucesos de 1967 vuelven a estar a la orden del día, pues incluso en la “era Obama” la policía estadounidense ha dado muestras de que el racismo más irracional continúa tristemente vigente.  No parece probable que sea precisamente Donald Trump quien solucione esta horrible lacra, de modo que “Detroit”, con esa temática que se antoja intemporal, se erige en firme candidata a acaparar un buen número de candidaturas a los próximos Oscars.  Otro de los alicientes del film es la actuación de su elenco, un reparto deliberadamente coral en el que los más conocidos son John Boyega (Finn en “Star Wars”), Will Poulter (visto en las sagas “Las crónicas de Narnia” y “El corredor del laberinto”) y Anthony Mackie (el Halcón de “Los Vengadores”);  sin embargo, los que más van a salir beneficiados son los desconocidos Jacob Latimore y sobre todo Algee Smith, desde ya inolvidable en su papel de cantante de soul obligado a entonar un emocionante góspel en el escenario menos indicado…

Hubiera ganado, para mí, muchos enteros si el primer acto hubiese durado tres veces menos y si el epílogo se hubiese suprimido, concluyendo el film al terminar el juicio;  pero, aun así, “Detroit” cumple una misión histórica y social sin duda necesaria, y lo hace tan bien que uno sale del cine no complacido ante la gran película que acaba de presenciar, sino profundamente indignado ante la flagrante violación de los derechos humanos que se cometió…  y que, lamentablemente, aún se continúa cometiendo.  El objetivo de formar, informar y entretener se ha cumplido holgadamente.

Luis Campoy

Lo mejor:  la hora y pico que transcurre dentro del motel, sensacional e insuperable
Lo peor:  el excesivamente largo preámbulo, y el epílogo que rompe el climax
El cruce:  “Ragtime” + “Funny Games”

Calificación:  8,5 (sobre 10)

lunes, 11 de septiembre de 2017

Cine actualidad/ “IT”

Tú también flotarás…

Era uno de los libros más voluminosos que había leído, pero de inmediato se convirtió en uno de mis favoritos…  Cuando terminé “It (Eso)” de Stephen King, allá por mayo de 1987, tuve la sensación de que, más que una simple novela, acababa de disfrutar una obra maestra del género terrorífico, una gran obra literaria.  Por aquel entonces, ya había leído otros relatos de King (“Carrie”, “Insólito esplendor” alias “El resplandor”, “La zona muerta” o “Cujo”), pero el estilo y la amalgama de recursos exhibidos en “It” me hicieron profesar una mucho mayor admiración hacia el escritor oriundo de Maine, Estados Unidos…

Bajo su apariencia de pueblecito tranquilo e idílico, la localidad norteamericana de Derry esconde un terrible secreto:  cada 27 años, una entidad maligna que adopta la forma de un payaso surge de entre las sombras y perpetra el secuestro y asesinato sistemático de decenas de niños y adolescentes, sin que las autoridades locales hayan podido dar jamás con el asesino.  Sólo un grupo de siete chicos (seis niños y una niña), conocidos como “El club de los perdedores” serán capaces, afrontando sus miedos más profundos, de enfrentarse al diabólico payaso que les ha aterrorizado durante todo el verano…

Como la mayoría de los libros de Stephen King, “It” fue llevado a la pantalla en 1990, si bien la pantalla en cuestión no fue la grande, la de los cines, sino la pequeña, la doméstica, la que presidía (y preside) la estancia principal de todos los hogares del mundo mundial.  En concreto, se trató de una miniserie compuesta por dos capítulos de una hora y media cada uno que dirigió un tal Tommy Lee Wallace, conocido por haberse ocupado de dos infumables secuelas, “Halloween 3” y “Noche de miedo 2”, ninguna de ellas digna de mucha consideración.  Wallace realizó una adaptación bastante fiel del libro, manteniendo su misma estructura temporal (que alterna dos épocas, la niñez y la edad adulta de los personajes), y contando con un reparto en el que destacaban los televisivos Richard Thomas (“Los Walton”), John Ritter (“Apartamento para tres”) y Harry Anderson (“Juzgado de guardia”), además del histriónico Tim Curry, responsable de causar no pocas pesadillas a los infantes de la época gracias a su interpretación del maléfico payaso Pennywise.

La idea de realizar una adaptación de “It” para el cine venía rondando los despachos de Hollywood desde hacía mucho tiempo, habiéndose casi concretado una película que iba a dirigir el realizador de la primera temporada de “True Detective”, Cary Fukunaga.  Sin embargo, a última hora los ejecutivos de Warner Bros. parecieron desconfiar de la visión de Fukunaga y le reemplazaron por el más maleable Andrés “Andy” Muschietti, argentino y responsable de la estimable “Mamá”.  Utilizando en parte el guión que había co-escrito el defenestrado Fukunaga, Muschietti traslada la parte infantil del relato de los años 60 a finales de los 80, y opta por llevar a cabo apenas una adaptación parcial del libro, que se ciñe a los hechos que acaecen cuando los protagonistas son niños (si bien, dado el monumental éxito en taquilla que está obteniendo la película objeto de este comentario, los productores ya han anunciado la puesta en marcha de un “Capítulo Dos” en el que se narrará el resto de los acontecimientos imaginados por Stephen King).

Nunca he sido fan de la miniserie de 1990, de la que sólo destacaría la interpretación del citado Tim Curry y la ambientación sesentera en la que los pequeños protagonistas viven su aventura iniciática.  Cuando la acción se trasladaba a los años 90, en más de una ocasión sufrí vergüenza ajena, abochornado por lo ridículo de algunas situaciones y lo desfasado de algunos efectos especiales que, involuntariamente, daban más risa que miedo.  Sin embargo, tengo que reconocer que la versión recién estrenada de Andy Muschietti me ha encantado.  La reconstrucción de los últimos años ochenta es primorosa, merced a una fotografía que sabe hacer poesía incluso del horror.  El guión (que, al ser actualizado debido al cambio de década en que se sitúa, ha sufrido significativos cambios) consigue dotar de vida propia a los jovencísimos protagonistas, luciendo además unos estupendos diálogos que resultan del todo creíbles.  La dirección de Muschietti es bastante competente, dosificando los (abundantes) sustos sin olvidar que el relato no deja de ser una historia iniciática en la que despuntan la amistad y el primer amor.  En cuanto a la interpretación, el reparto alcanza estimables cotas en las composiciones de Sophia Lillis, la nueva Lolita made in Hollywood (Beverly), Jaeden Lieberher (Bill) y Finn Wolfhard, de la serie de culto "Stranger Things" (Richie), amén del siniestro payaso Pennywise al que en esta oportunidad de vida Bill Skarsgard.

No revolucionará el género del terror (ni lo pretende), no os llevará al punto límite de un horror insoportable (ni lo necesita), pero “It” sin duda os hará pasar un buen mal rato sin sentiros ofendidos en vuestra inteligencia, lo cual es un hito raro de asimilar hoy en día.

Luis Campoy

Lo mejor:  la ambientación, los siete Perdedores, con especial mención a la pizpireta Sophia Lillis
Lo peor:  los cambios con relación a la novela de Stephen King
El cruce:  “Cuenta conmigo” + “Stranger Things” + “Expediente Warren”

Calificación:  8,5 (sobre 10)

lunes, 4 de septiembre de 2017

Cine actualidad/ “BARRY SEAL”

Simpático delincuente

Nacido Adler Berriman Seal en julio de 1939, Barry Seal fue un piloto de la TWA (Trans World Airlines) que, en 1966, se convirtió en el más joven al mando de un Boeing 707.  Seal era un “culo inquieto” que, lejos de conformarse con la estabilidad que le ofrecía su envidiable empleo y su creciente familia, empezó a trapichear con inocentes alijos de tabaco “para aprovechar el espacio sobrante” en el compartimento de carga de su avión.  Poco tiempo después, introducía cocaína en Estados Unidos al servicio del temible cártel de Medellín liderado por Pablo Escobar, al tiempo que hacía de espía para la CIA, de confidente para la DEA (Administración para el Control de Drogas) y traficante de armas para la Contra nicaragüense, todo a la vez y consiguiendo que los unos no supieran que trabajaba para los otros…  hasta que, en 1986, sus múltiples caras quedaron al descubierto.

Barry Seal ya había inspirado diversas películas y telefilms en los que había sido encarnado por actores como Michael Paré, Dylan Bruno o el mismísimo Dennis Hopper, pero hasta que Doug Liman no puso en marcha un proyecto titulado “American Made” (“Hecho en América”) y ofreció el papel protagonista a su amigo Tom Cruise, a quien ya había dirigido en “Al filo del mañana”, la personalidad de Seal no ha llegado a conocimiento del gran público.  En España, así como en otros países, el título se ha simplificado hasta convertirse en “Barry Seal, el traficante”, coletilla que seguramente pretende evitar molestos quebraderos de cabeza al perezoso cinéfilo desinformado.

De la película que ha dirigido Doug Liman, especializado en un cine más fantástico y aventurero (suya es también la primera entrega de Bourne que consagró a Matt Damon), me sorprendió en primer lugar el excelente guión de Gary Spinelli, que, lejos de limitarse a enumerar una aburrida sucesión de hechos, lo hace con el propio Seal haciendo de narrador, y beneficiándose de un sentido del humor cínico y corrosivo que, al parecer, ha sentado mal a mucha gente.  Los críticos “serios” consideran que el film trivializa un episodio muy dramático de la Historia norteamericana (las acciones de Seal fueron uno de los detonantes de la tristemente famosa trama del Irangate, también conocida como Irán-Contras), al mismo tiempo que se niega a condenar explícitamente el tráfico y consumo de estupefacientes.  La verdad, me parece absurdo que se pretenda que todos las películas en las que aparecen espías o traficantes deban tener por obligación una misión evangelizadora o moralizante, cuando lo que uno espera de un producto así es, básicamente, que sea entretenido y a ratos espectacular.  En este sentido, “Barry Seal” cumple con creces, y lo hace precisamente porque el espectador siente que está viendo algo más que un simple divertimento sin fuste, o una biografía tan fidedigna como pedante.

A poco que uno se deje llevar, “Barry Seal” tiene una baza infalible para resultar irresistible:  Tom Cruise.  El actor neoyorkino, que aunque no lo parezca ya tiene 55 años, entrega una de sus mejores interpretaciones, echando mano de su innegable carisma y atractivo para dar vida a un personaje que, en la piel de otro actor, podría haber resultado despreciable y repugnante.  Bien cierto es que Cruise se parece al auténtico Seal en lo mismo que un huevo a una castaña, y que, por otra parte, un tipo tan encantador difícilmente puede ser tomado en serio como villano en la hagiografía de un sujeto que se enriqueció sobremanera gracias al narcotráfico, pero es que, repito, en ningún momento se pretende la verosimilitud total ni la creación de un estado de opinión que crucifique moralmente la odiosa figura de quien trafica carente de escrúpulos y provoca un río de sufrimiento y muerte a lo largo y ancho del Globo.

En el fondo, la pretensión no declarada de “Barry Seal” es la de llevar a Tom Cruise a las puertas del Oscar, brindándole su propia “El lobo de Wall Street”.  Y es que el tono del magnífico film de Martin Scorsese que casi oscarizó a Leonardo DiCaprio es el mismo que preside “Barry Seal”, demostrando, una vez más que, con un buen guión, unas cuentas escenas de acción estupendamente rodadas y uno de esos pocos actores que, hoy en día, aún pueden ser considerados una verdadera “estrella de Hollywood”, se puede hacer una película entretenida y que incluso hace pensar…  un poco.

Luis Campoy

Lo mejor:  Tom Cruise, el guión, el cinismo que destila, las escenas de acción
Lo peor:  que algunos piensen que la obligación de esta película era moralizar o pontificar
El cruce:  “Juego de armas” + “Narcos” + “El lobo de Wall Street”

Calificación:  8 (sobre 10)