lunes, 20 de abril de 2020

Crónicas confinadas (Parte II)


Soy un poco hipocondríaco.  O un mucho.  Con el paso del tiempo, he descubierto que tengo la capacidad de replicar en mi organismo los síntomas de las enfermedades que han padecido o padecen otras personas.  De hecho, muchas veces no sé si me duele algo o si, simplemente, me imagino ese dolor, y a fe mía que la sensación es absolutamente real.  En tiempos del COVID-19, disponer de una imaginación tan calenturienta (nunca mejor dicho) es doblemente pernicioso, porque, a poco que te esfuerces un poco, de tanto leer y oir sobre el coronavirus, sientes cómo una oleada de calor te abrasa las sienes, cómo una tos seca pugna por ser expulsada de tu pecho y cómo el aire comienza a faltar en tus pulmones.  En cualquier caso, durante las primeras semanas de confinamiento la posibilidad de hacerte un test era más bien nula, máxime cuando, que uno supiera, no se había mantenido contacto con ningún positivo, así que el remedio infalible era ocupar los pensamientos en alguna dirección lo bastante absorbente, lo cual se antojaba el antídoto infalible.  Durante la semana laboral, eso era medianamente fácil por las mañanas, pero las tardes se antojaban interminables.  Entre hobby y hobby, lees whatsapps inquietantes o recibes titulares de noticias desalentadoras, y, casi todos los días, la llegada de la noche equivale a un descanso que, si tarda en llegar, tienes prescrito por el médico el apoyo de un somnífero cuyo uso continuado es preferible al insomnio recalcitrante.

A pesar de que todo empezó siendo un chiste sobre chinos (aquella desafortunada Intervención de Los Morancos en “El Hormiguero”), España ha acabado siendo el país más devastado por el maldito bicho, tanto que nuestras cifras de contagios y decesos parecen simplemente apocalípticas.  Dicen que una tragedia de esta magnitud, y el miedo a que este coronavirus sólo sea el primero de otros muchos que vendrán, forzará un cambio en nuestras costumbres, un gran cambio que vendrá acompañado de un creciente distanciamiento social y una desconfianza interpersonal terriblemente difícil de superar.  Leo a personas que aprecio y escucho inocentes mensajes televisivos que pretenden ser motivadores, y no puedo evitar sonreir compasivamente cuando dicen aquello de que “Dentro de poco podremos volver a abrazarnos y besarnos”.  Pero, insensatos, ¿a quién estaríais dispuestos a abrazar, si no lleva guantes y una pantalla de protección facial o, como mínimo, una mascarilla?  ¿A quién besaríais, aun siendo un familiar allegado o un amigo íntimo, sin saber a ciencia cierta que no es un contagiado asintomático?  Como dije antes, sólo la realización de los tests masivos o el hallazgo de una vacuna (y esto, por desgracia, aún es un sueño lejano) contribuiría a despejar nuestras incertidumbres, pero, por el momento, el confinamiento o la distancia entre personas son las armas más poderosas que tenemos.

(CONTINUARÁ…)

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