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sábado, 4 de marzo de 2006

Mi comentario sobre "ORGULLO Y PREJUICIO"


Lo admito: soy un (tonto) romántico, y, cuando una película consigue emocionarme de verdad, apenas puedo ser objetivo. Hace unos días ví “Brokeback Mountain” y, aunque le hice una buena crítica, tuve que recurrir al análisis para valorar sus (muchos) méritos. Con esta nueva adaptación de la novela de Jane Austen “Orgullo y Prejuicio” me ha pasado algo muy diferente: por alguna ignota razón, me ha tocado la fibra sensible, cosa que el film de Ange Lee sobre los vaqueros (¿?) homosexuales no hizo, o al menos no con la misma intensidad. También es posible que me haya dejado llevar un poco por las hormonas, ya que, como he dicho en alguna ocasión, la protagonista de “O Y P”, Keira Knightley, es no sólo una de mis actrices favoritas en la actualidad, sino probablemente la mujer (no tangible) que me resulta más atractiva. En fin, sea cual sea la razón última, me encantó “Orgullo y Prejuicio”, me gustó de verdad, y en casos como éste no necesito llevar a cabo un análisis a posteriori para justificar las emociones que experimenté.

Como muchos de vosotros sabréis, “Orgullo y Prejuicio” narra la historia de la joven Elizabeth “Lizzie” Bennett (Knightley), segunda de cinco hermanas casaderas cuya madre (Brenda Blethyn) trata descaradamente de prometerlas con cualquier hombre que posea una cierta fortuna y pueda sacar a la familia de la (cómoda) mediocridad en la que viven, todo ello a pesar de la actitud más tolerante y liberal de su padre (Donald Sutherland). Cuando su hermana mayor, Lydia (Jena Malone) se fija en un millonario recién llegado a la comarca, el señor Bingley (Simon Woods), Elizabeth hace lo propio con el mejor amigo de éste, el no menos acaudalado Darcy (Matthew MacFadyen), a pesar de su actitud altiva y soberbia. Lo cierto es que Elizabeth y Darcy se atraen y rechazan a partes iguales, y en sucesivas ocasiones tienen oportunidad de ir conociéndose el uno al otro. Elizabeth, condenada por los convencionalismos de la sociedad británica del siglo XVIII a ser la “segundona” de su hermana mayor, tanto en belleza como en oportunidades de casamiento, es, sin embargo, una mujer inteligente, valiente y orgullosa, mientras que Darcy, agazapado tras un semblante inicialmente hosco, posée un corazón enorme tan necesitado de amar y ser amado como dispuesto a ayudar a su amigo a no dejarse embaucar ante lo que considera una maniobra de acoso y derribo por parte de Lydia, quien, aparentemente, tan sólo persigue la fortuna de Bingley. Es éste el prejuicio del que Darcy adolece, y que pondrá en no pocos aprietos el devenir de su difícil romance con Elizabeth, que se verá perjudicado por la llegada de la riquísima Lady Catherine (Judi Dench), tía de Darcy.

Dado que hablamos de cine británico, y, además, de una película de época, podéis imaginar la exquisitez con la que están reconstruídos todos y cada uno de los vestidos y figurines, la meticulosidad y opulencia de los decorados e incluso el cuidado pocas veces visto con que los peinados, pelucas y patillas de los actores tratan de ser lo más fieles posibles a sus respectivas procedencias sociales. La música de Darío Marianelli puntúa con exactitud y habilidad los puntos álgidos del argumento, el cual aligera bastante el voluminoso libro de Jane Austen y trata de modernizar algunas situaciones y diálogos, todo ello narrado con un pulso firme y clásico por el director debutante Joe Wright (curtido en prestigiosas producciones televisivas), que consigue equilibrar el peso específico de todos los elementos antes citados, además de la bellísima fotografía de Roman Osin, todo un homenaje al imaginario colectivo acerca de una época de mansiones rutilantes, casas rurales luminosas y bucólicos paisajes de verdes campiñas humedecidas, de vez en cuando, por una lluvia tormentosa que sirve de metáfora acerca de la tormenta interior que viven los protagonistas. Pero todo ésto, para variar, me pareció tan sólo el perfecto envoltorio que esconde una joya del cine romántico contemporáneo, una película deliciosa en la que, a diferencia de “Memorias de una geisha”, el espectador siente como propias las emociones y sentimientos de la heroína, un personaje tan bien construído sobre el papel como excelentemente recreado por Keira Knightley, que únicamente tiene en su contra… su belleza; quizás es demasiado guapa para dar vida a una mujer eclipsada por la superior hermosura de su hermana mayor. Knightley tuvo que lidiar con el recuerdo aún reciente de una celebradísima adaptación televisiva que en 1995 puso de actualidad a todo el universo de Jane Austen, y que protagonizaron Jennifer Ehle como Elizabeth y el hoy famoso Colin Firth (“El diario de Bridget Jones”) como Darcy. También Matthew MacFadyen (al que nunca había visto en ninguna otra película) sale bastante airoso de su cometido (sus primeros planos revelan una mirada en la que puede leerse la pasión de su corazón y la rigidez de sus principios), con mención especial a su primera declaración a Elizabeth bajo la lluvia. Asímismo, es preciso elogiar las composiciones (todas ellas magistrales) de Brenda Blethyn, Judi Dench y, sobre todo, Donald Sutherland (aunque, eso sí, en su última escena el doblador español mete la pata cuando su personaje le dice a Elizabeth “No te entregaría a nadie que te mereciera menos”, cuando, obviamente, lo que está diciendo es “No te entregaría a nadie que no te mereciera” o “No te entregaría a nadie que fuera menos valioso que tú”; cosas del doblaje….) Pero es, sin duda, Keira Knightley la verdadera “alma” de esta película, y la joven actriz sabe sacarle todo el partido posible a cada uno de los planos en los que aparece. No se trata de que sea una mujer “10” (pienso que, objetivamente, sus ojos, nariz y labios sí son auténticamente bellos, aunque tampoco es que posea una anatomía perfecta y curvilínea; de hecho, en el momento en que rodó “O Y P” se estaba musculando para interpretar a la cazarrecompensas Domino Harvey en “Domino”) y ni siquiera puede decirse que su composición de Elizabeth Bennett sea demasiado diferente a sus otros papeles anteriores en “Piratas del Caribe” (y su segunda parte, que se estrena este verano), “Love Actually” (donde era imposible no enamorarse de ella), “Rey Arturo” o “The Jacket”. Pero es indudable que ha nacido una estrella, una actriz destinada a subir muy alto, y la nominación al Oscar es sólo el principio.

Confieso que durante muchos momentos de “Orgullo y Prejuicio” tuve el corazón en un puño, y en un par de secuencias estuve a punto de llorar (un mocetón como yo…), pero éso no creo que sea un demérito mío sino un mérito atribuíble al director Joe Wright, que sabe cómo agitar adecuadamente el cocktail repleto de los mejores ingredientes: una base literaria no por mil veces vista menos entretenida, un personaje central (Elizabeth) que constituye todo un precedente del feminismo más encantador, y toda la magia de una época que ha alimentado los sueños románticos de varias generaciones, enamoradas de un amor que nace al ritmo de un baile, se revela bajo la lluvia y triunfa al mismo tiempo que nace el sol purificador de un amanecer en una idílica campiña inglesa que difícilmente podría estar mejor fotografiada.

Calificación: 9 (sobre 10)

Luis Campoy

2 comentarios :

Anónimo dijo...

HE VISTO "ORGULLO Y PREJUICIO"...
ES VERDAD, TUVISTE UNA IGNOTA RAZON QUE HIZO QUE TE SINTIERAS ESPECIALMENTE ATRAIDO POR ESTA PELICULA.

A MI ME GUSTO... PERO NO LLEGUE A ESA EMOCION QUE TU DESCRIBES. TAMBIEN ME FALTO ALGUN TIPO DE CONTACTO FISICO ENTRE LOS PROTAGONISTAS PARA LLEGAR A CREERME UN POCO MAS LA HISTORIA DE AMOR.

Y SOBRE TU ACTRIZ FAVORITA, BIEN ES CIERTO QUE NO ES UN CUERPO DIEZ PERO LA MAGIA QUE TIENE EN SU CARA SUPLE LA CARENCIA DE ESTA APRECIACION.

AUN ASI PUDE DISFRUTAR DE LOS PAISAJES COMO EN POCAS PELICULAS SE DISFRUTA CON TODA SU MAGNIFICENCIA Y EXPLEDOR.

Anónimo dijo...

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