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sábado, 4 de marzo de 2006

Mi comentario sobre “LAS CRÓNICAS DE NARNIA: El León, La Bruja y el Armario”


Transcurren los días de la Segunda Guerra Mundial y Londres está siendo arrasada por los bombardeos de la aviación nazi. Para preservarles de la locura bélica, los cuatro hermanos Pevensie (Peter, Susan, Edmund y Lucy) son enviados por su madre al cuidado del excéntrico profesor Kirke, que vive en un caserón perdido en medio de la campiña inglesa. Una vez llegados a la casa, los hermanos matan el tiempo jugando a diversos juegos, siendo el escondite el que más les entretiene, contando, además, con el aliciente de un sinfín de habitaciones donde ocultarse. En una de ellas, permanentemente cubierto por un enorme lienzo, tan sólo existe un armario ropero. Al introducirse en el armario, los pequeños Pevensie son transportados a un mundo maravilloso, Narnia, poblado por criaturas mitológicas y que en principio vive condenado a un invierno perpetuo, merced a las malas artes de la pérfida Jadis, la Bruja Blanca. Sin embargo, la llegada de los Pevensie es acogida con gozo indescriptible por los habitantes de Narnia, ya que en ellos ven reflejada una arcaica profecía, según la cual cuatro humanos, dos niños (hijos de Adán) y dos niñas (hijas de Eva) están llamados a liberarles y erigirse en reyes………

Contemporáneo y amigo personal del más popular J.R.R. Tolkien (creador de “El Señor de los Anillos”), Clive Staples Lewis trazó con su heptalogía (siete libros repletos de fantasía) sobre el reino mágico de Narnia su obra más conocida, la que le ha hecho popular a partir de 1939, año en que se publicó el primero de los relatos. Dicen que las convicciones religiosas de C.S. Lewis eran tan poderosas que, a poco que uno se fije, casi podría considerarse a “Las Crónicas de Narnia” como una especie de Biblia para adolescentes. Sin ser del todo cierto, la verdad es que, incuestionablemente, sí existen elementos significativos con los que establecer paralelismos con la iconogradía cristiana. Para empezar, es evidente que el león Aslan, caudillo y adalid de los seres libres de Narnia, sería algo así como un Juan el Bautista enfrentado a la Reina Blanca/Rey Herodes empeñada en aniquilar a los niños que irremisiblemente causarán su ruina, los cuales, en especial Peter, el mayor, cumplirían el rol de Mesías. Pero también hay alusiones evidentes a la fe, la traición, el perdón, el sacrificio supremo e incluso la resurrección…….

Protagonizada por jóvenes desconocidos (a destacar la gallardía juvenil de William Moseley, que da vida al futuro rey Peter, y la lozana belleza de Anna Poplewell, una Susan que, si sigue igual de atractiva –tiene 17 años-, seguramente dará mucho que hablar) a los que apoyan actores maduros y más o menos ilustres (Tilda Swinton, protagonista de “Orlando” y vista recientemente en “Constantine”, es la Reina Blanca; Jim Broadbent, maestro de ceremonias de “Moulin Rouge”, interpreta más bien fugazmente al profesor Kirke; y el gran Liam Neeson, magnífico intérprete de “La Lista de Schindler” pone la voz original al león Aslan), no cabe duda de que lo que realmente entusiasma al público infantil y juvenil, destinatario natural del film, es la fauna fantástica repleta de personajes sacados de la mitología, entre los que podríamos destacar faunos, centauros, minotauros, grifos, unicornios y aves fénix, además de castores, lobos, zorros, osos polares y caballos parlantes e incluso ¡el propio Santa Claus!, que aquí desempeña un rol similar al del armero “Q” en las películas de James Bond. El director a cargo de coordinar toda esta parafernalia ha sido el debutante Andrew Adamson, curtido en el campo de los efectos especiales y que cuenta en su curriculum con taquillazos como las dos primeras entregas de “Shrek”, cintas de animación (digital) por las que, por cierto, también pululaban decenas de personajes fantásticos, esta vez tomados prestados de los cuentos de hadas más populares.

Para finalizar, y, a modo de conclusión, me permitiría recomendaros esta película a todos aquellos que todavía conservéis la fe y la capacidad de fascinación propias de la infancia, y, por supuesto, a los que tengáis hijos pequeños, a quienes les va a encantar la película. Tratando de sacarle defectos, me temo que no puedo encontrarle muchos, al menos si partimos de la base de que no nos hallamos frente a una producción con ambiciones de erigirse en Obra Maestra (sus méritos, en este sentido, se quedan a un par de escalones por debajo de los logros de “El Señor de los Anillos”): el despliegue de efectos especiales generados por ordenador ya es una especie de mal endémico del cine actual, al menos para quienes preferimos un trucaje inteligente a un espejismo al que le “cantan” los pixels, si bien en “Narnia” se ha conseguido un nivel aceptable, que, combinado con los hermosísimos paisajes de Nueva Zelanda donde, también a imitación de “El Señor de los Anillos”, se ha rodado el film, causa una sensación visual de auténtica fascinación. Eso sí, por muy convincente que resulte la encarrnación del mal a cargo de la gélida Tilda Swinton, no deja de ser significativo el hecho de que el personaje más carismático e inolvidable de la película corra a cargo no de un actor humano sino de un león digital, maravillosamente dotado de prestancia, sabiduría y envergadura mítica, un poco en la línea del Mufasa de la magistral “El Rey León”…. también, por cierto, creación de Walt Disney Pictures.

Calificación: 7,5 (sobre 10)

Luis Campoy