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sábado, 4 de marzo de 2006

Mi comentario sobre "KING KONG"


Cuando se estrenó la segunda versión de “King Kong”, en 1976, yo era apenas un chiquillo de 13 años que empezaba a abrir los ojos a la vida y ya estaba enganchado al Séptimo Arte. Por un inusitado cúmulo de circunstancias, y aun admitiendo la simpleza de algunos de sus trucajes, me encantó aquella película, me enamoré platónicamente (o no) de la hipersensual Jessica Lange y fui al cine a verla un total de ¡ocho veces!.

Han pasado casi 30 años y, una vez visto este nuevo “King Kong” firmado por Peter Jackson, el aclamado realizador de la trilogía de “El Señor de los Anillos”, lo primero que se me ocurre decir es que sería incapaz de ver esta película 8 veces, y dudo mucho que, al menos en una sala de cine, la viera más de una (si lo hago será solamente porque quizás lleve a mis hijos a verla). Porque este “King Kong” de 2005 es, incuestionablemente, una GRAN película, una película tan GRANDE que acaba siendo víctima de su propia grandeza, de su propia ambición.

Creo que Peter Jackson se ha equivocado. No digo que la película carezca de calidad ni pongo en tela de juicio la mayoría de sus deslumbrantes efectos especiales. Lo que intento decir es que en un film que dura (innecesariamente) tres horas hay (demasiados) momentos para el hartazgo, el hastío e incluso (¿por qué no decirlo?) para el aburrimiento.

A menudo he expresado mi opinión contraria al abuso indiscriminado de efectos digitales generados por ordenador, y más de una vez he dicho que no todo aquello que PUEDE hacerse en cine es necesariamente CONVINCENTE. Ese es, a mi entender, el mayor defecto de “King Kong”: el hecho de que los gestos del gigantesco gorila sean increíblemente creíbles (valga la paradoja) o de que las criaturas antediluvianas que pueblan la Isla de la Calavera parezcan asombrosamente reales no implica necesariamente que cada escena en la que aparecen tenga que durar minutos y minutos de interminable virtuosismo técnico.

El arranque de la película me parece sencillamente maravilloso, lo mejor de todo: la reconstrucción de esa Nueva York sumida en la Gran Depresión, la presentación de los personajes principales (el cineasta Carl Denham, la actriz en paro Ann Darrow y el guionista Jack Driscoll) y, sobre todo, la travesía a bordo del carguero “Venture”, jalonada por la oscuridad y las tormentas, hasta llegar a la misteriosa isla en la que una enorme empalizada da idea de que los nativos (oscuros y amenazadores casi como….. orcos) intentan defenderse de una criatura gigantesca a la que, simultáneamente, temen y veneran. Sin embargo, paradójicamente, en cuanto el enorme gorila aparece en escena comienzan los problemas. Casi como si fuera necesario que en pantalla se mostrase el resultado de cada dólar invertido, todas y cada una de las escenas duran exactamente el doble de lo que deberían haber durado. La estampida de braquiosaurios atacados por terroríficos velociraptores pierde fuerza e impacto sencillamente porque resulta, de tan larga, incómoda y excesiva; la escena de los exploradores enfrentándose a las arañas, insectos y babosas podía (es más, debería) haberse explicado en 5 minutos menos; pero, sobre todo, la publicitada pelea entre Kong y tres tiranosaurios constituye un absurdo tour de force digital en el que sobran mamporros, dentelladas, caídas y hasta uno o dos tiranosaurios.

Sí, las expresiones faciales y casi todos los gestos de Kong (interpretado primero por el actor Andy Serkis, que también aparece en el film encarnando al cocinero Lumpy, y luego reconstruído mediante un potente ordenador) parecen reales y resultan convincentes y emocionantes, y la relación entre el simio y la rubia Ann Darrow (preciosa Naomi Watts, que, sin embargo, me parece mucho menos sexy que Jessica Lange) está plasmada de una manera inteligente y poética…. pero no es menos cierto que algunas secuencias pretendidamente románticas o divertidas rozan (o alcanzan) el ridículo. Cuando Ann baila claqué para entretener a Kong no pude evitar pensar “¡Qué gilipollez!”; el momento en que, ya en Nueva York, el gorila se desliza sobre el hielo (claro homenaje a “Bambi”) podría haber quedado bonito y gracioso si hubiese durado treinta segundos, pero su duración se extiende a cuatro minutos y acaba siendo boba y cursi. ¿Y qué decir de la escena final en lo alto del Empire State? La planificación es brillante y la fotografía espléndida (como en toda la película), pero la melancolía y la fuerza dramática del momento se diluyen a fuerza de tantos disparos, tantas caídas de Ann y tantos salvamentos in extremis por parte del malherido gorila. Por cierto, ¿fui el único que se rió (por lo ñoño del momento) cuando Jack Driscoll (excelente, por otra parte, Adrien “El Pianista” Brody) consigue llegar hasta lo alto del rascacielos justo a tiempo de consolar a la pobre muchacha tras la caída del simio?. ¿Y tan sólo a mí me pareció frío y teatral el modo en que Carl Denham (un Jack Black que no cumple las expectativas y, además, está mal dirigido; para pasar de interpretar personajes “cachondos” a papeles dramáticos hay que hacer algo más que poner expresiones alucinadas), ante el gigantesco cadáver del gorila, recita la archisabida frase “No fueron los aviones; fue la Belleza quien mató a la Bestia”?.

Sería absurdo pensar que Peter Jackson iba a ser capaz de leer este humilde comentario, pero, si lo hiciera, me atrevería a sugerirle que, a la hora de plantearse la próxima edición en DVD de la película, en lugar de presentar una versión extendida (como hizo con cada una de las entregas de “El Señor de los Anillos”), nos ofreciese una alternativa sustancialmente aligerada de metraje (de verdad, estoy seguro de que cincuenta minutos menos la convertirían en una película muchísimo mejor), con menos alardes de insultante pero desmesurado poderío digital e incluso con menos música, ya que la partitura de James Newton Howard (compuesta, por cierto, en el plazo récord de un mes, tras el despido del inicialmente previsto Howard Shore) suena maravillosamente en el CD, pero en la película se hace insoportable y agobiante porque no hay escena en la que no haya música de fondo, lo cual muchas veces es no sólo innecesario sino redundante... como tantas cosas en este grandísimo film.

Calificación: 7 (sobre 10)

Luis Campoy