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viernes, 26 de diciembre de 2008

Mi Navidad



Feliz Navidad a todos. Ho ho ho. ¿Cómo han transcurrido estos primeros días navideños? Por lo que a mí respecta, y, dado que este año mis niños están en compañía de su madre durante este primer período de sus vacaciones, todo ha sido muy minimalista y hogareño. Y no lo digo con ira ni acritud, aunque sí, como es habitual, con algo de tristeza. Desde siempre, he añorado la existencia de uno o varios hermanos, sobre todo en estas fechas entrañables, máxime ahora que mis padres son mayores y cualquier decisión acerca de ellos tengo que tomarla yo solo, consultándome a mí mismo. Pero no cabe duda de que la NocheBuena es tanto más buena cuanto más cariño y amor se palpa en el ambiente, y, en este sentido, no puedo quejarme. Es cierto que nuestra Cena, tras el mensaje del Rey (que yo, como siempre, decliné contemplar) y antes del consabido show de Raphael, se desarrolló en términos muy poco pantagruélicos (apenas unas angulas congeladas, gambas asadas, langostinos cocidos y pierna de cordero) si la comparo con otras en las que el número de comensales multiplicaba por mil la cuantía y sofisticación de los platos, pero ¿dónde iba a estar mejor que al lado de quienes más me quieren?. Si algo desentonó fue, sin duda, ese triste espectáculo que La 1 de Televisión Española dedicó a un par de cómicos venidos a menos, Josema Yuste y Florentino Fernández, que daba más ganas de llorar o de gritar (de indignación) que de reir. Lo peor es que Yuste era la mitad de Martes y Trece, cuyos Especiales navideños son todo un clásico de nuestra Historia reciente, así que hemos de intuir que el talento creativo lo ponía la segunda mitad de aquel dúo, un Millán Salcedo que a punto estuve de ver hace unas semanas en Alhama. Mi Día de Navidad yo diría que fue incluso mejor, por cuanto lo pasé, asímismo, al lado de quienes más me quieren, selecto y exiguo grupo que, en esa ocasión, se enriqueció con la presencia de mi pareja. “Dime, ¿dónde has estado todo este tiempo?”. “No lo sé… Sólo sé que el resto de mi tiempo quiero pasarlo contigo”. Hace ya años que dejé de celebrar en casa la comida de Navidad, y, con dos pelotas, sustituí las consabidas pelotas (de cocido) por cualquier plato existente en la carta del Restaurante más próximo. A juzgar por el gentío que poblaba el establecimiento en cuestión, mucha más gente está cambiando sus ancestrales costumbres, incluso en estos tiempos de crisis. Quienes más se benefician de esta liberalización de los viejos hábitos son los dueños de los garitos, pues no está nada mal que, a cambio de dar de comer a cuatro hambrientos incautos, se embolsen la bonita cantidad de 97 euros de nada. Es que estamos en época de dar y compartir… nuestra nómina. Para finalizar, por fin tuve ocasión de visitar el archinombrado recinto comercial “Parque Almenara” en la diputación de Campillo, próxima a Lorca. Qué decepción, mire usted. Me gustaría conocer al “listo” que diseñó un centro comercial tan aislado del mundanal ruido, tan feo (la combinación de colores ciertamente da ganas de echar a correr… pero en sentido contrario) y tan pésimamente climatizado. ¿Climatizado? Pero ¿qué mierda de climatización puede tener un recinto abierto y sin techar? Me estoy imaginando los caretos que se les quedaron a los propietarios de las franquicias de Zara, Burger King o Lizarrán cuando vieron que el exterior de sus locales era un entorno diáfano en el que las terrazas están condenadas a permanecer vacías salvo en verano y en las mañanas muy soleadas, ya que incluso los leves techados no son compactos sino entreverados. Vamos, es que incluso la taquilla de los cines está prácticamente al raso. De verdad que yo, que aún vivo en Alhama, para ir de compras o al cine, prefiero tirar para Murcia o Cartagena, en cuyos centros comerciales al menos no pasas frío ni te mojas si está lloviendo. Doble amarilla a los promotores del tinglado. Con el especial navideño de “Cuéntame (cómo pasó)” concluyó este primer aperitivo de esta celebración del nacimiento de Cristo, que a más de uno le deja hecho un cristo, sólo de pensar que, al día siguiente (hoy), tenemos que cambiar los villancicos por los morros de los cuatro compañeros de trabajo, tan desafortunados como nosotros, que también tienen que currelar.

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