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martes, 4 de abril de 2006

Semana Santa en Cartagena


Aunque no me definiría como un hombre religioso (mis nueve años en un colegio de curas no curaron mi agnosticismo natural), en momentos como éste, cuando se aproxima la Semana Santa, sí me siento particularmente próximo a la inquietud de quienes se emocionan al paso de una procesión.

Nací en Alicante y he vivido largos años de mi existencia en las localidades murcianas de Lorca y Alhama, pero, a excepción de un breve período de mi estancia en la Ciudad del Sol, donde llegué a participar más o menos activamente de la trastienda de su magno acontecer bíblico-pasional, no he querido o no he sabido “desintoxicarme” de lo que para mí, desde niño, ha sido, más que una afición, más que una adicción, una auténtica necesidad: la Semana Santa de Cartagena.

¿Por qué Cartagena? Naturalmente, la explicación inicial se debe a circunstancias familiares. Mi padre, murciano de nacimiento, se crió en Cartagena, y, a pesar de que por trabajo acabó emigrando a Alicante, sus raíces cartageneras nunca se perdieron del todo, y en la llamada Ciudad Departamental ha continuando residiendo una importantísima rama de mi árbol familiar. Desde que tengo uso de razón, la llegada de las vacaciones de Semana Santa era no la ocasión de emprender cortos o largos viajes marcados por el deseo de evasión o de relax, sino la oportunidad de reunirnos todos quienes, de un modo u otro, seguimos estando atrapados por la brisa marina que tan bien se respiraba desde la plaza de los Héroes de Cavite, con vistas al puerto y al mítico Submarino Peral (cuando, en aquellos años 60 y 70, se hallaba aún en su genuino emplazamiento).

¿Pero por qué, precisamente, la Semana Santa de Cartagena? Bien es cierto que, cuando uno no es más que un niño, como lo son mis propios hijos ahora, es relativamente fácil sentirse atraído por el redoble de un tambor o el misterio inherente a unos hombres (y también mujeres) que se “disfrazan” bajo túnicas y capirotes, mientras ante tus ojos asombrados desfilan luminosos tronos que reconstruyen las páginas finales de los Evangelios. Pero también es verdad que, a raíz de los bandazos que nos llevamos cada uno durante la travesía de nuestra vida, no todos continúan hallándose dispuestos a entregar horas y horas de esfuerzo y dedicación al mantenimiento de una agrupación cofrade, y ni siquiera, a algunos, les apetece ya dedicar unos minutos a contemplar el paso solemne de una procesión. A mí, que siendo niño comencé a reconocer las marchas procesionales, a distinguir el color de cada túnica y a emocionarme al paso de una imagen (tal vez no con el “mensaje” en sí mismo, sino con el arte que la había hecho posible), el transcurso de los años no hizo sino fomentar en mí el amor hacia esa concepción única e inigualable de la Pasión de Cristo que se vive cada año en Cartagena, basada en el orden, la disciplina, la flor, la luz y la música, sin menospreciar el arte que exudan sus tallas y tronos.

La Semana Santa cartagenera debe su auge a la constructiva rivalidad existente entre sus dos Cofradías principales, los Marrajos y los Californios (a los que luego se añadieron los llamados “Resucitados”). La historia se remonta al siglo XVII, una época en la que la religiosidad estaba mucho más a la orden del día. Por aquellos años (1612), se cuenta que unos pescadores capturaron un pez marrajo de gran tamaño, y de la venta del mismo se obtuvieron los fondos necesarios para la instauración de una hermandad, bautizada como “Real e Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno”, si bien en Cartagena se les bautizó inmediatamente como “Hermanos Marrajos”. Algunos años después, en 1747, unos fieles cartageneros constituyeron la hermandad que hoy es conocida como “Pontificia, Real e Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús en el doloroso Paso del Prendimiento y esperanza de la salvación de las Animas”, aunque, a causa de que a ella se unieron unos marinos que acababan de regresar del virreinato de Nueva España (actual California), el pueblo llano, en un alarde de ingenio coloquial, pasó a llamarlos simplemente “Californios”. El objeto de estas “cofradías”, al menos en aquellos primeros años, era la difusión de la fe y la doctrina católicas, velando por la moralidad y también sacando a la calle una procesión de imágenes religiosas con motivo de la Semana Santa. Los colores distintivos de cada cofradía eran el morado para los marrajos y el rojo para los californios, así como el blanco para los más modernos cofrades, quienes, a raíz de una escisión de la hermandad marraja ocurrida en 1940, crearon la “Real e Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús Resucitado”. Aún existe una cuarta y última institución de estas características, fundada en 1691 bajo la denominación de “Ilustre Cofradía del Santísimo y Real Cristo del Socorro”, pero su importancia y trascendencia no llegó a alcanzar las cotas de “marras” y “calis”.

En la madrugada del Viernes de Dolores dan comienzo los desfiles procesionales en Cartagena, según el siguiente reparto o distribución: Viernes de Dolores (madrugada), cofradía del Cristo del Socorro; Viernes de Dolores (tarde) y Domingo de Ramos, californios; Lunes Santo, marrajos; Martes, Miércoles y Jueves Santo, californios; Viernes (tanto madrugada como noche) y Sábado Santo, marrajos; Domingo de Resurrección, resucitados. Siendo todos ellos atractivos e interesantes, los desfiles en los que se alcanzan mayores cotas de lucimiento son los del Miércoles (Procesión del Prendimiento), Viernes (Procesión del Santo Entierro) y Domingo (Procesión de la Resurrección). No obstante, cualquiera de los otros cortejos “menores” reúne suficientes alicientes como para justificar su visionado: la procesión del Viernes de Dolores, por salir de madrugada, tiene el honor de ser la primera de la Semana Santa española; la de ese mismo día, pero al anochecer, cuenta con una significativa aportación de las mujeres californias, tanto en calidad de penitentes como de portapasos; la del Domingo de Ramos se caracteriza por una amplísima participación infantil; la del lunes está dedicada a quienes desean cumplir alguna promesa marchando junto a la Virgen de la Piedad (trasunto de la Virgen de la Caridad, patrona de la ciudad); el martes es la procesión de los traslados de las imágenes de los santos apóstoles Pedro, Santiago y Juan, que durante el año se hallan custodiadas en diferentes emplazamientos militares (San Pedro, concretamente, figura registrado en la nómina del Arsenal con el nombre de “Pedro Marina Cartagena”); el jueves por la noche desfila, como en tantas otras ciudades, la muy solemne y enmudecida procesión del Silencio, a cuyo paso van apagándose las luces de las calles en una atmósfera fantasmagórica sólo quebrada por el tañir sordo de un tambor, y a la que sucede el breve cortejo del Cristo de los Mineros; horas después, el viernes en la madrugada, se produce el encuentro de las imágenes de Jesús y su Madre, culminando una noche mágica en la que lo ideal es no acostarse para vivir plenamente un ambiente incomparable; y el sábado tiene lugar la salida de la más moderna de las procesiones marrajas, que se caracteriza porque los hachotes de sus penitentes están iluminados sólo con velas.

Como he citado en un párrafo anterior, uno de los rasgos distintivos de la Semana Santa de Cartagena es la casi férrea disciplina, el exquisito orden que presiden sus desfiles. Heredada de la tradición forjada a lo largo de siglos de presencia militar en la zona, existe en las filas de penitentes una sincronía tan extraordinaria que todos y cada uno de ellos arrancan, caminan y se detienen al unísono, como si de un solo hombre se tratara. Viéndolos desde lo alto, los tercios cartageneros parecen trazados con un minucioso tiralíneas, tal es su modélica perfección. En este mismo sentido, en épocas tal vez demasiado exigentes, yo mismo he podido ver cómo un pobre penitente asolado por una insoportable comezón se veía obligado a pedir ayuda a un “hermano vara” (cofrade que en determinados momentos del cortejo va “por libre”) para que le rascara y aliviase del picor. Esto en nuestros días ya no es tan riguroso, pero da fe de hasta qué punto todo en Cartagena está primorosamente tejido y entrelazado, como los sublimes adornos florales que engalanan sus tronos, miles y miles de claveles, rosas y gladiolos que componen fragantes sinfonías de Pasión.

También la música es un elemento primordial durante la Semana Santa, y recuerdo un viejo dicho al que ya aludí en un trabajo que publiqué en la revista procesionil “Hachote” hace unos años: “Haced redoblar un tambor en la puerta de la Iglesia de Santa María, y las procesiones de Cartagena saldrán solas”. A ritmo de marcha lenta desfilan todas y cada una de las agrupaciones o tercios que integran cada procesión, casi siempre siguiendo a los penitentes y precediendo el trayecto del correspondiente trono. Incontables son las melodías que suelen escucharse durante estos días, pero las más populares son “Nuestro padre Jesús”, “San Juan”, “Jesús Preso”, “Mektub” o “Descendimiento”, y se deben a autores como Emilio Cebrián Ruiz, Mariano San Miguel o el recientemente fallecido Gregorio García Segura. Asímismo, y, con carácter un poco más festivo, también los tercios de granaderos y judíos tienen sus propias sintonías. Los “granaderos” son descendientes de los antiguos zapadores cuya misión era construir improvisados puentes o cavar trincheras en mitad de conflagraciones bélicas, y sus melodías, alegres y pegadizas, se basan en composiciones del napolitano Nicolai Pórpora. Por su parte, los “judíos” son en realidad soldados romanos a quienes algún error semántico del vulgo confundió con los habitantes originales de la dominada región de Judea, y, además de su brío y espectaculares coreografías, tienen en su haber tonadillas tan simpáticas como el “Perico Pelao”. Pero uno de los momentos más emotivos de cada cortejo tiene lugar a las puertas de la Iglesia de Santa María de Gracia, cuando los tronos (algunos de ellos portados a hombros) culminan su recorrido y son recibidos por la Marcha Real (antiguo Himno Nacional), después de lo cual los miles de asistentes allí congregados entonan para las respectivas vírgenes la muy emotiva “Salve popular cartagenera”, que pone los pelos de punta incluso a los escépticos y ateos.

Ya que hablamos del aspecto ornamental o estético de las procesiones, no quiero dejarme en el tintero la obligada mención a los primorosos bordados de mantos y túnicas. Sin gozar, tal vez, de la repercusión de los existentes en otras manifestaciones pasionales como, por ejemplo, la de Lorca, en Cartagena pueden disfrutarse auténticas obras de arte a cargo de Anita Vivancos, Consuelo Escámez y otras grandes damas de la aguja y el hilo de oro.

La estructura de cada procesión es casi siempre la misma. En primer lugar, desfila el llamado “trono insignia” (la linterna sorda cruzada con anclas, para los californios; el Santo Cáliz con los cuatro evangelistas, propio de los marrajos; y el Santo Angel de la Cruz Triunfante, asociado a los resucitados), después del cual comienza a desgranarse el rosario de agrupaciones, que constan de un estandarte o sudario primorosamente bordado, el tercio (vocablo procedente de la jerga militar) de penitentes cuyo vestuario consta de capuz (capirote) o mocha (el gorro que cubre la cabeza de quienes desfilan con la cara descubierta), capa, túnica, zíngulo (cinturón)o fajín, sandalias, calcetines y guantes y se apoyan en un hachote luminoso o en una vara exquisitamente labrada (sobre todo los que procesionan en los cortejos más o menos diurnos), la banda de música (vestidos con los mismos colores propios de la agrupación), el trono sobre el que se halla emplazada la talla objeto de devoción, engalanado por flores que componen estructuras a veces inverosímiles y, finalmente, tras las eventuales representaciones de autoridades municipales o religiosas, cada una de las procesiones principales se cierra con un piquete militar de una marcialidad simplemente espectacular. Entre medias, a veces nos encontramos los coloridos “entreactos” personificados por granaderos y judíos, y también a centenares de niños ataviados de nazarenos a cara descubierta que reciben el apodo de “morralla” y son la auténtica savia del mañana. Pero son los niños lo único sujeto a la espontaneidad en estos maravillosos cortejos, ya que detrás de la suntuosidad de cada uno de ellos subyacen horas y horas y más horas de ensayo, habiendo colas de años para optar a penitente, nazareno o portapasos de alguna de las agrupaciones más señeras y teniendo que pagar “religiosamente” cada “hermano” la cuota establecida en el seno de la cofradía.

A pesar de que las principales procesiones de Cartagena han ido variando, más o menos significativamente, el número de agrupaciones que las conforman, los tercios y tronos más emblemáticos y populares continúan siendo los mismos de siempre. Los californios tienen su majestuoso San Juan (con talla de Mariano Benlliure), engalanado de blanco cegador y que pasa por ser el tercio más carismático de la Cofradía, además de la Santa Cena (en cuya mesa aparecen alimentos reales que luego son entregados a los menesterosos), la Oración del Huerto (cuya talla actual, obra de Benlliure, sustituye a la original obra de Salzillo que fue destruida durante la Guerra Civil y de la que sólo queda la mano del ángel y alguno de los apóstoles durmientes), el Prendimiento (imagen titular de la entidad california), San Pedro, Santiago y, cómo no, la Virgen del Primer Dolor, madre espiritual de la cofradía. Nuestro Padre Jesús Nazareno simboliza el espíritu de los marrajos, y su imagen es obra de José Capuz, como también las del Descendimiento (aparentemente esculpido en un solo bloque de madera), San Juan (también el tercio más gallardo y regio con que cuentan los morados), la Santa Agonía (sólo viéndolo desde arriba se puede apreciar la cruz floral existente bajo la otra cruz en la que se halla Cristo crucificado), la Virgen de la Soledad y, sobre todo, el celebradísimo Cristo Yacente del trono del Santo Sepulcro, obra cumbre de la imaginería pasional, siendo también digno de destacarse el paso de La Lanzada, espectacular porque incluye la figura del romano Longinos montado a caballo. Por lo que respecta a los resucitados, su desfile, que teóricamente debería celebrarse en una mañana bañada por el gratificante sol primaveral, es el más alegre y colorido de todos, y destacan las tallas originales de Federico Coullaut-Valera (Jesús Resucitado y las apariciones a María Magdalena y a Santo Tomás), y, en particular, la bellísima Virgen del Amor Hermoso, obra de Juan González, especialmente destacable por ser la primera que desfiló bajo palio. Desde hace algunos años, y, para no ser menos que sus hermanos mayores marrajos y californios, los resucitados han incorporado también la agrupación y trono de San Juan, personaje que en Cartagena, tradicionalmente, precede en las procesiones a la Virgen titular de cada cofradía, siguiendo el texto evangélico que hablaba de que el Apóstol amado se hizo cargo de la madre de Jesús.

Paraíso del arte, elogio de la marcialidad, vergel de la flor, la Semana Santa de Cartagena está justamente considerada “de Interés Turístico Internacional”, y alrededor de sus deslumbrantes desfiles procesionales se celebran también otros eventos como certámenes de narración y poesía, conciertos de bandas de música y concursos de saeteros, así como el pintoresco “Lavatorio de Pilatos”. Tal vez algo en mi sangre o mis genes me predispone favorablemente, pero lo cierto es que mi pasión se desata todos los años, durante una semana de primavera, presenciando o simplemente rememorando el discurrir de una procesión cartagenera.

11 comentarios :

Anónimo dijo...

Esta Semana Santa es la primera vez que salgo de viaje...

Pero si se pone usted asi, estoy hasta por quedarme.

Para no ser demasiado PASIONAL...
Le diré DON LUIS CAMPOY FERNANDEZ, que este es uno de los articulos más bonitos que ha escrito usted, y uno de los articulos (por no decir el que más)... que más, me han gustado.

Suerte en su andadura, y que lo Guarde Dios muchos años, para que podamos disfrutarle ¡ah! y Feliz Semana Santa.

Pedro José García Andreo. dijo...

Ha sido un placer la lectura de este artículo. Todo muy bien documentado y extenso, y lo principal el cariño que desprende este texto. Sinceramente me ha gustado mucho.
Te aporto un dato que no conoces, y es que yo he "inventado" dos salsas con los colores correspondientes a esas dos cofradías.
Te animo a que sigas escribiendo puesto que es un placer, el escribir y el leer.

Un abrazo.

Isa dijo...

Bueno, Luis, esta vez tu artículo me ha llegado tanto que, con tu permiso, voy a copiarlo y a imprimirlo para que lo lea mi familia.
Yo soy nacida en Murcia pero he vivido 16 años de mi vida en Cartagena (precisamesnte los primeros 16, infancia y adolescencia) y, aunque la Semana Santa a la que yo me siento más unida es la de mi ciudad natal (a la que precisamente esta tarde pensé dedicar un artìculo en mi blog), llevo muy dentro también la Semana Santa cartagenera, al igual que a la propia ciudad, a la que estoy deseando volver a pesar de no tener allí más lazos que los propios recuerdos y unos amigos de la niñez.

Qué recuerdos cuando en el colegio las amigas me hacían la obligada pregunta: "¿Tú eres cali o marra?".
Y yo nunca sabía qué decir porque realmente no pertenecía a ninguna cofradía.

Un saludo :)

Luis Campoy dijo...

Amigo o amiga "Anónimo": ya veo que conoces mi identidad (nombre y dos apellidos); me alegra que este trabajo te haya gustado, porque, como dice Pedro, no sólo ha requerido una gran demostración de cariño (éso es lo fundamental), sino que además he tenido que completar algunas informaciones de las que carecía. En cuanto a Isa, simplemente me emociona lo que cuentas. Y será un honor que tus familiares puedan leer este artículo. Gracias a todos.

Anónimo dijo...

Querido Luis:

Tu no me conoces a mí. Pero yo a ti sí, llevos muchos años siguiendote en todo lo que escribes.

Me parece que eres unos de los mejores escritores y mas completos que he leído. Ya quisieran muchos que se dedican a ello, esforzarse la mitad que lo haces tú, para informar de una forma tan bonita, completa, elegante, a la vez que super documentada, con clase, con estilo propio, con pasión...

Yo no soy anonima, soy una lectura tuya de muchos años y no pongo el nombre porque me parece que es lo que menos importa.

Solo que cuando un articulo tuyo es espectacular, hay que decirlo...
no me puedo resistir. Y la verdad es que se da el caso muchas veces...

Luis Campoy dijo...

Bueno, al menos sé que eres "anónimA" y no "anónimO", éso ya es algo. Dices que me sigues desde "hace años", lo cual me extraña, porque admito que he sido (para desgracia mía) algo inconstante y sólo he podido publicar dónde y cuándo me han dejado. Sin mencionar la radio, que tuve que abandonar, agotado y compungido ante la nula respuesta empresarial. En fin, no importa tanto que me sigas desde hace una semana o desde hace veinte años, lo importante es el honor que me haces al leerme. Gracias. Y un besito.

Anónimo dijo...

Esque lo que me gusta mucho...lo exagero.

No sé si hace años o no. Para mí que te leo de toda la vida.

Gracias por contestar.

Te seguiré leyendo para que haga años de verdad.

Otro para tí.

Luis Campoy dijo...

Espero que algunos de vosotros-as pudiérais ver por televisión (la 2) la procesión del Miércoles Santo desde Cartagena, la verdad es que estuvo genial, muy bien montada, con mucho ritmo.

Anónimo dijo...

Yo no he visto nada procesional...he estado de viaje.

Pero tus articulos me pondran al día de lo que por aqui a acontecido.

He estado en un lugar en donde en esta época nace el profeta...

Que diferentes las culturas, los Paises, los lugares...

Espero que todos hayais de una forma o de otra pasado una semana Feliz, igual que yo, que he sido muy Feliz mientras viajaba.

UN GRAN BESO A TODOS.

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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