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martes, 17 de mayo de 2011

Mi vida como damnificado

Eran poco más de las cinco de la tarde y estaba sentado en el sofá, presenciando el final del capítulo 177 de la sexta temporada de "Amar en tiempos revueltos". Todos los días hacía lo mismo a la misma hora, era como una feliz rutina... que, de repente, se convirtió en un hito dramático. Todo tembló bruscamente, una especie de onda expansiva que nos aterrorizó a todos. Cuando pude incorporarme, me asomé con mi padre a la terraza y vimos, allí abajo, a escasos metros de distancia (vivo en un primer piso), a decenas de personas colapsando la Avenida Juan Carlos I, todas con caras entre aterrorizadas y casi divertidas, algunas casi riéndose de sí mismas por haberse llevado tal susto a causa de un temblor en apariencia poco menos que inofensivo. Recorrí la casa y, sorprendido, comprobé que sí se habían producido algunos daños relevantes: cuatro o cinco grietas superficiales en muy contadas paredes, dos o tres desconchados en otras, siete u ocho figuras decorativas partidas en dos... Inmediatamente llamé al dueño de mi piso, que vive en Alicante, y le puse al corriente de lo que había sucedido, para que diese parte al Seguro y no tardara mucho en acometer la reparación necesaria. A continuación, llamé a mis hijos para asegurarme de que estaban bien ("Qué miedo, papá, ¿crees que se volverá a repetir un terremoto así de fuerte?" "No creo, hija, lo normal es que vengan algunas réplicas, pero serán pequeñas"), y, sin darle mayor importancia al asunto (también la gente de la calle se disgregaba y retomaba su actividad cotidiana), me puse a pegar y recomponer al Spiderman negro, a C3PO, al Motorista Fantasma, a la escultural Espectro de Seda y al siniestro Rorschach, ambos miembros de los Watchmen, y al orgullo de Mojácar, el Indalo, mientras daba casi por perdido al Discóbolo, que mi remoto amigo Felipe me trajera directamente de la inmortal Atenas y ahora parecía la víctima marmórea de Jack el Destripador. Estaba recolocando tales estatuíllas en la estantería del pasillo cuando el mundo, mi mundo y el de todos los lorquinos, se convulsionó de nuevo. Pero esta vez fue una sacudida atroz, aterradora. Las estanterías de los discos empezaron a derrumbarse, los azulejos de la cocina volaron y la televisión portátil se estrelló en el suelo. Grietas salvajes y voraces serpenteaban por las paredes, y admito que mi primer impulso fue huir... pero mi madre estaba en su dormitorio, aterrada, y retrocedí corriendo para auxiliarla. Todos hemos oído que, ante un terremoto, lo primero que hay que hacer es mantener la calma, situarse bajo una mesa o el marco de una puerta y, sobre todo, no salir a la calle hasta que el suelo haya dejado de moverse... pero, claro, éso es teoría, ésos son sólo ingredientes cinematográficos de una película de catástrofes… nunca parte de tu vida real y cotidiana... Eso NO puede estar pasándote a tí…



La escalera estaba inundada de cascotes y necesité que un vecino me ayudara a bajar a mi madre, que a punto estuvo de caerse en lo que hasta hacía unos instantes habían sido los últimos peldaños. Una vez en la calle, el cielo estaba gris y se olía a polvo. La gente gritaba, corría o lloraba, mirando sin saber dónde mirar y preguntándose qué había pasado... y por qué. Dejé a mi familia teóricamente a salvo y eché a correr en busca de mis hijos. La orgullosa y señorial Avenida Juan Carlos I parecía Beirut en sus más violentas jornadas. Personas con los rostros desencajados, zombis sin rumbo, coches aparcados con los techos completamente sepultados bajo una lluvia de escombros. Por fortuna, los niños estaban bien, llorando y asustados, pero vivos y sanos. Mi hija me reprochaba "¿Por qué me mentiste? Tú me habías dicho que ya no habría más terremotos fuertes", y mi hijo me preguntó: "¿De quién es culpa ésto... de Dios o de quién?" "Y ¿yo qué sé?, Jorge... Quizás del Destino..." "Pues me cago en el Destino", bramó mi muchacho.



Una vez comprobé que mis hijos estaban bien, dí media vuelta y fui a toda prisa a intentar auxiliar a mi madre, que necesita apoyarse en alguien para caminar... pero ya no los encontré en la plaza frente a nuestro edificio. Recorrí dos o tres sitios seguros que se me ocurrieron, y al final los hallé junto a la vía del tren. La Policía nos redirigió hacia un descampado en el que ya se empezaba a arremolinar un abigarrado torrente humano. Un rato después, viendo que la estancia podía demorarse y mi madre estaba de pie y agotada, fuimos a un merendero próximo y pedimos prestadas unas sillas de plástico; las personas cuya merienda había quedado interrumpida, escuchaban la radio, y alguien comentó que acababan de decir que "para las ocho o las ocho y cuarto, se esperaba un terremoto aún más fuerte que el último". Sin embargo, llegó esa hora y no hubo nada, y alguien nos instó a cruzar la carretera y agruparnos en el Recinto Ferial del Huerto de la Rueda, lugar destinado al mercadillo semanal y emplazamiento natural de las atracciones y los chiringuitos feriales. Empezó a anochecer, y un fresquito alarmante se convirtió en un frío sobrecogedor. Pedimos mantas a los efectivos de la Cruz Roja que ya andaban por allí, y nos dieron una bolsita con una manta térmica: ¡una manta para seis personas! Fuimos a pedir agua, y nos dijeron que no podían darnos una mísera botella, y que, quien tuviera sed, tenía que desplazarse hasta aquel puesto, en el extremo del recinto, para beber el agua allí. Tuvimos más suerte a la hora de conseguir tres sillas de plástico más, que unos voluntarios nos dieron tras una breve cola. Pero el frío arreciaba y decidimos dirigirnos al piso (o a lo que quedara de él) para coger mantas, ropa de abrigo, y algo de comer. El edificio aún estaba en pie, la escalera continuaba pareciendo una escombrera y, en el piso, devastado, nos sorprendió una nueva sacudida, que (¿por qué negarlo?) nos llenó de temor. De vuelta al campamento, pasamos el resto de la noche y la madrugada en condiciones sumamente precarias, aunque no mejor ni peor que el resto de los damnificados allí congregados, en su mayoría inmigrantes. Las patatas fritas y las galletas, que deprisa y corriendo habíamos saqueado en nuestro propio piso, se acabaron enseguida... lo contrario que el hambre. Por megafonía, anunciaron que se iba a proceder a la entrega de alimentos, para lo que debíamos hacer una cola ordenada. Nos ordenamos, sí, en una cola, pero otros muchos tuvieron menos escrúpulos y siguieron la doctrina de Cristóbal, Cristóbal Colón. La policía se paseaba por allí y no resolvía el problema, y menos mal que a mi padre, que había ido al servicio, le pararon y le preguntaron si quería comida, y le dieron, sin siquiera pedirlos, dos paquetes con precinto de celofán, que contenían pizzas, lonchas de embutido, yogures y refrescos. Durante todas aquellas horas, quise llamar a mis hijos, pero no tenía cobertura y sólo me entraban mensajes o avisos de intentos de llamada de familiares y amigos que ya habían conocido la tragedia que había asolado la Ciudad del Sol. Cerca de las cuatro de la mañana, los de Cruz Roja nos dieron otra manta, de franela roja, que tendimos en el suelo para intentar dormir. Fue un sueño breve, anómalo, dolorido. Sentí que se me cerraban los ojos de puro cansancio, pero me desperté enseguida, atenazado por un terrible dolor de cuello y espalda. Miré alrededor, y pensé en Auchswitz, en la Franja de Gaza, en el 11-S... Amanecía, y me prometí no volver a pasar ni un minuto en un sitio así.



Convencí a todos para arriesgarnos a subir a casa para coger ropa para unos días, y llamé a mi prima de Cartagena para decirle que aceptaba su generosa oferta de cobijarnos en su casa durante las próximas horas o los próximos días. Por fortuna, pude sacar el coche del garaje y, durante el trayecto, todo lo que se hablaba en las radios tenía que ver con Lorca y sus terremotos. Ya en Cartagena, desayunamos, nos duchamos, comimos y, después de comer como Dios manda, me senté en el sofá... y me quedé dormido durante tres horas. Al despertar, los reporteros de "España Directo” desplazados al epicentro de la catástrofe hablaban del "día después de la tragedia". Yo sonreí para mis adentros; qué morro tenían los de TVE, utilizando reportajes grabados el día antes. Porque, naturalmente, del terremoto hacía ya dos días, ¿o no...?  Estaba desorientado, desubicado, desarraigado.... Pero tan sólo era jueves, jueves 12 de Mayo de 2011, y mi vida como damnificado apenas acababa de empezar...




5 comentarios :

Anónimo dijo...

En primer lugar, muchas gracias por tu testimonio, que seguro a muchos de tus amigos y me incluyo en ellos, nos hacía falta.
Nos hace falta saber como lo has pasado, y como te encuentras, por supuesto tu y toda tu familia.
Me he sentido impotente, me he sentido muy mal, me ha preocupado mucho lo que ha pasado en Lorca, y eso te lo debo a tí, que me has inculcado la belleza de esta ciudad.
Siempre nos describes su Cielo, siempre se ve que es el sitio idóneo donde te gusta estar.
Ya empecé a tener "celos" entre comillas de Lorca, cuando nos conocimos.
A veces y me imagino que y sobre todo que por tus hijos, te tiraba más ir para Lorca, que venir a Murcia.
Pero ya se vislumbraba que eras un excepcional lorquino de adopción.
Por fin te fuiste a Lorca a vivir, y así evitabas los viajes en tren que supongo era algo cansados de hacer a diario, para ir a trabajar.
Yo esa fatidica mañana, ya te había leído en facebook, feliz y radiante y hasta un poco rock-ero...
Eran las 7 menos diez, sentada en mi restaurante, viendo la televisión, con el periódico en la mano, observe un pequeño movimiento de mi sillón, y me maree un poquito, luego vi que el agua que había en un vaso, se movía, y pensé esto parece un terremoto.
Enseguida empezó a llegar gente al bar y pedir tilas y a hablar sobre como se había movido mi edificio, cosa que y debajo de él casi no notaba, al margen un poquito de mareo.
Enseguida me acordé de un amigo que tengo en Lorca, de sus padres, ya mayores, de sus hijos, de su familia en general, y comencé a sentir que el terremoto estaba en mí, mucho más de lo que yo había sentido.
Era mi amigo, con su familia...como estaría, no sabía de que forma ponerme en contacto con él, saber como estaba. Menos mál que es un escritor empedernido y nos ha tenido más o menos informados a través de facebook de su andadura en esta trágica historia.
Todavía lo leo y me siento más.
Ahora cuando lo leo me siento impotente.
El terremoto ha sido muy duro, y las consecuencias muy trágicas, y solo pienso que cuando llegará el dia en que todo esto quede como un suceso que ocurrió, pero que Lorca junto con todo su gente, haya salido reforzada de toda esta desgracia.
Y mi amigo, pueda pasear por su pueblo y pueda describirnos de nuevo como está ese día el cielo azul en Lorca.
mil besos a toda la Ciudad de Lorca, a sus lorquinos y sobre todo a mi amigo Luis y a toda su familia.

Fran dijo...

sobrecogedor.

rosa dijo...

Gracias a Dios habéis podido salir de ese infierno, no tod@s han tenido esa suerte.
Me alegra tener noticias de que os encontráis a salvo tú y todas las personas que realmente te importan.
He seguido muy detenidamente las noticias que nos han ofrecido desde internet o tv, pero esperaba tu narración de los sucesos.
Soy una admiradora tuya desde que llueve nieve roja y vuelan pájaros azules. Te deseo mucha suerte

Expediente X dijo...

Ánimo compañero Luis.
Sin duda momentos inolvidables.
Un relato impresionante,
tal y como lo vivistes.
Incluso si no hubieras puesto
imágenes, tus palabras
han descrito bien lo vivido
por tí y los tuyos,
así como el resto de damnificados.
Es importante que lo cuentess.
Mi más sincero apoyo a Lorca,
y por supuesto a tí.

Luis Campoy dijo...

Gracias a todos vosotros, queridos amigos, por vuestras palabras de apoyo. Por fortuna, sí, pude sobrevivir a la catástrofe, y unos días puedo escuchar música rockera y otros hasta podría bañarme en las playas de Urbanova.