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martes, 24 de mayo de 2011

Mi vida como damnificado (Segunda parte)


La Manga del Mar Menor, bulliciosa y festiva en verano, es fantasmal y casi lúgubre en los días más grises de la primavera. Aquellas noches post-terremoto fue, con todo, el mejor lugar posible, al menos el único sitio en que, descartadas las casas saturadas de tía y primos, el cariño familiar me pudo brindar una cama donde pasar las siguientes noches. Los pocos hosteleros de la zona desconocían que aquellos clientes con caras cansadas y hambrientas venían de la ciudad más famosa de España en aquellos momentos… y, aunque lo hubieran sabido, ¿qué diablos?, sus cartas de precios reflejaban los mismos importes que, meses más tarde, les cobrarían a los turistas y advenedizos.



A todo esto, Lorca se había convertido en un macabro semáforo en el que el color verde indicaba la habitabilidad de una edificación, el amarillo tan sólo aconsejaba un acceso rápido para sacar algunas pertenencias, y el rojo advertía de la prohibición de tan siquiera acercarse, por rígidos motivos de seguridad. Mi edificio fue catalogado como “verde” desde el primer momento, pero, cuando por fin accedí a él aquella triste tarde de sábado, me sentí de todo menos esperanzado. Los pilares y la estructura general del bloque parecían haber resistido, pero la impresión que me causaron el vestíbulo, mi rellano y, sobre todo, mi pobre casa, fue mucho, muchísimo peor que la que recordaba de la breve visita del jueves de madrugada. Supongo que en aquellos primeros momentos me había sentido aliviado porque la mayoría de los enseres y electrodomésticos no había sufrido daños severos, pero aquel infierno de grietas, rajas y cascotes me hizo encoger el corazón. Por si fuera poco, mientras me asomaba al balcón y miraba cómo la gente de la calle continuaba deambulando sin rumbo, hubo un nuevo terremoto, esta vez leve, que me recordó que la Ciudad del Sol se había convertido en la Ciudad de los Seísmos.



 
Durante los siguientes días, yo también vagué sin saber a dónde ir. Una noche dormíamos en una pedanía llamada Aguaderas, otra noche nos arriesgábamos a pasarla en el piso despedazado, más adelante nos acogía un compañero que arrostraba impávido el punto rojo, a continuación nos aventurábamos a dormir junto a uno de los muchos edificios que al día siguiente iba a ser demolido, y finalmente sacábamos la conclusión de que, de todas las posibilidades que se nos brindaban, la de continuar en nuestro cuarto herido y revestido de ladrillos movedizos era, como mínimo, la más cómoda. Pero así no podíamos continuar. La reparación del piso no iba a empezar hasta que el perito del tristemente famoso Consorcio de Seguros no viniera a tasarlo, y, posteriormente, durante las semanas o meses que durase la reconstrucción, lo más sensato sería buscar un hogar provisional.



Durante la primera visita a un piso de alquiler, cometí el error de ser demasiado sincero, y le dije al dueño que quizás nos quedásemos “sólo un par de meses”. Al chico de la Inmobiliaria se le pusieron los pelos aún más tiesos, y me dijo que había mostrado “poca delicadeza” (¿?), es decir, que tenía que haber sido algo más… pícaro. Lo cierto es que aquel señor se plantó en un mínimo de seis meses, y, cuando, al día siguiente, ya estaba a punto de aceptar esa condición, el plazo de permanencia exigible ya era de un año. Por otra parte, mi propio arrendador, a quien tengo que agradecer que no vaya a cobrarme el alquiler durante el tiempo que vaya a durar la reparación, me insinuó que, si no me venía al piso en cuanto éste hubiese quedado reparado, tal vez podría perder el derecho a continuar habitándolo.



Sí, la solidaridad y la caridad son palabras hermosas pero poco prácticas en esta Era. Lo malo es que todos los propietarios de las viviendas para alquilar parecieron ponerse de acuerdo, de modo que, quien no subía escandalosamente el precio, exigía el fatídico plazo mínimo de seis meses. Al final, claudiqué. Tuve que hacerlo, si quería volver a reunir a mi familia, que llevaba ya diez días desperdigada. Mi nuevo piso, que, casualmente, pertenece a un edificio en el que, años atrás, soñé con convertirme en vecino, está ubicado en una quinta planta y, claro está, el ascensor (como casi todos los de Lorca en estos días inciertos), no funciona, aunque me aseguraron que lo haría en unas dos semanas. No tenía mucho donde elegir, porque ahora los niños cuyos colegios e institutos fueron dañados por el terremoto, tienen que acudir a clase en horario vespertino y, cuanto más lejos de la ciudad nos marchásemos, más problemático sería el retomar una actividad docente normal, llevándolos a la estación de autobuses a primera hora de la tarde y recogiéndolos ya bien entrada la noche. Así pues, firmé, no sin sentirme coaccionado, los famosos seis meses de permanencia, y durante los últimos cuatro días parece que no hago otra cosa que subir y bajar escaleras… Aunque, lógicamente, he hecho mucho más: en dos viajes de camioneta me trasladaron, el domingo por la tarde, la mayoría de las pertenencias que se vienen conmigo a mi nuevo “hogar”, y ahora, mientras dedico la mayor parte de las horas no lectivas a acondicionar el que va a ser mi hábitat durante los próximos meses, sigo dudando si vaciar íntegramente la “vieja” casa o si, tal como me dijo el jefe del equipo de albañiles que algún día la restaurarán, bastaría con agrupar los muebles, la ropa, los comics, los libros, los CD’s y los DVD’s en una o varias habitaciones, mientras los operarios van maniobrando en el resto del piso. Al cansancio físico se une un cansancio mental que todavía no se alivia, y las noches se pasan casi en vela, pensando en ascensores que no ascienden, en calentadores que no calientan y en terremotos aún más devastadores que, según el vulgo, se cebarán con el pueblo lorquino dentro de unas semanas. El miedo es libre… pero los damnificados estamos presos de nuestro temor a volver a ser dañados.


4 comentarios :

Anónimo dijo...

Solo quién ha vivido esta situación, conoce verdaderamente por las vicisitudes que ha pasado.
Solo quien ha perdido a sus seres queridos, conocen bien, la realidad
de su perdida.
Solo quien ha perdido sus casas, o están en plena calle todavía viviendo en ella, sabe la situación que tiene encima...
Los que os leemos, y estamos muy atentos a todo, podemos darnos una pequeña cuenta de como os podéis encontrar...
Cada vez que te leo, Mi querido amigo Luis, voy conociendo la tragedia en toda su magnitud, pero a la vez me doy cuenta, que ni por asomo, podría sospechar las dificultades que tenéis para poder seguir viviendo, como mínimo en condiciones normales...
Me acuerdo de tu madre, de todas esas madres, que han luchado toda su vida para tener lo que han perdido.
De tu padre, muy mayor ya, para vivir estos devenires y estas incomodidades...
De tus hijos, de tu gente...
pero sobre todo me acuerdo de tí, que eres el que tira del carro.
Ese que está intentando por todos los medios, que la vida vuelva a ser la misma. Que vuelva la normalidad.
Ese que necesita tanto apoyo o más que los demás, porque a veces las fuerzas puedan venirse abajo.
Pues para ti y para todos, mi respeto y mi cariño.
Piensa que es mucha gente la que te sigue, y eso no por nada, sino porque tú eres un ser especial, que nos has dado la información de primera mano que necesitábamos, tal como si fueras un periodista en ristre.
y eso que lo que tienes y tenías encima, no es cualquier cosa. Es la supervivencia de los tuyos, y es la necesidad de buscar lo antes posible un alojamiento donde poder descansar.
A los Señores que especulan y se aprovechan de esta situación, tendrían que ponerles una multa por insolidarios y que fuera por valor de 6 meses de alquiler.
Y ese dinero destinarlo para ayuda a los Damnificados del pueblo de LORCA.
Por último, me gustaría dar el pésame, aprovechándome de esta ventanita que me deja mi amigo a Luis, dar el pesame repito, a todas aquellas personas que han tenido victimas en este terrible terremoto, que ha sucedido en vuestra ciudad.
mil besos a todos
marisa

Expediente X dijo...

Ánimo Luis,
sigues vivo,
lo cuentas.

Saludos de Javi >_-

PABLO PARRA dijo...

Estimado ex-vecino temporal (esperemos) y amigo. Soy Pablo Parra. Estoy muy enfadado con tu articulo de los terremotos. Porque no me nombras para nada, cuando bien sabes que compartimos juntos los instantes justo después del primer terremoto y también en el huerto de la rueda, luego más tarde subimos a nuestros pisos y nos pilló el tercero y más tarde subimos a dar un paseo por Lorca para ver como estaba la ciudad. Asi como que hice de reportero en lso dias posteriores informandote de todo. :( Yo aún no he salido de Lorca ni he desconectado. He pillado todos los terremotos, los grandes, los medianos, los pequeños, sabes que hecho una mudanza, y lo he pasado bastante mal hasta que he caido en cama.

Luis Campoy dijo...

Querido (y esperemos que sólo momentáneamente ex-vecino pero siempre amigo) Pablo:

Bien es cierto que no he mencionado tu nombre en esta breve narración de esos sucesos que, ciertamente, en parte vivimos más o menos conjuntamente. Sin embargo, estoy seguro de que te haces cargo de que, a la hora de abordar una crónica de estas características, es preciso ser un poquito escueto, pues, si nos pusiéramos a enumerar todos y cada uno de los detalles que recordamos de un acontecimiento como éste, el texto resultante sería poco menos que interminable. Es decir, si tuviera que narrar cada mínimo retazo que conservo en mi memoria, acabaría con la paciencia del lector más benevolente. No pararía nunca si tuviese que recordar la escena precisa de "Amar en tiempos revueltos" en la que se produjo el primer terremoto, o que mis primas de Alicante y Cartagena llamaron casi instantáneamente, o que no fui capaz de encontrar un trocito de la figura que he mencionado del Spiderman negro, o que, tras el segundo seísmo, entré al garaje acompañado por dos vecinos, o que ví a mi compañero Paco junto a su mujer, su hija, su yerno y su perro, o que una señora muy elegante le trajo una silla a mi madre, o que el entrañable propietario del Bar Martín me dijo que el Barça estaba empatando con el Levante, o que me pareció que la camarera del Bar Elite estaba un poco embarazada, o que la profesora de Bryan resultó ser también vecina de nuestro edificio, o que tenía tanta hambre que me comí casi entera una bolsa de patatas fritas a pesar de que estaba intentando hacer régimen o que, cuando entramos en el piso y nos pilló allí la réplica de las 23:30, me fijé en que el reloj del pasillo se había caído al suelo y se le había salido la pila, quedándose detenido para siempre (porque así lo voy a dejar) a las 18:47, momento del segundo y devastador terremoto. Son Pablo, tantos y tantos los detalles, que no se pueden referir en su totalidad, para no hacerse pesadísimo. Tantas son las cosas que recuerdo y he considerado que es mejor no contar, que incluso he pasado de largo el pequeño detalle de ese SMS que, según me confesaste días después, recibiste del 112 en el que te advertían del segundo terremoto, por lo cual consideraste oportuno avisar a tu madre, a algunos conocidos... pero, qué pena, no a mí. En fin, lo dicho, que no se pueden narrar todos y cada uno de los recuerdos, y que lo mejor es disfrutar del hecho de que seguimos vivos y enteros y poder comentar todo ésto durante una comida en familia o ante una taza de café y un helado.

Un abrazo de tu ex-empleado pero no ex-vecino y mucho menos ex-amigo.