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lunes, 19 de enero de 2009

Casi perfectos




Allá por el mes de Septiembre publiqué un artículo titulado “Goles son amores” en el que, a pesar de que, por aquel entonces, el buen juego ya parecía despuntar en los pupilos adiestrados por Pep Guardiola, me quejaba, algo preocupado, de la falta de gol de la que el Barça adolecía. ¡Cómo han cambiado las cosas en estos cuatro meses!. Dando la razón a quienes apostaron por él por ser un “hombre de la casa” y quitándosela a quienes le tachaban de “bisoño” e “inexperto”, Guardiola ha logrado algo mucho más importante que transformar su equipo en una fábrica de goles: ha cambiado la mentalidad de sus jugadores (que son casi todos los mismos que se arrastraban sin pena ni gloria en los últimos tiempos de la era Rijkaard), ha recuperado para su personal humano la ilusión, el orgullo y la voracidad. Este Barcelona tiene hambre de (buen) fútbol, y desde cualquier parte del mundo a Guardiola le llueven halagos unánimes. El, sin embargo, oculta sus ambiciones detrás de un muro de modestia y de prudencia. Cuando el otro día alguien le preguntaba si al principio de la temporada podría haber soñado con estar donde estaban y jugar como jugaban, Pep se limitó a contestar: “Yo no sueño, cuando llego a mi casa por las noches estoy tan cansado que no puedo ni soñar”. El sábado, en la rueda de prensa tras la goleada (5-0) al Deportivo de La Coruña de Miguel Angel Lotina, Leo Messi, probablemente el futbolista más creativo, más veloz y más determinante de la actualidad, declaró humildemente que si él era bueno, era tan sólo “porque el equipo le hacía bueno”. Casi parece mentira que los Dioses del Olimpo sepan ser tan terrenales y tan deportivos. El propio Lotina, uno de esos entrenadores maduros y campechanos (como Camacho, como Preciado, como David Vidal), rebosantes de sabiduría y también de gracejo, dijo que los azulgrana jugaban tan bien que dejaban fascinado a todo el mundo, y que lo único malo era cuando uno no podía admirarlos porque tenía que enfrentarse a ellos (anteriormente, sobre la propia evolución positiva de su equipo, había dicho, sarcástico: “Hombre, ni antes éramos la última mierda que cagó Pilatos, ni ahora somos el Bayern de Múnich”. ¡Fabulosa frase!). Con todo, no siempre le salen a Pep las cosas perfectas. El está empeñado en mantener su política de rotaciones (todos sus jugadores son buenos y todos deben poder y saber jugar, y, además, hacerlo de modo homogéneo, manteniendo siempre su estilo característico), y se da el caso de que la semana pasada el Barcelona tuvo que disputar dos partidos, uno de ellos de Copa del Rey ante el Atleti de Madrid y el otro de Liga ante el Depor, y en la alineación inicial de cada uno de ellos tan sólo repitieron ¡3! (tres) de once jugadores. Pues bien, la teoría es muy bonita, pero en la práctica no es mismo conferirle el protagonismo a Messi que a Hleb, a Eto’o que a Bojan, y, sobre todo, a Puyol que a un Martín Cáceres que, de momento, no ha justificado su contratación. En esos encuentros disputados por los suplentes es indudable que también la suerte se ha vestido de color blaugrana, esa suerte que sólo aparece cuando se la invoca con tesón, entereza y coraje.

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