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domingo, 4 de enero de 2009

Año Viejo, Año Nuevo


Por fin quedó atrás. Mi 2008 se desvaneció sin mucho estrépito, en una bruma con olor a gamba asada y regusto a sidra. Fue un año extraño, con algunas cosas buenas y demasiadas malas. Un año en el que sufrí bastante y, lo que es peor, hice sufrir, que es lo más imperdonable. Tuve entre mis brazos, rozándola con la punta de los dedos y al alcance de los labios a la Felicidad encarnada en mujer, y lo único que se me ocurrió fue dejarla escapar. Siempre lo digo: no sé funcionar bajo los auspicios de la razón, sino a golpe de corazón. Y el corazón golpea con una dureza brutal. Habían sido años duros, años de idas y venidas, de una huída en espiral que me alejaba y me traía de vuelta a lo que llegué a pensar que era un amor sincero y honesto, superviviente a una y mil adversidades. Lamentablemente, estaba ciego y sordo ante la realidad, no quise ver ni quise escuchar las advertencias de quienes habían tratado de hacerme despertar. Al final, acabé despertando, y, por fortuna, no fue demasiado tarde. Supongo que es como el viejo chiste del escorpión que pide ayuda al elefante para cruzar un río, y, a mitad de la travesía, el instinto se sobrepone a la lógica y le pica, aun a sabiendas de que, hundiéndose uno, morirán los dos. Algunas personas son lo que son y no pueden dejar de serlo, y antes o después afloran sus instintos o sus necesidades o la simple crudeza de sus más íntimos planteamientos, y todo el amor que dieron no era una entrega desinteresada sino los primeros plazos de la compra de un futuro de seguridad. Pero el genuino amor ni se compra ni se vende, y una decepción tan brutal hace despertar a cualquiera. Yo desperté en el fondo de un pozo de dolor y también de remordimientos, y una mano blanca y generosa me ayudó a trepar hacia la luz. No tengo palabras para agradecer tanta ternura y tanta fe. Una fe en mí que ni yo mismo hubiera tenido. Gracias a Ti, el último mes de mi 2008 me permitió despedir el año con esperanza y no desde la frustración, y tan sólo lamento que el primer día de 2009 lo viviese hecho una piltrafa humana derretida en vómitos y diarreas. Malditos virus, no respetan ni siquiera la ilusión de comenzar con optimismo el que puede ser el mejor año de nuestras vidas. Que para todos vosotros, queridos lectores, también pueda llegar a serlo.

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