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martes, 25 de noviembre de 2008

Matrimonio


A veces pienso que llevo escrito en la frente, en letras rojas parpadeantes, “SOY GILIPOLLAS”. Si no, no entiendo por qué me pasan ciertas cosas. Desde que soy capaz de recordar, el ser comprensivo, paciente, respetuoso, tolerante y, sobre todo, confiado no me ha traído más que disgustos. ¿Sabéis que me he casado dos veces? A menudo suelo decir que la primera es casi como no hubiera existido, ya que no se dieron determinados supuestos que se presuponen en el seno de un matrimonio. Sin embargo, al extinguirse el mismo, al cabo de menos de cinco años, tuve que pagar una pensión compensatoria tras cuyo vencimiento la señora o señorita en cuestión me exigía poco menos que una retribución vitalicia. Parece mentira, pero, para subsanar tal despropósito, tuve que recurrir nada menos que a la Audiencia Provincial de Murcia, e incluso a la Iglesia, que me brindó, con toda justicia y toda lógica, la Nulidad Matrimonial. Casi podría decirse que, tras casi dos años de velar religiosamente por el desequilibro económico de mi ex-mujer, salí bien librado del atolladero, pero soy tan imbécil que no me bastó con convivir con la segunda compañera que tuve y acabé casándome con ella, por el Juzgado y también por la Santa Madre. Sobre esta segunda desventura poco tengo que contar: surgieron las clásicas “diferencias irreconciliables” (aderezadas con determinados ingredientes que no vienen al caso) y, nuevamente, lo que empezó tuvo que acabarse. Mantener a dos niños a los que adoras aunque no vivas con ellos es una obligación moral innegociable, y añadir a esas dos pensiones una tercera, de carácter transitorio y cuyo objetivo es ayudar a la subsistencia de su madre en tanto en cuanto encuentra un empleo, no me pareció del todo ilógico, así que durante un tiempo lo pasé francamente mal, ahogado en penurias económicas de las que salí gracias al apoyo de mis padres. Pienso que cualquiera que haya leído hasta aquí podrá entender por qué, aun respetando (como procuro respetar cualquier convicción ajena) la institución matrimonial, considero que, con dos bodas fallidas a cuestas, ya he tenido bastante. De hecho, como tal vez podéis imaginaros, cada vez que he conocido a alguien nuevo, lo primero que me han aconsejado mis familiares y amigos ha sido “… Pero ni se te ocurra volver a casarte”, consejo que hasta el día de hoy he seguido al pie de la letra, no por imposición sino por pura convicción. La realidad es que una pareja funciona exactamente igual casada que “arrejuntada”. La realidad es que casarse no es necesario para amar a alguien, para consagrar tu vida a alguien, y, por el contrario, el fracaso de una relación de pareja es un millón de veces más doloroso cuando, además de la frustración puramente espiritual, intervienen otra serie de componentes que solamente se dan cuando, además de convivir, has pasado previamente por un altar o un juzgado o un lujoso salón municipal. Estaba seguro de que cualquier persona que se fijase en mí entendería y comprendería mi situación y mi razonamiento, estaba convencido de que todo ésto quedaría claro y cristalino… hasta que llegó ella. Era una princesa venida de allende los mares, y lo cierto es que los españolitos son tan xenófobos que mi círculo de conocidos enseguida se posicionó en contra suya. La verdad es que todos hemos oído historias de españoles incautos, por lo general rondando la cuarentena o edades superiores, que iniciaron un romance con una joven latina y, antes de darse cuenta, se vieron tirados en la puta calle, desposeídos de sus propiedades y, además, teniendo que pagar pensiones de separación para la esposa y alimenticias para los nuevos descendientes hispanolatinos. Yo estaba convencido de que las personas importan más que los prejuicios, de que un individuo no puede ser juzgado por su nacionalidad ni su procedencia, e incluso estuve “castigado” un mes sin ver a mis hijos como consecuencia de mi apego a esta relación que ha durado casi tres años. Nunca los múltiples problemas que habíamos tenido se debieron a que esta mujer se comportase según el temido modelo “ecuatoriano” (dicho con todo respeto hacia la inmensa mayoría de bellísimas personas nacidas en aquel país), y nunca jamás ví en ella ninguna otra motivación que no fuese la del amor más puro, altruista e inasequible al desaliento que hasta entonces había conocido. Repentinamente, sin embargo, se ha operado un cambio brutal. El altruismo ha dado paso a los condicionantes, el amor se ha convertido en una circunstancia de carácter secundario. Donde antes se dijo “Te quiero y nunca me perderás” ahora se dice “Quiero casarme”; donde antes se leía “Voy a estar contigo siempre” ahora se atisba a leer “Si no te quieres casar conmigo es porque no me quieres tanto como dices y es mejor que terminemos”. Me pregunto cómo y por qué se operan estos cambios en los corazones y en la mentalidad de las personas. Seguramente hay un millón de razones, pero yo no he visto ni veo ninguna. Sólo sé que, de la noche a la mañana, una licencia matrimonial importa más que una promesa, una exigencia prevalece sobre un sentimiento y celebrar una boda se prefiere a disfrutar toda una vida. Me siento particularmente espeso este martes. Será porque ayer fue festivo en Lorca y me ha afectado negativamente la sobredosis de días ociosos. Creo que nunca había tenido que hacer frente a una situación así. Nunca nadie me había planteado una condición como ésta a cambio de seguir queriéndola, nunca había sentido en la sien el frío acero de una pistola dispuesta a disparar una bala de dolor y olvido si no agachaba la cabeza y pasaba por el aro. Sin embargo, nada de lo expuesto puede cambiar mis principios y mis convicciones, que ya desplegué en esta misma página días atrás: el amor de verdad no pone condiciones, el amor de verdad no pide y mucho menos exige nada, sino que tan sólo da y ofrece todo, sin medida y sin esperar a cambio otra cosa que no sea más amor. Así había sido hasta ahora, exactamente así, pero así ha dejado de ser. ¿Por qué? ¿Por qué esa transformación? Desconozco las causas, los motivos y los porqués. Sólo sé (y parafraseo al genial Groucho Marx, quien dijo aquéllo de que “Nunca sería socio de un club que admitiera como miembro a un tipo como yo”) que nunca podría vivir conmigo mismo si la condición a cambio de estar conmigo fuese aceptar una serie de condiciones.

2 comentarios :

Anónimo dijo...

HOLA LUIS, SOY JOSE (MONTY)

POR DIOS, O POR LO QUE QUIERAS, NO TE CASES. POR MUY FUERTE QUE PAREZCA, o por mucho que te tu quieras a esa persona.

Yo se que es duro pasar la vida solo, pero alguien dijo alguna vez "MEJOR SOLO QUE MAL ACOMPAÑADO".

Dos mujeres ya te han hecho daño, y yo que me considero tu amigo, no quiero que te lo vuelva a hacer una tercera mujer.

Te lo dice un amigo, joven, pero que te aprecia.

Luis Campoy dijo...

Gracias de nuevo, Jose, por tu visita y por tu comentario. Y puedes estar tranquilo: como digo en el artículo, es evidente que casarse no es necesario para mantener una relación, como es evidente que quien supuestamente nos quiere debería aceptar razonamientos tan fácilmente asimilables como el de que, cuando has fracasado dos veces en el matrimonio lo lógico es no fracasar una tercera. No sigo hablando sobre este tema; es una página de mi vida que he de pasar lo antes posible, y, para pasarla, lo mejor es ni siquiera volver a referirme a ella.