Entre el corazón y la razón


A veces me parece que mi mundo no es el mismo en el que viven mis semejantes, que mi concepto de la Vida ni siquiera se parece al que tienen las personas que me rodean. No sé si estaré cayendo en la paranoia, en una especie de teoría de la conspiración en la que soy el blanco constante de las maquinaciones del Destino, pero desde el día en que me parió mi madre (desafortunado día, me temo) no dejo de pensar que soy como un patito feo en un mundo de cisnes, como un círculo en un mundo de cuadrados. No me entiende ni mi padre. Mi padre… Qué desilusión tiene que experimentar este hombre cada vez que me mira: soy del Barça, voto al PSOE, estoy se-separado y lo más parecido a una relación estable que he tenido en los últimos años me ha tenido yendo y viniendo a los brazos de una mujer ecuatoriana. Si hubiera tenido que hacer caso de los sabios consejos de mi progenitor, mis vítores deportivos serían para Raúl y no para Messi, hubiera debido emular al Santo Job en lugar de separarme y, en caso de asumir la separación y tener que buscar novia nueva, no debería haberme conformado con menos que una viuda rica o, en su defecto, una soltera, sin hijos y con piso propio y casa en la playa. Ay, los padres… Los padres y, en general, la familia e incluso muchos de nuestros amigos, cumplen la bendita misión de velar por nuestros propios intereses mejor que nosotros mismos. Siempre hay entre quienes nos quieren (desinteresadamente, por supuesto) la certeza y la convicción de que saben exactamente lo que nos conviene, y no se retraen a la hora de hacernos partícipes de sus teorías tendentes a mejorar el curso de nuestra existencia. Es tanta su generosidad en este sentido, que a veces merecerían ser premiados con un oportuno correctivo en forma de “¡Basta ya! ¡Déjame vivir mi propia vida!” o alguna otra rimbombante expresión similar. Hay una delgada línea que separa el lícito, lógico y encomiable desvelo de la monótona y sempiterna intromisión en los parámetros que libremente hemos seleccionado para que rijan nuestro devenir. A este punto es, en cualquier caso, al que quería llegar desde el principio de este artículo. Libre albedrío, se le llama al hecho de que un sér humano sea capaz de decidir por sí mismo; el mi caso, lo de “libre” es un eufemismo sobre una actitud que me parece tan coherente como poco menos que suicida. A mí me pasa como a quien se lanza de un avión en pleno vuelo y, cuando llega la hora de abrir el paracaídas, tira de la anilla pero el dispositivo no se abre; en ese instante, uno sólo puede relajarse y disfrutar el paisaje, contemplando estoicamente cómo se acerca, veloz e inexorable, el suelo en el que se estampará como si fuese un sello. Sé cuál es el fin que me espera (¡marchando otra dosis de infelicidad!), pero en mi interior soy incapaz de abrir el paracaídas, y el peso muerto de éste sobre mi espalda hace que la caída sea aún más vertiginosa… si bien una especie de milagro se produce a ultimísima hora y, en lugar de hacerme fosfatina contra el asfalto, obtengo una prórroga de otro par de años en los que seguiré cayendo sin acabar de caer del todo. Este pasado verano tuve una certeza y tomé una determinación. Empezaba a estar seguro de lo que sentía, es decir, de que lo que sentía ya no era lo mismo que había sentido, de que mi corazón podía y debía volver a latir desde cero. Conocí a alguien, un alguien maravilloso, y todo parecía de color de rosa hasta que sentí que en mi pecho rebrotaba la flor que creía marchita o arrancada de cuajo. En medio de un tremendo ataque de vértigo, supe que arrastraría en mi caída a aquella persona cuyo único pecado había sido ilusionarse conmigo, y tomé la decisión de ser consecuente, que en aquel contexto equivalía a ser sincero. Naturalmente, la música que acompañó aquella escena no la interpretaban melifluos violines, sino voces humanas prorrumpiendo en críticas y regañinas. Aun así, hice lo que me pareció correcto: hacer caso al corazón. Como siempre. Y así me ha ido. Y así me va. Pero ya soy mayorcito y estoy demasiado crecido para retornar al vientre de mi madre y pedirle que me vuelva a parir, así que lo que toca es apechugar con lo que se tiene y practicar la sanísima dieta a base de “ajo” y “agua”. Soy un caso perdido, y está visto que los sapientísimos consejos de todo bicho viviente no pueden cambiarme. Sólo sé actuar a golpe de ventrículo, aunque tenga que desoir las voces de mi padre, de mis amigos y hasta de los hermanos y las hermanas que no poseo. Pero para ser tan jodidamente inmune al buen juicio hay que valer; no basta con entrenarse. La mayoría de la gente está acostumbrada a que siempre venga alguien que les meta en la cabeza tres o cuatro conceptos básicos acerca de lo que es y lo que debería ser su vida, qué es a lo que deberían aspirar y cuál es el mínimo con el que deberían conformarse. También influye, claro está, la educación que hemos recibido y el ejemplo que vemos reflejado en los demás. Para ellos, para esta feliz y conformista mayoría, lo natural es seguir la estela y asumir el papel, y, finalmente, volver al redil. Yo, en mi calidad de oveja negra, quiero pero no puedo, y mi pobre padre está tan descontento de mis decisiones, regidas por el corazón y no por la razón, que si me deja finalmente la herencia será tan sólo para que no se la quede Hacienda. ¿Qué puedo alegar en mi defensa? No se me ocurre nada. En todo caso, una esperanza: al final, cuando nuestros mayores ya no estén y las voces asesoras se hayan callado, lo que cuenta no es lo dóciles u obedientes que hemos sido, y ni siquiera el bienestar material, la posición social o la seguridad económica, sino solamente los sentimientos que nos inundaron, y cuyo caudal pudimos ignorar o bañarnos en él. Lo mío, naturalmente, no es apartarme… sino mojarme. Soy así, más de letras que de ciencias, más del corazón que de la razón, y no puedo evitarlo; pero, ¿qué diablos?, tampoco me avergüenzo.

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