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viernes, 18 de julio de 2008

Comerciales (I)


Hoy se me ha ocurrido dedicar unas líneas a la televisión, aunque no a una serie o programa convencional, sino a esas pequeñas piezas que pueden llegar a hacernos lamentar que entre dos bloques de publicidad se inmiscuyan fragmentos de películas, concursos o culebrones. Los anuncios (o “comerciales”, si nos atenemos a la traducción directa del inglés) constituyen en ocasiones auténticas obras de arte y llevan tras de sí un proceso de rodaje y post-producción que en nada tiene que envidiar al que ha requerido la realización de una película de largo metraje. Concebir y llevar a cabo un buen spot, que resulte atractivo, fácilmente memorizable y que grabe en nuestra mente las bondades del producto que pretende vendernos no es tarea fácil. Muchas veces las compañías publicitarias contratan para dirigirlos a prestigiosos realizadores cinematográficos, y, en otro millar de ocasiones, se produce un proceso diametralmente opuesto: algunos directores de cine se han forjado en el mundo de la publicidad (caso de los hermanos Ridley y Tony Scott o David Fincher, entre otros).

Permitidme que os hable ahora de algunos anuncios que me gustan, que me alegran la sobremesa cuando los veo. El primero de ellos, que para mí es simplemente magistral, es en realidad una “reposición”, puesto que ya lo hemos contemplado en campañas anteriores. Me estoy refiriendo al del Gran Premio de verano de la ONCE, un premio tan elevado, tan brutal, que alguien definió como “heavy”. Para ilustrarlo, nada mejor que fusionar los conceptos “heavy” y “verano” en una hilarante historia acerca de una comuna de heavymetaleros que “toman” una localidad playera en la que desarrollan su característico modus-vivendi. La canción de fondo, “The Final Countdown” (“La Última Cuenta Atrás”) del grupo Europe está excelentemente bien coreografiada gracias a un montaje virtuoso en el que se reflejan todos los estereotipos de esta pintoresca fauna urbana. En dos palabras (Jesulín de Ubrique dixit): a-cojonante. Un “10” para todos quienes lo han hecho posible. Otro que me agrada es el de Telefónica/Movistar (también estrenado el año pasado), que a su vez adapta una canción de 1980 titulada “Ma quale idea”, que dio a conocer al italiano de voz ronca Pino d’Angio. En esta ocasión se mezclan los tópicos discotequeros de la época con la llamada irresistible de la playa, la arena y las olas, y el resultado es muy, muy satisfactorio. Bastante menos me gustan los que tanto proliferan últimamente, relacionados con productos milagrosos que reducen el colesterol y mantienen a raya la tensión. En uno de ellos, dos actores que se me antojan hermanos discuten entre sí porque uno de ellos, un poco descuidado, ha permitido que se le atasque el fregadero al mismo tiempo que la colesterolemia amenaza con obstruir sus venas y arterias. La sutileza de la metáfora es comparable a la de un elefante paseando grácil por una cristalería. Pero lo que más me repatea las entrañas es que los dobladores de este engendro poséen dos de las mejores y más profesionales voces que se pueden encontrar en este mundillo, lo cual contribuye a que todo suene “artificial”. Las personas comunes y corrientes no hablan ni pronuncian ni modulan así; a partir de ese momento, lo que nos dicen, al menos a mí, ya no me parece convincente. Finalmente, sin abandonar la publicidad “saludable”, otro de los comerciales que me irritan es el de un potingue que supuestamente ayuda a que la presión sanguínea se mantenga en cifras enciclopédicas. Dos equipos formados por hombres y mujeres que visten, respectivamente, camisetas azules y rojas, tiran de una cuerda en direcciones opuestas. Naturalmente, los buenos llevan la camiseta azul y los malos la roja (lo prohibido). La frase lapidaria “A veces comes con sal” ejemplifica el sentido de la propuesta. ¿A veces…? Bueno, no sé en qué país viven los guionistas del panfleto en cuestión, pero, que yo sepa, en España la sal es el condimento básico de cualquier comida, y, en cualquier caso, tan perjudicial es ABUSAR de ella como SUPRIMIRLA de la dieta. Lo mismo pasa con el azúcar y con casi todo: no hay que prescindir de nada, sino encontrarle el “punto”, la justa medida. Todos sabemos que tomar productos excesivamente salados y llevar una vida sedentaria no es lo más recomendable, pero de éso a pretender convencernos de que, por ingerir determinado bebedizo, el consumidor va a mejorar su calidad de vida, media un largo trecho, el mismo que separa una minipelícula extraordinaria de un bodrio impresentable.

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