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miércoles, 8 de noviembre de 2006

La casa de mi abuela


El reciente fallecimiento del esquiador español más famoso de la Historia, Paquito Fernández Ochoa, ha llenado mi mente de imágenes y recuerdos de otros tiempos. Pero no sólo de imágenes estrictamente deportivas.

Sucedió en 1972. La nieve era blanca, pero todo lo demás era gris. La televisión de casa de mi abuela era en blanco y negro, como la que teníamos en mi propia casa. Yo tenía nueve años y por aquel entonces mis padres aún eran jóvenes y gustaban de salir. Casi todos los domingos comíamos en casa de mi abuela, a la sazón la madre de mi madre, que vivía con mi abuelo en una casa que ya entonces me parecía viejísima, viejísima como yo les veía a ellos y que se alzaba en una vieja y empinada calle del casco antiguo de Alicante, en los prolegómenos del castizo barrio de Santa Cruz.

Mientras mis padres se iban al cine, a ver cualesquiera películas que consideraran que o bien yo no debía ver o bien no me iban a gustar, yo me quedaba al cuidado de la "yaya" Faustina y el "tito" Jesús (que, en realidad, se llamaba Gregorio pero fue rebautizado así por haber nacido en NocheBuena, igualito que el mismísimo Niño Jesús), de quienes me separaba no uno sino varios abismos generacionales. No digo que no me quisieran, que sé que sí, sino que seguramente ellos eran muy ancianos (incluso más por dentro que por fuera) y yo demasiado niño, así que no podría recordar una sola conversación mantenida con mi abuelo, que se murió a los pocos años tras padecer una penosa enfermedad y sin haber podido conocerle todo lo bien que me hubiera gustado. Mi abuela Faustina (no puedo resistirme al fácil juego de palabras acerca de lo infausto de su nombre) era otra cosa, mucho más coloquial y accesible, rebosante de chascarrillos y de refranes y siempre vestida de oscuro riguroso, tan sólo contrapunteado por puntuales puntillas, puntitos o lunares blancos. Me daba de merendar bocadillos de pan con aceite o con leche condensada, y nunca dejaba de asombrarle la cantidad de vasos de agua que yo era capaz de beber.

Corría, efectivamente, el año 1972, o tal vez el 1971 o el 1973; los recuerdos se me entremezclan en un millar de tardes de domingo en las que tenía que acabar mis deberes del colegio (y mucho, muchísimo más rápido de lo que ahora los hace mi hijo; claro que yo iba a un colegio de curas…) antes de poder dedicarme a mi afición favorita: el dibujo. Recuerdo que coleccionaba una versión en comic de “Don Quijote de la Mancha” que se publicaba en fascículos semanales (todavía la conservo, casi en perfecto estado, una vez encuadernada en tomos de piel roja y letras doradas), así que me dio por reproducir (vamos, copiar) docenas de quijotes, sanchos y rocinantes, que luego coloreaba con mis lápices “Alpino”. Entre dibujo y dibujo, solía ojear (con mis ojos) y hojear (pasando sus hojas) un puñado de viejas revistas que hablaban de decoración (en una de ellas venía un reportaje de la casa de mi tío Angel, que él mismo se había diseñado) y de trasplantes, los que otorgaron fama y prestigio a médicos como Barnard y Cooley. También escuchaba música en un cassette Sony que aguantaba todos los maltratos posibles y que aún sobrevivió a la muerte de mis abuelos; Jorge Negrete, Concha Piquer y la Estudiantina (la Tuna, para entendernos) salían de la caja de zapatos de color naranja con rectángulos negros en la que solían vivir para amenizar el tedio de la monotonía.

Y, claro está, teníamos la tele. Una ventana al mundo, al mundo al que el Caudillo nos permitía asomarnos, pero que era lo bastante amplio como para que pudiésemos contemplar el final de la Guerra de Vietnam, el feliz aterrizaje del Apolo 13 (tras una odisea espacial que inmortalizaría Tom Hanks con su frase “Houston, tenemos un problema”) y, cómo no, la hazaña del malogrado Paquito Fernández Ochoa, que recibió una medalla de oro pero que, como la emisión era todavía en blanco y negro, igual podía haber sido de plata, porque ambos metales se veían del mismo color.

Hoy me ha apetecido contaros estas pequeñas cosas de mi vida, cosas tontas y sin importancia pero que sucedieron y aún están ahí, como creo que aún sigue estando la viejísima casa de mi abuela… o, al menos, lo estaba hace dos años, cuando por última vez recorrí aquellas estrechas y empinadas calles de Santa Cruz por entre las que transcurrió toda la infancia de mi madre y una parte de la mía. A propósito, descanse en paz Paquito Fernández Ochoa, al que ningún cáncer podrá borrar de aquellos inocentes recuerdos pintados en blanco y negro.

4 comentarios :

mila dijo...

Lo increíble de recordar con nostalgia es que salen unos relatos personalísimos pero universales. Todos nos vemos reflejados en los pequeños detalles de la infancia.
Bonito relato.

Anónimo dijo...

A mi también me ha gustado mucho, te imaginaba de niño con tus abuelos, en su casa...la verdad que es que escribes y describes tan bien a los personajes y las situaciones que es fácil hacerlo...me gustaría que siguieras escribiendo sobre tus vivencias..

F. dijo...

Por cierto, algunas vivencias las he compartido contigo.

marisacordente dijo...

...yo te digo como el usuario anónimo...

¡ME GUSTARIA QUE SIGUIERAS ESCRIBIENDO SOBRE TUS VIVENCIAS!

TODOS LOS QUE TENEMOS MAS O MENOS TU EDAD,NOS VEMOS REFLEJADOS EN TU DULCE RELATO, Y REMEMORANDO OTROS TIEMPOS TE DAS CUENTA, QUE ES BONITO RECORDAR...

COMO SIEMPRE MUCHAS GRACIAS Y MUCHOS BESOS.