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miércoles, 13 de julio de 2016

Las películas de mi vida/ “EL CEMENTERIO VIVIENTE”

A veces es mejor estar muerto

La noche del 6 de Agosto de 1989 fue, con toda probabilidad, la más terrorífica de toda mi vida.  Naturalmente, había sufrido y volví a sufrir noches nefastas a causa de mil problemas familiares, personales y profesionales, pero pasar miedo, lo que se dice miedo, nunca lo he sentido como en aquel caluroso domingo de verano…   Había ido al cine a ver una película que ciertamente pintaba muy bien (eso si te gustaba el terror, claro está), “El cementerio viviente”, y, no contento con los sustos y zozobra experimentados en la sala oscura, no se me ocurrió otra cosa que, al llegar a mi casa, releer los pasajes más “significativos” de la novela de Stephen King en la que se basaba el film.  Ni que decir tiene que, cuando traté de conciliar el sueño, me fue absolutamente imposible:  por todas partes escuchaba crujidos, gemidos y pisadas, temía la aparición de cualquier espectro o resucitado, y casi creía percibir el aroma putrefacto de la muerte…


Maine, Estados Unidos, 1989.  La familia Creed abandona la tumultuosa Chicago para instalarse en el idílico pueblo de Ludlow, donde han adquirido una casita ubicada entre los frondosos bosques y una carretera por la que siempre circulan a toda velocidad los enormes camiones de la compañía Orinco.  El patriarca, Louis Creed, ambiciona comenzar una nueva vida como médico universitario, huyendo de paso del desprecio que por él sienten los padres de su esposa Rachel.  Esta, sin embargo, parece muy enamorada de Louis, como también le adoran los dos hijos del matrimonio, Ellie, de 6 años, y el benjamín Gage, de apenas 2.  Junto a ellos viaja “Winston Churchill” (familiarmente conocido como “Church”), el gato de Ellie, al que la niña profesa un especial cariño.  Nada más instalarse, les visita el anciano Jud Crandall, el vecino de la casa situada al otro lado de la carretera, que pocos días después les invita a una improvisada excursión para recorrer un sendero que conduce a un pintoresco lugar en cuya entrada cuelga un cartel, rotulado muchísimo tiempo atrás por manos infantiles, en el que puede leerse: ”PET SEMATARY” (“Pet Cemetery”, mal escrito, es decir “Cementerio de mascotas”).  Allí es donde los niños de los alrededores llevan más de 80 años enterrando a sus animales domésticos, sobre todo perros y gatos atropellados por los camiones de Orinco;  Jud aconseja a Louis que haga castrar a Church, para evitar que en alguna de sus rondas amorosas acabe de mala manera aplastado en la carretera.  En su primer día de trabajo, Louis trata de salvar infructuosamente la vida a Victor Pascow, un universitario gravemente herido en un accidente de tráfico.  Aquella noche, el fantasma de Pascow se le aparece a Louis y, como muestra de agradecimiento por haber tratado de ayudarle, advierte al doctor de que nunca deberá cruzar la barrera de troncos que separa el Cementerio de Animales de la lúgubre espesura que se extiende más allá.  Sin embargo, cuando el gato Church muere atropellado por un camión, su vecino Jud convence al atribulado Louis para enterrar al minino no en el cementerio de mascotas, sino en una necrópolis que se halla en lo profundo del bosque, donde los indios micmacs realizaban extrañas ceremonias de enterramiento…

Hubo una época en la que no dejaba un solo libro de Stephen King sin leer.  Todas sus novelas escritas entre 1974 y 1997 (incluyendo las que publicó bajo el seudónimo de Richard Bachman) pasaron por mis manos, y algunas de ellas más de una vez.  Era el autor de moda, prácticamente el único capaz de garantizar un multitudinario éxito de ventas, y no pocas películas y telefilms (“Carrie”, “El resplandor”, “Phantasma II”/“El misterio de Salem’s Lot”, “Creepshow”, “It (Eso)”, “Los chicos del maíz”, “La zona muerta”, “Ojos de fuego”, “Cujo”, “Christine”, “Miedo azul”, “Misery”, “Maleficio”, “Atracción diabólica”, “Cadena perpetua”, “La Tienda”, “La milla verde” e incluso “Cuenta conmigo” y “Perseguido”) se basaron en textos urdidos por el genio nacido en Portland en 1947.  A nadie podía extrañar, por tanto, que en aquel 1989 fuese considerado lógico y normal trasladar a la gran pantalla una de sus historias más terroríficas, “Pet Sematary”, publicada originalmente en 1983 y que, en España, Plaza & Janés había distribuído con el título de “Cementerio de animales”.  Fue el insigne George A. Romero, habitual del universo cinematográfico de King (había dirigido “Creepshow” y posteriormente realizaría “Atracción diabólica”) quien primero adquirió los derechos con la idea de poner en marcha la adaptación.  Romero pagó 10.000 dólares, decidido a realizar una versión “muy personal” de la novela, cosa que a King no le gustó en absoluto (ya había tenido bastantes disgustos con directores “estrella” cuando Stanley Kubrick alteró a su antojo “El resplandor”).  Desestimado el veterano creador de “La noche de los muertos vivientes”, el siguiente en sentarse en la silla de director fue el maquillador Tom Savini, quien finalmente sería sustituído por la recién llegada Mary Lambert, curtida en la realización de videoclips y que había debutado en 1987 con la olvidada (ya por aquel entonces) “Siesta”.  Todo el mundo pensó que la elección de Lambert se debía a la intención de Paramount Pictures de potenciar el desarrollo de los personajes por encima de la concatenación de sustos, lo cual quedaba corroborado por la contratación del propio Stephen King como autor del guión.  Por otra parte, Peter Stein fue designado como director de fotografía, David LeRoy Anderson se ocuparía de los maquillajes y Elliot Goldenthal asumiría la composición de la partitura musical;  sin embargo, lo más llamativo fue el anuncio de que la famosa banda de punk-rock The Ramones (citados en varios capítulos de la novela) escribirían la canción que daría título al film, “Pet Sematary”, y además incluirían uno de sus éxitos clásicos, “Sheena Is A Punk Rocker”, en la banda sonora.

En el apartado artístico, la producción no podía permitirse un reparto de relumbrón, algo que, por otra parte, parecía contraproducente tratándose de un film basado en un libro de King (la inmensa mayoría de las adaptaciones de sus novelas las protagonizaban actores de segunda fila, con los que, por otra parte, le era más fácil empatizar al espectador).  Así, el televisivo Dale Midkiff (n. 1959) sería el sufrido doctor Louis Creed;  su esposa Rachel tendría los rasgos de Denise Crosby (n. 1957), quien, por cierto, era nieta del mítico Bing Crosby;  Miko Hughes (n. 1986) interpretaría al adorable/aterrador Gage;  Blaze Berdahl (n. 1980) incorporaría a la impresionable Ellie;  Brad Greenquist (n. 1959) nos provocaría no pocos sustos en el papel del “espíritu bueno” Pascow;  y un hombre, Andrew Hubatsek, sería el elegido para dar vida a la deforme Zelda, la hermana de Rachel afectada de meningitis espinal.  Finalmente, el entrañable Fred Gwynne (1926-1993), quien conquistase los corazones de todo el mundo como Herman, el patriarca de “La familia Munster”, se erigió en la mejor elección del reparto, creando un amigable y paternal “Jud Crandall” de inolvidable recuerdo.  Como dato curioso, reseñar que el mismísimo Stephen King realiza un breve cameo en el film, personificando al cura que oficia el funeral de la asistenta Missy Dandridge, rol a cargo de Susan Blommaert.

“El cementerio viviente” se rodó, como mandaban los cánones, en las localidades de Hancock, Bucksport y Bangor, en el estado de Maine (Stephen King suele ubicar todos sus relatos en las poblaciones en las que se crió), entre septiembre y noviembre de 1988.  Estrenada en los Estados Unidos el 21 de Abril de 1989, la película recibió críticas eminentemente positivas, y en poco tiempo se convirtió en un título de culto cuya leyenda no ha hecho sino crecer año tras año.  En 1992 se estrenaba una secuela bastante desafortunada, “Cementerio viviente 2”, la cual, aunque nuevamente dirigida por Mary Lambert, carecía de la base de un nuevo texto de King y acabó naufragando tanto cualitativa como comercialmente.

A pesar de que, como decía al principio, lo pasé realmente mal la noche posterior a su visionado, han sido innumerables las veces que he vuelto a revisitar “El cementerio viviente”.  Su estructura de drama familiar que deviene en relato terrorífico, los boscosos paisajes en los que se desarrolla, la amenazadora presencia de los camiones portadores de muerte, la sugerente música de Elliot Goldenthal, la rockera aportación de los Ramones (que me sirvió de inspiración para la canción principal de mi película “El Butanero siempre llama dos veces”), y sobre todo, las interpretaciones de Dale Midkiff, Fred Gwynne y, especialmente, el niño Miko Hughes (¿cómo conseguirían sacar de un crío tan pequeño una expresión tan aterradora?) me han cautivado durante estos veintisiete años, en los que tantísimas veces he berreado, a la par que Joey Ramone, aquéllo de “No quiero que me entierren / en el Cementerio viviente / No quiero vivir mi vida otra vez”…

Luis Campoy

Lo mejor:  la atmósfera opresiva, la banda sonora, las interpretaciones de Fred Gwynne y Dale Midkiff
Lo peor:  la apariencia de telefilm, algunos sustos gratuitos, la ambigüedad del personaje de Victor Pascow

Calificación:  8 (sobre 10)

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