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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Ayfón, ayfón, ya (casi) tengo mi iPhone

El Monty tuvo la culpa. Durante la cena de Navidad del CineClub, tanto me vaciló de su iPhone, que mis ya efusivos deseos hacia tal engendro del Maligno se dispararon aún más...




Mi primer móvil lo adquirí a finales del año 2000. Era un Siemens de horrendo diseño que me vendieron, en un pack de dos, en una tienda Movistar, con una molestísima antena exterior y teclas cuyos números se borraban con el sudor de los dedos. Luego, con los puntos o así, adquirí otro Siemens más estilizado pero cuya pantalla se me quebró a las pocas semanas, y luego un Sony Ericsson que se me perdió en un tren, un SHARP GX15 que conllevó el cambio a otro operador, Vodafone, y, posteriormente, un primer Nokia que escogí porque a mi hijo le hacía gracia el anuncio en el que lo promocionaban, y que suponía un nuevo retorno a Movistar. Desde entonces, he sido nokiadicto, salvo por mis dos escarceos con HTC, con dos PDA's cuya dramática historia ya he narrado alguna vez en esta página. Sólo diré que, cuando salió el primer iPhone, yo acababa de hacerme con la HTC Kaiser que tuve más tiempo rota que entre mis dedos, pero, desde que lo ví en una tienda de Alhama, he querido conseguir el famosísimo terminal de Apple… sin éxito.



Ya el año pasado intenté canjear todos mis puntos por el iPhone 3G, pero o no me llegaban o no quedaban unidades en la tienda o ya entonces las condiciones impuestas por Telefónica eran leoninas, así que me conformé con un Nokia N86 que tenía (tiene) de táctil lo que yo de rico. Cuando, mediante una campaña publicitaria sin precedentes, salió a la venta el iPhone 4, nuevamente volví a enamorarme del aparatito con una manzana dibujada en el dorso. El otro día, mi amigo Monty no dejó de exhibirlo ante mis ojos, y cuando me planteé qué regalo podía hacerme a mí mismo para estas Navidades, no tuve ninguna duda.



Claro que conseguir un iPhone no es tan fácil como pudiera parecer... Las operadoras que los controlan son perfectamente conocedoras de su inmenso potencial, y o te lo compras a precio de oro, o sólo te lo dan a cambio de contratar una línea nueva o de realizar una portabilidad (un traslado de una línea de otra compañía). Descartada la primera opción (no está uno para gastarse casi setecientos euros en un capricho), sólo tenía dos posibilidades, y ambas implicaban un cambio de número. Es decir, tanto si hacía una portabilidad (la opción más económica) como si inauguraba una nueva línea, mi iPhone no iba a mantener mi viejo número de teléfono, ése que todo el mundo conoce...



Pero "¿Qué diablos?", pensé, "¡renovarse o morir!", "¡quien algo quiere, algo le cuesta!", y recordé que por algún sitio tenía mi prehistórico GX15 de Vodafone en cuyo interior se albergaba una tarjeta de prepago que compré hace como tres años, cuando unas averías de Movistar me dejaron incomunicado durante días. Conociendo mi suerte, no era de extrañar que, dado el tiempo que no había utilizado esa línea, se hubiese quedado más desfasada que los christmas navideños, así que me ví obligado a entrar a una tienda de Vodafone y comprar una nueva tarjeta (por cierto, por fin se cumplió uno de mis viejos sueños y/o temores: mi nuevo número comenzará por "666").



Ya parecía que todo estaba atado y bien atado, cuando me surgió un nuevo problema: disponer de una nueva línea y un nuevo número no me excluía de continuar pagando el mínimo mensual por la vieja línea y el viejo número, ya que, aunque no lo recordaba, tenía comprometida una permanencia por un año más, hasta enero de 2012.



O séase: mi atracción fatal hacia la criatura de Steve Jobs me iba a obligar a pagar no una sino ¡dos! líneas de teléfono. Puede que cualquier otro hubiese desistido ante tantos impedimentos, pero el hijo de María Fernández, no. Averigüé que la permanencia obligada en una línea de Movistar podía anularse a cambio de la "módica" cantidad de 108 euros más IVA, así que hice cuentas (108 + el coste de la portabilidad sumaban menos que la mitad del iPhone comprado "libre"), y, sintiéndome incluso ahorrador, procedí gustoso a la compra de mi libertad... sólo para comprometerme, en la nueva línea a punto de ser "portabilizada", a una nueva permanencia aún más duradera y, por supuesto, imposible de anular.



En fin, si todo sale según los plazos marcados (la portabilidad no será efectiva hasta dentro de una semana), muy posiblemente ya podré enviar los tradicionales mensajes SMS felicitando el Año Nuevo desde un número también nuevo y, lo que es más importante, desde el aparatito más famoso en el mundo mundial y que se había convertido en otro sueño que, hasta hoy, no me había sido posible cumplir.

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