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martes, 20 de marzo de 2007

Microcosmos

Es curioso cómo las desgracias, más aún que las alegrías, unen a las personas. El dolor, más que la felicidad, hermana a los seres humanos, acerca sus lejanías, minimiza sus diferencias.

El domingo por la noche, mi novia se encontró mal. Una vez cumplido el requisito número uno al que la lógica obliga (buscarse bien), le pregunté cuáles eran los síntomas que padecía, y me resultaron algo inquietantes: un dolor en el centro del pecho y una sensación de ahogo; por lo menos, no tenía náuseas, vómitos, mareos, dolor de barriga ni había sufrido la pérdida de la regla, pero el hecho de que pudiese tratarse de un trastorno remotamente relacionado con el corazón (en el sentido físico de la palabra) me llevó a proponerle que fuéramos de inmediato al hospital. En principio se opuso, y durante un rato pareció que las molestias cesaban… hasta que, minutos después, regresaron, junto con mi inquietud. Procedía, pues, ignorar sus reparos originados por la galenofobia (ignoro si existe esta palabra, que significaría “miedo o aversión hacia los médicos o galenos”; si no existe, quiero que, si la utilizáis de ahora en adelante, abonéis en mi cuenta corriente los correspondientes royalties o derechos sobre mi autoría intelectual), y llevarla al hospital más próximo… aunque tuviera que ser a rastras, que en un caso como éste, peor trato es la dejación que la imposición.

Eran poco más de las nueve de la noche cuando llegamos al pabellón de Urgencias del Hospital Rafael Méndez de Lorca. Para empezar, el aparcamiento reservado a los vehículos que transportaban pacientes que precisaban atención médica urgente estaba lleno a reventar. Cuando finalmente pude aparcar el coche, mi pareja ya había dado sus datos a un administrativo taciturno que la invitó a aguardar turno en una sala de espera que era, en sí misma, un auténtico microcosmos.

En principio, ni siquiera tuvimos la opción de sentarnos, porque todos y cada uno de los asientos existentes en la sala estaban ocupados. Paradójicamente, a pesar de que se trataba de la sala de Urgencias, ninguno de los allí presentes presentaba síntomas aparentes de necesitar vehementemente la atención de un médico. De hecho, la primera impresión era que los supuestos enfermos se habían llevado a un mínimo de tres acompañantes cada uno, con los cuales departían animada y distendidamente. Allí había de todo. Como estamos en España, había muchos españoles, pero, al igual que sucede en nuestra sociedad, el número de inmigrantes ecuatorianos que esperaban ser examinados era altísimo, tanto que, en según qué momentos, podría parecer que estábamos en Quito, Guayaquil o Machala y no en Lorca, Murcia, Spain. Pero no estábamos solos aquéllos que hablábamos español. También podía reconocerse a algunos ciudadanos de allende el estrecho, concretamente de la zona del Magreb (o sea, moros, dicho con cortesía y respeto), alguno de los cuales se había abandonado en brazos de la deidad árabe equivalente al pagano Morfeo.

A lo que íbamos: mi novia tuvo que esperar media hora hasta que la llamaron para ser reconocida, y éso a pesar de que sus síntomas podían interpretarse como próximos a una posible cardiopatía. El médico de guardia (también latinoamericano) la despachó con cuatro preguntas y le comunicó que dentro de unos minutos la llamarían para hacerse un electrocardiograma. Los minutos se convirtieron en MUCHOS minutos, y, media hora después, vocearon de nuevo su nombre, citándola en uno de los boxes, en el que ya aguardaba un joven ATS, lleno de ilusión y de ganas de ayudar al prójimo, sobre todo si el prójimo era mujer y accedía a desnudarse completamente de cintura para arriba, a pesar de que, cuando su petición no fue atendida en su totalidad, bastó con colocar los electrodos en los amplios territorios de piel femenina que no cubría un sujetador que no era necesario que dejara de sujetar lo que estaba sujetando hasta ese momento.

Una vez finalizado el electrocardiograma (“electro” para entendidos y para rácanos fonéticos), regresamos al ya conocido microcosmos al que antes me refería, donde, esta vez sí, pudimos sentarnos para esperar de forma más llevadera a que se nos llamara para darnos los resultados de la prueba. A medida que la noche avanzaba, se advertían pequeños claros en cuanto a la afluencia de pacientes cuya paciencia iba a ser sometida a prueba (bueno, por eso se llaman “pacientes”, ¿no?), pero los que llegaban no llegaban solos. Ya lo dije hace unos párrafos: los enfermos debían llevar su enfermedad muy en secreto y con mucho estoicismo (los únicos que aparentaban necesitar atención urgente eran un muchacho y una anciana, y si lo aparentaban era tan sólo porque estaban sentados en sendas sillas de ruedas), y mitigaban su ansiedad charlando con una cohorte de acompañantes que les acompañaban solícitos para que no se sintieran solitos.

Eran más de las doce cuando se produjo el milagro. No el milagro de que nos llamasen para revelarnos el dibujo eléctrico del electrocardiograma, sino otro mucho más pedestre, mucho más humano, mucho más ilusionante. “Mira, ya no me duele el pecho y hasta respiro perfectamente”, dijo mi acompañada. “Por favor, vámonos de aquí, antes de que me ponga mala de verdad”. Era la quinta o sexta vez que me lo decía en el transcurso de las tres horas que llevábamos esperando a que alguien se molestara en informarle de si su corazón estaba sano o no, y en aquel instante se me acabaron los argumentos para tratar de convencerla de que nos quedásemos un ratito más. Ciento ochenta minutos después de haber entrado en Urgencias, abandonamos por fin las dependencias hospitalarias, con lo cual dos incómodos asientos quedaron libres en el seno de aquel pequeño universo demográfico atestado de españoles, sudamericanos y marroquíes, todos ellos hermanados por la enfermedad, o por la sospecha de la existencia de una posible enfermedad, o por la certeza de que a ciertas horas de la noche el cuerpo y el alma prefieren la compañía a la soledad. Nunca sabremos si mi compañera esperaba un “electro” o una “electra”, pero, si nos descuidamos, un poco más y se nos pasan nueve meses mientras lo averiguábamos.

2 comentarios :

Marisa dijo...

JAJAJAJAJAJAJAJAJA........

AMIGO PRIMERO, QUE SE MEJORE TU NOVIA Y SEGUNDO ESPERO QUE NO TENGAS QUE VOLVER POR ESOS LARES...

ME VAS A PERDONAR, QUE NO HAGA MUCHO CASO DE LO QUE EXPLICAS, AUNQUE POR SUPUESTO ES LAMENTABLE QUE SE JUEGUE ASI CON LAS PERSONAS, Y MAS NUESTRA SEGURIDAD SOCIAL, QUE NO NOS SALE NADA BARATITA.

PERO ESQUE EL ARTICULO ES UNA PASADA... ME GUSTA COMO LO HAS ESCRITO, CON ESE ESTILO, CON TU PLUMA, CON EL SENTIDO DEL HUMOR PUESTO AL SERVICIO DE LA IRONIA, Y NO POR NADA, SINO POR NO LLORAR ¿VERDAD?.

ME HA GUSTADO MUCHO TU EXPOSICIÓN NOCTAMBULA HOSPITALARIA ( Y DE ESO SE YO UN RATO)...AUNQUE NO ME HA HECHO GRACIA EN SÍ, LO QUE OS OCURRIA.

ESPERO QUE TU CHICA ESTÉ YA BIEN, Y COMO SIEMPRE TE DIGO, QUE ALGUIEN PUEDE LEER ESTE ARTICULO Y LE LLEGUE A AQUELLOS A LOS QUE CORRESPONDA, PARA ASI PONER POR LO MENOS REMEDIO, EN LO POSIBLE A TANTO DESAGUISADO.

PERO EL ARTICULO ES UNA PASADA...¡GRACIAS POR ESCRIBIRLO!

BESITOS.

MARISA

Luis Campoy dijo...

Ya sabes, hay que sacar algo positivo incluso de las circunstancias más dolorosas. Y no hay que perder nunca el sentido del humor. Un besazo.