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miércoles, 2 de marzo de 2011

2 de Marzo, 1963

Al principio, somos nada, pensamos nada, sentimos nada. Tan sólo existe la negrura, el vacío. Nada es real, nada es mentira, nada tiene vida propia y todo es la muerte de la inexistencia.



Luego, un día, te sacan del limbo y te lanzan al mundo, te obligan a nacer, te exigen que respires y que llores y que albergues sentimientos que unas veces te harán sonreir y otras veces te causarán dolor.



Pero no hay forma de resistirse, eres una pluma viajera en el viento de la vida inevitable, una ola en el océano del existir...



Tal y como se estilaba en aquellos primeros años sesenta de la España franquista, los niños venían nueve meses después de la boda, y no siempre con el pan debajo del brazo. Mi padre tenía sus buenos 37 años cuando yo nací, y mi madre le andaba cerca, por los 31. Antes de mí no hubo otros churumbeles alegrando la casa, ni, desgraciadamente, los habría con posterioridad. El día que nací era sábado, un sábado 2 de Marzo alrededor de la 1 y cuarto de la tarde. Lamentablemente, hubo algún problema con las líneas telefónicas y mi madre no pudo comunicarle a mi padre que el feliz momento se iba a anticipar un poquitín, así que la pobre tuvo que parirme sola. Estaba ingresada en el Hospital Provincial de Alicante, más conocido entonces como "La Residencia", y su única compañía fue la de una comadrona algo tosca y una enfermera joven y tímida. La matrona no cesaba de repetir que tenía prisa por irse a ver a su novio, de modo que a aquella mamá primeriza no dejó de atosigarla y provocarla para que me expulsara cuanto antes.



Pesé al nacer 4 kilos y medio, y mi padre casi lloró de alegría cuando por fin llegó al hospital y me vio al lado de mi madre, un bebé sonrosado, bastante rubio y algo bizco, que constituiría toda su descendencia.



Mi madre me tomó en sus brazos y bajaba las escaleras del hospital con mi padre al lado, ambos locos de alegría, y deseosos de llegar a casa para enseñarme a la familia y los vecinos. Vivíamos en una especie de suburbio de Alicante, San Gabriel, en medio de una primitiva urbanización con el piso sin asfaltar, pero en la que conocimos la auténtica felicidad. Mi padre trabajaba como delineante en una fábrica de manufacturas metálicas, y a mi madre la había conocido allí mismo, pues era una de las secretarias. Cuando se casaron siguieron escrupulosamente la tradición imperante, de modo que la esposa dejó el trabajo para cuidar de su marido y su venidera familia. Con todo, mi abuela Dolores permaneció unos días junto a los padres primerizos, haciendo aún más dichosos aquellos instantes en los que las enfermedades y las penas eran como enemigos derrotados de antemano, como sombras todavía no proyectadas sobre una vida bañada por la luz.


1 comentario :

Anónimo dijo...

Es una bonita historia...
pues la mía por ejemplo, ahora que está tan de moda, el tema de los niños robados, "de moda" es por decir algo....comienza en Santa Cristina de o'donnell, concretamente en Madrid.

Eran las 11 aproximadamente de la noche, ahora entiendo porque me gusta tanto ser noctámbula, cuando mi madre, sintió que llegaba la hora, y así fue.
Pero no fue un nacimiento cualquiera. A mi también me pasó algo en Santa Cristina.
Parece ser que una monja me cambio por otra niña y a mi madre no le dieron a su hija, o sea yo.

Diras como se descubrió el pastel, pues fue de la siguiente manera:

Mi madre lloraba y lloraba, y mi padre le preguntó que porque lloraba, si es que era porque nació una niña, a lo que mi madre presurosa contestó: -no. Es que la niña que nos han dado, no es la misma que yo he visto cuando me la han puesto encima de mi, al parir.
Mi padre, creyó que estaba alucinando mi mama.
No obstante, esa tarde me visitaron mis padrinos, y fué en la noche-madrugada cuando mi padre se acercó a la casa de mis padrinos, y al abrir mi tía Amparo, le dijo a mi papa, -Pepe, ya se a lo que vienes, mi padre se quedó estupefacto, pero le contestó, si lo sabes, vamos al hospital ahora mismo.

LLegaron mis dos tios y mi padre a Santa Cristina y preguntaron por una monja, que salió al oir el jaleo que estaba montando mi papa.

Mi padre siempre ha sido una persona dialogante, cordial, o sea estupendo, pero con esta no lo fué, la agarró del pescuezo, y la empujó hacia una ventana, para que si no aparecía su hija, en ese mismo instante, le juró que la tiraría por la ventana.

Alli se armó la marimorena, creo que apareció hasta el director del hospital...

Esta historia siempre me la han contado mis padres y mis padrinos, asi como toda mi familia, de lo que pasó cuando nací yo.

De lo que sigue a continuación, no se muchos detalles, pero sí que aparecí yo como arte de birle y birlo-que, y cuando me trajeron a la habitación con mi madre, cuantan que mi padre le dió un beso a la niña que no era de él y que se llevaban, diciendo, Toma hija, un beso, que tu has sido hija mia unas horas, y no tienes culpa de nada.

¡Que historia verdad!..
pues yo tuve suerte, porque mi padre fué un javato junto con mis padrinos, pero cuantas historias, habrán pasado en aquel hospital y en otro que también nombran mucho como San Rafael, que son historias irrecuperables, porque a otras personas no les dió tiempo a reaccionar o tampoco supieron lo que en aquellos lúgubres centros estaba pasando, con la monja aquella que casi mi padre tira por la venta.

UN BESO AMIGO DEL ALMA
MARISA