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lunes, 31 de enero de 2011

Hércules contra un titán

Cuando mi amigo Eugenio me dijo que teníamos unas entradas en la segunda fila para el Hércules-Barça, me alegré muchísimo. No sabía que la barrera de protección nos iba a impedir ver las líneas del campo, ni mucho menos que durante el partido íbamos a tener plantado delante nuestro a un guardia de seguridad, por cierto bastante cachondo...



El día había empezado ante una tostada y el diario "Sport", la biblia del buen culé. A continuación, un tren me llevó hasta Alicante, mi adorada ciudad natal, a la que no acudía en calidad de hijo pródigo vuelto del exilio, sino como hincha del mejor equipo del mundo, el Fútbol Club Barcelona. En otras palabras, por mucho que un servidor hubiera nacido en Alacant, ni intentándolo hubiera podido desear que el Hércules derrotase al Barça.



Nada más llegar a Alicante, me dirigí a la calle Mayor, donde, con fachada principal que da a la calle Altamira, se halla el Hotel Amérigo, al que recién acababan de llegar los futbolistas catalanes. Mucha gente portando camisetas y bufandas blaugranas, pero nula presencia de los cracks de Guardiola en las ventanas y balcones de sus habitaciones. La policía había acordonado la calle, y dentro del cordón había quedado el autobús de la expedición, ante al cual, cómo no, me hice varias fotos para el recuerdo.



Dando por hecho que permanecer como un pasmarote ante el hotel no me garantizaba nada, opté por irme a comer y, muy poquito después, iniciar el ascenso a pie hacia el estadio José Rico Pérez, al que hacía como veinticinco años que no acudía. También allí había un sinfín de seguidores del Barça, no sé si venidos de la lejana Cataluña o de cualquier territorio más cercano, enarbolando sus banderas sin miedo a ser linchados por la hinchada anfitriona herculana. Como dije al principio, nuestro sitio parecía en teoría una bendición de los dioses, por la cercanía que tendríamos con respecto a los jugadores, pero la realidad fue que la proximidad al nivel del campo nos iba a restar perspectiva, y éso sin mencionar la aparición del cariacontecido guardia de seguridad de marras, que se nos plantó delante cual árbol inamovible y nos dividió irreparablemente el campo de visión en dos campitos menores, uno a la izquierda y el otro a la derecha.



A éso de las siete y cinco se escuchó una ovación estruendosa, señal inequívoca de que el autobús barcelonista había arribado al estadio. Pocos minutos después, unos ateridos Xavi, Milito, Mascherano, Pedro y Busquets se asomaron al campo, y las palmas de unos se solaparon con los (mayoritarios) pitidos de otros. Al rato, la práctica totalidad de la plantilla ganadora de tanto título y tanta copa comenzó a hacer sus habituales ejercicios de calentamiento. Messi, Iniesta, Xavi y Villa son tan pequeños como talentosos, y viéndolos al natural parecían lo que en realidad son: muchachos que se divierten practicando un juego en el que son maestros. Pinto, el portero suplente, vino a recoger un balón justo debajo de nosotros, y el francés Abidal se dio un par de carreras luciendo sus piernas de ébano.



Dio comienzo el partido y enseguida comprobamos que los cien euros que nos costó cada entrada no proporcionan una visualización tan clara de la jugada como la que te dan las retransmisiones televisivas. Naturalmente que el ambiente es incomparable y que tener ante tí a esos astros no tiene precio, pero las jugadas que se desarrollaban en las proximidades de las dos porterías prácticamente no se apreciaban. Maxwell, Iniesta y Villa en la primera parte, y Alves, Xavi y Pedro en la segunda pasaron mil veces por mi lado, y a veces se detenían, aunque jamás giraron la cabeza hacia las gradas cuando unos aficionados les llamaban y otros les insultaban, señal de su máxima concentración. Una cosa que me llamó mucho la atención fue la (no digo que ilógica) subjetividad y parcialidad del público anfitrión que, no lo olvidemos, tiene al Hércules como equipo titular. Para ellos parecía que se jugaba un partido diametralmente opuesto al que yo estaba contemplando. Para ellos, los jugadores del Barça eran unos sinvergüenzas y unos hijos de puta, y los herculanos una especie de Hermanitas de la Caridad. Si un azulgrana derribaba a un blanquiazul, aquél era un vándalo sin escrúpulos, pero, si sucedía al revés, la culpa era de los catalanes, que "eran de mantequilla" y "no se les podía ni rozar". Si el árbitro pitaba una falta a favor del equipo local, la gente le vitoreaba, pero, si se la pitaba a los azulgranas, "estaba favoreciendo al poderoso en detrimento del pobre recién ascendido" (ésto era más o menos lo que murmuraban un par de herculanos que se sentaban detrás mío, en un virulento valenciano). Dani Alves, como sucede siempre, fue el foco prioritario de los odios del ¿respetable?, sobre todo desde que un jugador herculano le zurró a conciencia y Alves se retorció por los suelos durante unos minutos... sólo para levantarse como una rosa una vez el colegiado señaló la oportuna falta.


Los minutos pasaban y el Hércules parecía dispuesto a repetir la hazaña del Camp Nou (fue el único equipo que venció al Barça en un partido de Liga). Tote, Valdez, Trezeguet y compañía incomodaban bastante a los pupilos de Pep, que apenas podían desarrollar su tikitaka habitual. El propio Trezeguet estuvo a punto de lograr un gol que hubiera sido fundamental, pero erró, cosa que Pedro, en las postrimerías del primer tiempo, no hizo. Con el 0-1 en el marcador dio comienzo la segunda parte, y poco a poco pudimos disfrutar de ese fútbol primoroso que sólo el Barcelona sabe practicar. El Hércules hizo sus cambios, pero de poco sirvió. Guardiola, por su parte, dio salida a Keita, a Nolito y al recién llegado Afellay, en detrimento de Xavi, Pedro e Iniesta (que fue aplaudido por casi todo el mundo). Cuando faltaban diez minutos para el final, el veterano Farinós, recién salido de una larga lesión, fue expulsado por doble amonestación, y los hombres de Pep vieron más claro el modo de llegar hasta los dominios de Calatayud. Messi lo logró con su agilidad y velocidad habituales, y, al cabo de pocos minutos, el argentino también anotó el 0-3 que sería definitivo. Es curioso lo de Leo. Durante toda la primera parte se limitó a pasearse, caminando, por entre una nube de contrarios que de seguro le temían, pero en el momento decisivo se dio un par de carrerones y decidió el partido él solito. Supongo que éso es lo que le convierte en el mejor del mundo.



Con una versión instrumental del viejo himno del Hércules que tantos recuerdos me traía, terminó el espectáculo futbolístico y el Barcelona, ignorante de que su máximo rival iba a pinchar al día siguiente ante el modesto Osasuna de Camacho, se regresó a la Ciudad Condal para dormir en un colchón de siete puntos. Anoche, una vez conocido el traspiés de los de Mourinho, mi amiga Marta me envió un SMS que decía: "¿Conoces el cuento de Barçanieves y los Siete Puntitos?". Así, entre cuentos y humor, concluyó el fin de semana en que, más de medio año después, volví a mi Alicante, del cual regresé con el corazón henchido de gozo tras volver a ver a mi mejor amigo, y, éso sí, un poquitín triste porque la victoria del Barcelona conllevaba la consiguiente derrota del equipo de mi tierra. Con todo, hay derrotas que lo son menos porque se ha luchado y caído con honor, y no hay que olvidar que el Hércules tuvo enfrente a un auténtico Titán.

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