He perdido totalmente la cuenta de las veces que he hablado de "Casablanca", pero estamos en plena semana de San Valentín y, si hay que hablar de películas románticas, ésta es la primera que me viene a la cabeza...
“Casablanca” no es sólo una de mis películas favoritas, sino que
estoy convencido de que se trata de una de las mejores que nos ha legado el
Séptimo Arte… por no decir La Mejor. Se
estrenó en 1942, lo cual significa que se rodó durante la Segunda Guerra
Mundial. La trama tiene que ver
directamente con esa contienda, ya que el protagonista, Rick Blaine, es un estadounidense
un tanto reservado y misterioso, un hombre “con pasado” que regenta un café-bar
llamado Rick’s Café Américain en cuyo
interior se esconde también un casino de juego en la ciudad de Casablanca,
situada al oeste de Marruecos. Durante
la Gran Guerra, Casablanca pertenecía a la Francia colaboracionista dirigida
por el Mariscal Pétain pero tenía la suerte de contar con un aeropuerto desde
el que se podía volar hacia Lisboa, la capital de Portugal, y desde allí hacia
los Estados Unidos, que se nos vendía por aquel entonces como una metáfora de
la Libertad. Pero claro, para realizar
tan arduo viaje había que estar en posesión de un salvoconducto que te
permitiera escapar de las garras de los nazis que oprimían a casi toda
Europa. En el Café de Rick se bebe, se
juega, se compran y se venden salvoconductos y, sobre todo, se trapichea con
las vidas y las ilusiones de los seres humanos que anhelan huir de la locura de
la guerra. Todo el mundo va al Café de
Rick, incluyendo a Victor Laszlo, el líder de la Resistencia checoslovaca, que
viaja en compañía de su mujer Ilsa Lund.
Años atrás, Rick e Ilsa se habían conocido y enamorado en París, pero
ahora las circunstancias son muy diferentes.
A la pobre Ilsa se le plantea un terrible dilema: ¿al lado de quién debe
estar? ¿Al de Rick, el hombre al que una
vez amó apasionadamente? ¿O al de Víctor,
su marido, un hombre que es un poco más que un hombre, ya que representa el
sueño de los millones de personas que se enfrentan a la tiranía del III Reich…?.
La historia así contada tal vez no os
diga mucho, pero lo que sí tuvo mucho que decir fue la dirección de Michael Curtiz y, sobre todo, la
interpretación de los protagonistas: Humphrey
Bogart como Rick, Ingrid Bergman
como Ilsa y Paul Henreid como
Laszlo. Además les acompañaba un
maravilloso elenco de secundarios como Claude
Rains, Conrad Veidt, Sidney Greenstreet o Peter Lorre. La gestación de la película fue muy complicada
porque el origen era una obra de teatro que no había llegado a estrenarse
llamada “Everybody Comes to Rick's”
(es decir, “Todo el mundo va al café de
Rick”) y, durante el rodaje de la película, el guión no estaba nunca
completado, se hacían cambios sobre la marcha y nadie imaginaba que aquella
película que parecía fruto de la improvisación pudiera alcanzar las cotas a las
que finalmente accedió. Fue sin duda un impensable
cúmulo de casualidades lo que permitió que “Casablanca”
llegara a ser la maravilla que se la considera hoy en día. El trasfondo histórico de la guerra, el
nazismo y la lucha por la Libertad fueron el marco para una de las historias de
amor más inolvidables que ha dado el Cine, un romance en el que el Amor con
mayúsculas debe hincarse de rodillas ante conceptos más trascendentales como la
Libertad, la generosidad, el altruismo y los ideales que hacen noble al ser
humano. Otros puntos fuertes son la
fotografía, los decorados, las columnas del humo de los cigarrillos que
enrarecen y embellecen la atmósfera del café, y, claro está, la música. La partitura la compuso el maestro Max Steiner, pero lo que convirtió en
mito a la película fue la canción “As
Time Goes By”, escrita por Herman
Hupfeld y conocida en España como “El
tiempo pasará”, que entona el pianista Sam (Dooley Wilson) mientras un inolvidable Humphrey Bogart llora al
rememorar un amor que consideraba perdido. “Casablanca”
es un drama romántico, sí, pero también es un alegato antibelicista y una oda a
la Libertad. Está llena de secuencias
míticas, como cuando Ilsa le pide a Sam que toque la citada “El tiempo pasará”, que era la canción
que sonaba durante su romance parisino, o cuando Victor Laszlo ordena a los
músicos del Café que interpreten “La
Marsellesa” para acallar los cánticos nazis de los oficiales de
Strasser. ¿Y qué decir de sus
inolvidables diálogos, que, para mí, son probablemente los mejores y más
ingeniosos de todos los tiempos? “¿Qué hiciste anoche?”, le pregunta la
bella parroquiana Yvonne a Rick. “Hace tanto tiempo que no me acuerdo”,
contesta el americano. “¿Y qué harás esta noche” “Nunca
hago planes con tanta antelación”, es la réplica de Bogart. “¿De
qué nacionalidad es usted?”, interroga el Mayor Strasser. “Soy…
borracho”, clarifica Blaine. “¿Son cañonazos o latidos de mi corazón?”,
es la duda que manifiesta una enamoradísima Ilsa. “Los
nazis iban de gris, y tú de azul”, recuerda Rick a su amada. “Busquen
a los sospechosos habituales” manda el Capitán Renault a sus oficiales, a
sabiendas de que no hay nadie a quien encontrar. “Este
es el principio de una hermosa amistad”, le dice Rick a Renault en la
secuencia final, en la que ambos parecen disolverse en la niebla. Y esa oda a la memoria y al conformismo que
es la icónica “Siempre nos quedará París”. Ay… Como
rezaba la publicidad de una reposición setentera del film: «El tiempo pasará… pero nunca pasará para una
obra maestra como “Casablanca”».

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