Por pelotas (de ping pong)
Nada más ver el
poster promocional de “Marty Supreme”,
pensé automáticamente en Martin Scorsese.
Tal vez porque al venerable realizador de “Taxi Driver” se le conoce coloquialmente como “Marty”, o porque las
iniciales de ambos son una M y una S,
pero yo instintivamente, tenía en mente a Scorsese….
“Marty Supreme” se inspira vagamente en
la figura de Marty Reisman, un
jugador de tenis de mesa (vamos, de ping
pong) que conquistó el campeonato de Estados Unidos en dos ocasiones, en
1958 y en 1960. En la película que nos
ocupa, el protagonista no se apellida Reisman sino Mauser, pero comparte con el
original el amor (u obsesión) por el deporte de la pelotita y las palas de
madera, y, al igual que aquél, desarrolla lo mejor de su vida y su carrera
durante los trepidantes años cincuenta.
Marty Mauser es un
dependiente de una zapatería de Nueva York al que le encanta jugar al ping pong, habiendo llegado a
desarrollar un estilo propio, preciso e incisivo, que le ha valido el apodo de
“La Aguja”. Marty rechaza un ascenso en
la zapatería porque pretende embarcarse en una expedición que viaja a
Inglaterra para disputar el Campeonato del Mundo de tenis de mesa, y el no
ganarlo únicamente le sirve de acicate para tratar de tomarse la revancha en la
próxima competición, que tendrá lugar en Japón.
Con ese objetivo en mente, Marty hará todo lo que sea necesario para
conseguirlo, degradándose hasta donde haga falta y pasando por encima de quien
sea…
Como he dicho al
principio, “Marty Supreme” toma como
punto de partida la odisea tenística (o pingponguística)
de Marty Reisman, pero a ese esqueleto se le van sumando capas y capas
argumentales que se deben a la inventiva de su co-guionista y director, Josh Safdie. Tal como dijimos hace unos meses cuando
comentamos “The Smashing Machine”,
Josh Safdie fue la mitad del dúo creativo detrás de las celebradas “Good Time” y “Diamantes en bruto”, que realizó conjuntamente con su hermano
Benny, del que se distanció en 2023. De
los motivos de aquella separación hablaremos dentro de un rato, pero lo que
ahora quiero comentar es el pedazo de guión que se ha marcado Josh en compañía
de su colaborador Ronald Bronstein. La historia de “Marty Supreme” vendría ser la enésima versión del llamado “sueño
americano”, sólo que en esta ocasión el sueño no es tampoco nada del otro mundo
(o sea, puestos a conseguir algo, ¿por qué no hacerse millonario, ser
Presidente de los Estados Unidos o, ya puestos, campeón de un deporte realmente
multitudinario cómo el fútbol, el basket
o el tenis de pista? Quiero decir que lo
que la película viene a retratar no es tanto la historia de la consecución (o
no) de un propósito, sino de todo lo que estamos dispuestos a hacer para
lograrlo, y de hasta qué punto seremos capaces de “vampirizar”, de fastidiar a
otras personas, pocas o muchas, conocidas o no, para llegar hasta la meta. Como suele decirse, lo que importa no es el
destino, sino el viaje.
Con una inteligencia
y una maestría… supremas, “Marty Supreme”
te deja con la boca abierta desde el mismo inicio, y su capacidad para sorprenderte,
para asombrarte, para alucinarte, para jugar contigo no decae en ninguno de sus
brevísimos ciento cincuenta
minutos. Dos horas y media de cine
prodigioso en las que el protagonista (maravilloso, sensacional Timothee Chalamet), inasequible al
desaliento, jamás decae en la lucha por hacer realidad su anhelo. Desde la secuencia de apertura, Marty se
muestra un consumado experto en meterse en líos, pasando de uno a otro sin
resolver ninguno. Cada desaguisado que
provoca es peor que el anterior, pero su fuerza de voluntad no se debilita,
como tampoco se resiente su carencia de amor propio, su curiosa (in)dignidad
hacia sí mismo y su habilidad casi milagrosa para aprovecharse de sus
semejantes, no por auténtica maldad sino simplemente porque le resulta fácil
hacerlo.
La realización de la
película me pareció modélica, la fotografía del veteranísimo Darius Khondji es sobresaliente (las
partidas de ping pong están filmadas
como si fuesen partidazos de tenis) y el montaje debería llevarse (también) el
Oscar. Y luego está la música... No sólo la partitura compuesta por Daniel Lopatin es adecuadísima, sino
que esa genialidad de incluir canciones totalmente anacrónicas (aunque la
acción transcurre en la década de 1950, los hits musicales son de los ochenta)
como “Forever Young” de Alphaville o
“Everybody Wants To Rule The World”
de Tears For Fears resulta todo un acierto a nivel sensorial.
Hacía tiempo que una
película no me parecía tan buena y, sobre todo, no me gustaba tanto como “Marty Supreme”. Para mi, en la carrera hacia los Oscar, está
en muchos aspectos por encima de “Los
pecadores” e incluso “Hamnet” y
sólo la pongo al nivel de “Una batalla
tras otra”. Cualquiera de ellas
resultaría, desde mi punto de vista, una justísima vencedora. Pero, como adelanté hace un momento, ya se
extiende sobre “Marty Supreme” la
sombra de la sospecha, la sospecha de que un oscuro secreto del pasado pueda
arruinar su candidatura, como ya pasó el año pasado con “Emilia Pérez”. Al parecer,
durante el rodaje de la citada “Good Time”
en 2016 se produjo un caso de acoso sexual por parte de un actor del film hacia
una compañera de reparto de tan sólo diecisiete años, y Josh Safdie, que era el
director, se limitó a cortar la escena en cuestión sin denunciar el hecho,
alegando que desconocía la minoría de edad de la muchacha. Me temo que un incidente así, que tiempo
después fue lo que provocó que los dos hermanos tomasen caminos separados,
puede empañar un poco las aspiraciones de “Marty
Supreme”, y lo que deseo fervientemente es que todo se aclare de la mejor
manera posible y el Cine salga ganando, una vez depuradas las responsabilidades
legales que procedan.
Decía al principio
que antes de ver “Marty Supreme” no
podía evitar pensar en Martin Scorsese, y resultó que, mientras disfrutaba esta
cinta extraordinaria en la que al protagonista le pasan todo tipo de cosas a
cada cual más surrealista, no pude parar de recordar la divertidísima “Jo, qué noche”, una de las obras tal vez
menos reconocidas pero nada desdeñables del maestro Scorsese. Al final, yo no andaba tan desencaminado…
Luis Campoy
Calificación: 9 (sobre 10)

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