Las pelis del Cine Club/ "AFTERSUN"



Como todos sabemos, el aftersun es un tipo de crema hidratante que sirve para evitar que la piel se reseque o resulte dañada tras una larga exposición al sol.  Durante unas vacaciones de verano, la pequeña Sophie, escocesa de 11 años, tiene ocasiones de sobra para disfrutar del sol del Mediterráneo, en su viaje anual junto a su padre, Callum, que en esa ocasión la lleva a la localidad turística de Ölüdeniz, en Turquía, un entorno paradisíaco que se beneficia de playas de aguas cristalinas y un balneario que hace las delicias de los turistas británicos (el Torremolinos turco, lo llaman).  Son los años 90, el mundo es aún ingenuo, las cámaras de video doméstico están en su apogeo para capturar todos los recuerdos, y Sophie está madurando rápidamente…

Cuando escribió el guion de “Aftersun”, la joven realizadora escocesa Charlotte Wells (36 años en la actualidad) apenas había rodado tres cortometrajes, pero ya bullía en su cabeza la idea de realizar un largo, inspirado en sus propios e intransferibles recuerdos de infancia.  De alguna manera, Charlotte es Sophie, aunque no al cien por cien, pero sí lo suficiente como para dotar a la historia de una sinceridad y autenticidad poco comunes.  “Aftersun” es, probablemente, la película independiente mejor valorada por la crítica en estos últimos tiempos, y su prestigio se ha ido traduciendo en numerosos premios internacionales, si bien sólo obtuvo una nominación al Oscar, en la categoría de Actor Principal para su protagonista masculino, el emergente Paul Mescal (de la futura “Gladiator 2”).
 
No hay nada como ver una película en pantalla grande y en una sala poblada por multitud de otros cinéfilos, pero, a veces, sólo a veces, esta experiencia puede resultar un poco frustrante, sobre todo cuando te toca al lado una persona que no deja de repetir que está experimentando “malas vibraciones”.  De por sí, “Aftersun” no es una película fácil, no es un producto de consumo rápido sino un manjar de digestión lenta, que requiere un concienzudo proceso de degustación.  Yo mismo no conecté con ella durante gran parte de su metraje, incapaz de captar en primera instancia el virtuosismo de su puesta en escena (se intercalan los planos “oficiales”, rodados por el director de fotografía titular, con las imágenes grabadas por la propia Sophie, llenas de espontaneidad y amateurismo) e incluso sus aparentes errores de continuidad, como una misteriosa escayola que aparece y desaparece.  Hasta que, pensando mucho en ella, me di cuenta de que la película no es lineal, de que los acontecimientos narrados no aparecen en orden cronológico, sino que se trata de una sucesión de recuerdos que fluyen caóticos de la memoria de Sophie cuando ella misma ya es madre y rememora no unas vacaciones cualesquiera, sino las que acabaron siendo las últimas en compañía de su padre, un hombre tan joven que aparentaba ser su hermano mayor, un chaval a quien la paternidad le había pillado por sorpresa y que, si bien había cometido numerosos errores y sucumbido a demasiadas tentaciones, la quiso con toda el alma y, desde su dolorosa inmadurez, trató de ponerse a su nivel con toda la fuerza inocente del amor.

Luis Campoy

Calificación: 8 (sobre 10)

Nota: Este artículo lo publiqué originalmente en la revista "La Placeta de Lorca", Edición de Diciembre de 2023



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