Estrenos cine/ “FALLEN LEAVES”

 


Hojas caídas

Ayer fui al cine (esto no es noticia), a ver una película titulada “Fallen Leaves”, ganadora del Premio Internacional del Jurado del último festival de Cannes (así como de multitud de otros galardones internacionales) y que ha dirigido el afamado realizador finlandés Aki Kaurismaki, del cual confieso que nunca jamás había visto ninguna película (esto sí es noticia, a mi entender).  Lo cierto es que, tal vez, mi desconocimiento de la filmografía de este señor, mi ignorancia con respecto a su estilo y peculiaridades, me abocó a una experiencia tan sorprendente como inesperada.

Como digo, no conocía la obra de Kaurismaki, entre cuyos títulos más renombrados se hallan “Leningrad Cowboys Go America” (1989), “La chica de la fábrica de cerillas” (1990), “Nubes pasajeras” (1996), “Un hombre sin pasado” (2002) o “El Havre” (2011), y no sé si a ésto se debió mi sorpresa cuando “Fallen Leaves” empezó a desplegarse ante mis ojos.  Porque, en ningún caso, ”Fallen Leaves” (título que podríamos traducir como “Hojas caídas”) me pareció una película “convencional”.  Me explico:  una película “convencional” pretende ser un reflejo de la realidad, la filmación de una historia en la que los actores interpretan a unos personajes que, en la ficción, se nos muestran como personas que deben parecernos reales.  Por el contrario, en “Fallen Leaves” yo no percibí “personajes”, sino ”personas” actuando.  Se ve un plano fijo de una calle y, a continuación, una persona entra en ese plano y se pone a caminar hacia la cámara.  Se ve a una persona quieta y, a continuación, esa persona empieza a moverse o a hablar.  De principio a fin pude sentir la presencia (que debería resultar invisible, insensible) del director diciéndole al actor o actriz que mirara a la derecha, que levantara el brazo o que se sentara.  Creo que nunca me había pasado algo así.  No me creí nada, absolutamente nada.  Todo me pareció falso, fingido, actuado.  Por otra parte, los actores son eminentemente estáticos, fríos (como el propio clima finlandés) y sus reacciones carecen de emotividad.  No ríen, no lloran, no les ves sufrir, sino que simplemente hacen cosas.  La protagonista, Ansa (Alma Pöysti) trabaja de reponedora en un supermercado, y el vigilante no deja de mirarla, y ésto es literal: el actor que lo interpreta mira a la cámara en planos fijos que se hacen interminables.  A Ansa la despiden por robar de la estantería productos caducados, pero ni ella ni su jefe ni el vigilante ni sus compañeras de trabajo muestran ningún atisbo de emoción: cada uno dice sus líneas de diálogo y luego se van, como si allí no hubiera pasado nada.  Luego, Ansa se coloca en un restaurante, cuyo propietario es un tipo con el pelo engominado que se ve a la legua que no va a ser de fiar (y que acabará detenido por la policía), pero lo que yo, como espectador, percibí fue que dos actores estaban interpretando una escena en la que debía existir un clima de tensión entre ellos.  Paralelamente, el protagonista masculino, Holappa (Jussi Vatanen), un obrero de la construcción alcohólico y fumador empedernido, es también despedido de su empleo y, para evadirse (es un decir), va con un amigo a un karaoke.  El karaoke es el colmo de lo antinatural:  unos figurantes puestos ahí porque sí, moviéndose porque sí, fingiendo que son personajes.  El amigo de Holappa parece que lleva una escoba metida por el culo (oye, y el propio Holappa, ahora que lo digo, también), tal es su rigidez.  Allí también están Ansa y una amiga, y en cuestión de unos pocos segundos y unas pocas palabras (las que cruzan los amigos de cada uno de ellos, no ellos entre sí), Ansa y Holappa deciden, cada uno para sus adentros, que deben seguir conociéndose, que tienen que ser pareja.  Nada tiene en común la una con el otro, salvo que son seres solitarios y tristes, pero, oye, en una ciudad tan grande como Helsinki ¡acaba de surgir el amor!.  Otro día vuelven a coincidir y van al cine juntos (no te lo pierdas, a ver una película de zombis, “Los muertos no mueren” de Jim Jarmusch), y, a la salida, ella no quiere decirle a él su nombre, pero sí le da su número de teléfono escrito en un papel, pero él pierde el papelito y pasan semanas hasta que, acudiendo por pura fe a la puerta del cine, allí vuelven a encontrarse…

Confieso que, a pesar de todo, “Fallen Leaves” me gustó, o sea, me gustó la fotografía, me gustó el color, me gustó la ambientación...  Hasta me fascinó esa extraña ambigüedad de la ubicación temporal (en todas las radios, radios viejas, como de hace cuarenta años, hablan de la actual guerra entre Rusia y Ucrania, pero, por ejemplo, no se ven televisores modernos y los teléfonos móviles que aparecen son también antiguallas de primera generación).  Eso sí, como digo, y perdonadme que me repita, no me pareció estar viendo una película, sino una película que sabes que es una película.  Perdón por no saber expresarlo mejor.

Luis Campoy

Calificación: 7 (sobre 10)

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