Cuatro inquietudes

 


Cuando tienes mucho tiempo libre, si eres un poco reflexivo, te das cuenta de cosas en las que antes no reparabas.  Por ejemplo, de que lo único que vale realmente la pena es lo sentimental, lo espiritual, lo intangible.  Los sueños, las ilusiones y, sobre todo, las personas, son lo que verdaderamente importa.  Somos seres sensibles, vivimos en un mundo interrelacionado y deberíamos llevarnos bien con quienes queremos, con quienes nos importan.  Pero no siempre es fácil, no siempre las relaciones fluyen con la facilidad o la naturalidad que nos gustaría.  Hoy quiero contar, a modo de desahogo, cuatro historias en las que soy co-protagonista y que, aunque no os lo creáis, me atormentan y me crean una ansiedad difícil de contener.  Voy a bautizar a cada uno de sus personajes con un nombre supuesto, y los voy a ordenar según la frecuencia de mi trato cotidiano con ellos.

 

Mi “Top Cuatro” particular lo encabeza, lógicamente, Fulanito.  Es una de las personas que más me importan y, a lo mejor, la que más me necesita.  O eso pienso a veces, aunque tengo que leer entre líneas.  Con él, los sentimientos se guardan en un cajón cerrado con llave del que él posée la única copia, y sólo se abre para que afloren las frustraciones que elige revelarme.  Existe una razón de peso, claro que sí, que es causal y también puede servir de coartada, pero, a mis ojos, daría lo mismo si no existiera.  Responsabilidad y cariño conforman un cocktail muy poderoso, y los desplantes y los gritos cuentan con un perdón preconcedido.  Siempre.

 

El segundo de estos compañeros de vida es Menganito.  Todo el mundo se pregunta por qué: por qué sigo, por qué estoy ahí, a pesar de todo, de todos los todos.  Una personalidad peculiar, humor a toda costa, rozando la burla, a menudo traspasándola.  Le gusta sentirse importante, ser el foco de atención.  Todos pasamos a segundo plano, como figurantes en su show particular.  Pero, ay de mi, le profeso cariño, una afección indestructible, perenne, incomprensible.  Creo que veo más allá.  Veo su necesidad de recibir afecto, de desafiar la soledad, de retener a alguien con las suficientes dosis de paciencia y comprensión.  Y a mi me ha tocado ejercer esa función, la cual asumo sin renegar de ella… más que en la primera instancia de cada enésima trifulca.

 

Perenganito podría ser el nombre del tercero en concordia.  No hace tanto tiempo, teníamos una relación modélica, de esas que te hacen sentir orgulloso de ser tan valorado e incluso admirado.  De repente, algo se torció.  Un destripe inconsciente, una réplica desmedida, yo tratando de mediar…  En mi ingenuidad, pensaba que decirle a alguien que le aprecias, que le valoras, que es importante para ti, iba a ser la cura milagrosa para todos los males, pero me equivoqué.  Simplemente nos alejamos más.  No lo pude entender, y sin entenderlo continúo.  De esa salimos tras una charla cara a cara que tampoco fue tan aclaratoria, pero diríase que el aprecio y admiración, que desde tiempos inmemoriales había creído percibir, parecieron aumentar.  Tras ese lapsus gozoso, vino otro desentendimiento, y, de nuevo, expresar con palabras mi afecto sólo hizo que la brecha se hiciese más grande.  Un mes de sufrimiento interno e intransferible, una posterior charla también poco trascendente, pero un nuevo período de sosiego que ha vuelto a resquebrajarse.  En esta última ocasión, ni siquiera tengo claros los motivos, pero he fracasado, como de costumbre, al aplicar la que parece ser la solución errónea: mostrarle a las claras mi aprecio.  Es como chocar contra un muro.  Yo digo “blanco”, y es como si él entendiera “negro”.  Me rindo… temporalmente.

 

Cierro esta confesión hablando de Zutanito.  De los cuatro, es el caso más extremo y más complicado.  Alguien que vive solo, en una especie de burbuja, como en una dimensión paralela.  Nunca sabes si está o no está, si vive o no, si se dignará a dar señales de vida.  Cada día es una incógnita.  Vivimos a una hora de camino, pero es como si habitáramos hemisferios opuestos.  Cuando yo me despierto, él aún no se ha acostado; cuando me acuesto, él se acaba de levantar.  Yo desayuno, y él está empezando a cenar.  Le llamo, y su teléfono suena hasta que salta el contestador.  Le escribo, y es como si mis mensajes le esquivaran, le resbalaran sin rozarle.  Y cuando amanece el día milagroso en el que, ¡oh, Cielos!, le apetece reaparecer en el mundo de los vivos, es sólo para informar de la emisión de algún evento televisivo o para impartir postulados ideológicos que sabe perfectamente que nos separan.  A veces me muerdo la lengua, pero otras veces le replico, y él se esconde aún más profundamente en su concha, y su siguiente reaparición se hace aún más de rogar.  Así, todo es muy difícil.  Y yo me siento culpable.  Y la culpabilidad me angustia y me asfixia y no sé cómo digerirla.  Qué mala es la ansiedad cuando quieres a alguien pero desconoces cómo encauzar ese sentimiento…

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