Cine actualidad/ "Mi soledad tiene alas"

Mario, el Quinqui



El galán español Mario Casas, acaba de presentar su primera película como realizador, “Mi soledad tiene alas”.  Tan admirado por su apostura como criticado por su nefasta dicción, Casas ha decidido cambiarse de acera momentáneamente, y en esta ocasión no se sitúa ante la cámara sino detrás de ella, concretamente en la poltrona del director.  Mi soledad tiene alas” es una regresión al llamado “cine quinqui” que tan popular se hiciera en los años setenta y ochenta del siglo pasado, y mantiene casi intactas sus claves y sus temáticas: personajes inmersos en la delincuencia juvenil, ambientes suburbiales y deprimidos, afición (y a veces adicción) por las drogas e incluso la misma inclinación por la música de raíces aflamencadas.  Estoy seguro de que hace apenas diez años, además de escribir el guión (cosa que ha hecho en colaboración con su actual pareja, la también actriz Déborah Francois, al lado de la que protagonizó “El practicante”), Casas se hubiese reservado el papel principal del graffitero Dan, pero como el tiempo no transcurre en balde, se lo ha tenido que asignar a su hermano menor Oscar Casas, que tiene veinticuatro abriles y a ratos parece un clon rejuvenecido del propio Mario.

 

Como digo, la película es quinqui a más no poder, y tanto en el citado personaje de Dan como en sus acompañantes pueden apreciarse influencias inequívocas de El Vaquilla, El Torete, El Jaro o El Pirri, si bien Mario Casas no se resigna a ser un sucedáneo de José Antonio de la Loma o Eloy de la Iglesia y lo apuesta todo al plano estético, terreno en el que muestra un indudable buen gusto, si bien a la historia le falta algo más de densidad y le sobran un montón de malas decisiones, como acaban siendo todas y cada una de las que adopta el protagonista.

 

Con su declarado empeño por hacer de su héroe (o antihéroe) un joven tan atractivo como maltratado por la vida, “Mi soledad tiene alas” incide en la misma corriente de actualidad que tiene embobada a media España, el caso de Daniel Sancho, otro chaval cuya aureola de encantador enfant terrible no debe hacernos olvidar que, en el fondo, se trata de delincuentes, violentos y peligrosos.


Calificación: 7 (sobre 10)

Luis Campoy

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