domingo, 10 de octubre de 2021

Cine actualidad/ “MADRES PARALELAS”

Maternidad y memoria

 


Madres paralelas

España, 2021

Director y Guión:  Pedro Almodóvar

Productores: Agustín Almodóvar, Esther García

Música: Alberto Iglesias

Fotografía: José Luis Alcaine

Montaje: Teresa Font

Dirección Artística: Vicent Díaz

Reparto: Penélope Cruz (Janis), Milena Smit (Ana), Israel Elejalde (Arturo), Aitana Sánchez-Gijón (Teresa), Rossy de Palma (Elena), Julieta Serrano (Brígida)

Duración: 123 min.

Productora: El Deseo, Televisión Española, Sony Pictures

 

A la hora de afrontar un acercamiento a cualquier película de Pedro Almodóvar (Ciudad Real, 1949), es necesario e imprescindible establecer una dicotomía entre lo que nos cuenta y cómo nos lo cuenta.  Sobre lo primero (el qué, el fondo de la cuestión), hay que admitir que mucha gente no acaba de comulgar con los argumentos desarrollados por el manchego y/o el tono con el que los narra, pero, en cuanto a lo segundo (el cómo, la forma), a poco que a uno le guste el Séptimo Arte, hay que rendirse a la evidencia de su exquisitez y maestría estética y visual.  Con vuestro permiso, por aquí vamos a comenzar esta humilde aproximación a su obra más reciente, “Madres paralelas” (2021).

 

Como ha venido sucediendo en todos sus trabajos de madurez, ver una película de Almodóvar es sumergirse en un mundo característico e inconfundible en el que cada elemento decorativo y de vestuario está dispuesto armoniosamente para crear belleza.  En este sentido, el trabajo de Vicent Díaz (director de arte) y Paola Torres (diseñadora de vestuario) es sin duda de diez (10), y porque ahí se acaba la escala de medición.  Luego está su fructífera colaboración con el insigne José Luis Alcaine, seguramente el mejor director de fotografía en activo, que sabe cómo iluminar como nadie las tonalidades de una paleta de color magistral y maravillosa, destacando esos rojos y verdes que, pudiendo fácilmente chirriar, resplandecen en increíble armonía.  Para rematar la función, el sonido directo es sensacional y la música de Alberto Iglesias, con reminiscencias esta vez al mítico Morricone, matiza cada escena, a veces en demasía pero siempre acertadamente.

 

En cuanto al argumento y guión, os pido permiso para hacer pequeñas o grandes revelaciones, porque, si no lo hago, no voy a quedarme totalmente a gusto, de modo que, hasta nueva orden,

ALERTA SPOILERS

Madres paralelas” cuenta la historia de Janis (qué nombre tan moderno y original, ¿verdad?; más adelante sabremos que se lo impusieron en honor, cómo no, a la cantante Janis Joplin), o sea, Penélope Cruz, fotógrafa de profesión que, en estos tiempos en que prevalece la llamada Memoria Histórica por encima de la dramática realidad presente, desea legítimamente recuperar los restos de su abuelo y otros hombres de su pueblo, sepultados de cualquier manera en una cuneta después de haber sido cobardemente fusilados por los malvados falangistas, para así poder enterrarlos con respeto y dignidad.  A tal efecto, se entrevista con Arturo (Israel Elejalde), un médico forense especialista en este tipo de exhumaciones y que, lógicamente, se acuesta con ella a pesar de estar casado, porque ya se sabe que, cuando uno está socialmente concienciado, se le perdona cualquier pequeño desliz sin importancia.  Pero ¡ay!, Janis se queda embarazada, y, cuando Arturo le sugiere que aborte para volver a intentarlo más adelante, una vez él se haya separado legalmente de su mujer, nuestra protagonista le despacha a patadas y decide tener el hijo ella sola, ya que al fin y al cabo, a ella la crió una madre soltera, como así mismo lo fue su abuela, tras perder tan vilmente a su esposo durante la contienda.  A punto de dar a luz, Janis coincide en la habitación del hospital con Ana (Milena Smit), una joven que ignora exactamente de quién se quedó embarazada, ya que a ella le gustaba un solo chico pero los amigos de éste, también malvados y abusadores, la obligaron a yacer con ellos en contra de su voluntad.  Las dos paren el mismo día y casi a la misma hora, y tienen dos preciosas niñas que deben pasar unas horas en observación, lo cual incluso al espectador más tonto le hace sospechar que se va a producir una confusión al devolver a cada una su respectivo bebé, pero ellas están tan felices que no se dan cuenta.  Debido a la insistencia de Arturo, Janis le permite que vea a su hija, pero, al verla, el muy cabrón (con perdón), dice que no la reconoce, que él no puede ser el padre de esa criatura.  Janis se enfada muchísimo pero poco a poco va sospechando que pueden haberle dado gato por liebre, de modo que se hace una prueba de maternidad y ¡efectiviewonder!, la probabilidad de que la niña no sea suya es del cien por cien.  Lo primero que piensa es en localizar a Ana para darle la noticia…  pero luego opta por cambiar de número de teléfono y quedarse con la niña aun a sabiendas de que en esa misma ciudad está su legítima madre, y su legítima hija está con ella.  Sin embargo, un día se encuentra con Ana en un bar, y, al preguntarle por su hija (es decir, por la suya), ésta le cuenta que la pequeña falleció a causa de la temible muerte súbita, lo cual hace a Janis reblandecerse y llevarse a la muchacha a vivir a su casa, para trabajar como niñera y asistenta.  Hubiera sido muy fácil que desde el principio le contase a Ana la verdad, la cual se confirma tras una nueva prueba de maternidad, a la que somete a la recién llegada a base de engaños, pero es más placentero iniciar con ella una relación lésbica (qué pérdida de tiempo sería, que una mujer supuestamente heterosexual tenga una chica en casa y no se acueste con ella).  Las cosas se complican aún más cuando Arturo reaparece y Ana se pone celosísima y posesiva, y, para limpiar su conciencia, Janis le termina confesando que su pequeña en realidad es de ella, tras lo cual la jovencísima Ana se cabrea también y se lleva de su casa a la niña, quedándose Janis muy jodida pero pudiendo consolarse con el levantamiento de la fosa de su abuelo, que aunque Rajoy y su Gobierno son un hatajo de fascistas que le han puesto toda clase de trabas administrativas, al final los buenos (los de izquierdas, claro está) siempre ganan.  Todo es tan bonito que Arturo se ha separado de su mujer, Janis (a pesar de que, no lo olvidemos, Penélope Cruz ya tiene 47 años) se ha quedado nuevamente embarazada a las primeras de cambio y, por si fuera poco, Ana la ha perdonado y ahora están a partir un piñón y ambas ejercen como madres de la niña que las unió…

FIN DEL SPOILER (bueno, más o menos)

 

Que Pedro Almodóvar es un cineasta de ideología de izquierdas es sabido por todo el mudo y me parece absolutamente respetable.  Que es homosexual (gay, como se dice ahora) es también de dominio público y es tanto o más respetable que lo anterior.  Nunca tendré nada que objetarle, ni a él ni a nadie, por una cosa o por la otra.  Lo que puede que no me acabe de convencer es el modo en que traslada su ideología y su condición sexual al argumento de “Madres paralelas”, que se supone que es una historia sobre la maternidad (biológica, impostada, real, ficticia o como sea) pero, a mi modo de ver, dedica demasiado tiempo a adoctrinar.  Para Almodóvar, como para tantas personas de su misma militancia, en nuestra horrible Guerra Civil no es que hubiera dos bandos que se enzarzaron en inacabables batallas a lo largo y ancho de toda España, sino simplemente que unos (los malos, los fascistas) agredieron a otros (los buenos, los republicanos) y cometieron un sinfín de tropelías y crueldades para con ellos y sus familias.  O sea, la guerra según Almodóvar consistió en que los de derechas mataban, violaban y torturaban, y los de izquierdas no fueron sino víctimas inocentes, que, por supuesto, no cometieron las mismas o peores tropelías, qué va, en absoluto, en ningún caso.  Esa simplicidad -yo soy el bueno y tú el malo, yo tengo razón y tú no- me molesta profundamente, no tanto en una conversación coloquial como en una película que se supone que trata de otra cosa.  Y bueno, que el señor Almodóvar tenga una determinada preferencia sexual me parece maravilloso y me llena de gozo que pueda vivirlo sin sentirse injustamente discriminado, pero tener que meter siempre con calzador en sus tramas, sin venir a cuento, lesbianismo y homosexualidad sólo para dar visibilidad al colectivo LGTB, me resulta un poco cargante.  Y aclaro:  una película sobre homosexuales (por ejemplo, “Brokeback Mountain”) o lesbianas (verbigracia, “La vida de Adele”) se merece la misma aceptación que cualquier otra, pero ¿hace falta realmente que en todas, todas las películas tenga que haber escenas de sexo entre personas del mismo género, simplemente para resultar inclusivo?

 

La guerra es siempre horrorosa, y la guerra civil todavía más.  Pero la nuestra terminó hace 82 años, y la dictadura hace 46.  Claro que las personas que están enterradas en una cuneta merecen descansar en paz junto a sus familias.  Por supuesto que sí.  Pero quizás haya que hacerlo de otra manera, sin resucitar los fantasmas del pasado, sin odiar a los que opinan distinto, a los que votan diferente.  Pretender que la España actual es un país en el que hay “progresistas buenos” y “fascistas malos”, es un error tan grave como afirmar que estamos divididos entre “patriotas honestos” y “rojos inmorales”.  Se necesita más diálogo, más escuchar y más comprender, y menos insultar y condenar desde los dos extremos, que son igualmente peligrosos.

 

A pesar de algunas opiniones (no ya negativas, sino lo siguiente) escuchadas no a críticos sino a simples espectadores de a pie, me gustó “Madres paralelas”, sobre todo como obra de arte que deleitó mis sentidos, y de su argumento me convencieron algunas cosas pero me sacó un poco de quicio su condición de pieza cultural con ribetes de innecesario panfleto político.

 

 

Luis Campoy

 

Lo mejor:  el tratamiento del color, la fotografía, el sonido, la música, Penélope Cruz, Israel Elejalde (¡cómo habla este tío!)

Lo peor:  el aleccionamiento político, la obligada cuota de lesbianismo innecesario, las muy simplistas asociaciones de ideas (izquierda=bien/derecha=mal, madre=necesaria/padre=prescindible), el plano final, simplemente ridículo

Calificación: 7 (sobre 10)

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