sábado, 24 de noviembre de 2018

Musicales en escena/ “JESUCRISTO SUPERSTAR”


Me gusta comenzar mis artículos con una aportación personal al tema que voy a tratar, una experiencia vital propia, un recuerdo, una anécdota…  En el caso de “Jesucristo Superstar”, mis anécdotas son particularmente numerosas:  cómo me enamoré de la obra nada más editarse la banda sonora de la película de 1973, que compré primero en doble cassette y después en doble LP;  los millones y millones de veces que escuché cada canción, hasta el punto de aprenderme todas las letras de memoria (aún hoy las recuerdo);  la ansiedad y nerviosismo que me embargaron cuando, en noviembre de 1975, salió la versión española con Camilo Sesto, Teddy Bautista y Angela Carrasco;  la chapucera versión que mi amigo Fele y yo grabamos, repartiéndonos todos los papeles entre los dos y acompañándonos con una flauta y una pandereta…  Cuando en la actualidad suelo afirmar que mi musical favorito es “Los Miserables”, creo que no soy consciente de que, diciendo ésto, estoy menospreciando el impacto indeleble que “Jesucristo Superstar” ocasionó en mi vida.

A pesar de que, como digo, la maravillosa ópera rock —escrita por Sir Andrew Lloyd Webber (música) y Sir Tim Rice (letra) y editada por primera vez en formato de álbum conceptual en 1970— ha vivido en mí durante los últimos 45 años, nunca había estado en un teatro presenciando una representación completa de la misma.  Lo más parecido había sido un estrambótico crossover que, durante mis últimos años en el Colegio Marista de Alicante, unos músicos cuyos nombres no recuerdo perpetraron con impunidad y alevosía, mezclando los argumentos y las canciones de “Jesucristo Superstar” y “Godspell” (musical underground de temática sospechosamente similar) en un cocktail intragable e indigesto, pero nunca, hasta el miércoles 21 de Noviembre de 2018, había podido gozar de la pieza completa desde un patio de butacas.

La Asociación Cultural Jesucristo Superstar Murcia se constituyó en el año 2014 fijando su sede en la pedanía murciana de Santo Angel, y sus integrantes fueron desde el principio un colectivo de personas, llegadas de todas las partes de la región, que compartían su afición por el musical en general y por “Jesucristo Superstar” en particular, no siendo ninguno de ellos profesionales.  Desde entonces, y siempre destinando la recaudación de cada función a alguna organización benéfica, han recorrido la Comunidad hasta recalar, por fin en Lorca, lo cual tampoco era de extrañar porque la directora de la Compañía, Paqui Baños, al parecer tiene familiares lorquinos.

Como he ido dejando claro anteriormente, tenía muchas, muchísimas ganas de ver “Jesucristo Superstar” en el teatro, de ser transportado a esa Jerusalén surrealista en la que los apóstoles visten vaqueros y los soldados romanos portan metralletas.  Pero el inicio de la función me dejó estupefacto, paralizado:  la Banda de Cornetas y Tambores del Paso Encarnado de Lorca, formados solemnemente sobre el escenario, interpretaron una pieza instrumental totalmente ajena a la obra.  Yo conozco, comprendo y respeto la vinculación entre la Ciudad del Sol y su archiconocida Semana Santa, pero, aun así, que el primer tema que suena en “Jesucristo Superstar” no tenga nada que ver con “Jesucristo Superstar” fue algo que me extrañó (otra cosa hubiera sido que la banda, a ritmo de procesión, hubiera interpretado un medley o potpourri de varios motivos de la obra, yo ahí lo dejo por si alguno de sus responsables me lee…)

Una vez recuperado del shock inicial, mi ansiedad volvió a galopar cuando, esta vez sí, sonaron los primeros acordes de la “Obertura”, interpretados en directo por una orquesta formada por batería, guitarra, bajo, piano electrónico y sintetizador.  Los arreglos trataban de mimetizar los de la versión de 1975 que llevó a cabo Teddy Bautista e interpretaron algunos componentes de su grupo Los Canarios, y en general sonaban bastante bien.  Tan bien que, cuando intervino el coro femenino, tuve serias dudas de si no estaría escuchando una música enlatada, pero no:  los ángeles estaban realmente allí en el escenario.  Precisamente me impactó, además de las coreografías diseñadas por Carmen Romero, la presencia de un ángel y un demonio que, más adelante, adquirirían acertado protagonismo en determinados momentos puntuales.

La “Canción de Judas” (“Heaven On Their Minds” en la versión en inglés) supone la presentación del antagonista o antihéroe, ya que el enfoque argumental pretende hacer llegar al público la Pasión de Cristo desde la perspectiva del apóstol que le traicionó, explicando y aun justificando sus motivaciones.  Judas (al igual que su compadre Simón Zelotes, de quien luego nos ocuparemos) no va detrás de un Mesías que ofrece la salvación de las almas, sino de un líder revolucionario que libere a Israel del sofocante yugo romano, y por eso es incapaz de entender determinados aspectos de la conducta de Jesús, que no llama a las armas sino al perdón y la comprensión.  Como suelo decir cuando hablo de la obra, la selección de actores/cantantes que realizó Norman Jewison para su famosa versión cinematográfica de 1973 logró alcanzar el Cielo, el cénit de las versiones que se han grabado hasta ahora:  todos y cada uno de aquellos artistas realizaron la mejor interpretación de sus respectivos papeles (algo que, desgraciadamente, no se ha vuelto a repetir en las películas musicales contemporáneas).  Pues bien, escuchando al Judas de la Compañía, Iván Valle, aluciné con la calidad y potencia de su voz, capaz de aproximarse en las notas agudas al mismísimo Carl Anderson, su precedente fílmico;  si, al acabar aquella canción, estábais en el Teatro Guerra y escuchasteis algún aplauso enfervorizado y algún “¡Bravo!” tan sincero como emotivo, probablemente los proferí yo.

La siguiente canción, “Dinos lo que va a pasar” (“What’s The Buzz”) constituye la presentación de Jesús, al que interpreta José Joaquín Lacárcel.  Lo primero que hay que recordar es que el elenco de la Compañía lo forman cantantes y bailarines aficionados, de modo que hay que ser exigente… pero hasta cierto punto.  El papel de Jesús es super mega hiper complicado, al alcance de muy, muy pocas gargantas.  Lacárcel lo afronta con mucho respeto, pero hay que reconocer que ni su voz ni su técnica son comparables a la de su compañero Valle.  Y claro, si uno no puede hacer algo de una manera, está obligado a hacerlo de otra, lo cual es perfectamente legítimo.  Por poner un ejemplo:  como Lacárcel no puede interpretar su papel al estilo de Ted Neeley (ya sabéis, el Jesús de la película…  el mejor Jesús de todos los tiempos), se acoge al estilo de Glenn Carter, quien protagonizó la versión filmada del año 2000 recurriendo al falsete en sustitución del registro más visceral.  Cada uno tenemos nuestro gusto y nuestra preferencia, pero, ante un cantante aficionado que se atreve a afrontar un reto complicadísimo, lo primero es reconocer su mérito y su valor.

A estas alturas del espectáculo, ya había comprobado que, afortunadamente, las letras utilizadas eran las mismas que Nacho Artime y Jaime Azpilicueta escribieron para la versión española de 1975, y no el bochornoso sinsentido de la adaptación de 2007 (la que protagonizó el luego ganador de “Tu cara me suena”, Miquel Fernández), que, por querer traducir lo más literalmente posible las palabras, renunciaba a la poesía y la musicalidad de los cantables.  En el papel de María Magdalena, aquella noche de miércoles tuve la suerte de disfrutar de Inma Bermúdez, quizás físicamente alejada de la iconografía del personaje, pero con una voz muy dulce y que seguía escrupulosamente el patrón de la mítica Angela Carrasco (aunque, por suerte, corrigiendo el famoso “loísmo” de la dominicana, quien grabó su legendario “Yo no sé cómo amarlO“ sin inmutarse lo mas mínimo).  En “Todo estará en paz” (“Everything’s Alright”), conocemos a la Magdalena y descubrimos cómo Judas recela de ella a causa de su “profesión” (cómo se nota que Tim Rice aún no había leído “El Código Da Vinci”), por lo que Jesús le invita a que, si acaso está libre de pecado, le arroje la primera piedra.  Enseguida aparecen los auténticos villanos la función, Caifás, Anás y los otros sacerdotes que conforman el Sanedrín, rigurosamente ataviados de negro y que no ocultan sus intenciones de acabar con el Mesías antes de que los romanos piensen que en Judea todos son rebeldes y subversivos (“Jesús morirá”).  Los papeles de Caifás y Anás se concibieron como antagónicos y complementarios, ya que el primero es alto y canta con voz de bajo, y el segundo se supone que es bajito, con textura atiplada;  Vicente Navarro y Fernando Conesa cumplen con
dignidad, sin complicarse la existencia.

Uno de los números musicales más famosos de “Jesucristo Superstar” es, sin duda, “Hosanna”, y aquí la participación del público asistente resultó activa y agradecida, ya que los adeptos de Jesús que le vitorean durante la entrada en Jerusalén suben al escenario desde el patio de butacas, y los espectadores son invitados a agitar unos banderines rojos que previamente se nos habían entregado;  reconozco que fue maravilloso sentirme parte del elenco durante esos agradecidos instantes.  En el tema “Simon Zelotes” los metales de la Banda de Cornetas y Tambores del Paso Encarnado sí tuvieron la intervención necesaria y lucida, preludio de un baile vigoroso cuya finalidad es convencer a Jesús de que tiene a su disposición todo un ejército en la sombra, listo para entrar en acción.  Simón (Juanmi Albaladejo) es aún más radical que el propio Judas, y no duda en exhibir su metralleta cada vez que tiene ocasión.  Pero Jesús no persigue un reinado terrenal conquistado a sangre y fuego, sino una utopía de amor y paz en la que la violencia no tiene cabida.  Las dos canciones subsiguientes (“Pobre Jerusalén” y “El sueño de Pilatos”) repiten la misma melodía, aunque instrumentada de maneras diferentes.  En la segunda de ellas, se nos presenta al Gobernador romano de Judea, al que encarna Fernando Méndez, que tiene el presentimiento de que algún día se le culpará de la aniquilación de una figura trascendental para la historia de la Humanidad, si bien su evidente debilidad moral le impedirá escapar a su cobarde destino.

Cuando Jesús y sus discípulos visitan el templo de Jerusalén (“El Templo”) y ven cómo el lugar sagrado ha sido profanado por mercaderes, traficantes de armas y prostitutas, aquel a quien llaman el Mesías sucumbe a un ataque de cólera, y expulsa con violencia a quienes habían transformado el reducto de oración en una cueva de ladrones.  Más tarde, tratando de huir momentáneamente del mundanal ruido, Jesús se refugia en las montañas, pero un grupo de mendigos y leprosos pretende que realice algún milagro que les cure de todos sus males (impactante la puesta en escena de este número, que concluye con los Cuatro Jinetes del Apocalipsis —la Guerra, el Hambre, la Peste y la Muerte— contemplando inmutables los acontecimientos y, seguramente, influyendo en los actos más viles del sér humano).  La única que parece comprender el sufrimiento de Cristo es María Magadalena, quien le arrulla y vela su sueño mientras interpreta la preciosa “Es más que amor” (“I Don’t Know How To Love Him”).  El último número del primer acto (“Di que no me condenaré” / “Damned For All Time”) lo protagoniza Judas, que cada día está más seguro de que Jesús no es lo que necesita Israel para romper las cadenas de la esclavitud.  En la película, Carl Anderson recorría sin rumbo el desierto hasta que unos fantasmagóricos aviones y tanques le obligaban a acudir al encuentro de Caifás y Anás, quienes le convencían de que lo mejor que podía hacer era entregarles a su Maestro, y, a cambio, ellos le abonarían los famosos 30 denarios de plata que podría destinar a cualquier obra de caridad.  En nuestra representación, quien impulsa a Judas a perpetrar su traición es el demonio bailarín que habíamos visto durante la “Obertura”, un siniestro personaje con aspecto de macho cabrío antropomórfico.

Tras un descanso de unos diez minutos, arranca el Segundo Acto con ”La última cena”…  y algunos problemillas en la mezcla de sonido, que hasta entonces había sido irreprochable.  Se produce acto seguido el clímax de la obra, con el archiconocido “Getsemaní” que inmortalizó en su día a Camilo Sesto, y que aquí José Joaquín Lacárcel defiende lo mejor que puede.  Getsemaní” es, desde mi humilde punto de vista, uno de los hitos del género musical, una pieza con una belleza y una emotividad comparables a las de un aria de cualquier ópera convencional.  Cuando termina, el ritmo de los acontecimientos se precipita y ya no decae hasta el final.  Jesús es prendido por los romanos (“El arresto”), que habían pactado con Judas que éste le identificaría con un beso, y, entre la mofa y la befa del populacho y la curiosidad morbosa de los periodistas, llevado ante Caifás y Anás, los cuales le derivan al Gobernador Poncio Pilatos.  En este número, me cautivó la sencillez y efectividad de la coreografía:  manos en alto, cruzadas en las muñecas, mientras el coro canta “Ya está preso”, y, un segundo después, mano derecha extendida (emulando el saludo romano) cuando se dice “Id a Pilatos”.  A todo esto, Pedro (Antonio Cárdenas), el apóstol que se convertiría en primer Papa de Roma y a quien Jesús había vaticinado que renegaría tres veces de él, desmiente públicamente haber sido su discípulo, ante la desazón de María Magdalena (“La negación de Pedro”).  Pilatos recibe a Jesús y a sus captores (“Palacio de Pilatos”), pero, en primera instancia, opta por mantenerse al margen, alegando que se trata de un problema interno y, por lo tanto, quien tiene que pronunciarse es la máxima autoridad judía, el Rey Herodes.  Herodes (Salva Gascó), un travestido entregado al placer y la perversión, protagoniza el número más divertido de todo el espectáculo, “Canción de Herodes”, necesario alivio cómico entre tanto drama y frustración.  En “Todo ha sido un sueño” (“Could We Start Again, Please?”, un tema que no aparecía en el disco conceptual original y se compuso expresamente para la película de 1973), María Magdalena y Pedro se dejan llevar por la nostalgia de tiempos mejores y sueñan con la vana posibilidad de proseguir su camino junto a su Maestro.  Mas no es momento para ensoñaciones:  Judas se encuentra por última vez con Caifás y Anás, pero, cuando los sacerdotes le hacen entrega de la recompensa prometida, el discípulo traidor es incapaz de soportar el peso de la culpa, y toma la determinación de poner fin a su sufrimiento, ahorcándose (“Muerte de Judas”).  A la excepcional interpretación de Iván Valle en este tema hay que sumar otra fantástica solución de puesta en escena:  ¿cómo hacer que el intérprete se ahorque en medio del escenario?  Muy sencillo, echando mano del cuarto Jinete del Apocalipsis que había sido visto en el acto anterior (la Muerte), que será quien ponga en el cuello de Judas la soga corrediza fatal.

Como también el depravado Herodes ha declinado asumir el caso del Nazareno, la causa recae nuevamente en el Gobernador romano (“Juicio ante Pilatos”), quien trata de escurrir el bulto pero, obligado por Caifás y la masa enfervorizada, acaba sometiendo a Jesús a un castigo que pretende ser ejemplarizante:  una brutal flagelación de treinta y nueve latigazos que, así y todo, no sirven para satisfacer las demandas de los fariseos, empeñados en que Jesús debe ser condenado a la pena capital.  Como solamente el delegado de Roma está capacitado para arrebatar la vida, Pilatos acaba cediendo y firma la sentencia de muerte, pero antes se lava las manos en una jofaina, en la cual el agua se tiñe de sangre.  Al tiempo que Cristo es conducido al Gólgota, Judas recapitula desde el Cielo (“Superstar”), a donde ha ido a parar por haber cumplido con la misión que le había sido asignada, y reprocha a Jesús haber venido al mundo en una época tan primitiva, en lugar de haberlo hecho en la actualidad, cuando su mensaje podría haberse difundido a través de los modernos medios de comunicación;  excepcional, nuevamente, el despliegue vocal de Iván Valle, así como los contoneos de los ángeles y querubinas de Carmen Romero.  Jesús es crucificado entre las burlas de los soldados romanos, los llantos de sus leales y los sones de nuestros amigos de la banda de cornetas y tambores del Paso Encarnado (“La crucifixión”), y muere tras pronunciar sus lacónicas Siete Palabras.  Según el rito católico, la muerte de Cristo es sólo la antesala de su resurrección, pero “Jesucristo Superstar” fue concebida para glosar la humanidad de su protagonista sin entrar en su posible divinidad, de modo que, tras desenclavar a Jesús y permitir a su madre María abrazarle brevemente (ésta es una licencia de la versión española, ya que, en el texto original, la Virgen ni está ni se la espera), los mismos soldados romanos que le acaban de dar muerte se lo llevan respetuosamente en andas, en tanto que el ángel alado que simboliza el Bien y la Vida sojuzga definitivamente al demonio que personifica la Muerte y el Mal.  Con esta escenificación del capítulo y versículo del Evangelio de San Juan (“Juan 19:41”) en el que se narra sucintamente el enterramiento de Cristo, concluye, dos horas después, “Jesucristo Superstar”.

Han pasado tres días desde que viví una experiencia audiovisual que me llenó de gozo y felicidad, y todavía sigo ensimismado, como pisando un lecho de nubes.  Cuarenta y cinco años esperando un milagro en forma de musical, y, por fin, gracias a la Asociación Cultural Jesucristo Superstar de Murcia, hoy puedo dar fe de que los milagros existen.  A veces no hace falta viajar al Broadway neoyorkino o al West End londinense para disfrutar un espectáculo que es música celestial para los oídos y combustible sensorial para el alma.

Luis Campoy

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