Hemos superado los fríos de Enero y ahora toca lidiar con las lluvias de Febrero. Todavía faltan por aclarar todos los pormenores del siniestro ferroviario de Adamuz y no parece que entre Trump, Putin y Netanyahu tengan pensamiento de hacernos la vida más agradable, pero ¿para que están nuestras adictivas PÍLDORAS DE CINE?
Nunca fui muy fan de “Aída”, aunque sí de su matriz “Siete
vidas”. Vamos, lo mismo que me pasa
con “La que se avecina” y “Aquí no hay quien viva”. En cualquier caso, la cancelación de la que se
había convertido en una serie de lo más popular supuso un auténtico mazazo para
la ficción española. Pero ahora, 20 años
después de su debut y casi 12 después de su final, los pintorescos vecinos de
Esperanza Sur (incluída la protagonista, que había abandonado el serial en
2008) regresan a la pantalla, aunque no a la pequeña, sino a la grande. El estreno de la película de “Aída” está constituyendo un gran éxito,
a pesar de que su realizador Paco León
(actor que interpreta al mítico Luisma) no la ha enfocado como una simple
puesta de largo –un episodio “revival” de la serie– sino como una especie de pseudo-documental
en el que los propios intérpretes se interpretan a sí mismos. Así pues, podemos ver de nuevo a Carmen Machi, Paco León, Melani Olivares,
Mariano Peña, Pepe Viyuela y compañía (todos, a excepción de Ana Polvorosa, la
Lore), sólo que no de la manera en la que estamos acostumbrados, sino como personas que dan vida a personajes. Sin discutir la “originalidad” de la propuesta,
he de admitir que, si ya me gustaba poco la serie tal cual, menos me ha gustado
este largometraje, en el que se dedica más tiempo a evidenciar mensajes y
asentar ideologías que a producir humor genuinamente hilarante.
Calificación: 6 (sobre 10)
Injustamente (soy consciente de ello), he acabado por
recordar más al realizador kazajo-ruso Timur
Bekmambetov por una película mala (el horrendo remake de “Ben-Hur”) que por una buena (la
fascinante ”Wanted”). Así somos los humanos, imperfectos e
injustos, ¿qué se le va a hacer? Lo
cierto es que a Timur, que nos timó con ese truñazo basado en el novelón de Lew
Wallace, en lugar de expulsársele de los Estados Unidos acusado de alta traición
(al Séptimo Arte) se le ha permitido volver a dirigir, algo por lo que ya tiene
que estar eternamente agradecido. Bueno,
él más que nosotros, los pobres espectadores.
Su nueva película se llama ”Mercy”
(“piedad”, “merced”, “misericordia” o, mejor dicho, “clemencia”), pero aquí en
España se la ha rebautizado como lo contrario a su significado real: “Sin piedad”. MERCY es el nombre de un sistema judicial que
tiene como rostro visible a la juez Maddox, una inteligencia artificial programada
para juzgar e incluso ejecutar a los criminales convictos. Un policía con antecedentes de alcoholismo es
acusado del asesinato de su mujer, y sólo tendrá 90 minutos para demostrar su
inocencia. Chris Pratt está bastante bien a pesar de que durante la mayor parte del metraje sólo puede expresarse con el rostro, y Rebecca Ferguson personifica a la IA
leguleya. Todo el tiempo tuve la sensación
de que estaba presenciando un espectáculo que estaba a un pasito nada más de lo
cutre y lo ridículo, y lo peor es que el/los villanos son JUSTAMENTE quienes te
imaginas que lo van a ser. Divertimento
sin más, y tampoco en demasía.
Calificación: 5 (sobre 10)
Después de los éxitos de “Vidas pasadas” y “Perfect
Days” llega una nueva cinta perteneciente al subgénero “películas ambientadas en una ciudad asiática
de postal y cuyo título consta de dos palabras: un adjetivo y un sustantivo”. “Rental
Family” (posiblemente se hubiese originado una hecatombe de proporciones cósmicas
si alguien se hubiese parado a traducirla como “Familia de alquiler”) es la historia de un actor norteamericano residente
en Tokyo al que se le brinda la ocasión de trabajar en una floreciente empresa
que se ufana de proporcionar ayuda a personas que necesitan a alguien que les haga
sentir mejor encarnando roles como el de padre (de una niña que se ha criado a
solas con su madre) o admirador (de un actor veterano que se siente olvidado
por todos). Dirige Hikari (seudónimo de la directora japonesa Mitsuyo Miyazaki, que,
por cierto, nada tiene que ver con el fundador del Studio Ghibli) y protagoniza
un estupendo Brendan Fraser, que no
escatima kilos de humanidad. Para mi
gusto, la película tarda mucho en arrancar, le sobra un poco de ñoñería y,
justo cuando empieza a ponerse interesante,… se termina. Una pena.
Calificación: 6 (sobre 10)
¿Sabéis la diferencia entre admitir la calidad de
una película y reconocer que, aun a pesar de tanta calidad, no te ha acabado de
gustar? Pues eso me pasó con “Valor sentimental”, una cinta con mucho
valor (pero no sentimental, al menos para mi) que ha dirigido Joachim Trier y protagonizan Renate Reinsve, Stellan Skarsgard y Elle Fanning. No es la primera vez que me pasa ésto con un
film procedente de la cinematografía noreuropea, incluyendo algunos del
mismísimo Ingmar Bergman: me dejan frío, gélido, glacial. No puedo evitarlo. Viendo “Valor
sentimental” me aburrí como una ostra criogenizada, así que no me las voy a
dar de cinéfilo cultureta para quedar bien.
He dicho.
Calificación: sin calificar

Comentarios
Muy bien dicho, sin duda, pero te pongo una objeción y es la ausencia de calificación. Tiene solución querido amigo.
Me resulta curiosa y enigmática la facilidad y naturalidad con la que se analizan y afrontan muchas obras procedentes del cine noreuropeo, incluso la similitud de interpretaciones y conclusiones sobre tan peculiares películas. Entiendo que por pura lógica las resultas deberían de ser mucho más dispares. Por ejemplo, hay películas de Bergman sobre las que él mismo indicaba que el trabajo se le había ido de las manos y que el resultado final podía ser ese u otro totalmente distinto. Pero el esnobismo es un virus con una enorme facilidad de propagación. Todo lo contrario que la libertad crítica. Esa sospechosa adhesión, sin fisuras, entre muchos teóricos eruditos del cine a películas extrañas, peculiares, experimentales y discutibles me produce una profunda preocupación. Por no hablar de lo que denomino “genialidad continua”, esto es, que sea cual sea la película de un determinado cineasta, por el mero hecho de estar filmada por él, es ya per se una obra notable, cuando la excelencia y la genialidad, aún en los maestros, es una rara avis. Dicha uniformidad crítica es un síntoma palmario de cobardía, ausencia de criterio, miedo al ridículo y libertad castrada.
Un abrazo.