El duelo aún vibrante en las carteleras españolas entre
“Torrente Presidente” y “Amarga Navidad” nos da pie a realizar
una interesante comparativa, que viene más al caso que nunca. Me estoy refiriendo a las respectivas
corrientes que representan sus realizadores, Santiago Segura y Pedro
Almodóvar.
En el mapa del cine español contemporáneo hay dos
coordenadas que, aunque cercanas en el tiempo, parecen pertenecer a planetas
distintos: Santiago Segura y Pedro Almodóvar. Ambos son directores-autor,
ambos han creado personajes icónicos, ambos han conectado con el público… pero
lo han hecho desde extremos opuestos del espectro cultural. Compararlos es, en cierto modo, comparar dos
Españas: la que se mira al espejo con sofisticación y la que se ríe de sí misma
sin pudor.
Almodóvar surge de la Movida madrileña, del underground
creativo, del deseo de convertir la vida cotidiana en melodrama pop. Segura, en cambio, nace del fanzine, del humor gamberro, del cine de
barrio y del videoclub como templo de
la cultura popular. Uno convierte lo cotidiano en arte; el otro convierte lo
cotidiano en chiste.
Pocas comparaciones son tan reveladoras como poner
frente a frente a Torrente, el policía casposo, machista y
orgullosamente miserable, con Bibiana Fernández o Rossy de Palma,
dos de las grandes musas del universo almodovariano.
- Torrente es la caricatura de la España
más rancia: un antihéroe que funciona precisamente porque es grotesco,
porque exagera lo peor para provocar una risa liberadora
- Bibiana
Fernández y Rossy
de Palma, en cambio, representan la España que se atreve a
reinventarse: cuerpos no normativos, identidades fluidas, rostros que
desafían el canon, mujeres que se convierten en iconos a través del
exceso, la vulnerabilidad y la teatralidad.
Mientras Segura explota la fealdad moral como motor
cómico, Almodóvar convierte la diferencia en belleza y la extravagancia en
dignidad.
He citado la belleza no por casualidad, y toca
extenderse un poco en ella. La estética
es quizá el abismo más evidente entre ambos.
- Almodóvar trabaja con una paleta pop, saturada, barroca, donde cada
color tiene un significado emocional. Sus encuadres son composiciones
pictóricas, sus decorados parecen instalaciones artísticas, su cine es un
museo vivo del camp
- Segura, por el contrario, abraza lo
cutre como declaración de intenciones. La iluminación plana, los escenarios de
barrio, el feísmo deliberado, la exageración visual… todo está al servicio
de la risa. Su estética no busca elevar: busca desmontar.
Si Almodóvar convierte lo cotidiano en extraordinario,
Segura convierte lo extraordinario en vulgaridad cómica.
Otro contraste significativo es el modelo de
producción. Almodóvar, al frente (junto a su hermano Agustín) de su productora
El Deseo, ha construido una empresa
sólida, prestigiosa, apoyada por subvenciones,
coproducciones europeas y un circuito festivalero que reconoce su autoría. Segura,
en cambio, ha sido durante años un ejemplo de autofinanciación y riesgo personal. “Torrente, el brazo tonto de la ley” se
convirtió en un fenómeno precisamente porque rompió el molde: cine comercial
hecho sin complejos, financiado con ingenio infinito y recuperado con creces en
taquilla. Dos modelos, dos filosofías:
el cine como arte institucional frente al cine como negocio popular.
Almodóvar aspira a la emoción profunda, al melodrama,
a la reflexión sobre la identidad, la maternidad, el deseo, la memoria o la
apología de la homosexualidad. Sus
películas buscan permanecer. Segura, en cambio,
ofrece entretenimiento más o menos culpable:
humor grueso, sátira social, carcajada inmediata. Su objetivo no es trascender, sino liberar
tensiones. Donde Almodóvar quiere
conmover, Segura quiere desahogar.
Ambos, sin embargo, comparten algo esencial: conocen al público español. Uno lo acaricia; el otro lo abofetea. El cine de Almodóvar está atravesado por una mirada política: feminismo, diversidad
sexual, memoria histórica, crítica social. Su obra es un manifiesto emocional. El cine de Segura, por el contrario, es desideologizado
por exceso: Torrente es tan
exageradamente reaccionario (o sea, facha)
que deja de ser un personaje político para convertirse en un mecanismo cómico. La risa funciona como válvula de escape, no
como discurso.
Comparar a Segura y Almodóvar no es decidir quién es “mejor”, sino entender que representan dos funciones distintas del cine: el arte que ilumina frente al humor que libera. España necesita ambas cosas: la sofisticación que nos eleva y la carcajada que nos salva. Y, en ese equilibrio improbable, Almodóvar y Segura —tan distintos, tan necesarios— forman un díptico perfecto de nuestra identidad cultural.

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