Noticias y política - La persona más peligrosa

 


Tengo la sensación de que en este mundo que habitamos en pleno Siglo XXI, donde nos dicen que debemos estar alerta ante el cambio climático, las catástrofes naturales, los movimientos migratorios incontrolables o el auge de la Inteligencia Artificial, el mayor peligro al que nos exponemos es una persona que tiene nombre de pato de Walt Disney.

En nuestro planeta lleno de líderes autoritarios, conflictos abiertos y tensiones geopolíticas, resulta tentador pensar que las figuras más peligrosas son las que gobiernan desde la sombra de regímenes cerrados.  Sin embargo, desde mi punto de vista, la persona más peligrosa del mundo hoy es Donald Trump.  Y lo es no sólo por lo que dice o por lo que hace, sino por el inmenso poder que concentra y por la posición simbólica que ocupa.

Trump no es un dictador aislado ni un caudillo regional.  Es el presidente de Estados Unidos, por amor de Dios, la mayor potencia militar, económica y cultural del planeta.  Ese poder, en manos de alguien imprevisible, impulsivo y con una visión profundamente polarizadora del mundo, convierte cada decisión en un riesgo global.  Mientras que figuras como Putin o Kim Jong-un operan desde sistemas autoritarios de los que se espera lo peor, Trump actúa desde el lugar que, en teoría, representa “el lado bueno”, “el bando correcto”, “la democracia ejemplar”.  Esa contradicción es, precisamente, lo que lo hace tan inquietante.

Putin y Kim Jong-un son peligrosos, sí, pero su peligrosidad está “asumida” por la comunidad internacional.  Trump, en cambio, opera desde dentro del sistema que debería contener a líderes como él.  Cuando quien encarna la democracia liberal adopta discursos extremistas, decisiones erráticas o alianzas polémicas, el impacto es mucho mayor.  No es solo lo que hace: es lo que normaliza.

Además, la relación estrecha entre Trump y el presidente israelí Benjamin Netanyahu añade una capa más de tensión.  Para gran parte del progresismo mundial, Netanyahu simboliza políticas duras, militarizadas y profundamente controvertidas.  La sintonía entre ambos líderes no sólo refuerza esa imagen, sino que multiplica la sensación de que Trump respalda, amplifica y legitima posturas que muchos consideran incendiarias.  Esa alianza, vista desde fuera, funciona como un multiplicador de “odiabilidad”, un símbolo de un bloque político que genera rechazo en amplios sectores sociales.

Trump no es peligroso sólo por su poder, sino por su estilo.  Su forma de comunicar —agresiva, simplificadora, emocional— convierte cada debate en un campo de batalla.  Su retórica divide, exacerba y moviliza desde el resentimiento.  En un mundo hiperconectado, donde una frase puede incendiar medio planeta en segundos, ese estilo tiene consecuencias reales.

Lo que hace a Trump, desde mi punto de vista, la persona más peligrosa del mundo, no es únicamente su cargo, ni sus decisiones, ni sus alianzas.  Es el contraste.  El contraste entre el poder que ostenta y la imprevisibilidad con la que lo ejerce, entre la imagen de “defensor de Occidente” y la radicalidad de su discurso, entre lo que debería representar y lo que realmente proyecta.  En un momento histórico donde la estabilidad es frágil, ese contraste convierte cada gesto en una amenaza potencial.  Y, por éso, para mí, Donald Trump es hoy la figura más temible del escenario internacional.


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