Han pasado más de veinte años desde que Quentin
Tarantino estrenó “Kill Bill” dividida
en dos “volúmenes”. Una decisión
impuesta por cuestiones comerciales que siempre nos dejó la sensación de que
faltaba algo, de que la historia de La
Novia había sido interrumpida abruptamente por la mitad. Ahora, por fin, llega a los cines “Kill Bill: The Whole Bloody Affair” (“El
sangriento asunto al completo”), la versión íntegra, continuada y
desbordante que Tarantino concibió desde el principio. Y sí: la espera ha merecido la pena.
Aunque el público la conoció en dos entregas, “Kill
Bill” es oficialmente la cuarta película del director. Un proyecto mastodóntico que mezcla artes
marciales, spaghetti western, anime, melodrama y exploitation con una libertad creativa que sólo Tarantino puede
permitirse. En esta versión unificada de
¡cuatro horas y media! de duración, la historia fluye con una coherencia
emocional que los volúmenes separados no podían ofrecer. La furia inicial desemboca sin interrupciones
en la calma tensa del desenlace, y el viaje de La Novia se siente más épico,
más íntimo y más devastador.
Si algo queda claro al ver “The Whole Bloody Affair”
es que Uma Thurman brinda aquí
uno de los grandes papeles del cine moderno. Su transformación en La Novia es física,
emocional y casi mitológica. Pasa de la
vulnerabilidad absoluta a la determinación más feroz sin perder nunca
humanidad. Y sí, aparece sexy, magnética y poderosa, igual que
sus enemigas: Lucy Liu, Daryl Hannah o Vivica A. Fox, todas ellas mujeres
letales que combinan carisma, estilo y una presencia que llena la pantalla.
Las peleas entre mujeres en “Kill Bill” son un
espectáculo en sí mismas. Tarantino las
rueda con una mezcla de elegancia y crueldad
que convierte cada enfrentamiento en un pequeño ritual cinematográfico. Pero no sólo de batallas a muerte entre
féminas se nutre nuestra película. La
coreografía de los abundantísimos combates es precisa, la violencia es extrema y, aun así, hay humor, ritmo y una
teatralidad que los hace inolvidables. La secuencia de los 88 Maníacos, ahora a todo color y sin censura, es un festival gore tan excesivo que resulta divertidísimo. Y la versión extendida del origen de O-Ren
Ishii en anime es todavía más
sangrienta, salvaje y emocional.
La presencia del llorado David Carradine como Bill adquiere un matiz especial con el paso
del tiempo. Su muerte —absurda, trágica
y rodeada de morbo— convirtió al actor en una figura casi fantasmagórica. En esta versión completa, su interpretación se
siente más sólida, más presente, más humana. Bill es un villano, sí, pero también un hombre
lleno de contradicciones, y Carradine lo encarna con una serenidad magnética.
Otro de los grandes placeres de “Kill Bill” es
su banda sonora. Tarantino rescata
canciones antiguas, olvidadas o inesperadas (de Nancy Sinatra, Meiko Kaji,
Santa Esmeralda o hasta Ennio Morricone) y las coloca con una
precisión quirúrgica. El resultado es
que parecen compuestas expresamente
para la película, como si cada tema hubiera estado esperando décadas a
que llegara este montaje. El contraste
entre melodías suaves y violencia extrema es una de las señas de identidad del
director, y aquí alcanza un nivel casi hipnótico.
Tarantino nunca ha ocultado sus influencias, y “Kill Bill” es un homenaje explícito al
cine de artes marciales de Bruce Lee, Sonny Chiba, Chang Cheh y los Shaw Brothers.
Desde los trajes amarillos hasta los
encuadres, pasando por los zooms
imposibles y los duelos ritualizados, la película es una carta de amor al cine
que lo formó como espectador cuando trabajaba en el videoclub. Verla en su
versión íntegra permite apreciar mejor cómo esas referencias dialogan entre sí
y cómo se integran en la narrativa.
Entre tanta katana,
tanta hemoglobina y tanta venganza, Tarantino se permite sus clásicos diálogos
elaboradísimos, llenos de humor, tensión y filosofía pop. En “The Whole Bloody
Affair” funcionan mejor que nunca porque no interrumpen la acción: la
acompañan, la expanden y la justifican. La
conversación final sobre los superhéroes
y sus alter egos entre Bill y La
Novia es un ejemplo perfecto de cómo el director puede sostener una escena sólo
con palabras… y, aun así, mantenernos al borde del asiento.
“Kill Bill: The Whole Bloody Affair” no es un simple montaje extendido. Es la obra total que Tarantino siempre quiso
legar al mundo. Una película excesiva,
hermosa, brutal, divertida, emotiva y profundamente personal. Una experiencia que, vista de un tirón, se
convierte en un viaje cinematográfico irrepetible.
Luis Campoy
Calificación: 8,5 (sobre 10)

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