Noelia

 


Noelia Castillo, de 25 años de edad, ha muerto hoy.  No ha sido una muerte accidental sino deseada, buscada, casi diría que soñada, amparándose en la actual Ley de Eutanasia.

Lógicamente, el caso de Noelia ha levantado mucha controversia y muchísima expectación mediática.  Yo llevo varios días deprimido.  Me apena horrorosamente lo sucedido.  Y me irrita también.  Que una muchacha de apenas 25 años luche denodadamente por su derecho no a vivir sino a morir, debería irritarnos a todos.  ¿O no?  Y me da especial rabia la manera en la que muchos medios de comunicación han alterado sutilmente algunos parámetros de la historia, para hacerla más aceptable, más digerible.

Para mi, que una persona que se halla en la flor de la vida esté tan segura de que quiere morir y que la sociedad se conforme con marcar en un checklist si cumple o no con todos y cada uno de los requisitos legales no es un triunfo de nadie sino una derrota de todos.  Y me indigna sobremanera cómo se han cargado deliberadamente las tintas en la discapacidad que sufría la chica.  Porque, sin ser mentira que Noelia tenía un grado de discapacidad, el hecho de que tanto apelen a ella me da a entender que pretenden construir un relato de causa-efecto.  O sea, está claro que la ley se ha cumplido, pero muchos han intentado desplazar el foco describiendo a la muchacha casi como si fuese una especie de tetrapléjica al estilo del famoso Ramón Sampedro, y nada más lejos de la realidad.

El sufrimiento de esta joven no provenía (o no únicamente) de su lesión medular.  Su vida estuvo atravesada por una cadena de experiencias traumáticas: abandono familiar, maltrato, violencia sexual, intentos de suicidio previos y un sufrimiento psicológico persistente.  A ello se sumaban dolores físicos crónicos, especialmente cefaleas intensas, que afectaban gravemente a su calidad de vida.  Pero, en contra de lo que parecían insinuar la mayoría de los titulares, la paraplejia que sufría como consecuencia de uno de sus intentos de suicidio no anulaba su autonomía funcional.  Noelia podía caminar tramos cortos, subir escaleras, ducharse y vestirse sola.  Su lesión no la había dejado en una situación de dependencia absoluta ni en un estado incompatible con una vida digna.  Reducir su historia a que “era parapléjica” es ignorar la complejidad de su sufrimiento real.

Muchos medios han presentado la paraplejia como el elemento central que explicaría su decisión.  Esta insistencia resulta tendenciosa por varias razones:

-simplifica en exceso una historia profundamente compleja

-desplaza el foco del trauma psicológico hacia una condición física visible y permanente

-refuerza estereotipos dañinos sobre la discapacidad, como si una vida con limitaciones físicas fuera automáticamente menos valiosa

-evita preguntas incómodas sobre el abandono institucional, la falta de apoyo psicológico y los fallos previos en la protección de una persona vulnerable.

La discapacidad se convierte así en una especie de “palanca narrativa” que permite cerrar el relato sin tener que abordar las zonas más incómodas de su historia.

La elección de la paraplejia como eje de dicho relato no es casual.  La lesión medular es irreversible; el trauma psicológico, la depresión y el dolor crónico, en cambio, pueden ser tratables o al menos mejorables con recursos adecuados.  Al enfatizar lo incurable, se transmite la idea de que la situación era inevitable, cuando en realidad su sufrimiento tenía raíces que podrían haberse abordado con más apoyo, más acompañamiento y más inversión en salud mental.

Este desplazamiento narrativo tiene dos consecuencias muy claras: invisibiliza lo tratable y convierte lo irreversible en la explicación principal.

Cuando se presenta la discapacidad como causa suficiente para solicitar la eutanasia, se envía un mensaje peligroso:

-que una vida con discapacidad es menos digna o menos vivible

-que la autonomía funcional no importa si existe una lesión permanente

-que el sufrimiento psicológico es secundario o inevitable

-que la desesperanza es comprensible en quienes tienen limitaciones físicas.

Este mensaje puede afectar especialmente a personas vulnerables, que podrían interpretar la narrativa como una validación de su propia desesperanza.  Porque la insistencia en la discapacidad también evita otro debate: la falta de inversión en salud mental.  Tratar traumas, depresiones severas y dolores crónicos requiere tiempo, profesionales, recursos y seguimiento.  Es un camino largo y costoso.  En cambio, la narrativa que presenta la eutanasia como una salida “comprensible” en casos de discapacidad puede reducir la presión social para mejorar los servicios de apoyo psicológico y psiquiátrico.

No se trata de acusar al sistema de mala intención, sino de señalar un riesgo: si la sociedad empieza a ver ciertos sufrimientos como “irresolubles”, puede dejar de exigir soluciones reales.  Si se normaliza la idea de que una discapacidad es motivo suficiente para no querer vivir, se abre una puerta simbólica que puede tener efectos en cómo se entienden la dignidad, el sufrimiento y la vulnerabilidad.

Resumiendo: no es la existencia de la Ley de Eutanasia lo que me genera tristeza e indignación, sino la forma en que se ha narrado este caso concreto.  Porque la historia de Noelia no es un ejemplo de sufrimiento derivado de una discapacidad, sino de una vida marcada por traumas profundos que no fueron atendidos a tiempo.  La insistencia mediática en la paraplejia simplifica la realidad, distorsiona el debate y transmite un mensaje social que puede resultar injusto y peligroso.

La reflexión que creo que debemos hacer es doble: cómo se representa la discapacidad en los medios de comunicación y cómo se invisibiliza la necesidad urgente de invertir en salud mental.  Ambas cuestiones merecen un debate honesto, riguroso y libre de simplificaciones


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