Esta mañana, se me ha amargado el
desayuno mientras leía un artículo que se titulaba “Películas que hoy no podrían
hacerse” y que citaba como ejemplos “Lo que el viento se llevó”, “Love
Actually”, “El silencio de los
corderos”, “Desayuno con diamantes”,
“Tropic Thunder” o incluso ¡“Grease”!.
Cada cierto tiempo, veo que reaparece
el mismo mantra: “Esta película hoy no podría hacerse”. Se dice con solemnidad, como si viviéramos
bajo una dictadura cultural que impide rodar cualquier historia que no pase un
examen moral previo. Pero basta con pensar
durante dos minutos para darse cuenta de que eso es totalmente falso.
Poder, por supuesto que se puede
hacer cualquier película. Otra cosa es
que esa película guste, que se distribuya o que genere polémica. Y eso no es censura: es ecosistema cultural.
Lo que sí parece haberse vuelto
imposible es hablar de cine sin convertirlo en un juicio moral retroactivo. De repente, obras de hace décadas son
sometidas a un escrutinio que ignora su contexto, su intención y, sobre todo,
su naturaleza: la ficción no está
obligada a ser ejemplar.
Ya denuncié en su momento la
aberración que me pareció la intención de una cadena televisiva de censurar “Lo que el viento se llevó” porque “defendía
el esclavismo” (lo pongo entre comillas).
Después hemos ido conociendo intentos de cancelación que me parecen
tanto o más ridículos: atacar a “Desayuno
con diamantes” por promover el racismo (Mickey Rooney interpreta,
caracterizado, a un personaje oriental) y a “Tropic Thunder” por la misma razón (aquí, Robert Downey Jr. da vida
a un actor que hace “blackface” para
interpretar a un personaje negro); a “Grease”
por ser “machista”; a “Love Actually”
por promover el acoso (el personaje de Andrew Lincoln está perdidamente
enamorado de la novia de su mejor amigo y le hace fotos y le graba videos sin
que ella se dé cuenta); o a “El silencio
de los corderos” porque su villano Buffalo
Bill pertenece al colectivo LGTBI.
El problema no es que se analicen
críticamente estas obras. El problema es
que se analizan mal.
-“Lo que el viento se llevó” no hace propaganda esclavista: es el
retrato de cómo la aristocracia sureña se veía a sí misma en 1861
-El personaje de Rooney en “Desayuno con diamantes” (un blanco
haciendo de chino) puede resultar, tal vez, inapropieado hoy, pero era un gag típico de su época (años 60)
-“Tropic Thunder” no pretende burlarse de la raza negra, no ridiculiza
a los negros, sino a los actores blancos que se creen genios capaces de
realizar cualquier papel y lo llevan a sus últimas consecuencias
-“El silencio de los corderos” deja claro que su villano no es un
transexual real, sino un psicópata que se agarra a una identidad para
justificar su violencia
Resumiendo: el análisis moralista
retroactivo no aporta comprensión, sino que aplana la historia y empobrece el
debate.
En cualquier caso, representar
no es promover. Aquí está el
corazón del asunto.
Hay quien cree que, si una
película muestra algo moralmente
cuestionable, entonces lo está defendiendo.
Es una confusión monumental.
Si fuera así, “Macbeth” promovería el regicidio, “El Padrino” promovería la mafia, “Lolita” promovería la pederastia, “Breaking Bad” promovería el narcotráfico
y “Joker” promovería el terrorismo
urbano. Pero creo que nadie con un
mínimo de cultura piensa eso, ¿verdad?.
La ficción necesita conflicto,
contradicción, zonas grises. Los
personajes pueden ser moralmente horribles, ambiguos o directamente repulsivos. Y, aun así, la obra puede ser brillante.
Imagina una película en la que el
villano es un blanco que se pinta la cara de negro, el héroe fuma como un
carretero, su mejor amigo está fascinado por su vecina de dieciséis años (sin consumar esa fascinación), su
padre defiende el nazismo y su abuela se burla de los homosexuales.
¿Sería moralmente impecable? No.
¿Sería ilegal? Tampoco.
¿Podría ser una gran película? Por supuesto que sí. Dependería del guion, de la puesta en escena,
de la fotografía, de las interpretaciones…
Hay que recordar que el arte es arte, no un tratado de valores y
moralidad.
Por otra parte, no deberíamos
confundir crítica con censura.
“Si me critican, me van a censurar (o cancelar)”, piensan algunos.
Pues eso tampoco debería ser así.
La libertad de expresión de uno mismo incluye la
libertad de reacción de los demás. O sea, uno puede rodar lo que quiera, que
luego ya vendrá la repercusión que tenga que venir. Eso sí, en nuestro mundo polarizado, cuando
una película, por muy buena que sea, provoca reacciones encontradas, ya sabemos
que viene lo que viene:
-tal vez mucha gente no querrá ir
a ver la película al cine
-tal vez incluso haya problemas
para su posterior distribución en plataformas
Que una obra genere polémica no
significa que deba ser prohibida; sólo significa que vivimos en un mundo
hiperconectado donde todo se amplifica. Lo
que algunos llaman “censura” es, en realidad, incomodidad ante las consecuencias
sociales.
Y vuelvo a decirlo: los grandes
problemas son la descontextualización del momento histórico y la lectura excesivamente
literal. Muchos análisis actuales
confunden personaje con mensaje, representación con apología y conflicto
narrativo con ideología del autor. Y, de
esta manera, se pierde la capacidad de leer ficción como ficción, se exige
pureza moral donde debería haber complejidad humana y se obliga a que haya ejemplaridad
donde simplemente debería haber conflicto dramático.
Conclusión: el arte no tiene la
obligación de ser ejemplar. El cine no
está para educar moralmente. El cine, en
todo caso, está para explorar la condición humana, incluso en sus rincones más
incómodos.
Desde nuestra atalaya de 2026,
podemos analizar, debatir, criticar… pero no exigir que las obras del pasado —o
del presente— se ajusten a un código moral cambiante. El cine es arte, diversión y entretenimiento. Nada más.
Y nada menos.
Y, desde luego, claro que se deben
poder hacer películas hoy día como hace veinte, treinta, cuarenta o setenta años. En todo caso, hay que estar dispuestos a
soportar la conversación, el runrún
en redes sociales que estas obras puedan generar. Y que mucha gente no quiera verlas. Y que algunas plataformas no quieran
emitirlas.
Pero esa batalla no debe ganarla la
censura. Tampoco la cancelación. Debe ganarla, una vez más, la Libertad. La libertad de expresión y de creación.

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