Cine actualidad - "AMARGA NAVIDAD", Almodóvar en su laberinto

 

La semana pasada llegaba a los cines una de las dos películas españolas más esperadas del año: “Torrente Presidente”, que está arrasando en taquilla con un éxito aún mayor de lo esperado.  Una semana después, se estrena ”Amarga Navidad”, el nuevo trabajo de Pedro Almodóvar, que estaba llamada a ser el otro gran bombazo anual del cine español.  El resultado, desde el punto de vista comercial, de la coexistencia en las carteleras de ambas propuestas no deja lugar a dudas sobre la conveniencia de estrenar casi simultáneamente ambas películas: “Torrente se merienda sin piedad a Almodóvar”, decía el oro día un titular.  A ver, evidentemente son películas que nada tienen que ver la una con la otra y que, en teoría, no van dirigidas al mismo segmento de público, eso está claro, pero, en estos tiempos en que la gente va cada vez menos al cine, tengo claro que las dos coinciden en que tienen como destinatario común a un tipo de espectador medio que apoya al cine patrio pero no mucho, que sólo ve una película española al año, y que, ante esta coincidencia, habrá tenido que elegir.  Yo me pregunto: ¿de verdad era necesario estrenar la una apenas una semana después de la otra?  ¿De verdad no había más fechas disponibles a lo largo de todo un año..?

En cuanto a “Amarga Navidad” propiamente dicha, hay algo casi de ritual en hablar sobre una nueva película de Pedro Almodóvar: uno siente la obligación tácita de comenzar celebrando sus indudables y fastuosos logros estéticos: el color, el vestuario, el diseño de producción, la composición de los encuadres… esa iconografía tan reconocible que ya forma parte del patrimonio audiovisual español.  Pero llega un punto en el que repetir este mantra deja de tener sentido, sobre todo cuando la película que tenemos delante, “Amarga Navidad”, vuelve a evidenciar un problema que se ha vuelto crónico en su cine: la distancia cada vez mayor entre la brillantez formal y la pobreza dramática… al menos de gran parte de esta película.

Amarga Navidad”, que, como de costumbre, cuenta con un guión escrito por Pedro Almodóvar, que a continuación, lo ha plasmado en imágenes, narra dos historias aparentemente independientes, una enmarcada en el año 2004 y otra en la actualidad.  En la primera de ellas, conocemos a Elsa, una directora de cine con una crisis de ansiedad que sobrevive económicamente gracias a la publicidad y que un día decide volver a dirigir una película, para lo cual primero tiene que escribir un guión, para lo cual se inspira en las personas de su vida cotidiana.  La otra historia involucra a Raúl, otro director de cine asimismo en crisis que está tratando de finalizar el guión de la que quiere que sea su nueva película, para cuyos personajes se inspira también en sí mismo y en las personas que le rodean.  Porque, digámoslo ya, Almodóvar es Raúl y Raúl es Elsa, es decir, lo que “Amarga Navidad” pretende ser es un juego de espejos en el que unas personas y unos personajes se miran a la vez a sí mismos y a su reflejo porque, como decía San Agustín, “yo soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo”.

Más allá de este artificio que está bastante peor resuelto de lo que sobre el papel prometía, lo primero que tengo que decir es que Pedro Almodóvar sigue siendo un estilista impecable, pero demasiadas de las escenas que imagina me parecen sorprendentemente esquemáticas, pueriles incluso, sostenidas por diálogos que rozan lo inverosímil si no fuera por la profesionalidad de los actores que los recitan (en este caso, Barbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez Gijón, Patrick Criado, Quim Gutiérrez, Milena Smit o una Carmen Machi que parece una caricatura de sí misma).  Me da la sensación de que el director rueda ya únicamente para sus devotos, para ese público que celebra cualquier guiño, cualquier gesto, cualquier repetición de sus tics autorales, mientras ignora deliberadamente a quienes le señalan que su cine lleva años atrapado en un bucle.

También me pesa, como últimamente, la sensación de que en su filmografía reciente existe una cuota obligatoria —casi un decreto interno— de personajes abiertamente homosexuales o en proceso de serlo si la trama lo requiere.  No es una cuestión de representación, que siempre es bienvenida (¡me lo van a decir a mi!), sino de previsibilidad: cuando la inclusión deja de ser orgánica y se convierte en marca registrada, pierde fuerza dramática y se vuelve un gesto automático.

Luego están las monerías supuestamente hilarantes marca de la casa, como el personaje de Patrick Criado que es bombero pero que se saca una pasta haciendo de boy, o sea, haciendo strip tease en despedidas de soltera, y que, además, aunque usa como nombre artístico el apodo de “Beau” (escrito b-e-a-u, como Beau Geste), en realidad se llama Bo-nifacio.  Estas chorradas (con perdón) tal vez tuvieran gracia hace cuarenta años, pero ahora lo que hacen es restar verosimilitud a la trama principal, sea cual sea ésta.  Porque ¿qué es más importante?  ¿El drama de Elsa, que se culpabiliza por la muerte de su madre y se refugia en los brazos del bombero torero, perdón del bombero stripper, hasta que se da cuenta de que quien realmente la necesita es su amiga a punto de suicidarse… o la historia de Raúl, el cineasta aquejado de sequía creativa que bebe en las fuentes de las historias personales de sus amigos y los amigos de sus amigos, de quienes se “aprovecha” y se “beneficia” (ambos entre comillas) sin pedirles permiso?.

Y es que lo único que me gustó realmente de “Amarga Navidad” fue ese juego de meta-cine y meta-literatura que articula la película.  Un escritor que crea a un escritor que crea a una escritora que crea a otra escritora… una cadena de muñecas rusas donde Almodóvar parece hablar de sí mismo sin disimulo.  El problema es que esta estructura, que podría ser fascinante, acaba funcionando como confesión involuntaria: la película transmite la sensación de que al director le falta inspiración y que, ante ese vacío, recurre sin pudor a historias personales propias y ajenas para rellenar huecos.

Amarga Navidad” al final no es un desastre, aunque, al principio, todo apuntaba a que sí lo iba a ser.  Su primera hora me recordó peligrosamente a sandeces como “Los amantes pasajeros”, felizmente superada gracias a los éxitos sucesivos de la excelente “Dolor y gloria” o, en menor medida, “Madres paralelas”.  Pero hace falta que una buena historia sea contada con solvencia y sin tanto mamoneo de situaciones chorras y diálogos sin fuste, y eso sólo se produce en la última media hora, cuando el drama real, tangible, de la maravillosa Barbara Lennie y su amiga Milena Smit estalla en toda su magnitud, y, sobre todo, cuando unos extraordinarios Leonardo Sbaraglia y Aitana Sánchez Gijón se echan en cara no pocas verdades sobre la amistad, la manipulación emocional y el uso indiscriminado de la memoria sensible que compartimos los unos con los otros.

Mi conclusión sería que, aunque “Amarga Navidad” tiene momentos de lucidez, destellos de humor, interpretaciones sólidas y una puesta en escena que sigue siendo inconfundible, también me confirma que Almodóvar, cuando no ve otra salida, escribe y filma desde la comodidad, protegido por su propio mito y por un público que lo aplaude haga lo que haga.  Quizá por eso sus detractores le importan tan poco: no los necesita para seguir siendo Almodóvar.  Lo que sí necesitaría, pienso yo, sería volver a encontrar en sí mismo la capacidad de volver a sorprender.  Volver a arriesgar.  Volver a incomodar. Volver, en definitiva, a ser el cineasta que un día rompió moldes, en lugar de conformarse con repetirlos.

Luis Campoy

Calificación: 6  (sobre 10)


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