
“Carrie” (1976), sobre la que escribí el otro día para una de las
revistas en las que colaboro, fue una de las películas que más me influyó, o,
directamente, cambió mi vida, al menos un poco.
Tenía yo 13 años y aquella cinta me hizo amar (aún más) el Séptimo Arte,
la música y la literatura: la vi seis veces en el cine, me compré la banda
sonora de Pino Donaggio y, como el libro de Stephen King en el que se basaba no
me gustó tanto como el guión de Larry
Cohen que lo adaptó, decidí “novelizarlo” yo mismo, cosa que hice con mi
máquina de escribir Olivetti ¡y hasta lo encuaderné!. El caso es que “Carrie” me impactó tan profundamente que
durante muchos meses estuve enamorado de la protagonista Sissy Spacek y durante muchos años de su director Brian De Palma. De De Palma quise conocer todo lo que había
hecho anteriormente, y así logré ver “Fascinación”
(“Obsession”, 1975) y traté de
descubrir “El fantasma del Paraíso”
(“Phantom Of The Paradise”, 1974), y,
como no logré cumplir con este objetivo, al menos le hinqué el diente a su
banda sonora, que encontré rebajaba en Galerías Preciados. La música de “El fantasma del Paraíso” fue uno de mis fetiches durante años,
llegando a memorizar todas y cada una de sus canciones gracias a las letras que
venían en la contraportada del LP. Su
autor era Paul Williams, un tipo
nacido en 1940 a quien su baja estatura (bueno, he conocido estaturas
inferiores; mide 1,57) no le impidió llegar a ser un gigante de la
composición. Suya era la letra de la
famosísima canción de cabecera de la serie “Vacaciones
en el mar” y en su haber están infinidad de éxitos que hicieron populares
los Carpenters, Willie Nelson o Three Dog Night, además de bandas sonoras como
las de “Bugsy Malone” o “Ha nacido una estrella”, que le valió
por fin el Oscar.

Pero hablábamos de “
El fantasma del Paraíso”, y os decía que
llegué a aprenderme de memoria todas y cada una de sus canciones.
El disco se abre con “
Goodbye, Eddie, Goodbye”
un homenaje al
doo-wop (
duduá para el público español) de los
años 50 que interpreta una banda fantasma llamada
The Juicy Fruits que en realidad sólo existió en el film en
cuestión y cuyos integrantes fueron Archie Hahn, Harold Oblong y Jeffrey
Comanor; hasta mi madre llegó a cantar conmigo este temazo, de tantas veces
como se lo puse.
Luego venía “
Faust”, cuya letra ya daba a entender
una de las subtramas del film, y que tiene dos versiones: la primera a cargo de
William Finley, que en el film
interpreta al desdichado protagonista, el Fantasma, y la segunda en la voz del
mismísimo autor Paul Williams, que en la película actúa encarnando al villano
Swan.
Más adelante encontramos “
Upholstery”, que recupera algunos
motivos de “
Faust” aunque en versión
rockabilly, y un par de temas que nunca me acabaron de convencer del todo como
“
Somebody Super Like You” y “
Life At Last” (estos me gustan aún menos
desde que por fin pude ver la película).
Pero el resto del álbum es simplemente magistral, sublime.
“
Special
To Me” y “
Old Souls” las canta
Jessica Harper, posteriormente musa
del
giallo italiano gracias a “
Suspiria” de Dario Argento, y las tres
restantes, “
Beauty And The Beast (
Phantom’s Theme)”, la citada “
Faust” y el tema final “
The Hell Of It” son, a cada cual más
extraordinaria, composiciones de Paul Williams a las que éste presta su
característica voz.
La banda sonora,
como digo, es sensacional, y yo me moría de ganas de ver la película, aunque,
antes de entrar, cinco años después, en los minicines Astoria de Alicante, ya había
leído tantas críticas y reseñas que tenía una idea aproximada de lo que me iba
a encontrar…
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Creo que Brian De Palma, el
hombre que más adelante dirigiría “
Vestida
para matar”, “
Scarface”, “
Los intocables de Eliot Ness”, “
Atrapado por su pasado” o “
Misión: Imposible” es una especie de
genio, pero tenía una auténtica empanada metal cuando decidió poner en marcha
una locura psicodélica como “
El fantasma
del Paraíso”, que, según las malas lenguas, influyó poderosamente en otra
película de estética similar, “
The Rocky
Horror Picture Show”, que se estrenó al año siguiente.
Está claro que el primer homenaje se lo
rinde, tanto en el mismo título como en el propio argumento, a “
El fantasma de la Opera”, el célebre
relato de horror gótico que inmortalizó
Gaston
Leroux y que dio origen a no pocas películas y al celebradísimo musical de
Andrew Lloyd Webber.
Al igual que allí,
existe un fabuloso templo consagrado a la música, allí la Opera de París y aquí
El Paraíso, que es tanto un fastuoso
local de conciertos como la sede del emporio discográfico
Death Records, que dirige el misterioso y multimillonario Swan
(“Cisne”, en inglés, que ya sabéis que en el cuento fue la sublimación de un
patito feo).
A
El Paraíso llega un mal día el confiado Winslow, un joven cantautor
que ha escrito un maravilloso oratorio rock llamado “
Fausto” basado en la obra de
Goethe, y que es muy del gusto de
Swan, tanto que éste decide no sólo robárselo a su creador sino también meter en
la cárcel al desdichado músico, acusándolo de (falsa) posesión de droga, con lo
cual pretende quitarlo de la circulación.
Sin embargo, Winslow logra escapar de la prisión de Sing-Sing (cómo no; “Sing
Sing” significa “Cantar, cantar”) y, tratando de vengarse del malvado Swan,
sufre un accidente (la mitad izquierda de su cara resulta aplastada por la
máquina de prensar discos) que le deja desfigurado y con las cuerdas vocales rotas.
Enmudecido, enloquecido y cubierto su rostro
por una máscara y su cuerpo por una capa, Winslow no se rinde y, entre
desesperados intentos de sabotaje, se convierte en el Fantasma de
El Paraíso y promete dedicar su vida a
restaurar su autoría sobre su “
Fausto”
y a conseguir que la única persona que lo cante sea la pizpireta Phoenix, una
aspirante a artista de la que se ha enamorado a primera vista pero que no le
hace ascos a las insinuaciones del todopoderoso Swan.
Pero este último resulta ser un negociante
formidable, y logra convencer a Winslow de que cese sus hostilidades a cambio
de devolverle (tecnológicamente) la voz para que pueda finalizar el oratorio,
que le asegura que será interpretado por Phoenix (en realidad, su idea es que
lo cante el petulante Beef, una estrella del
gay rock), debiendo plasmar este acuerdo en un voluminoso contrato
que habrá de rubricarse… con sangre.

Tal como lo he narrado, el
argumento de “El fantasma del Paraíso”
podría parecer que da pie a una película dramática y hasta terrorífica, pero
Brian De Palma parece no tener claro por qué género decantarse, y lo que le
sale es una especie de “churro” que tiene de todo, todo lo bueno y todo lo
malo. Hay momentos realmente logrados de
hondo dramatismo, secuencias primorosamente resueltas a nivel de estética y
coreografía, y, por encima de todo, bellísimas canciones que en el disco
resultan impresionantes pero que en la pantalla sólo sirven de soporte para
delirios estridentes que traspasan las fronteras de lo ridículo. Me fastidia mucho no tener claro si estoy
viendo un drama o una comedia, un espectáculo de terror o una demostración
irreverente de humor grotesco, y es que De Palma se lleva la palma en cuanto a
chabacanería y ordinariez justo cuando el film pide a gritos algo de
solemnidad, y, por el contrario, se viste de tremendismo cuando se necesita
algún alivio cómico. Personajes como el
de Beef (Gerrit Graham) podrían haber sido grandiosos pero se quedan en patéticos,
y homenajes cinéfilos como el ataque en la ducha a este último –obvia alusión a
“Psicosis” de Hitchcock– acaban funcionando
a medio gas, y es que éso de sustituir el cuchillo por un desatascador no
parece tanto desmitificador como desafortunado.
También se hace algo cansina la sobreexplotación de referencias argumentales
(“El Fantasma de la Opera” + “Fausto” + “El retrato de Dorian Gray”) y da pena que no se explote un poco más
la vena psicótica de El Fantasma antes de que venda su alma al diabólico Swan a
cambio de una gloria que nunca va a poder disfrutar.

Mentiría, y mi nariz crecería más
que la de Pinocho, si dijese que “El
fantasma del Paraíso” es una de mis películas favoritas. Cuando vi “Carrie”, soñé con ser director de cine para dirigir al estilo de
Brian De Palma (bueno, excepto por esa manía tan antiestética de partir la
pantalla en dos), pero, tras ver “El
fantasma del Paraíso”, creo que preferí quedarme en guionista, o ya
puestos, en crítico de cine. Pero, en mi
cabeza, “El fantasma del Paraíso” irá
eternamente ligada al recuerdo de cómo descubrí primero la música que la inunda,
y eso me hará ser siempre un poquito indulgente con ella.
Luis Campoy
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