Estados Unidos “descubrió” que Venezuela era una
amenaza justo el día que recordó que bajo su suelo hay más petróleo que
democracia. Pero claro, el ataque de
ayer no tuvo nada que ver con recursos estratégicos ni con corporaciones
ansiosas por explotar nuevos pozos; fue pura preocupación humanitaria… de esas
que sólo aparecen cuando el crudo está barato y las reservas propias no.
Trump salió a decir que todo era para “restaurar la
libertad”, mientras calculaba cuántos barriles caben en una promesa electoral. Delcy se abonó (no digo que sin razón) a la
teoría del complot imperialista, aunque parece que llevan años hipotecando el
país al mejor postor. Y María Corina, todavía
con el Nobel de la Paz bajo el brazo, se postuló como la legítima alternativa
democrática, aunque don Donald no le perdona que le arrebatase el galardón con
el que se había encaprichado y dice que sí, que ella es muy simpática, pero que
no tiene el respeto ni el respaldo para gobernar.
Lo más curioso de todo es que los únicos que
celebraron con júbilo la detención de Maduro fueron los propios venezolanos,
agotados de sobrevivirle, mientras que quienes más abiertamente se pronunciaron
en su contra fueron los gobiernos y partidos de izquierda de todo el mundo…
Bueno, lo que está claro es que, aunque Maduro y su
camarilla no son precisamente ejemplos de honestidad y transparencia, Estados
Unidos se ha tomado unas atribuciones que no le corresponden, ha atacado un país
soberano y se ha llevado por la fuerza a su líder (unos dicen que lo han “detenido”,
otros que lo han “secuestrado”). La
comunidad internacional tiene mucho que decir, y deben pronunciarse con
claridad y contundencia de manera inmediata.
La Libertad y la Democracia deben reinar en Venezuela, como en cualquier
otro rincón de la Tierra, pero no porque así lo diga y así lo quiera Donald Trump. Si se consiente que este tipo de dirigentes
enfermos de poder y testosterona impongan sus santos coj… principios, el futuro
de la Humanidad pinta bien negro. Negro como
el petróleo.

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