Cuando era niño, no sólo no me
gustaba Julio Iglesias, sino que
aprovechaba cualquier ocasión para reirme de él. Cosas de críos, supongo. Ya no tan niño, hasta le dediqué un
“memorable” gag en mi película “El
Butanero siempre llama dos veces”: cuando el protagonista Kevin Thorpe le
preguntaba a su enamorada Crystal qué había cenado la noche anterior, ella le
respondía “besugo al horno”, y del horno sacaba un LP de Julio Iglesias. Con todo, recuerdo como un logro histórico la
mañana en la que anunciaron en la radio que “Julito” acababa de lograr un
número uno en las listas de éxitos británicas con su versión de “Begin The Beguine”. Fue en 1981, y el furor universal por el
artista nacido en Madrid en 1943 no hacía sino crecer y crecer. Me compré su disco doble en concierto, y
canciones como “Me olvidé de vivir” o
“Quijote” me hicieron replantearme un
poco mi postura vívidamente contraria a él, de quien aprendí a apreciar la
poesía de algunas de sus letras (se las escribían los integrantes del Dúo
Dinámico, Ramón Arcusa y el recientemente fallecido Manuel de la Calva), la
exquisitez de sus arreglos orquestales y su facilidad para hacer dúos con
estrellas como Diana Ross, Willie Nelson o Charles Aznavour. Pero bueno, sus simpatías hacia el Real Madrid
(llegó a jugar brevemente como portero, en 1962) y José María Aznar, ninguno de
los cuales era precisamente santo de mi devoción, se convirtieron en obstáculos
insalvables, y confieso que durante muchos años me había olvidado casi
completamente de él. Ayer saltó la
noticia de que dos ex–empleadas de sus mansiones en Bahamas y República
Dominicana le acusaban de acoso sexual y laboral. El relato de abusos, vejaciones, intimidación
y control inhumano que supuestamente ejercía sobre ellas resultaba asqueante y
podría ser claramente constitutivo de delito.
De hecho, ayer mismo se abrieron diligencias en la Audiencia Nacional
como primer paso de lo que puede ser un proceso judicial mediático como
pocos. Que Julio pueda ser culpable no
es para nada descartable, máxime cuando también la actriz mexicana Verónica
Castro se ha sumado a la polémica, insinuando que otras mujeres como la
cantante Thalía y la presentadora argentina Susana Giménez han sufrido el
“exceso de galantería” del artista.
Todas las televisiones emiten desde ayer un torrente de imágenes de
Iglesias besando y magreando impunemente a coristas, fans y periodistas,
imágenes que resultan tan repugnantes como sorpresivas; desde luego, yo nunca
las había visto, y, si las había visto, que lo dudo, no las recordaba. Puede que sea precisamente éste nuestro gran
problema como sociedad: el mirar para otro lado, y el no saber interpretar lo
que sí hemos visto. “Eran otros tiempos”, escucho que dicen
todos quienes defienden al considerado hasta ahora “nuestro artista más
internacional”. Otros tiempos en los que
quien se jactaba de acumular miles de conquistas femeninas y cada semana tenía
que afrontar innumerables demandas de paternidad se excusaba simplemente afirmando
que “le gustaban mucho las mujeres”.
Pero es que, por muy conquistador que uno sea, no todas las mujeres
quieren dejarse conquistar, y esa insistencia en doblegarlas y no parar hasta
obtener lo que se desea de ellas, aunque parezca una “nimiedad” como un beso o
un pellizco en el trasero, ha dejado desde ayer de ser un “defectillo”
fácilmente perdonable para convertirse en un rasgo posiblemente delictivo. Y digo “podría ser” y digo “posiblemente”
porque, en cualquier caso, estamos en los albores de un caso que ha de ser
juzgado en los tribunales, y no sólo en las tertulias televisivas y en las
comparecencias de los políticos que, al igual que yo mismo, no simpatizan con
el ex–presidente Aznar. Algo me dice
que, de ahora en adelante, vamos a ver menos memes con la sonrisa de Julio, su
dedo señalándote y alguna afirmación chabacana que finaliza con la aseveración “…y lo sabes”.

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