El “Caso
Negreira” convulsionó al mundo del Deporte (en realidad, a toda la opinión
pública española y parte de la internacional) hace ahora casi tres años, en
Febrero de 2023.
Lo destapó la Cadena SER, cuya redacción en
Barcelona tuvo conocimiento de una serie de inspecciones fiscales que Hacienda
llevó a cabo sobre un tal José María Enríquez Negreira, quien fuera vicepresidente del
Comité Técnico de Árbitros (CTA) desde 1994 hasta 2018, por posibles
irregularidades fiscales en sus empresas, especialmente DASNIL 95 y NILSAT. Durante esa investigación, se descubrió que
el señor Negreira había percibido del Fútbol
Club Barcelona un total de 7,6
millones de euros entre los años 2001 y 2018, algo que inquietó
profundamente a la Fiscalía Anticorrupción, la cual inició, a su vez, un
procedimiento que todavía está en pleno apogeo.
Los hechos probados indican que el Barça pagaba a
Negreira y éste cobraba del club catalán, pero lo que todavía no ha podido aclararse
es a cambio de qué se producía tal intercambio de dinero. A ver, no somos niños y no somos
idiotas. Negreira no era una Hermanita
de la Caridad ni representaba a una ONG; era el jefe (o subjefe) de los
árbitros, luego, en un mundo en el que todo se mueve por intereses, parece evidente que, si un club de fútbol
paga a un árbitro, es para que los arbitrajes le favorezcan. Esto constituiría un gravísimo delito de
corrupción deportiva, y las sanciones a las que se enfrentaría el Barcelona
podrían incluir el descenso de categoría (aunque en este caso el delito ya
habría prescrito), la exclusión en competiciones internacionales organizadas
por la FIFA o, siendo ya muy puñeteros, el cese de toda actividad o incluso su
disolución como empresa.
El problema consiste en que todos estos supuestos
delitos tienen primero que demostrarse.
O sea, debe haber pruebas tangibles (documentos en papel, fotografías, diskettes
o CD’s, memorias USB, discos duros…) o testigos con la credibilidad y el valor
suficientes como para declarar y convencer de que, efectivamente, se compraron
árbitros y de que esos árbitros se dejaron comprar. Algo que, por el momento, no está resultando del
todo fácil…
Pero ¿qué dicen los principales encausados? Por el momento, las excusas esbozadas por ellos
no acaban de convencer a nadie.
Negreira, antes de declararse incapacitado a causa del Alzheimer que
dicen que padece, habló de que lo que el Barça demandaba era únicamente “neutralidad
arbitral”, mientras que el actual mandatario Joan Laporta, uno de los presidentes que gobernaron el club durante
el período investigado (los otros fueron Gaspart, Rosell y Bartomeu) aludió a
determinados informes (verbales, claro está) sobre la idiosincrasia y el modus operandi habitual de los árbitros,
supuestamente destinados a que los jugadores culés supiesen cómo dirigirse
adecuadamente a ellos. Lo que pasa es que
la credibilidad de Laporta ha caído por los suelos después de que afirmase no
conocer personalmente a Negreira, mientras que su primero vicepresidente y después
sucesor, Sandro Rosell, reconoció haberse entrevistado con él en varias
ocasiones, además de que ex-entrenadores barcelonistas como Luis Enrique y
Ernesto Valverde negaron rotundamente la existencia de ningún tipo de informe
arbitral.
Mientras tanto, está claro que, como siempre
se ha dicho, la situación del Barcelona y su némesis (no sólo) deportiva, el Real
Madrid, es comparable a la de unos vasos comunicantes: si uno sube, el otro
baja; si a uno le van bien las cosas, al otro le van de pena; si uno pretende
que no se hable de algo que mancha su honorabilidad, el otro disfruta hurgando
en la herida todo lo que puede. Cuando
el Barça gana y el Madrid pierde o, simplemente, cuando los blaugranas
deslumbran y los blancos dan pena, todos sabemos que, a no mucho tardar, alguien
en la planta noble del Bernabéu o desde sus medios de comunicación afines va a
sacar a relucir el maldito Caso Negreira. Es ya un hábito, una costumbre, un ritual. Lo que más rabia me da es que quienes más
sacan a colación el “negreirazo” son precisamente aquellos periódicos y programas
deportivos que, todos y cada uno de los días, aun teniendo supuestamente
carácter nacional y presumir de imparcialidad y objetividad, abren siempre,
siempre, siempre sus ediciones con noticias referidas al Real Madrid. Vamos, que su objetividad y su imparcialidad la
verdad es que brillan por su ausencia.
Creo que todo el mundo sabe, y yo nunca lo he ocultado, que soy
culé hasta la médula, desde siempre y espero que hasta siempre, de esos culés a
quienes ni siquiera han desanimado los absurdos coqueteos de los dirigentes del
club con el independentismo, como si el sentimiento pudiera corromperse con
tintes políticos imputables a los individuos que mandan, pero nunca a la
entidad como tal, que, al fin y al cabo, es un ente incorpóreo. Como iba diciendo, soy culé, pero, por encima
de todo, soy amante del juego limpio y enemigo de las trampas y la corrupción. Quiero que mi equipo gane con merecimiento, con
claridad y con limpieza, como pasaba (o eso creo) en la época en la que Messi,
Xavi, Iniesta y Busquets corrían por el césped y Guardiola los dirigía con mano
maestra desde el banquillo. Nunca en mi
vida he visto jugar a un equipo como aquél, nunca, y, obviamente, si jugaban
así no era porque estuviesen impulsados o beneficiados por los árbitros. En eso sí le doy la razón a Laporta y a
Rosell. Pero lo que hace falta es que la
luz de la justicia se sobreponga a las tinieblas de la duda, y que todo se
aclare de una vez por todas. Pese a
quien pese y caiga quien caiga, inclusive los mitos de los pedestales.

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