Noticias y política/ ADIÓS A EUROVISIÓN

 


El Festival de la Canción de Eurovisión nació en el año 1956 y desde entonces se ha emitido ininterrumpidamente en 69 ocasiones.  Su propósito, muy bienintencionado, era hermanar a los países que conformaban la Unión Europea de Radiodifusión (UER) mediante la música, algo tan utópico como prácticamente imposible.  Lo del hermanamiento, me refiero.  Desde la primera edición, se comprobó que escuchar juntos un ramillete de canciones podía ser incluso terapéutico, pero, a la hora de votarlas para decidir cuál era la mejor, se imponía la cruda realidad.  El mundo, ayer como hoy, se estructuraba en bloques y alianzas más o menos tácitas, más o menos evidentes, y las votaciones para elegir la ganadora del certamen no tenían nada que ver con la calidad del tema musical en cuestión, sino con las simpatías que despertaba el país que la proponía, cuando no directamente con una férrea disciplina de voto marcada por las grandes potencias preeminentes.  España debutó en el certamen en 1961, y el gobierno de Franco vio en él una oportunidad de oro para dar una imagen de apertura y prosperidad.  No tardamos mucho en obtener un éxito que celebramos con un fervor inusitado, ya que en 1968 con Massiel y 1969 con Salomé nos alzamos con el premio gordo.  Recuerdo que Eurovisión era una ocasión de oro para trasnochar, para sentirte mayor, para confraternizar con familiares, vecinos y amigos.  Durante los años de mi niñez y adolescencia, la Euronoche era un suceso mágico que nadie quería perderse.  Canciones míticas como “La La La”, “Yo soy aquel”, “Gwendolyne”, “Eres tú”, “Enséñame a cantar” o “Bailemos un vals” se abrieron un hueco en los corazones de todos nosotros, pero ya entonces, los históricos locutores que narraban la gala para nuestro país eran capaces de predecir en qué sentido se iba a decantar el voto de los jurados internacionales, cuáles nos iban votar a nosotros y quiénes iban a favorecer o a ignorar a tal o cuál país, más que nada para aplicar la cura entes de que se produjese la herida.  José Luis Uribarri, Joaquín Prat o José María Iñigo me parecían entonces una especie de adivinos, pero en realidad sólo eran listos y contumaces analistas y contribuyeron a que, cuando no ganábamos, la frustración resultase menos frustrante merced a aquellas sartas de explicaciones atribuibles a los pactos intergubernamentales y a los vaivenes de la política en general.  En cuanto a Israel, comenzó a participar en Eurovisión en 1973 dada su condición de miembro de la UER, a pesar de que aquel país no estaba ubicado ni mucho menos en Europa.  Supongo que también influyó el espíritu de concordia y era demasiado tentadora la posibilidad de que los israelíes y los alemanes sepultaran el odio y el dolor bajo toneladas de música.  Israel encadenó dos victorias memorables en 1978 y 1979, con “A-ba-ni-bi” y “Hallelujah”, y todos nos aprendimos de memoria aquellas estupendas y muy pegadizas canciones.  Cuando yo ya fui lo bastante mayor como para preferir tener oros planes un sábado por la noche, me fui alejando paulatinamente de la cita eurovisiva anual, y, no sólo dejé de ver los certámenes completos sino que algunos años ni siquiera me enteraba de quién era la canción que representaba a España.  En otras palabras: no puede decirse que, actualmente, yo sea lo que se dice un Eurofan, y sólo he pillado algún retazo de las últimas ediciones, básicamente cuando le tocaba el turno a nuestro país tanto de intervenir como de ser votado.  He de hacer una autocorrección, una importante puntualización en lo que yo mismo acabo de decir.  En realidad, a quienes representa Eurovisiòn no es a países o naciones, sino a las televisiones públicas (gubernamentales) de cada uno de esos territorios.  Eso quiere decir que a los artistas que acceden a la fase final del mencionado certamen quien los ha nombrado no es un espíritu nacionalista abstracto, sino un ente que, lejos de ser imparcial y apolítico, se rige por los mismos postulados ideológicos del gobierno que ostenta el poder en ese momento.  Eurovisión es un concurso férreamente politizado e ideologizado en el que constantemente se están mandando mensajes a la ciudadanía.  Si realmente lo quieres ganar, tienes que cuidar al milímetro el tema del que trata la canción, el género del cantante que la va a defender y la orientación sexual del mismo (o misma, o misme).  Todo esto está miradísimo con lupa hoy en día, lo niegue quien lo niegue.  Y llegamos a las guerras.  Las malditas guerras.  Cuando Rusia atacó Ucrania, los rusos fueron castigados de mil maneras y una de ellas fue expulsarles de Eurovisión.  Sin embargo, a Israel, que está o ha estado masacrando a la población palestina que vive en la Franja de Gaza, no se le ha aplicado el mismo criterio.  También es verdad que Rusia invadió Ucrania porque sí, porque a Putin le salió de sus soviéticos cataplines, mientras que lo de Israel es (o lo era al principio) una respuesta a una serie de atentados perpetrados por la organización terrorista Hamás que provocaron casi 1200 fallecidos y 250 secuestrados israelíes.  Una vez hecha esa matización, no se puede negar que lo de Israel ha excedido con mucho todos los límites imaginables y tolerables, y ni siquiera el tardío plan de paz que ha urdido Donald Trump ha logrado frenar del todo la crudeza y la barbarie desatadas en contra de los palestinos.  Desde todos los rincones del mundo se han ido sucediendo manifestaciones a favor de Palestina y en contra de Israel, con todo tipo de boicots al consumo de productos y servicios provenientes de este último país.  Sorprendentemente, en diversas competiciones deportivas se les ha permitido continuar participando (caso de la reciente Vuelta Ciclista a España) y sigue habiendo algunos equipos israelíes compitiendo en algunos torneos de fútbol o baloncesto.  En teoría, el citado alto el fuego negociado por Trump debería haber constituído un punto de inflexión en este conflicto, pero, para algunos, las cosas siguen prácticamente igual.  No hay que olvidar que, como se le escapó decir a nuestra vicepresidenta Yolanda Díaz, “Palestina debe ser libre desde el río hasta el mar”, aunque ello suponga la erradicación del Estado de Israel, los villanos de esta historia.  La ideología progresista más extrema no renuncia a la aniquilación de los israelíes en todas las formas habidas y por haber, y volver a darles cancha en un concurso tan poco inocente como Eurovisión no es una opción.  Sin embargo, sí me ha sorprendido la decisión adoptada por Televisión Española, anunciando que, si Israel participa en la siguiente edición de Eurovisión, ellos no lo harán.  Me ha sorprendido, porque estas personas son más bien de lanzarse a las calles para prohibir o impedir que los demás hagan algo con lo que ellos no están de acuerdo.  “Si un acto deportivo, una película, una serie, un artista, un actor, un político o un escritor no son de mi sesgo ideológico, hay que boicotearlos, prohibirlos o cancelarlos”.  Ya lo hicieron con la Vuelta Ciclista (“si Israel corre en ella, nosotros vamos a impedir que se celebre normalmente la carrera”) y me extraña que, con motivo del próximo evento eurovisivo, vayan a ser tan tolerantes y respetuosos como para, simplemente, limitarse a no participar si también participa quien ellos no quieren que participe.  Yo, hasta cierto punto, les doy la razón.  Sinceramente.  Y hasta estoy dispuesto a aplaudirles.  Como dije anteriormente, nunca me ha parecido lógico que Israel concurra a un certamen que se llama Euro-visión, cuando ellos no están en Europa, además de que, al igual que se hizo con Rusia, tantos y tantos miles de muertos palestinos se merecen un castigo por parte de la comunidad internacional.  Lo que no me trago es que todos, todos, todos los “eurofans” españoles, que haberlos haylos, y por millares, acepten de buen grado que a) España no va concurrir al certamen como consecuencia de la ideología política de nuestro Gobierno y b) que otra consecuencia de todo ello va a ser que, en teoría, el concurso no podrá verse en nuestro país.  Vale que RTVE no va a comprar y emitir la señal eurovisiva, pero apuesto a que otra cadena acabará haciéndose con los derechos… y cosechando unas audiencias estratosféricas.  Es lo que tiene el morbo de lo prohibido…


Comentarios

francisco Martínez Vegazo ha dicho que…
Como siempre un análisis comedido y razonado. E igualmente, como de costumbre en esta casa, excelentemente escrito. Se echa de menos periodistas o medios de comunicación que analicen nuestra realidad social y política con unos mínimos de decencia y ecuanimidad. Todos los artículos que has publicado sobre asuntos similares y de actualidad son un ejemplo de moderación y equilibro. Darse un "paseo" por la fauna mediática nacional es un auténtico bochorno en un lado y en otro. Lo dicho, agradecerte esa equidad que está en grave peligro de extinción. Un abrazo.
Luis Campoy ha dicho que…
Ya sabes, mi lema es el respeto, desde la máxima libertad de expresión. Que cada cual piense lo que quiera, pero escuchándonos (leyéndonos) los unos a los otros y dejándonos hablar (escribir) aunque discrepemos.