Mi película favorita/ "CASABLANCA"

Simplemente...  una Obra Maestra



Norte de Africa, Diciembre de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial. Francia ha sido derrotada por los alemanes y el nuevo Jefe del Estado, el Mariscal Petain, se ha vendido al invasor y ha establecido su Gobierno colaboracionista en la pequeña localidad de Vichy. Muchos fugitivos, no sólo franceses, sino de toda la Europa ocupada, intentan desesperadamente volar a Norteamérica huyendo de la locura del nazismo. Sin embargo, para llegar al Nuevo Mundo había que realizar una tortuosa ruta hacia la ciudad de Casablanca, en el Marruecos francés, que era desde donde despegaban los aviones con destino a Lisboa, la antesala de la Libertad. Unos pocos afortunados lograban obtener un visado que les permitiría acceder a cualquiera de los vuelos que partían hacia la salvación; los otros, mientras trataban de hacerse con los ansiados documentos, esperaban en Casablanca… esperaban… esperabanesperaban… Sin duda, el local donde hacer más llevadera la larga espera era el famoso Rick’s Café Americain, donde tenían lugar las mejores atracciones musicales, donde más tranquilo se jugaba y donde, de paso, se fraguaban todo tipo de negocios y trapicheos ante la impasividad del corrupto Capitán de Policía Louis Renault (Claude Rains), quien todo lo consentía con tal de que se le dejara ganar de vez en cuando a la ruleta. El dueño del Café, un norteamericano llamado Rick Blaine (Humphrey Bogart), pasaba por ser el típico americano impasible que estaba de vuelta de todo y sólo buscaba lucrarse con las ganancias de su productivo negocio. Sin embargo, bajo esa máscara de apatía se esconde todo un aventurero frustrado, un romántico idealista que estuvo en casi todas las contiendas de su época (incluyendo la Guerra Civil española), defendiendo siempre la causa de los más débiles. Una noche, al Café de Rick llega la bella y misteriosa Ilsa Lund (Ingrid Bergman), acompañando a su marido Victor Laszlo (Paul Henreid), líder de la Resistencia checoslovaca que también trata de huir de la opresión nazi. Tiempo atrás, en un París todavía a salvo de la locura belicista, Rick e Ilsa mantuvieron un apasionado romance, que terminó justo cuando los tanques alemanes llegaron a las puertas de la ciudad. Entonces, Ilsa desapareció, y Rick quedó sumido en una terrible depresión de la que le ayudó a salir el fiel Sam (Dooley Wilson), el pianista negro que ahora ostenta la dirección musical del local. Cuando Sam ve aparecer a Ilsa trata vanamente de convencerla de que se aleje de Rick, pero ella insiste en que toque una canción, “As time goes by” (“El tiempo pasará”), recuerdo de sus días felices en París. Rick escucha la melodía y sale precipitadamente para reprender al pianista, y, en éso, sus ojos se tropiezan con los de Ilsa y el mundo parece detenerse…
Hasta Casablanca llega también el Mayor Heinrich Strasser (Conrad Veidt), alto jerifalte del III Reich, con la misión de impedir que Laszlo huya y, si es posible, detenerlo. El capitán Renault, a pesar de que, en realidad, los alemanes no le agradan en absoluto, no tiene más remedio que colaborar, y ambos van a Rick’s para efectuar la detención de Ugarte (Peter Lorre), un contrabandista de tres al cuarto que había asesinado a dos correos nazis y les había robado los dos salvoconductos que portaban, con la intención de vendérselos a Laszlo en el Café de Rick. Ugarte es detenido pero los salvoconductos no aparecen; es el propio Rick quien los tiene escondidos, con la pretensión de utilizarlos él mismo para escapar junto a Ilsa, la cual se debate entre la pasión hacia Rick y la admiración y veneración que su marido le inspira. Entre la bruma del aeropuerto de Casablanca, con el avión rumbo a la salvación a punto de despegar, Rick deberá tomar una decisión que cambiará no sólo el destino de su vida sino, probablemente, el de gran parte de la Humanidad…


Everybody Comes to Rick’s” (“Todo el mundo va a Rick’s”) era el título de una obra teatral escrita por Murray Burnett y Joan Allison en la que existía un local sofisticado y cosmopolita que regentaba un tal Rick, una especie de granuja sin escrúpulos que estafaba por igual a los pobres fugitivos y a los ególatras alemanes. La todopoderosa Warner Bros. adquirió los derechos de la obra por muy poco dinero, pues los productores de Broadway la habían rechazado y no había llegado a representarse (en realidad, no lo hizo hasta 1946). Sin embargo, el dueño del Estudio, Jack Warner, y su Jefe de Producción Hal B. Wallis, decidieron utilizarla para elaborar una producción barata y de serie B pegada a la más rabiosa actualidad bélica. Como la ciudad de Casablanca acababa de ser liberada por las tropas aliadas, nada mejor que trasladar la acción a tan exótico emplazamiento, y, para llevar a cabo el proyecto, se pensó en actores como George Raft o el futuro Presidente de los USA, Ronald Reagan, para el papel de Rick, y en actrices como Ann Sheridan, Hedy Lamarr o la francesita Michele Morgan para el de Ilsa. La elección final de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman para interpretar los personajes que les darían la Inmortalidad precipitó los planes de producción, pues no sólo se apostó por rodearles de un elenco de secundarios de auténtico lujo (Claude Rains, Paul Henreid, Conrad Veidt, Sydney Greenstreet, Peter Lorre…) sino que se apostó por un director de prestigio como William Wyler. Pero Wyler, al no ver claro el proyecto, abandonó en favor de Vincent Sherman, quien también fue sustituído por William Keighley, el cual cedió finalmente la batuta al húngaro Michael Curtiz, con quien había co-dirigido “Robin de los bosques”. El pobre Curtiz no sabía dónde se había metido. Con tantos cambios, resultó que de la obra teatral no se había mantenido ni el título, así que hubo que contratar a dos guionistas de cierto renombre, los hermanos Julius y Philip Epstein, para que urdieran una trama que convenciese a todos los implicados (productor, director y protagonistas). Pero los Epstein también tuvieron que abandonar la nave a mitad de la singladura (les reemplazaron Howard Koch y Casey Robinson, este último no acreditado), por lo que, llegada la fecha de inicio de la filmación, hubo que empezar a rodar sin tener el guión definitivo. Curtiz deambulaba por el plató chapurreando un inglés horrible y echando broncas por doquier, y los actores tenían que memorizar deprisa y corriendo las nuevas frases que Howard Koch acababa de escribir, ignorantes de lo que tendrían que decir durante la sesión de rodaje del día siguiente. Nadie sabía cómo iba a terminar la película; ¿se subiría Rick al avión con Ilsa, o ésta preferiría fugarse en compañía de Laszlo?. Ingrid Bergman, desesperada, le preguntó al director: “Pero ¿de quién diablos se supone que estoy enamorada?”. “De los dos”, le respondió Curtiz, tirando por la calle de en medio. La sensación generalizada era que estaban sumidos en lo que iba a ser un fracaso sin paliativos, y Bergman estaba tan desesperada por concluir aquella tortura que, en cuanto finalizó la filmación, se cortó el pelo como un muchacho para irse corriendo a hacer “¿Por quién doblan las campanas?” al lado de Gary Cooper. Esto impidió que la canción prevista, “As time goes by”, escrita por Herman Hupfeld, fuera sustituída a última hora por un tema nuevo compuesto por Max Steiner, el celebrado autor del resto de la partitura. Como Bergman tenía ahora el pelo corto, no fue posible volver a rodar las escenas en las que Dooley Wilson, a su lado, entonaba la mítica canción, la cual, como todos sabemos, ha acabado por convertirse en uno de los himnos más reconocibles del Séptimo Arte.



Casablanca” se rodó casi íntegramente en los gigantescos Estudios Warner, con apenas una escena filmada en exteriores. El responsable de la fotografía fue el reputado Arthur Edeson, máximo artífice de la atmósfera inolvidable del film, un glorioso blanco y negro lleno de contraluces y nubes de humo. Alguien (creo que fue el sin par José Luis Garci) dijo una vez que “Casablanca” es la película en la que más se fuma en toda la Historia del Séptimo Arte, pero, sea o no por el efecto pernicioso de la nicotina, dudo que haya otra película en la que los ojos de dos amantes lucen tan húmedos, con tanta pasión y tanto dolor como los de Ingrid Bergman y, sobre todo, un Humphrey Bogart tan duro por fuera como sensible y desgarrado por dentro, en una interpretación extraordinaria en la que, en apenas un plano, expresa todo un universo de sentimientos tan sólo con la mirada. Son tantos los detalles y momentos memorables de “Casablanca” que sería imposible comentarlos todos.

En mi memoria está permanentemente el fugitivo abatido por los gendarmes en la primera secuencia del film, bajo un enorme retrato del Mariscal Petain; la conversación nocturna de Rick y Renault junto a la fachada del Café, con los focos rasgando la noche; el reflejo en el suelo polvoriento del rótulo de “La Belle Aurore”, el bar parisino en el que Ilsa y Rick se enamoran; la tinta de la carta de despedida de Ilsa borrándose mientras cae la lluvia en el andén de la estación; la secuencia final en el aeropuerto bañado por la niebla, una de las más plagiadas y homenajeadas de todo el Cine; el subsiguiente epílogo en el que Rick y Renault se van alejando hasta desvanecerse, como fantasmas de un pasado romántico que ya no existe, en la misma y lechosa neblina; pero, sobre todo, y ante todo, un instante de inspiración épica y poética que Michael Curtiz bordó. Azuzados por el alcohol, los soldados alemanes que se emborrachan en el Café de Rick comienzan a cantar el Horst Wessel Lied, y, entonces, un magnífico Paul Henreid (a quien, injustamente, sólo se recuerda por haber dado vida al heroico Víctor Laszlo, y poco más), arriesgando su integridad personal, se posiciona frente a la orquesta del local y les insta a interpretar “La Marsellesa”, no sólo el legítimo himno de la Francia resistente que no ha sucumbido a la cobardía de Vichy, sino, en ese momento, el cántico desesperado de todo el Mundo que se resiste a ser oprimido. La secuencia es un portento en todos los sentidos; la frustración del flemático Mayor Strasser, incapaz de lograr que el vocerío de sus hombres se imponga al canto desgarrador entonado por decenas de personas de diversa nacionalidad y condición, pero cuyos ojos se emocionan hasta el llanto al entonar la sintonía que les convierte, por un segundo, en seres humanos libres; la emocionada mirada de Ilsa, no se sabe si realmente enamorada de su esposo o simplemente devota como una niña que se sabe compañera de una especie de dios; la aparente impasibilidad de Rick, que no participa directamente del himno pero consiente que se interprete en su local, con el subsiguiente riesgo de que éste sea clausurado.



Capítulo aparte merecen los inolvidables diálogos, en su mayoría atribuídos a Julius Epstein, alguno de los cuales han pasado directamente a la memoria colectiva de cuatro generaciones. “¿Dónde estuviste anoche?” le pregunta a Rick la casquivana Ivonne. “Hace tanto tiempo que no me acuerdo”, responde él. “Y ¿qué harás esta noche?”. “Nunca hago planes con tanta antelación”, replica Bogart. “¿Son cañonazos o los latidos de mi corazón?”, le dice Ilsa a Rick cuando se escuchan las primeras andanadas de los tanques nazis. “¿Cuánto tiempo estuvimos juntos?”, le pregunta más tarde Rick, cuando por fin se reencuentran. “No lo sé… No conté los días”, se excusa Ilsa. “Yo sí, y recuerdo sobre todo el último”. “Los alemanes iban de gris, y tú de azul”, añade el americano. “¿Por qué vino a Casablanca?”, inquiere Renault a Rick. “Por salud. Vine a tomar las aguas”. “Pero ¿qué aguas? Si estamos en el desierto…”, replica Renault. “Me informaron mal”, concluye Bogart. “¿Cuál es su nacionalidad?”, interroga el pérfido Strasser a nuestro héroe. “Soy… borracho”, responde el aludido. “Lo que le convierte en ciudadano del mundo”, explica, divertido, Renault. “De todos los cafés de todas las ciudades del mundo, ella tuvo que entrar precisamente en el mío”, se lamenta un destrozado Bogart sumido en un abismo de tabaco y alcohol. “Si no subes a ese avión, te arrepentirás. Puede que no hoy, y puede que tampoco mañana, pero pronto, y para el resto de tu vida”, le dice Rick a Ilsa tratando de convencerla para que se vaya con Laszlo. “Siempre nos quedará París”, remata un solemne Bogart. “Arresten a los sospechosos habituales”, ordena Renault a sus hombres tras haber sido testigo del asesinato de Strasser (y esta frase inspiró el título de la excelente película de Bryan Singer). “Louie, me parece que éste es el comienzo de una hermosa amistad”, le dice, finalmente, Rick al capitán Renault, poco después de que éste haya arrojado a la basura una botella de agua de Vichy que simboliza su desprecio por el gobierno títere vendido a los alemanes. Sin embargo, la frase más famosa de todas y que todo el mundo asocia con la película, “Tócala otra vez, Sam”, en realidad nunca llega a ser pronunciada en el film. Una de las dos veces en que se dice algo parecido, referido a la ya citada canción “As time goes by”, Ilsa le pide al pianista Sam: “Tócala, Sam, por los viejos tiempos”, la segunda vez, es Rick quien dice algo muy parecido. “La tocaste para ella y ahora puedes tocarla para mí”; y añade: “Si ella pudo soportarlo, yo también puedo. Tócala”. (En realidad, “Play It Again, Sam” era el título original de cierta obra de Woody Allen en la que el fantasma de Bogart se le aparecía para darle consejos). Comentario aparte se merece otra frase, famosísima en el mundo angloparlante y elegida como “la quinta mejor de toda la Historia del Cine”, que se supone que improvisó el propio Bogart como guiño privado a las largas sesiones de póker que disputaba con Bergman durante los descansos del rodaje. La frase era “Here’s looking at you, kid” (algo así como “Aquí lo tienes, mirándote, nena”), y en la película se repite en cuatro ocasiones, insinuando que es el único modo en que el “duro” Rick se atreve a decirle a Ilsa que la ama. Sin embargo, en el doblaje español se ha perdido totalmente, pues una vez se traduce como “Entonces, por nosotros”, otra por “Toda la suerte, Ilsa”, luego como “Por todos nosotros” y, finalmente, en la escena cumbre del aeropuerto, por un convencional “Vamos, ve con él, Ilsa”. Una pena.



Casablanca” se estrenó el día 26 de Noviembre de 1942 en el Teatro Hollywood de Nueva York, gozando de una enorme popularidad desde el comienzo, popularidad que se tradujo en un gran éxito de taquilla y en la consecución de 3 Oscars de la Academia de Hollywood la noche del 2 de marzo (casualidad o no, la fecha de mi cumpleaños) de 1944: Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guión Adaptado. No cabe duda que tiene su mérito que una historia que se escribió del modo caótico que hemos contado obtuviese finalmente este último reconocimiento, pero es indudable que, si acaso la flauta sonó por casualidad, la melodía que interpretó fue de una hermosura incomparable. Claro que para apreciar todas y cada una de las innumerables referencias sociales, políticas y bélicas que contienen sus portentosos diálogos hay que tener una vasta formación cultural, pero pienso que cualquier persona puede encontrar en “Casablanca” las razones por las que desde hace tantos y tantos años se la considera una de las películas más famosas de la Historia del Cine, si no la mejor. Unos pueden ver en ella una sencilla pero hermosa historia de amor, otros un alegato contra el totalitarismo y en defensa de la Libertad, y otros, los que realmente amamos el Séptimo Arte, quizás podamos hallar una obra perfecta en la que, en pocas palabras, se albergan las mejores interpretaciones posibles, los mejores diálogos jamás escritos, la ambientación mejor fotografiada, la música más hermosa e inolvidable y, en suma, la mejor dirección cinematográfica que uno puede soñar. “Casablanca” es… mi película favorita.



Luis Campoy



Lo mejor: absolutamente todo


Lo peor: absolutamente nada


El cruce: “Morocco” + “Argel” + “El halcón maltés”


Calificación: 10 (sobre 10) (y porque no hay más puntos)

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
¡¡¡¡¡¡GUAUUUUUU!!!!!!!VAYA UN REGALO PARA TODOS EN EL DIA DE LOS ENAMORADOS....

NO LO HE LEIDO AÚN PERO LO IMPRIMIRÉ TODO PARA LLEVARMELO A CASA, Y ASÍ PODER LEER MAS TRANQUILAMENTE.

CREO QUE TU MAS FERVIENTE AMOR ES EL CINE, Y ASI LO DEMUESTRAS CADA DÍA.

ESPERO QUE TAMBIEN TE ACOMPAÑE CUPIDO Y TE HAGA FELIZ CON EL AMOR QUE TÚ DESEES.

MIL BESOS
DE TU AMIGA

MARISA
Luis Campoy ha dicho que…
Me alegra que te haya gustado, Marisa. Realmente dediqué casi todo el día de San Valentín a escribir este artículo, porque se trata de mi película favorita y me parecía imperdonable no haberla comentado antes. Y ¿qué mejor ocasión para publicarlo que en el Día de los Enamorados? Por cierto, tengo presente el artículo sobre "Memorias de Africa" que hace ya años me pediste. ¡Cualquier día de éstos lo publico!
Anónimo ha dicho que…
GRACIAS...MIL BESOS

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