Lo de siempre

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Cuando me han preguntado esta mañana qué opinaba acerca de la eliminación de la Selección española, mi respuesta ha sido: “Lo de siempre”. Así de conciso. Así de duro.

Una vez más, los globos hinchados de falsas expectativas se han pinchado antes de tiempo; pero es que en esta ocasión no hemos llegado ni siquiera a cuartos de final.

Ya dije en mi primer artículo con motivo de este Campeonato que España me había sorprendido gratamente en su espectacular debut (4-0) ante Ucrania. Naturalmente, si me sorprendió que los nuestros jugasen bien… fue porque, hasta entonces, habían jugado mal. O, como mínimo, regular. No olvidemos que, a pesar de que la de ayer fue la primera derrota de Luis Aragonés al frente de “La roja”, si entramos en la repesca fue a última hora y por los pelos. Tampoco los últimos partidos prepatorios antes de la cita alemana fueron para hacer concebir demasiadas esperanzas.

Sin embargo, la mayoría de los medios de comunicación se ocuparon, como siempre, de caldear el ambiente enarbolando augurios triunfalistas que, una vez más, han tenido mucho de funesto agüero. ¿Por qué los aficionados españoles tenemos tanta necesidad de que nuestros periódicos, radios y televisiones nos prometan el oro y el moro? ¿Por qué somos tan crédulos cada dos años – Mundial y Eurocopa se van alternando en nuestro rosario – ignorando aquéllo de que “Un pueblo que no recuerda sus errores está condenado a repetirlos”?

¿Por qué caímos ante Francia? No hay que ser muy listo ni muy experto para responder a esta pregunta: sencillamente, porque jugamos peor que ellos. Tras unos minutos en los que los franchutes parecían acongojados ante las galopadas de Sergio Ramos y Fernando Torres y, sobre todo, desbordados por nuestra peligrosa táctica de vivir al límite del fuera de fuego (Thierry Henry prácticamente no se enteraba del argumento de la película), muy pronto pudimos darnos cuenta de que nuestras ilusiones tenían pies de barro. Los medios de comunicación nos habían hecho creer que todo estaba prácticamente ganado sin salir a jugar, porque nuestros jugadores eran muy jóvenes y los contrarios, un hatajo de carcamales, con Zinedine Zidane jubilándose al final del día. Craso error. Sí, es cierto que nuestra media de edad rondaba los 25 años y la de ellos, los 30, pero la forma física de los galos era impresionante. Hasta Zizou se dio un par de carreras como en sus mejores tiempos.

Tampoco la calidad intrínseca de nuestro juego fue la misma que ante Ucrania o la segunda parte ante Túnez. No nos engañemos, tan sólo fuimos capaces de marcar un gol, y fue de penalty. Francia, por el contrario, creó muchas más ocasiones y, además, supo materializarlas. El gol en las postrimerías del primer tiempo fue un dolorosísimo mazazo para los pupilos de Aragonés. El llamado “Sabio de Hortaleza” quiso reaccionar nada más comenzar la segunda mitad, pero tal vez ya era tarde. Me diréis que tengo fijación con este chico, pero creo que Raúl estuvo sobre el terreno de juego cincuenta minutos más de los que debió haber estado. Tampoco Xavi, tan brillante la temporada pasada, es el mismo que era hasta que sufrió la grave lesión que a punto estuvo de apartarle del Mundial. Cesc, Ramos, el mismo Puyol y, muy especialmente, un apagadísimo Fernando Torres, no vivieron, asímismo, su mejor noche. Y Joaquín y Senna, durante el rato que lo intentaron, fueron sombras de sí mismos.

Fue un quiero y no puedo. Los comentaristas televisivos tampoco servían de gran alivio. La locución de La Sexta se me hizo particularmente indigesta, con tanta coloquialidad y tanto alarde de imaginación en sus motes a los jugadores. Pero es que en Cuatro, al menos al principio, era tanta y tan suicida la euforia, convencidos de que el sábado nos jugábamos los cuartos frente a Brasil, que, si no gafaron el partido desde el principio, poco les faltó. A propósito, por fin he averiguado quién es “El Guaje”: David Villa, autor del solitario tanto español y cuya incomprensible sustitución contribuyó al nefasto resultado final. Por parte de Francia, Ribery, que batió a Casillas en el momento crucial, Vieira, que dejó sentenciado el partido tras un lanzamiento de falta y con la ayuda involuntaria de Sergio Ramos, y Zidane, que apuntilló a una España que en los minutos finales daba más pena que otra cosa, hicieron los deberes que Henry no fue capaz siquiera de iniciar.

Conclusión: fue el gran Zidane quien “jubiló” a España (y no al revés, como se podía leer el sábado en la prensa deportiva madrileña), y nuestros jóvenes leones regresan antes (mucho antes) de lo que algunos preveían, con los semblantes pintados con la misma impotencia a la que desde siempre están (estamos) acostumbrados, al menos en lo que a competiciones a nivel de selecciones nacionales se refiere. Tan sólo nos queda esperar que en futuras oportunidades aprendamos algo de esta enésima elección y no nos hagamos ilusiones sin haber demostrado fehacientemente que tenemos los medios, el talento y la experiencia necesarias para realizarlas. Mientras tanto, lo que sentimos ahora es amargura, decepción y tristeza. Vamos, lo de siempre.

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